Revista Anestesia

𝙴𝚕 𝚍𝚘𝚕𝚘𝚛 𝚜𝚎 𝚚𝚞𝚒𝚝𝚊 𝚌𝚘𝚗 𝚕𝚎𝚝𝚛𝚊𝚜

Propedéutico de Madrid para principiantes

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Por Miguelángel Díaz Monges

16 Julio 2020

A los abuelos Pepe y Concha y, por supuesto, a papá

Luego vienen los argumentos del olvido.
—Ida Vitale

¿Preferirías amar más y sufrir más o amar menos y sufrir menos?
—Julian Barnes

Madrid es no tener nada y tenerlo todo.
—Ramón Gómez de la Serna

Porque entre los bárbaros son más apreciados los eunucos que los testiculados, a causa de su completa fidelidad.
—Herodoto

Manifiestos presagios antiguos y modernos, sacados de los sueños, hacían más vivos sus temores.
—Suetonio

Ahí está, con sus ochenta kilos de equipaje, atónito en el aeropuerto de Barajas, con un pasaje hacia ningún destino. Más inconsciente que inocentemente comete el error que, al fin, será la ruina de sus expectativas: guarda ese boleto de regreso que se había prometido no utilizar. Ese billete le permitirá tomarlo todo con la desidia propia de quien tiene segura la puerta de salida. Guarda el trozo de cartón y se olvida de él. Nosotros, entonces, no tenemos por qué andarlo recordando. Que se quede ahí, en la carpeta de documentos, más pesado que el absurdo talego en el que ha trasladado, de México a Madrid, los retazos de una existencia que pretende borrar, siempre cautelosamente, selectivamente, y con tan poco rigor que no habrá un solo instante en que su transcurso no tenga un pie del otro lado del mar y el otro pie en el tiempo, tembloroso, a veces en las proximidades de unas horas o días, a veces en hechos confusos, tamizados por una memoria atenta, mas pobre en fuentes, sucedidos ahí mismo, en Madrid, hace más de medio siglo.

—¿Y en Madrid ningún pie?

—No, o sí, la cabeza, pues visto está que piensa con los pies, así que trae dos pies plantados en Barajas listos a aventurarse hacia los márgenes del Manzanares; los entuertos del centro a la periferia y de ésta al centro, entre el puente de Toledo y la Plaza Mayor, entre la Plaza Mayor y la Puerta del Sol, entre la Puerta del Sol y La Gran Vía, y después la glorieta de Bilbao, Chamberí, la estrella de Fuencarral, Carranza, Luchana y Sagasta; o, si otros rumbos, el Paseo del Prado, los 700 metros del Paseo de Recoletos, el café Gijón al paso, la espigada soberbia de La Castellana, desde el Reina Sofía hasta el culo norte ahogado entre Tetuán y Salamanca, paso por Chamartín y el Bernabéu, muy importante el Bernabéu de Zizou, Figo, Ronaldo, Raúl, Íker, Roberto Carlos, hoy Makelele y después Beckham, el último Hierro, el primer Marcelo y la llegada de Sergio, y los berrinches y el taco de Guti, y la discreta solvencia de Solari; las terrazas en San Isidro o el Ordaz, las putas de Montera y los giris de Preciados, los barrios legendarios de Lavapiés, Los Austrias, Chamberí. Sobre todo, Chamberí.

*

Calle de El Españoleto número 32. Agosto de 1936. Chamberí.  Suena la alarma. El abuelo en un caza se enfrenta a los Nacionalistas, ahora llamados Nacionales. La abuela ha salido. El horror sin adjetivos de la guerra está en ella y en el fruto de su vientre. Ha salido. Bombas sobre las casas. Un caza derribado. La abuela rompe aguas en plena Castellana. Nace, de mala forma y mal talante, su padre. Nunca recuperará el buen humor. Tampoco ella. El abuelo no muere, tampoco mata, ha pedido no matar más, dirigir una escuela de aviación para la República y robar aviones en París y Roma. No ha considerado necesario decírselo a nadie. Nunca más le parecerá necesario informar a los demás de los riesgos de su vida. Nunca se podrá deshacer de su manía por meterse en situaciones peligrosas, divertidas, apasionantes, a las que vaya a la medida el calificativo de idealismo y que entrañen una dosis de aventura suficiente para dejar la guerra en el ámbito gris y medroso de lo usual.

*

No lleva riesgo afirmar que ha pasado en Madrid su vida entera. No en este Madrid, ni en el de la guerra, ni en el de entreguerras, ni en ese en que al cielo de abril fue aventado a vivir, sino en un Madrid compuesto de expresiones aisladas y breves añoranzas. Tampoco, o ni siquiera. El Madrid del que es, donde ha vivido, consiste en un punto en un mantel desechable de la cafetería del hospital psiquiátrico en el que visitaba a su madre los domingos. La niñez es de un modo o de otro, cada quien tiene la suya. La de él tuvo sus percances, como todas. En el mantel del Hospital Español de México había un mapa de la Península. De su padre sólo sabía que existía, que le impedían verlo. Su madre estaba internada entre otras mujeres más o menos desquiciadas, algunas sin remedio, otras porque es más cómodo estar loco que irse de cuerdo a procurar una vida buena en un mundo hostil. Loca de muchas cosas, la madre no pudo contenerse. Ante un mantel mostró que estaba loca, más que nada, de amor o de abandono. El dedo largo y hermoso, el que sostenía el pincel y golpeaba en la frontera exacta entre la suavidad y la fuerza el teclado del piano, apoyó la uña en el centro del mantel. Dijo a tres niños de entre cinco y siete años "aquí es Madrid, aquí nació tu padre". No dijo allá o ahí, dijo aquí. El tiempo se expande. Años después alguien, frente a otro mapa, acotaría aquí, Españoleto 32, Chamberí.

La abuela se encargaría de puntualizar el asunto. Ahí vivían, pero rompió aguas en La Castellana.

—¿Y el padre no dijo nada?

—No. Nunca dijo nada, ni de Madrid ni de nada. ...No, de la guerra tampoco, ni de las aventuras del abuelo.

—Aquí nació mi padre —dirá él— y tal vez yo. Lo dirá recorriendo Madrid, lo dirá ante el edificio ya secular de Españoleto 32, Chamberí.

*

El abuelo era vasco y había muerto. Yo soy vasco, Bilbao es otra cosa, ni hermoso ni feo, es otra cosa, Bilbo, Bilbao, San Sebastián la coña y ni qué decir de Irún. Entre Bilbao y París transcurrió la infancia del abuelo, por eso hablaba francés mejor que nadie, cosa que le ayudó, junto con otras mañas, a salvar la vida cuando acabó la guerra. Hablaba francés como parisino. No hablaba euskera. Lo sabía, pero no lo hablaba.

—¡Vasco, pero no separatista, que por el separatismo hemos perdido la guerra!, ¡todas las guerras! ¡Yo soy vasco, pero antes soy español, y Madrid es la ciudad más bella de la Tierra!

Su vida de aviador y aventurero lo llevó a todas partes. Amaba París, detestaba Nueva York, le gustaba San Francisco, pero no toleraba a los maricones; le calaba de profundas emociones Buenos Aires, lo mismo que el tango y la voz arrastrada de Gardel, no olvidaba el Darién panameño y colombiano. No hablarle de Londres o Berlin. Tampoco de Roma, de Viena, de Praga ni de Ámsterdam. Moscú y San Petersburgo eran la misma mierda. Acapulco y Cuernavaca, dos versiones de la imponente belleza mexicana, la verdadera conquistadora en esta toma y daca de revanchismos que lleva 500 años. La Guadalajara de Jalisco, su pasión en América. Sevilla, el paraíso en el desierto, Barcelona es mejor sin catalanes; Bilbao me vio nacer, amor al que no vuelvo porque los asesinos son como termitas. La ciudad más hermosa del mundo es Lisboa.

—No señor— reclamaba la abuela.

—Verdad que no —corregía el que lo había visto todo—. La ciudad más hermosa de la Tierra es Madrid: “De Madrid al cielo...”

—“...Y un agujerito para verlo”—. La abuela anciana, en Cuernavaca, abandonada al sol y al olvido, sobre los endebles huesos la muerte del marido y el hijo en menos de un mes, iba olvidando día con día alguna cosa. Casi lo había olvidado todo, salvo que era madrileña, gatita, hija de madrileños, manola hasta los tuétanos, chulapa sin reparos, marquesa de Grimaldi a santo de Dios sabe qué historias, reina de Chamberí. La niña consentida de Españoleto 32, la que nació dos días después de que asesinaron a su padre por negarse a la deshonra. La que se casó con una alada bestia bilbaína, el hombre más bello que ha existido, que en un loop admirable de su acrobático Fokker F.VII dejaba caer ramos de flores en el patio de su aristocrático palacio. La mujer que renunció a título, riqueza y familia para seguirle en todas sus locuras, salvo dos: la de ser inapelablemente feliz a cualquier precio y la de morir antes de que llegara el abandono o empezara a despedirse la memoria.

*

Él, con su talego de esperanza en forma de vida enjaulada, ya náufrago en Barajas tras la llamada que le exigía volver o perder a sus hijos, había comprendido lo que intuyó por años: Que no tenía cabida en Madrid ni la tenía en México. ¿Cómo podría tener un lugar en el mundo si ni siquiera se había reservado un lugar en sí mismo?

*

Todo corazón salado tiene amante siempre, y sabe que las amantes son lo más importante y desechable en la vida y el olvido. No se despidió.

Y fue en Madrid donde aquella mujer que dejó de ser puta por amor pensó "Te he de matar, hermoso cruel amado, como quien mata al ruin que no supo entregarse en cuerpo y alma."

Esas palabras eran un juego peligroso. Desde luego que no quería matarlo. No, a él no. Quería matar el amor y ése no moriría echando al fuego a su emisario. Por lo demás, el amor sólo estaba en él como en un espejo: estaba en ella, en ella que desdoblaba todo el amor enquistado en su corazón cuando se enfrentaba a ese heraldo de la locura fascinante de una juventud ya fugitiva. Quizá se daba cuenta de que había optado por la muerte cuando intentó dar fin a aquella historia y no lo hizo. Era ella misma, no él, el objetivo de su crimen idílico. Se habría perdonado la vida si ésta le hubiera sido posible sin ese amor que parecía matar y, no obstante, permitía vivir, como la droga al adicto agonizante.

Mucho después, cuando porque la vida se esmera en los reencuentros, hablaron de todo aquello. Parecía confusamente claro y diáfano: Sus palabras pedían amor, pero sus actitudes expresaban lo contrario. En realidad, habría querido ser sincera y dar muerte a ese ente del pretérito que, ahora ante ella, cubría su presente de una amorosa ilusión jamás desechada. Quería matar el amor sin importarle la evidencia de que quien mata el amor no hace sino suicidarse.