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Bajo las murallas de Gehena                                                                       

Por Pedro Paunero

16 Agosto 2019

Bajo el sol, el páramo parecía infinito. Oseas, sudando, con la herida en el muslo, abierta como boca de labios desiguales y que le provocaba cojera, caminó dando traspiés sobre las rocas sueltas. El aire malsano y caliente subía desde el suelo en ondas reverberantes y transparentes. Olía a carne podrida.

Delante se amontonaban los cuerpos desnudos, enflaquecidos por el hambre que los matara, abiertos en canal. Había que darse prisa y adelantarse a los buitres que disputaban un pedazo de carne o unos metros de intestino. Sus compañeros formaban pirámides con los cadáveres, a los que arrojaban azufre que encendían y ardía en llamas azules y amarillas que exhalaban un humo asfixiante.

Oseas se acercó a los otros, los jirones de su túnica se enredaron en las correas sueltas de sus sandalias. Cayó entre las rocas. Aunque la pestilencia dominaba, percibió el olor acre y penetrante del sudor de Nehemías, cuando este lo alcanzó y lo ayudó a incorporarse.

-¿Estás bien?

-¿Acaso alguien lo está? -dijo secamente.

Miró su herida y a los soldados que pululaban en las murallas de la ciudad, a lo lejos. Recordó la punta de la lanza, el dolor y su sangre derramada.

-¡Estamos en el Valle de Hinón, en el basurero de los condenados a muerte del Gehena!- gritó, luego señaló con el dedo las murallas de la ciudad, a lo lejos-. Allá está Jerusalén y nosotros somos sus condenados… ¿Quién podría estar bien aquí?

Cayó de rodillas, quebrado. Lloró. Sintió el cosquilleo de los gusanos en la herida, con mano temblorosa por el miedo, el asco y la impotencia, cogió con dos dedos una piedra afilada que le sirvió para quitárselos de la abertura.

-¡No lo hagas!- Nehemías le detuvo la mano.

-¡Me devoran, siento cómo se mueven! –torció la boca.

-Te limpian la herida… no los quites...

Con un gesto de rabia lo miró y tiró la piedra a un lado. El viento candente traía a la nariz el olor rancio de la grasa de los cadáveres y agitaba las llamas. Se levantó y siguió, cojeando, con Nehemías a su lado, hasta llegar donde se confundían los cuerpos de perros y hombres, caballos y buitres, retorcidos los unos sobre los otros.

-La última batalla fue cruel- dijo Simón, cargando el cuerpo de un guerrero decapitado al que previamente despojara de la ropa-. Nos ha traído mucha carne enemiga que ahora se confunde con la de los ajusticiados de ayer.

Otros cortaban telas que arrancaban a los muertos y, si les iba bien, podían dar con algún anillo o collar de oro que aún llevaran encima y que escapara a los ladrones de cadáveres. Abdías se irguió y sonrió de entre la carroña, en su mano brilló una joya que levantó al sol:

-Yahveh provee y proveerá- dijo y rio enloquecido.

Simón arrojó el cadáver decapitado a la pira de azufre, por la espalda desnuda le escurrían los líquidos del muerto. Volvió a ocupar su lugar entre la carroña. Antes de ponerse en cuclillas ante un caballo, se ajustó la tira de piel que le ceñía la cintura como un taparrabos.

-¡Nehemías –gritó-, alcánzame el hacha para descuartizar a este animal!

Nehemías le ayudó a despiezarlo. Se llevaron los pedazos a la pira. El sol abrasaba y los fluidos de los muertos se secaban en la piel formando costras.

Detrás de un montículo de tierra y ceniza del que emergían algunos huesos puntiagudos, y algún pedazo de cráneo, brotaban gemidos. Simón y Nehemías se acercaran, Oseas los siguió, lento, arrastrando la pierna. Al rodear el montículo vieron a Jefté, que apareció echado sobre el cadáver desnudo de una mujer. Él también estaba desnudo y parecía clavado en medio de ella. El despojo de la mujer tenía las piernas abiertas en silenciosa sumisión. Al principio Jefté no los escuchó y continuó acariciando la carne tumescente. Simón aún traía el hacha, empequeñecida contra su musculoso cuerpo, pero le golpeó el rostro con la mano abierta. Jefté salió del interior de la muerta, arrojado a un lado. Se llevó las manos al miembro y aulló de dolor.

-¡Maldito seas por los ángeles! -gritó Simón- ¡Estamos condenados e inmundos por tocar a los muertos; pero tú lo estás mil veces! –luego sonrió y añadió-: Tenías que haber guardado algo para los amigos.

Simón cayó sobre la muerta y comenzó a toquetearla, mirando de reojo a Jefté y amenazándole con la mano.

-¡No, por piedad, no! –gimoteó Jefté, arrastrándose, desnudo como una pequeña larva de mosca, sobre las rocas y la tierra seca -¡Por el cielo! ¡Hace mucho que no toco a una mujer! –Simón sostuvo el hacha sobre su cabeza.

-No lo mates –pidió Nehemías-. Algunos de entre nosotros lo hacemos con cadáveres de hombres como en Sodoma…a falta de mujeres. A él le ha venido en suerte…

Simón no escuchaba; en sus ojos brillantes, casi único rasgo no oscurecido por la inmundicia, se adivinaba una especie de locura o venganza divina.

-Arderás en el Gehena –dijo- junto a los enemigos muertos en batalla y los condenados-. Asestó el golpe y Jefté, que hubiera querido gritar, no gritó porque un borbotón de sangre oscura manó en cascada por su boca, cuando el hacha sucia le cercenó el cuello desde el lado derecho, cortó el pecho y siguió cortando debajo de la tetilla izquierda. La cabeza, el cuello, el hombro y el brazo izquierdo cayeron al suelo.

Los otros basureros ya se habían acercado, unos veían desde encima del montículo, otros los rodearon. Simón gritó uno o dos nombres y los hombres se acercaron.

-¡Lleven los restos a la pira, los demás vuelvan a trabajar! –él, en cambio, siguió haciéndolo con el cuerpo de la mujer.

Los otros, mansamente se alejaron. Oseas se quedó de pie ante la amante pareja que abría en dos la realidad. Como pudo se arrodilló para tocarla. Simón le dejó hacerlo. El cuerpo de ella estaba helado, en ese lugar tan caliente de la tierra y, curiosamente, a diferencia de los demás muertos, la rigidez no la había alcanzado aún. El aire reverberó en lenguas que subieron por el aire. Oseas contempló su belleza, los senos erectos y llenos, el vientre plano, el ombligo, el pubis y el sexo que Jefté profanara y que encerraban sus muslos carnosos. Un cuerpo perfecto pero muerto con Simón encima, babeando como perro rabioso. Oseas miró la horrible herida abierta en la garganta de la mujer, como una boca que gritara y después se silenciara bajo las nubes calientes. Contempló el rostro sereno, hermoso, casi infantil. Sus ojos miraban sin ver el cielo infinitamente lejano, y en su color negro vio el cielo reflejado. Parecían vivos. La cabellera abundante, lacia y larga, se abría como un ala negra bajo su cabeza.

-Pronto serás entregada a las llamas… ¿Quién fuiste? ¿Una noble olvidada, una virgen que no conoció varón y sólo lo ha conocido en la muerte insensible? ¿Qué hay tras tu belleza apartada? ¿Será una guerra o la inocencia adulterada?

Perdió los ojos en los rasgos de su cara, su mirada recorrió su cuerpo hasta detenerse en los muslos, en el sexo. Estiró la mano. Con dedos temblorosos tocó apenas la carne interna de los muslos, luego los acarició lentamente, demorándose en pensamientos extraviados, diciéndose que él tampoco conocería mujer –pensó en las palabras de Jefté y en la inútil virginidad de la mujer que yacía a sus pies- y tragó saliva amarga. Quizá no estaba mal que él también…

-¡Apártate, perro sarnoso!

Recibió el codazo en el pómulo. Despertó, fue traído a su presente. Simón estaba tendido, jadeando cuan largo era, sobre el cadáver, sudando ríos lechosos. Un cuerno sonó, lejano. El llamado para reunirse. Oseas se levantó torpemente. Miró, una última vez, el cuerpo a sus pies.

Era de tarde. Marcharon en fila hacia las murallas de piedra. Simón el primero, Oseas el último, cojeando y ayudado por Nehemías a quien le había permitido sostenerlo a medias, arrastrarlo a medias.

Alcanzaron la sombra fría de las murallas, pero no encontraron refugio. Desde arriba, una mujer arrojó los huesos de algún ave, que cayeron entre la basura, los cuerpos de los criminales y los animales sacrificados. El fuego ardía aquí y allá con llamas azules y amarillas, vacilantes al aire enrarecido que soplaba caprichoso. Entraron por el agujero en el muro, se arrastraron como reptiles en la oscuridad, hasta la bóveda pestilente donde ardían algunas antorchas. Había ahí varias vasijas de barro grandes, con agua, a las que se acercaron. Comenzaron a lavarse lo mejor que pudieron. Subieron la escalinata desgastada y angosta de piedra húmeda, encerrada entre muros rezumantes de limo. Salieron a la luz macilenta de la tarde, ya agonizando, en la ciudad. Un soldado, que llevaba una larga lanza, les custodió hasta las celdas.

Oseas y Nehemías, agotados, se echaron sobre los lechos de tablas toscas y cubiertas por harapos y, antes de que cayera la noche, Oseas recordó el fuego ardiendo en llamaradas fantasmales de color azul, la muerte en distintos rostros y en cuerpos distantes, la condenación y el dolor, la pestilencia omnipresente de la corrupción, el penetrante y venenoso olor del azufre y ese cuerpoel bello cuerpo, el bellísimo cuerpo, el cuerpo, el… Se la imaginó ahí, tan ajena al Gehena, y la poseía, la penetraba, bajo el sol maligno que reverberaba en ondas malsanas en la tierra, cubierta de calor y muerte y pestilencia…

-Di que me amas… -se sorprendió al escuchar su propia voz, en un terreno que estaba más allá de la vigilia, pero que no era el sueño, a pesar de esto no abrió los ojos, y se dejó llevar por esas frescas olas …

-Sí…sí…sí… -besó sus labios, con los dedos recorrió su cuello y reconoció esos otros labios abiertos como alas. Y gritó.

 

Gritó y, sudando, despertó. Se incorporó y miró a su alrededor, jadeante. Desde el lecho podía ver el campo florido a través de la puerta abierta, más allá de los ajetreos diarios. El viento penetró, llevando consigo el aroma dulzón de las flores, que se quedó impregnado en las telas del lecho, y siguió en una exhalación más allá de la puerta trasera. A sus oídos llegaron los balidos de las ovejas. Se levantó y se vistió. Antes de salir miró su pierna. Tenía una cicatriz en el muslo. Recordó, o creyó recordar, una caída sobre algún apero afilado de labranza.

Se detuvo ante la puerta. Miró fuera y gritó un nombre:

-¡Ismael! –bajo los efectos del sueño parpadeó, en el sol de la mañana, y respiró el aire fresco.

Un muchacho acudió pronto.

-¿Ya nos vamos, padre? –Él asintió –Sacaré las ovejas…

El muchacho se alejó. Él cerró los ojos. Tembló al contacto con el viento. Luego vio a su hijo en el camino lateral, con el rebaño, cuando abrió los ojos, complacido, arrojando el miedo a un lado, y le alcanzó pronto, corriendo, probando la fuerza de sus piernas, sonriendo.

Mientras pastoreaban se encontraron a Isaac que venía de frente con su propio rebaño. Las ovejas de ambos rebaños se confundieron por un momento. Otra vez le pareció soñar. Se saludaron dándose un beso en la mejilla.

-Soñé que me condenaban a ser basurero en el Gehena…

-¡Por Adonai! –Isaac abrió los ojos como platos, horrorizado de solo imaginarlo.

-Cuando la gente sabía de mi condena se apartaba de mí, gritando: ¡Ahí va un basurero… el inmundo… apártense de aquél que es peor que los leprosos!

Y se demoró en los detalles de muerte, en describir el cuerpo de la mujer muerta y todo lo demás. Al atardecer volvieron a sus casas. Oseas y su familia comieron tranquilamente, sentados a la mesa larga y burda, y dieron gracias al Altísimo, pero en sus pensamientos pidió secretamente apartar de su vida toda posibilidad de caer en la condena.

Por un momento, al ver a su mujer al rostro, vio otro rostro que se desvaneció en un ligero parpadeo, en la atmósfera soporífera de la tarde. Desde fuera el balar de las ovejas llegó y se alejó. Entonces el encanto, ese algo que flotaba en el ambiente, ese algo que hacía que todo estuviera bien,  volvió a disiparse y los rostros de su esposa y de su hijo se borraron, como quien borra con la mano un dibujo en el polvo, dejando solo un manchón irreconocible y fueron otros rostros, cadavéricos, ensangrentados y alargados por el crepitar evanescente de las llamas, irreconciliables con ese presente. En sus oídos martirizados escuchó un nombre aterrador: Hinón.

-¿Qué quieres decir, hombre? El Valle de Hinón está lejos, gracias al Altísimo, ante las murallas de Jerusalén… -la voz de su mujer se quebró, como conjurando a los demonios del mediodía, alejándose.

El aire de una tarde agotada entró por la puerta, trayendo a su nariz la confusión, tumores malignos reventando, ya maduros; un olor dulce y nauseabundo a la vez. También olores caprinos. Y leche y sangre, o leche derramada en chorros sanguinolentos y coágulos. Sudaba cuando se recostó en el lecho, bien entrada la noche. Se sentía cansado y con los dedos recorrió las telas que le cubrían, sintiendo el limpio tejido en las yemas. De repente, la pesadilla le asaltó con todo detalle. Abrió los ojos y se vio otra vez en la celda, alguien le apuraba para que se levantara y salieran aprisa al valle de la muerte.

 

Abrió los ojos… En ese momento más allá del sueño su vista chocó con el áspero techo de piedra.

-Rápido –dijo la voz, cayendo desde lo alto y hacia un lado-, no tarda en sonar el cuerno…

Miró y se encontró el rostro compungido de Nehemías.

-Soñé que estaba en casa… -le dijo, a punto de llorar, pero sabía que no habría lágrimas.

-Yo también he tenido sueños así…

Sin más, echaron a andar hacia el Valle de Hinón.

 

Les recibió la luz filtrada y mortecina, aún en los túneles. Oseas iba cojeando como siempre, mientras el soldado les precedía, abriendo paso. En algún instante, Oseas, justo detrás del soldado, rozó la mano del hombre.

-¡No me toques, perro inmundo! –Gritó, le golpeó con la lanza en el costado y él cayó hecho un ovillo–. Has comenzado mal el día, no quiero imaginar lo que te espera.

Nehemías le ayudó a levantarse, pero Oseas miraba al soldado que ya se alejaba, parpadeando, como si se estuviera desembarazando de las costras del sueño, negándolo. Pero esta vez no hubo imágenes que se borraran.

Alcanzaron a los otros en la bóveda bajo las murallas y todos salieron al basurero, se los avisó el golpe de hedor que recibieron en la nariz, como si hubieran golpeado con un muro de pestilencia más allá de lo inconcebible, al que nunca, nadie, jamás podría acostumbrarse.

 

Desde temprano los buitres ya sobrevolaban el sitio. Las ominosas sombras se movían por el suelo, deslizándose en círculos. Algunos fuegos aún ardían desde el día anterior, sobre todo aquellos donde el azul gélido del azufre ardiente se derretía y perduraba, viscoso y espectral.

Ahí estaban, delante, las pirámides de cadáveres. Vio los cuerpos de tres ovejas degolladas que, seguramente, habían arrojado desde los muros durante la noche, después de sacrificarlas en un acto de penitencia o petición. Ahí estaban los huesos blancos y agudos como lanzas, emergiendo de la tierra, fracturados como la esperanza. También estaban las cenizas, y los cráneos quebrados, y el hedor tan omnipresente como un dios de odio, o un dios ajeno, o un dios muerto, o quizá ciego y loco como el mismísimo cielo[1].

 

Se dijo que soñaba. Tenía que estar en casa y envuelto en la pesadilla. ¿Dormiría para despertar en casa y dormir, otra vez, y despertar en el Gehena? ¿Qué dios demente lo había condenado a eso? No podía ser Ialdabaoth. No el Dios de los Ejércitos… Será el de los ejércitos… ¡Pero de basureros! pensó, y eso le causó risa. Una risa desequilibrada, insensata. Que lo separaba del aquí y ahora.

Se pusieron a trabajar. Se vio arrastrando cuerpos desmembrados a las hogueras. Ayudó a descuartizar otros más. Encontró una sortija en un cadáver e, ingenuo, soñó con la posibilidad de enviarla a casa para que la vendieran, y pudieran comer, y pudieran vestirse pero, si soñaba ¿podría, al despertar, llevarla consigo, sacarla del sueño como quien saca un poco de trigo de una vasija, y que se cuela entre los dedos?

Cuando se separó de los otros lo hizo para ver el rostro de la mujer muerta. Un buitre le estaba vaciando los ojos. En el pico tenía, todavía, la esfera blanca que se unía a la cuenca mediante un jirón de carne. Otro más picoteaba en la hendidura amoratada de su sexo. En el pico ganchudo colgaba un pedazo de tripa rosada. Sintió náuseas, vomitó en seguida. Con piedras que les arrojó, alejó a los pajarracos, y se le fue el día colocando rocas sobre el cadáver, para ocultarlo de la vista de los animales y de los hombres.

Trabajaron hasta la tarde, luego sonó el cuerno a lo lejos, en las murallas de Jerusalén.

 

Escuchó la sirena. Abrió los ojos. La cama estaba fría, empapada por la sangre y los demás fluidos. A su lado estaba la mujer, vaciada y eviscerada sobre las sábanas. La puertecita del frigobar, al pie de la cama, estaba abierta de par en par, como el sexo de ella y dejaba ver la cabeza cortada de los carneros y el frasco con los sesos. Aún retenía el olor del azufre en la nariz, cuando miró la lámpara de lava y el techo azul, donde la pintura se descascaraba en conchas húmedas que caían, pulverizadas, sobre la cama y todos los objetos. Diríase que llovían cenizas.

El agente abrió la puerta de un empujón y le apuntó con el arma. Él lo miró y el policía reprimió una arcada. Otros dos agentes entraron, abriéndose a los lados del primero, le levantaron en vilo y le esposaron.

-¡Por favor, no se la lleven! –pidió -¡No a ella!

Cuando lo sacaron del cuarto todavía echó una breve mirada, sobre su hombro, al cadáver femenino.

En la patrulla la voz en la radio se equivocó de nombre:

-En estos momentos nos ha llegado el informe de la detención de Simón Peterson, el asesino necrófilo…

-Me llamo Oseas Peterson –le reclamó al par de agentes que lo custodiaban, mirando a uno y a otro, pero ellos lo ignoraron.

La patrulla siguió por un camino lateral que parecía infinito y desembocaba en la amplia carretera. Era de tarde y el letrero a un lado de la carretera anunciaba:

 

“Está usted abandonando la ciudad de Hinón, cuna de la mejor carne de carnero. Población: 2500”.

[1] Alusión a un poema de Rupert Brooke.

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Por Pedro Paunero

16 Julio 2019

El hombre, la mujer, la playa

Una mujer y una toalla. La mujer sobre la toalla. La cerca el mar y las nubes en estampida. También la arena. La arena caliente. La mujer se abre. Se abre al aire, al día, al mar y a la sal. Se abre al mar. Abre las piernas. Las separa. Se abre ella. Ella se abre. Se abren las cortinas orgánicas del día. Se separa de la inmovilidad del día. Se hace líquida.

Un hombre y su deseo. Se acerca a la mujer en la toalla, sobre la toalla. Lo cerca el mar. El mar lo cerca con oscuridad. El día se oscurece. Se vuelve torvo. El mar y el día y la sal y la arena se calientan. El hombre se tibia. El hombre se vuelve piel que quema. El sol quema en su piel. El hombre se planta ante la mujer. El hombre le oscurece el día a la mujer. El día se oscurece alrededor. La sal, las nubes, el mar que es un rumor de mar y es todos los mares, se alejan. No ven. Se alejan. El hombre... el hombre se vuelve estaca.

La mujer que grita. Que es un grito. El hombre que es estaca. El hombre estaca a la mujer. Hay una estaca en la mujer. Hay una estaca y carne y fluidez y dureza y sangre en el medio de la mujer. Hay un hombre en el medio de la mujer. La mujer y el hombre separan al día. Se separan del día. El día que es oscuro huye. No hay día. Hay un hombre con su estaca, hay una mujer abierta, hay un hombre que es estaca en el medio de una mujer abierta. El día no se oye. No se oye el mar. El mar que fluye y se desliza. El día que huye. El hombre. La mujer.

Hay sangre y calor de sol. Hay sal y agua de mar. Hay una mujer de la cual se separa el hombre que se sube los pantalones. Hay un hombre que se aleja. Hay una mujer que se sienta en la toalla a la cual cerca la arena y el mar que regresa. Una mujer que se levanta y se sube la parte baja del bikini. Hay un mar y un cielo. Hay un día que se recompone.

Una mujer se aleja. Se separa de la arena. Un hombre se aleja. Se separa de la mujer. Arriba el cielo sigue siendo. Sigue siendo el mar que estalla en sal y agua sobre la arena de la playa. Un día. Un día que se recompone. Yo me recompongo. Dejo los prismáticos. Yo que he estallado. He estallado con ellos. No soy ni el hombre ni la mujer. He sido la playa y el hombre en la mujer y la mujer que ha permitido la entrada del hombre. Soy. Soy. Caigo en la butaca. Cierro los ojos. El día se cierra impávido y ajeno.

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