Una pinche “historia” sin gracia

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Me llamo Antony y soy sordomudo de nacimiento. Viví mi niñez y parte de la adolescencia dentro de la normalidad más normal que se puedan imaginar. En realidad, fui normal asta ayer en la mañana, no obstante, mi incapacidad para ablar y escuchar era un problema para todos los que me rodeaban, y eso me acía una persona diferente.

El amor de madre y padre no fue suficiente para que yo lograra descifrar este mundo, y por eso mis primeros años, aunque normales, sí fueron un poco complicados. Crecí bajo un techo católico, y entre otras tradiciones, la iglesia exigía tener padrinos. Uno en un ritual llamado bautizo, pocos días después del nacimiento, aí, cuando decidieron que sería Antony por el resto de mi vida; y otro llamado confirmación, en mi caso a los trece años, donde mi padrino fue Richard James, un amigo lejano de la familia, pero un gran y reconocido empresario en mi ciudad. Al principio me preguntaba si mis padres lo abían escogido por conveniencia, luego abandoné esa pregunta y comencé a agradecer.

Gracias a mi padrino pude entrar a una escuela especial muy costosa, en la que enseñaban a leer y a escribir a personas, también normales, pero con discapacidades similares a la mía. A la edad de quince años descubrí que juntando dos letras, un par de veces y con una rayita inclinada sobre la última letra, lograba una palabra que en la mayoría de personas era la primera que pronuncian en su vida: ma–má. A esa edad aprendí a escribir perro, gato, casa, carro... y todas esas palabras normales que todo el mundo se sabe. Sin embargo, lo que más disfruté no fue aprender a escribir, sino comenzar a leer. ¡Fue fantástico! Empecé a descubrir miles de istorias encerradas en los libros, comencé a imaginar cada personaje y cada escenario. Conocí uno de los mayores placeres que disfrutan los umanos: la lectura. Aora sí mi vida estaba más normal de lo normal.

Todo mi aprendizaje fue enriquecedor y una experiencia maravillosa, pero debo confesar algo que aún no comprendo. Nunca entendí el uso de la letra H, no e aprendido cómo se lee ni dónde se escribe. Me an dicho incontables veces que es una letra muda, pero para mí todas las letras son mudas. Incluso, se supone que mi nombre también la debe tener, aí, incrustada entre la T y la O; algo así: AntHony. Yo sé utilizarla combinada con la C  para escribir techo, chula, muchos… y palabras por ese estilo, pero sola, aún no puedo. Mi ortografía es buena, y comparando, yo diría que es mucho mejor que la de muchas personas que sí pueden escuchar y hablar. Conozco muy bien el uso de la tilde y entiendo perfectamente la diferencia entre palabras como está y esta, o cómo y como; pero la bendita ache ¡sí me quedó grande!

Para terminar debo volver al punto donde comencé. Les decía que mi vida fue normal asta ayer en la mañana, pero en realidad los síntomas comenzaron hace tres semanas cuando me inscribí en el club de lectura de la librería de mi barrio. Allí ay una joven librera que se llama Emily Sánchez y está prestando servicio social, lo sé porque eso es lo que dice en su carné de identificación. Es muy bonita y sospecho que viene de México. La gente  normalmente identifica a los extranjeros al escuchar su acento, pero yo no puedo escucharla, solo lo digo porque tiene rasgos muy parecidos a los de las actrices de las novelas mexicanas que mi mamá ve en las tardes.

El echo es que en los días que llevaba asistiendo al club de lectura nunca la abía visto leyendo, sabía muy bien la ubicación de los libros, conocía muchos nombres de obras y sus autores, pero no leía ninguno. La semana pasada le pedí un adelanto de mi mesada a mi papá y decidí comprarle un libro. Emily estaba rodeada de istorias, pero necesitaba un libro que fuera con ella en el autobús, se metiera a su casa, a su cama y la acompañara al parque.

Tardé varios días asta encontrar uno apropiado para ella. Escribí una pequeña nota procurando no utilizar palabras que necesitaran la letra H  y se lo entregué. Eso fue la semana pasada, y sé que su vida no fue normal en esos días, porque la e visto leyendo muy concentrada. Mi vida tampoco fue normal, porque Emily sonreía cuando me veía. Salí de esa normalidad en la que vive la mayoría de gente y entré en algo llamado Amor, gracias a su sonrisa, gracias a un libro. Sin embargo, ayer recibí una nota de ella, me agradeció por el libro que le izo compañía, pero me dijo que ya estaba terminando su servicio social y debía regresar a su pueblo. Quedé tan frío que ni siquiera quise leer más, pero ahora que lo pienso: si puedo vivir sin aches, puedo vivir sin ella.