VIVIR, MISIÓN SUICIDA

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ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE EL ODIO

Miguelángel Díaz Monges

Para mi madre y mis hermanos

Pocas personas consiguen ser felices sin odiar a otra persona, nación o credo

–Bertrand Russell

Murió la persona a la que odié, la única. Para los demás sólo tengo indiferencia y desprecio. Lamento no haberme enterado a tiempo de ir a escupir sobre su féretro, como lo juré hace más de cuarenta años, cuando la vida me quitó su presencia corporal constante y me liberó de sus inagotables acciones y palabras crueles. Murió la persona que destruyó mi infancia, hizo de mi vida un esmero constante en reconstruirme y desató en mi madre los demonios con los que ha luchado como los condenados contra su destino. Tampoco creo que a mi padre lo haya hecho feliz, pero los silencios de mi padre son perfectos: nunca sabré.

Esperé cuarenta años y algo más para ver el cadáver que no vi. Dios, que no ama solamente a los que perdonan porque esa es potestad suya y no de los humanos, la juzgue y la condene.

Soy, pues, alguien que odió; alguien que ya no odia.

Quisiera saber que tuvo una agonía atroz y que en ella recordó con arrepentimiento el daño que hizo. Es inútil, nuestro odio rara vez se ve correspondido siquiera por la memoria del otro. Algo que reprocharle a la vida, al orden de las cosas, a la condición humana, ¡qué se yo! Pero tampoco sirve de nada. Nos quedan la frustración y la impotencia. Desde el banquete de los gusanos ese cadáver maldito vuelve a reírse de nosotros. Y ya no tenemos a quien odiar porque el odio de los sobrevivientes es la cadaverina que hace apestar a los muertos.

Quedan otras inquietudes royendo: debió morir joven, debió morir ante mis ojos. Cosas de la venganza. Pero el odio no necesariamente hace desear la venganza: un hombre bueno puede odiar sin desear fervorosamente el mal. En lo personal, era joven: Nunca hablé de mi odio porque esperaba vengarme, pero nunca me acordé de vengarme ni encontré la oportunidad o el modo. Finalmente la venganza me pareció poca cosa y me convencí de que no resolvería nada, lo que es cierto. Volveré a ello.

Dicen los que tienen salud mental qué hay que tener clausura. Bonita forma de huir de uno mismo: olvidar los capítulos pasados y, entonces, no entender el actual. Es como olvidar lo aprendido, como olvidar los amores que nos hicieron dichosos, olvidar la manera en que sonreían y lloraban nuestros muertos. “Felices los normales”, no me cuento entre ellos.

El mayor bien al que tenemos posibilidades de acceder es la serenidad. Debería bastarnos con ella. Pero me permito sospechar que conseguirla es más difícil que pasar página una y otra vez en aras de una clausura que más bien se parece a dar la espalda a la vida y lo vívido.

Han pasado semanas. Ya no odio. Esperé cuarenta años. ¿Y qué tengo? Frustración. Porque no cambia nada. El descanso esperado –la serenidad– no llega, es un Don reservado al asesino; pero no se mata por odio, porque el odio no es furioso ni demencial, es silencioso como el cáncer, como la circulación de la sangre. Hay mucho que hacer con uno mismo para no ser destruido por él como para pretender acabarlo con un asesinato: el dolor del odio es, a fin de cuentas, reflexivo. Matar, o vengarse de cualquier manera, no sirve de nada: hay que salvarse en la propia guerra emocional y no es clausurando o cerrando círculos sino haciendo del odio parte de nosotros, un motor y un emblema.

Uno deja de odiar, quizá, cuando desaparece el objeto del odio, pero no olvida que odió, no arranca de sí mismo el cadáver del odio aunque pueda olvidar a ese otro cadáver.

Los que olvidan quizá lo hacen porque se arrepienten, porque desprecian su transcurso. Lo borran, y con él la voluntad, las emociones, la vida. ¿Hay algo más triste que olvidar que has vivido? Jusucristo vomitó a los tibios, el destino del tibio es la disolución en un olvido idéntico al que procuró. El Alzheimer o la demencia senil son, por supuesto, otra cosa.

El odio es una emoción primaria, pura, tan indefinible fuera de su propia mención como un color. El amor es un concepto que abarca una serie de emociones, creencias y factores culturales muy complejos y se presenta de diversas formas con los más variados detonadores. No son contraríos ni secomplementan ni nada por el estilo, son cosas totalmente diferentes .El odio masivo como los nacionalismos o el fanatismo religioso no es propiamente odio sino otra aversión, su simulación racional producto de las creencias y el adoctrinamiento que busca la aniquilación de un determinado enemigo con fines generalmente ajenos al supuesto fundamento del odio; no es la respuesta emocional lógica y directa a un daño o una secuencia de daños recibidos. El odio, quizás –y no por breve es una sospecha menor–, se fragua en la impotencia y la incapacidad para defenderse o responder a la agresión moral, física o verbal sostenida durante períodos prolongados.

Termina por darse, como en el síndrome de Estocolmo, una némesis entre el odio y quien odia: hay un motivo de vida que se vuelve orfandad cuando no hay a quién odiar, ni más ni menos que comosucede con quien conoció el amor. Por eso infatuamos nuestras emociones. Hacemos amor de cualquier afecto. Una vivencia temeraria la convertimos en algo heroico y al odio lo volvemos demencial, lo confundimos con una furia intensa, destructiva y violenta: algo pasajero, patéticamente breve. Pero el odio es otra cosa: Es plano y simple como el deseo, como la vida. Como ellos es, asimismo, aburrido. Por eso somos capaces de olvidar que odiamos hasta que una mención, cualquier evocación, nos lo recuerda, entonces es intenso, pero no frenético ni estrepitoso.

La vida, vista con la perspectiva adecuada, es bastante llana y aburrida. Por todos lados encuentras a ese imbécil petulante que, apenas enterarse de que eres escritor, te suelta que si te contara su vida harías una novela. No, caballero, mire: ese chico de la barra también ha tenido sus percances, aventuras e intensidades; lo mismo que la señora del copete o el mendicante maloliente al que acaba de darle un par de pesos sin mirarlo siquiera. Su vida es exactamente la misma mierda que cualquier otra, lo único que cambia en el fondo es que es la suya. ¿Cómo podría usted tolerar la decadencia si no estuviera convencido de que, pase lo que pase hoy o en adelante, usted cumplió con creces la encomienda de vivir y exprimir hasta la única gota de jugo a la fruta que le dio el árbol de los que tuvimos la suerte o la desgracia de ser? Nacemos, pasan cosas, padecemos emociones, tenemos goces y morimos, con suerte sin agonizar. Mi odio no es relevante, las circunstancias de mi odio no son interesantes. La vida, en verdad, es bastante aburrida; una de las razones por las que existen las artes, entre ellas la literatura.

A diferencia del amor, el odio puede habitar silencioso. No se odia con pasión demencial. A fin de cuentas no es tan importante en sí mismo –como no lo son el miedo o la ternura– y el ser odiado deja de importar, va cayendo en el olvido, hasta que algo lo evoca o invoca, entonces el odio se enciende y estalla como un Vesubio para después volver a su letargo.

Es el espíritu o el subconciente, algún resabio de salud mental, lo que nos protege de tener presente tan magnífica emoción: Nadie quiere odiar o busca odiar. Es cosa que sucede sin ser invocada y nunca como consecuencia de algo que se haya procurado. Es demasiado extraño que aparezca alguien cuyas acciones le hagan merecer el odio. Pero cuando aparece no es cosa de risa.

En su Tratado sobre los vampiros, el padre don Agustín Calmet describe a fondo, con datos,descripciones minuciosas, investigación, elaboraciones teóricas y abundantes ejemplos bien documentados la condición de los no muertos, los resurrectos, los catalépticos, los revinientes y demás seres asimilados al vampirismo. En ningún momento menciona el amor ni el odio. Son los escritores quienes asimilaron el amor a la condición de inmortalidad: Goethe, Potocki, Hoffmann, Polidori, Poe, Gautier, Le Fanu, Capuana, Darío, todos escribieron magníficas versiones del vampirismo amoroso. BramStoker, en su extraordinario y embémático Drácula, da un paso atrás para dar el salto definitivo al vampiro ejemplar: se basa puntualmente, detalle a detalle, a los largo de la novela, en los estudios del padre Calmet, particularmente en el fundamento que había sido omitido por todos los anteriores: la condena a una inmortalidad sin sociego por la afrenta contra Dios: maldición e inmortalidad –¿cómo no?– por amor, mismo que consuela al conde en su condena. En ese giro, Stoker aventura el guiño cínico que muchos damos por cierto e infalible: el amor es vampírico, por eso hay que temerle y evitarlo. El odio también lo es,pero ¿hay inmortalidad por el odio? ¿De las tumbas de quienes se odiaron crecen los arbustos urticantes que los unen por siempre como en el Romancero? ¿Qué literatura justificaría esto? Creo que la diferencia fundamental entre las naturalezas del amor y el odio es que el amor vive de la sangre del ser amado, se alimenta del otro, mientras que el odio vampiriza a quien lo siente, vive de la sangre de quien lo alberga y la memoria de las razones para odiar, pero no obtiene nada de aquel a quien se odia. ¿Realmente muere cuando muere el otro? Al menos se transforma en otra cosa parecida a un abismo, una caverna, un inmenso vacío. A veces se puede llenar con frustración. Otras veces se queda ahí y se olvida.

No obstante, ¿la persona odiada puede arrastrar a la tumba a quien la odia así como el amante muerto puede arrastrar al ser amado? Sin duda los espíritus débiles son susceptibles de ser carcomidos hasta la gangrena emocional y moral que envenena la sangre y aniquila el cuerpo. No sólo es factible, de hecho quien odia puede ser aniquilado por su odio sin intervención pasiva o activa del ser odiado, pero se trata de casos demasiado románticos para ser tomados en serio.

A fin de cuentas, sin embargo, todo esto es unmero exorcismo, pues, ya que mencioné el romanticismo y los posibles vínculos entre el amor y el odio, me permito citar, cambiando su sentido, el último verso del “Canto a Teresa” de José de Espronceda: “¿Qué haya un cadàver más, qué importa al mundo?”

Durante los días tormentosos en que he escrito esto, cada vez que me he dedicado a pensar en cuanto he dicho, en lugar de la idea de reflexionar acerca del odio mi mente ha lanzado a la conciencia el nombre de otra persona que, aunque detestable, nunca consideré demasiado relevante. Pero mi mente insiste en ponerla por encima o a un lado de la palabra odio. Y me pregunto, entonces, ¿es que la odio también? ¿O es que el odio, errante y ahora sin objetivo, busca en quien posarse, a quién envolver, como si se tratara de una razón de ser? ¿Acaso nuestros odios son un listado largo o infinito de seres que vulneraron nuestras almas, pero eligen a una, preponderante, para manifestarse? Tal vez odiar nos es más necesario que amar, al menos a los que no tuvimos la oportunidad de ir por el mundo sin el alma,la vida, desgarrada, rota en mil pedazos, pulverizada y engullida por las fauces del tornado que es el carácter implacable de los sobrevivientes.

LOGO VIVIR MISIÓN SUICIDA
Acerca de mi columna para Anestesia.
Yo no sé qué escribo o de qué, ni importa en absoluto. Puedo venir aquí a decir mentiras que mañana ya habrán olvidado tanto como habrán olvidado estas palabras, vagas, no verdaderas, mas tampoco mendaces.
“Vivir, misión suicida” no se trata de nada ni tiene forma alguna. Es —qué lugar común tan herrumbroso, mohoso, putrefacto— otro salto al abismo. Quizá escribo solamente para ver qué sucede si escribo. Quizá escribir es, para mí, una forma holgazana de practicar parkour o cacería —en el papel de ciervo, por supuesto—.
Sé lo que no habrá:
Estilo
Tema
Género
Tres cosas que no existen, o ya no existen si es que existieron, y que nadie medianamente culto y sensible a las letras puede echar de menos.
Escribiré exactamente lo que lea quien lea y creeré escribir lo que crea que escribí. Decir algo distinto sería un embuste conveniente al que no he de plegarme: A fin de cuentas los planes de los hombres son las canicas con que juegan los dioses y nuestros sueños son los consoladores de las musas.
Y a nadie extrañe que en mi primera entrega incluya esto mismo, si no es que de ahí salió y mejor me lo callo.
Sea y que haya disfrute.
LOGO VIVIR MISIÓN SUICIDA

De lo que va la cosa

Por Miguelángel Díaz Monges

16 Agosto 2019


 

Se marcharon, los dioses, el día de la extraña marea.

—John Banville

Será un inventario. Siempre, todo, en especial el arte, es un inventario.

Empezaré por el presente porque el presente es el inicio y el fin de todo, y porque me rindo a Agustín de Hipona cuando pienso que sé que sólo existen tres tiempos: presente de pretéritos, presente de futuros e presente de presentes; no hay ayer ni mañana y eso es bueno, eso me lleva a la divina belga Marguerite Yourcenar que puso en palabras de Adriano una frase implacable: “En el punto en que me encuentro, la desesperación sería de tan mal gusto como la esperanza.”

Fui un niño hermoso, en verdad hermoso, así que nadie se dio cuenta —o a nadie le importó, ya da lo mismo— de que tenía pie plano, escoleosis y dislexia. No tenía amigos. Tampoco los he tenido después. Era un niño hermoso con grandes limitaciones. Pude afearme que es lo más común: preferí enfrentar mis taras dedicándome al deporte y la literatura. Ahora soy un vejete interesante con muchos achaques, sin nadie a quien le importen, demasiado desapegado de sí mismo como para hacer deporte y aburrido de la futilidad literaria. Un vejete interesante que tras haber follado de todas las maneras con mujeres, hombres, multitudes y una cabra en cierta cantina encubierta, ya no es deseado por nadie y, por cierto, prefiere dormir que follar.

Un inventario porque hay un presente. O, para mayor precisión, parece haber un presente y, en todo caso, no hay otra cosa:

Está la pequeña putita de Schwob al lado del casto, virginal, inmaculado tejido de Coetzee; está la acequia que baja desde los terrenos de la colina, serpentea por el huerto hasta la hortaliza y, por una canaleta que hice con mi pala y mis manos, va a dar al estanque en que crío las mojarras que vendo, para vivir, en las cantinas. Y están los que rondan y los que a fuerza de ser mierda ya ni se espantan las moscas, y los niños de la plaza a los que enseño a robar y a mover el balón con maestría, y la vecina puta que se vuelve moralista cuando bebe y estas letras escritas después de un día de azoro. Porque hoy es el día en el que por la mañana vino un hombre a venderme mi sepulcro.

Por eso, vuelvo a escribir, sin anestesia, en ella. Ven y vamos.

Será pues un inventario infinito que terminará lo mismo, como todo, y será olvidado, como todo, y dejará indiferentes a todos, como todo, salvo Beethoven.

***

Están

La bugambilias que salvé en el jardín que salvé

Y que aún viven

Y los cipreses que mi padre hizo traer de Italia

Y eran tan pequeños como niños pequeños

Y hoy son tan inmensos que se ven desde afuera

Tras la barda de piedra negra ígnea de nueve metros de alto y firmes contrafuertes

Tras los que soy el que fui cuando era hermoso

Y jugaba espiro con mi hermano y mi padre y mi hermano y yo matábamos murciélagos

Con resortera, de noche, encendiendo una farola para enloquecer su vuelo

Hoy soy yo el que cae de una pedrada en pleno vuelo si se enciende una farola.

Más o menos sucede como eso de Alberti (hay dos, y son dos genios: el arquitecto renacentista italiano Leon Batista y el poeta gaditano Rafael, que escribió los versos de  “Balada del posible regreso” a los que vine o que quizás me llamaron):

“Yo mataba los murciélagos

en torres frente a la mar.

Hoy, en balcones lejanos

de la mar y frente a un río,

pasan, negros, por mi frente

y no los quiero matar.

“Murciélagos de los días

torreados, frente al mar:

yo os mataba, pero ahora

que está cayendo la tarde

tan lejos de aquella mar,

aunque paséis por mi frente

—¡seguid!—, no os puedo matar.”

No debemos pasar por alto que los murciélagos anidan en la cabeza del demonio. Tampoco hay que fingir que citar es escribir y que una cita larga es mejor que una referencia vaga, en especial si no tiene referente y, con todo rigor, es un capricho, pero también un ejemplo de lo que hago y haré, que esto y no otra cosa es la literatura digna de ser escrita. No se me pregunte a mí si esto o aquello es digno de ser leído, eso es cosa de quien lee.

***

Más arduo que el qué del cómo es el cómo del qué (yo ya me entiendo, y San Dunstán de Canterbury, el anglosajón benedictino que lo mismo coronaba reyes en Londres que se hacía invocar por Normandos y Templarios, bendiga a quien me acompañe en mi entederme tal como derrotó hasta tres veces al demonio).

Yo no sé qué escribo o de qué, ni importa en absoluto. Puedo venir aquí a decir mentiras que mañana ya habrán olvidado tanto como habrán olvidado estas palabras, vagas, no verdaderas, mas tampoco mendaces.

“Vivir, misión suicida” no se trata de nada ni tiene forma alguna. Es —qué lugar común tan herrumbroso, mohoso, putrefacto— otro salto al abismo. Quizá escribo solamente para ver qué sucede si escribo. Quizá escribir es, para mí, una forma holgazana de practicar parkour o cacería —en el papel de ciervo, por supuesto—.

Sé lo que no habrá:

  • Estilo
  • Tema
  • Género

Tres cosas que no existen, o ya no existen si es que existieron, y que nadie medianamente culto y sensible a las letras puede echar de menos.

Escribiré exactamente lo que lea quien lea y creeré escribir lo que crea que escribí. Decir algo distinto sería un embuste conveniente al que no he de plegarme: A fin de cuentas los planes de los hombres son las canicas con que juegan los dioses y nuestros sueños son los consoladores de las musas.

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