Inocencia

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Autor: Samuel Parra

Daniela apenas y conseguía ver las luces; aquellas que la habían guiado a su destino. Tenia la mirada extraviada en medio de la oscuridad. No sabia cómo decirles a los demás, que empezaba a sentir miedo, que empezaba a flaquear, entendía que ellos quizá también estuvieran sintiendo lo mismo. Pero estaba segura de que no lo decían por no quedar como cobardes, al menos eso parecía para Daniela, que en medio del caos, tomaba aire para recordar lo que era respirar.

 

―Oigan, no les parece que ya es demasiado el tiempo que llevamos varados aquí, tal vez deberíamos de intentar salir. Me empiezo a sentir sofocado ―aseguró Pablo, con la voz desencajada.

―Yo también me siento igual ―dijo Daniela―, sólo que no quería que pensaran que estoy asustada.

―Todos lo estamos ―afirmó Pablo.

―¿Qué podemos hacer?, ya deben de estar buscándonos, o tal vez ni siquiera han notado que ya no estamos ―dijo Fernando, con la resignación que suelen tener los moribundos.

―Basta ya de esto. Daniela intento moverse de su lugar y añadió―: nosotros así lo quisimos, fue nuestra decisión de llegar hasta aquí, ahora debemos buscar la manera de regresar a nuestro hogar. Aquí ya no podemos seguir. Con el paso de las horas se vuelve más oscuro aquí dentro, y aún más, allá afuera. Ya ni siquiera distingo sus siluetas, sus rostros, la luz de sus ojos, que anunciaban el reflejo de su miedo, aunque no lo dijesen.

―Yo tengo más miedo del que sienten ustedes ―dijo por primera vez Laura, que había estado más callada que el mismo silencio que los arrullaba.

―Te entiendo ―dijo  Daniela. Al tiempo que estiraba los brazos para intentar tocar a sus compañeros, pero sin mucho éxito.

―Hemos viajado por tantas horas, días quizá ―afirmó Fernando, mientras se frotaba las manos en medio de aquella oscuridad que sólo les permitía a sus voces salir de sus entrañas.

―Ya no puedo distinguir el color del cielo, apenas puedo ver por las rendijas que ya ha anochecido, pero la luz de las estrellas, se mira muy distante, parece como si estuviéramos a miles de kilómetros de distancia de nuestra galaxia, de nuestro hogar, al que tanto he comenzado a añorar ―afirmó Pablo.

―Lo sé. Viajamos desde tan lejos que las bitácoras se fundieron y los instrumentos colapsaron, no queda nada, además en medio de tanta penumbra es imposible distinguir donde esta el Sur o el Norte ―dijo Laura.

―¿Qué somos? ―preguntó Daniela―. Parecemos ánimas vagando en la oscuridad. Sólo hay que vernos aquí atrapados estoicamente en medio de la nada. Desde hace tanto que vemos únicamente oscuridad. Ni siquiera nos podemos tocar, no sabemos donde estamos. Sí, sé que nos escuchamos, pero ¿cómo sabemos si aún estamos vivos? A veces cuando ustedes hablan los escucho muy lejos, tan lejos que parece que estamos en órbitas diferentes. Casi no puedo moverme de mi lugar, me siento inmóvil, cansada, con sed, hambre, frio y en verdad empiezo extrañar mi hogar, al que abandonamos sin siquiera pensar en las consecuencias ―agregó.

―Será mejor que nos calmemos ―dijo Pablo― estamos empezando a perder la calma.

―Creo que es lo único que nos falta perder ―dijo Daniela―, ya perdimos la luz que nos alumbró en nuestro camino. Quizá ya estamos muertos y seguimos hablando aquí, en medio del silencio, en donde vienen a descansar todas las ánimas que alguna vez tuvieron vida.

 

―¡Cállate por amor de Dios! ―Exclamó Laura―. Te estás volviendo loca.

―No, no lo estoy. Te aseguro que ya hemos muerto. A ver dime, ¿por qué no podemos sentirnos, ni tocarnos, ni vernos cómo antes cuando comenzamos el viaje? ―preguntó Daniela

―Hagamos la prueba ―dijo Fernando―. Desde nuestros lugares intentemos movernos poco a poco y todos empezamos a hablar más fuerte para guiarnos por nuestras voces, y asi, tocarnos y asegurar que aún seguimos vivos.

―Buena idea ―aseguró Pablo―, yo comienzo primero. Chiflare de manera flemática una canción y tú, Fernando, te guías por el sonido.

―De acuerdo ―dijo Daniela.

―Muy bien, espero que funcione ―aseguró Laura

―¡¡¡No puedo moverme!!! ―dijo Fernando, con la voz secuestrada por el terror― te escucho, Pablo, pero no puedo moverme, algo me tiene atrapado. Cierro mis ojos y sigo viendo la noche, lo negro de la penumbra que nos amamanta con su sutil encanto y nos cubre de una oscuridad tan serena como el viento; el mismo que ya no siento acariciar mi piel.

―Sí. La oscuridad se hace más profunda ―aseguró Laura―, yo también te escucho silbar, Pablo, pero te escucho muy lejos… Demasiado lejos. Se vislumbran unas luces. Apenas las puedo ver por la rendija de esta lata metálica. Tal vez, este es un castigo por huir de nuestros captores que nos apresaban, que nos dirigían, que nos educaban, que nos formaban a su semejanza. Nosotros buscamos nuestra libertad; y caímos presos en ella. Ya no hay muchas esperanzas de salir vivos de aquí, ¡si es qué lo estamos! ―agregó.

―¡Basta, basta ya de esto, en verdad. Suficiente! ―exclamó airadamente Daniela― con una voz que ya empezaba a abandonarla; para huir de aquella incorpórea oscuridad.

Después de unos segundos, todos guardaron aún más silencio del que los albergaba, y suspiraron al mismo tiempo. Tener los ojos abiertos o cerrados daba lo mismo. Solamente podían contemplar una devastadora penumbra que los había acogido en su pecho, los alojó en su vientre y los arrulló con la desesperanza que ésta suele dar. Después de muchos minutos agónicos, afuera se comenzaron a escuchar gritos desesperados que aclamaban su búsqueda, al tiempo que por una de las rendijas de aquella lata de metal, se vislumbraban algunas estrellas fugaces que iluminaban las esperanzas de ser encontrados, rescatados y devueltos a una realidad extraviada.

―¡¡¡Aquí están, aquí están!!! ―aseguró una voz ronca― parece que están con vida, rápido llamen a los bomberos, hay que sacarlos de este lugar.

Después de unos minutos se escucharon ruidos al por mayor en medio de aquel contenedor de metal en forma de lata espacial, los tripulantes de tan singular objeto se alegraron y dijeron todos a la vez:

―¡¡¡Nos han encontrado, nos han encontrado!!!

Un ruido pernicioso para los oídos de los tripulantes aventureros se hizo notar, en medio de la noche interminable, al remover la tapa superior de la lata metálica, y una voz con auténtica sorpresa y rabia dijo:

―¡Niños, ¿que diablos están haciendo aquí?!

―Nada mamá, estábamos jugando a ser Astronautas y nos quedamos atrapados aquí adentro ―aseguró Daniela.

―¿Astronautas? ―preguntó el hombre de voz ronca, que era el padre de Pablo, uno de los tripulantes―. Mírense chamacos del demonio, los hemos estado buscando por horas y ustedes aquí metidos jugando sin importarles el sufrimiento y la incertidumbre que hemos pasado todos nosotros ―agregó.

―Perdón, no quisimos asustarlos ―respondió Daniela―. Sólo quisimos divertirnos, nos escapamos de casa para venir a jugar hasta acá, pero nunca imaginamos que nos quedaríamos atrapados dentro de este contenedor.

―Laura, Fernando; sus padres ya vienen por ustedes, ya les avisamos que están bien.

―Estaban muy preocupados por ustedes ―aseguró la madre de Daniela.

―Lo sentimos, en verdad lo sentimos mucho ―dijeron todos al mismo tiempo― no quisimos hacerles pasar un mal momento.

Los bomberos terminaron por destrozar aquel contenedor metálico que albergó a la tripulación más peculiar y valiente que había existido. Los niños fueron revisados por un medico, y por fortuna, no tenían más que unas pequeñas laceraciones en sus piernas, que se habían hecho al haber estado atrapados en aquel lugar confinado.

―Vámonos a casa, niños ―dijo el padre de Pablo.

Los niños abordaron sus respectivos vehículos, al tiempo que la madre de Daniela, el padre Pablo y los padres de Laura y Fernando, se quedaron charlando por unos momentos y uno de ellos dijo: mírenlos, se metieron a esa lata de fierro a jugar a ser Astronautas, sólo con la imaginación que suelen tener los niños. Cuantos quisiéramos tener esa imaginación para perdernos en ella, aún en los momentos mas difíciles. No hay mayor “inocencia” que la de un niño , pues les basta con cerrar los ojos y recrear cientos de mundos diferentes, otros paisajes, nuevos panoramas. En cambio los adultos hemos perdido toda la capacidad de asombro, de imaginar, de creer, de soñar, de vivir con nuestra mente las mejores aventuras ―agregó.

―No, no la perdimos ―afirmó la madre de Daniela―, el tiempo nos secuestro la imaginación en reclamo de una adultez, que nos exorcizó de una niñez, qué aún debería de vivir dentro de nosotros.

La noche siguió su curso y la aventura espacial terminó… hasta que una nueva llegue y arrope a los niños, como siempre suele pasar, en el danzar de la vida.

 

Copyright ©® Carlos Samuel Parra Romo

Nogales, Sonora, México, 8 de agosto de 2019.

Comentarios

  1. Muy bueno este cuento mi estimado amigo y lo felicito por el grado de atención y angustia que genera la estructura en nuestras mentes. Siga adelante con estos buenos y escabrosos relatos….Abrazos

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