Revista Anestesia

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Un poema en la oscuridad

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Por Jaime Romero

Un s√°bado fui a comprar un libro que me hab√≠an dejado leer en la clase de lexicolog√≠a y sem√°ntica. Como en el Centro Hist√≥rico hay una calle de libros usados, me encamin√© hacia all√°. Por supuesto, iba a pedir el cl√°sico ‚Äúcinco dedos de descuento‚ÄĚ, porque s√≥lo los brutos compran libros o se enamoran.

All√° estaba al fin, entre los altos anaqueles de literatu- ra mirando libros que no me pod√≠a comprar. Emocionado, descubr√≠ una primera edici√≥n de El libro vac√≠o de Josefina Vi- cens. Lo agarr√© como si agarrara una cosa sagrada. Mir√© em- brujado sus hermosas hojas amarillentas. Respir√© el rom√°nti- co aroma del papel viejo de sus entra√Īas. Con el rabo del ojo cuidaba que no me vieran los empleados de la librer√≠a para meterme esa joya debajo de la camisa. Disimulando inter√©s, agarr√© un libro m√°s gordo. Me fui a otro pasillo para confun- dirme con una se√Īora y una ni√Īa de lentes que miraban las enciclopedias. Le sonre√≠ a la flaca muchacha que cobraba y, a punto de terminar mi operaci√≥n, vi a una hermosa mujer con traje sastre mirando los best sellers de la entrada. Me sent√≠ perturbado al ver sus u√Īas pintadas del mismo color ama- rillo que luc√≠a en sus zapatos. Agarr√≥ un libro marr√≥n. Ley√≥ la contratapa poniendo cara de inter√©s y, antes de seguir su camino, lo dej√≥ sobre la mesa. Me tom√≥ un par de segundo

desprenderme de su figura que ya invadía mi mente. Una vez 91

 

recuperada la razón, me escondí el libro bajo la camisa y, con seguridad, fui al mostrador para preguntar a la cajera si me hacía un descuento por el libro gordo. Lo puse en el mostra- dor como si pusiera una muestra de mi inocencia.

‚ÄĒNo, muchacho ‚ÄĒme dijo la se√Īorita que atend√≠a un tanto abrumada‚ÄĒ, los precios son fijos. No puedo hacerte ning√ļn descuento.

Yo ya sabía la respuesta. Puse mi cara más triste, alcé los hombros y dejé el libro sobre el mostrador. Ya ni pre- gunté si tenían el libro que necesitaba para la escuela. Al salir a la calle, la llamarada del sol me pegó en los ojos. Hice una visera con mi mano como lo hacen los apaches y, admirando la gracia de su caminar, seguí con la mirada a aquella mujer de los zapatos amarillos. Con el botín en la cintura, me detuve un instante para medir su trayecto entre la gente. Me sentía como un barco listo para zarpar a la aventura de otras tierras.

Sin pensarlo dos veces, me disfracé de nadie y la seguí. No sé si es delito pero ahí iba yo, con mi tesoro bajo la ca- misa, viéndola atravesar las calles como una diosa. Hasta me quise hacer de su religión en ese momento. Después de un par de cuadras, justo antes de atravesar el Eje Central, ella entró a una zapatería y, al amparo de la muchedumbre, entré yo detrás. Cuando volteó y se cruzaron nuestras mira- das, sentí en sus ojos una navaja brillante desgarrándome de arriba para abajo. Mi corazón empezó a correr como una manada de antílopes. Ella dijo algo que no entendí por los nervios. Pensé que me reclamaba por perseguirla. Fingí de- mencia y, oliendo su perfume dulcísimo, me pasé de largo. Entonces apliqué el viejo truco de poner cara de muy inte- resado y, como si de veras fuera a comprar, me abandoné al arte de mirar zapatos. Por el reflejo de las vitrinas, entre

92             mocasines y medias botas, la alcanzaba a ver. Seguía la tra-

 

yectoria de sus movimientos entre la gente que curiosea- ba. En una de esas, not√© que me sonre√≠a y fue cuando me di cuenta de que era una de las vendedoras. Los misterios de la vida. Me sent√≠ idiota. Pude ver su rostro maduro. Al principio tuve verg√ľenza porque bien podr√≠a ser mi madre. Pero luego record√© las fogosas noches en las que hab√≠a vis- to a un camarada tener sexo con su vecina mayor. √Čl nos co- braba veinte pesos por el espect√°culo. Varios de nosotros nos escond√≠amos debajo de su cama y, cuando entraban al cuarto, los escuch√°bamos coger. ‚Äú¬°Dame por el culo!, nene‚ÄĚ, suplicaba la mujer antes de explotar en un orgasmo. Mi amigo gritaba igual de desesperado. ‚Äú¬°No hay nada m√°s maravilloso que coger con una mujer de experiencia!‚ÄĚ, nos presum√≠a mientras fum√°bamos mariguana una vez que su vecina se hab√≠a ido y nosotros sal√≠amos. √Čl era una espe- cie de √≠dolo para nosotros. ‚ÄúMe ruega que se la meta por atr√°s‚ÄĚ, continuaba, ‚Äú¬°y eso‚Ķ es otra cosa!‚ÄĚ. Se quedaba callado, encend√≠a un cigarro y fumaba complacido como si no pudiera librarse del placer que hab√≠a sentido. Yo nunca hab√≠a tenido sexo de esa manera. Ah√≠ estaba yo, pensando esas cosas, cuando lleg√≥ la mujer a mi lado.

‚ÄĒ¬°Hola!, ¬Ņencontr√≥ lo que buscaba? ‚ÄĒescuch√© clara- mente la textura de su voz azucarada.

Sin saber c√≥mo, en segundos ya me estaba probando un par de zapatos de gamuza azul. Al mirar el gafete que pend√≠a de su pecho, fue cuando descubr√≠ que se llamaba Josefina Vicencio. Que se llamara as√≠ era un mensaje meta- literario. Una se√Īal divina. Sin reparos, por instinto saqu√© el libro de Vicens y se lo ense√Ī√©. Ella me mir√≥ con extra√Īeza. Lo tom√≥ entre sus manos y sonri√≥ al descubrir el parecido de sus nombres en la tapa.

‚ÄĒ¬°√Āndale! ‚ÄĒabri√≥ esos ojos miel‚ÄĒ. Este libro por poco

y lo escribo yo.                                                                      93

 

Me qued√© mudo ante la astucia de su respuesta. ¬ŅQu√© pensar√≠a si le digo que me lo rob√©?, me dije. Record√© cuan- do era ni√Īo y mi t√≠a Rebeca me rega√Ī√≥ porque la vecina de abajo me hab√≠a descubierto saliendo de su casa con el Play Station de sus hijos. Al enterarse mi padre, me dio una paliza ejemplar con la fe irrevocable de que a golpes se exorciza el demonio del gusto por lo ajeno. Pero eso de robar se lleva en la sangre como una c√©lula o un gen. No pod√≠a evitarlo.

‚ÄĒSe le ven muy bonitos, joven ‚ÄĒdijo y se tom√≥ la cin- tura con una mano.

‚ÄĒ¬ŅUsted cree? ‚ÄĒrespond√≠ con mi mejor tono de voz‚ÄĒ.

¬ŅY cu√°nto cuestan?

‚ÄĒEn realidad, no mucho; considerando la calidad del zapato ‚ÄĒdijo y a m√≠ lo √ļnico que me importaba era ver sus labios carnosos y, dicho sea de paso, la forma curveada de su trasero.

Acced√≠ a comprar los zapatos, lo confieso, porque lo consider√© una inversi√≥n. Ella era perfecta. Cuando me for- m√© para pagar, vi a Josefina tratar con otro parroquiano. Parec√≠a muy amable y complaciente, hip√≥tesis que me puso m√°s caliente todav√≠a. Pagu√© y, enmascarando mis verda- deras intenciones, decid√≠ acercarme para darle las gracias y, en caso de ser posible, pedirle su tel√©fono. Al verla tan ocupada por un momento dud√©. Pero record√© las palabras sabias de mi amigo: ‚ÄúA una mujer madura hay que hablarle derecho; sin vueltas ni acertijos mamones hay que expre- sarle la necesidad de sexo sin compromiso‚ÄĚ. Me arm√© de valor y me le acerqu√© cuando la vi un poco desocupada. Se estaba haciendo una cola de caballo, mir√°ndose en un espejo de las vitrinas.

‚ÄĒ¬ŅTe puedo invitar un caf√© a la salida? ‚ÄĒle pregunt√© directo, como hab√≠a aprendido del genio de mi amigo.

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Ella se puso un rebelde mechón detrás de la oreja, me miró sorprendida y, casi riendo, contestó:

‚ÄĒ¬ŅUn caf√©?

Desde ese momento me di cuenta de que me domi- naba.

‚ÄĒS√≠, ¬Ņqu√© tiene de malo? ‚ÄĒtrat√© de justificar mi es- tupidez.

Josefina me miró como halagada por mi atrevimiento.

Sonreía.

‚ÄĒEst√° bien. Salgo a las siete de la noche. Si regresas a esa hora, vamos por ese caf√© ‚ÄĒsu voz fue una gaviota atra- vesando el mar de mis o√≠dos.

Mi amigo tenía razón; hay que hablar derecho.

‚ÄĒMe llamo Manuel ‚ÄĒme present√© extendi√©ndole mi mano llena de sudor.

‚ÄĒManuel ‚ÄĒrepiti√≥ y me mir√≥ fijamente.

Yo sentí que en su boca se escuchaba bonito mi nom- bre por primera vez. Agarré mi caja de zapatos y, lleno de emoción, salí a dar una vuelta por ahí hasta que diera la hora pactada.

Regresé casi media hora antes. Me paré en la esquina de la calle y, para hacer tiempo, me puse a leer fragmentos de El libro vacío. No pasó mucho tiempo cuando vi que la tienda empezaba a bajar sus cortinas grises. A los cin- co minutos salió Josefina por la puertita de en medio del negocio. Miró en ambas direcciones como buscándome. Se había cambiado la ropa, pero no las zapatillas. Se veía hermosa con una falda de mezclilla ajustada exaltando sus bondades. Yo atravesé la calle casi corriendo. Ella sonrió al verme llegar a la banqueta donde estaba. Caminamos rumbo a Bellas Artes, entre la muchedumbre y el mar de carros frenéticos.

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‚ÄĒ¬ŅTrabajas por ac√°? ‚ÄĒpregunt√≥ para dar pie a una charla.

‚ÄĒNo. Yo estudio Letras en la UAM Iztapalapa ‚ÄĒcontest√© sinti√©ndome un ser inferior.

Le cont√© brevemente de lo que se trata la carrera y ella me escuch√≥ con mucha atenci√≥n mientras camin√°bamos, cuando menos para m√≠, sin rumbo. Le habl√© un poquito de su tocaya Vicens y ella se qued√≥ fascinada. ‚ÄúMi mano no termina en los dedos: la vida, la circulaci√≥n, la sangre se pro- longan hasta el punto de mi pluma‚ÄĚ, cit√© esa frase que me hab√≠a aprendido de memoria. Al llegar a la calle Per√ļ, cerca de Garibaldi, ella me dijo que m√°s que un caf√© se le antoja- ba una cerveza y, como si siguiera un caminito con migajas de pan, dobl√≥ a la derecha y me llev√≥ a una vieja cantina llamada La Esperanza.

El mesero la reconoci√≥ en seguida y le ofreci√≥, lo que me pareci√≥ en ese momento, su mesa favorita. Nos sen- tamos. La m√ļsica de una vieja rockola era como la parte central del ecosistema que pod√≠a advertir en el lugar. Yo jal√© una silla m√°s y puse mi mochila encima.

‚ÄĒToni ‚ÄĒllamo al mesero‚ÄĒ, tr√°enos dos combos, por favor.

El mesero sonri√≥ t√≠midamente y, apuntando en una libre- tita, se dio la vuelta y se meti√≥ a la barra. Hab√≠a poca gente. En menos de lo que cae un rayo, el Toni lleg√≥ a nuestra mesa con el servicio: una bandeja de chicharrones, un platito de limones rebanados y un salero. Yo estaba embelesado con los cuadros que colgaban de la pared y la poes√≠a experimen- tal que ilustraba el letrero del ba√Īo: un sombrerito para los hombres, y una sombrilla para las mujeres. Cuando llegaron nuestros combos (una cerveza y un caballito de mezcal), Jo- sefina se puso muy contenta. Se frot√≥ las manos, se quit√≥ el

96             suéter, lo puso sobre el respaldo de la silla y, librando una

 

enorme sonrisa, me dijo: ‚Äú¬°Salud!‚ÄĚ. Conforme beb√≠amos, nos √≠bamos relajando m√°s y m√°s. Hablamos de varias cosas. Me cont√≥ parte de su vida. Yo la escuch√© con soberano inte- r√©s. Como un caballero elimin√© mis necesidades y antepuse las suyas. El mesero iba y ven√≠a de nuestra mesa con nuevos combos. Nos miraba con cierto inter√©s desde la barra. Eso me empez√≥ a poner nervioso. Ya me sent√≠a medio borra- cho. Fui al ba√Īo a mojarme la cara. Me miraba al espejo y me daba √°nimos para proponerle a Josefina un encuentro sexual. ‚ÄúDirecto y sin tapujos‚ÄĚ, envalentonado, cit√© las pala- bras de mi amigo. Aunque la verdad, ahora que lo pienso, eso de ‚Äúdirecto y sin tapujos‚ÄĚ me parec√≠a un acto violento. Josefina se hab√≠a portado muy bien conmigo hasta ese mo- mento, no ten√≠a por qu√© ser un majadero con ella. Al salir del ba√Īo, con la reconfortante idea de llevar las cosas con calma, me entraron una especie de celos al ver al mesero ah√≠ parado, con su trapo rojo en el hombro, al lado de Josefina. Se re√≠an como si se conocieran de mucho tiempo. Ella ya estaba borracha. Como un atrevimiento o un golpe de estra- tegia, sin pensarlo, ped√≠ la cuenta ante la mirada de sorpre- sa que pon√≠a Josefina. El mesero, sonriendo amablemente, sac√≥ su libretita, hizo la suma y me dijo:

‚ÄĒSon trescientos pesos, caballero.

Yo saqué mi cartera con algo de altanería y, dando gra- cias a mi dios personal por traer lo justo, puse los billetes sobre la mesa como si pusiera mi hombría. Josefina me agradeció la invitación con un gesto de complacencia y se puso su suéter.

‚ÄĒ¬°Est√° bien, Manuel! ‚ÄĒme dijo mientras se pintaba los labios‚ÄĒ, te ganaste la dicha de conocer mi casa.

Sentí la emoción de quien se saca la lotería. Agarré mi mochila, me la puse al hombro y, antes de salir, pedimos la

caminera. El mesero, como si fuera un placer atendernos, 97

 

nos trajo un par de mezcales más de cortesía. Josefina se tomó el suyo al hilo. Se tambaleaba un poco. Yo la seguí y me tomé el mío igual de rápido. Ya la cantina se empezaba a llenar cuando salimos a la calle a tomar un taxi.

‚ÄĒEstoy un poco cansada ‚ÄĒse quej√≥ mientras nos su- b√≠amos al carro‚ÄĒ. Si no, nos qued√°bamos ah√≠; el ambiente se pone bueno m√°s tarde.

Yo ardía en el fuego de quitarle ya la ropa. No dije nada al respecto.

Al llegar a la casa de Josefina, el zaguán estaba abierto. Era una vecindad de varias viviendas; por Indios Verdes. De su puerta salía una cortina floreada que me dio seguridad, tal vez porque me recordaba los manteles de la casa de mi mamá. Me acomodé la camisa y subí las escaleras detrás de ella. Sus chamorros prominentes me invitaban a acariciarlos a cada escalón que subían.

Al llegar a su casa, Josefina sacó un llavero, buscó entre varias llaves que traía hasta que dio con la correcta. Entré, y de golpe me llegó un olor a gato.

Nos sentamos en la mesa y yo, por los nervios, me puse a explicar la diferencia entre realidad y ficción como si eso fuera posible. Sentía su mirada atenta, aunque borracha. Luego, sabiondamente, le di algunos ejemplos de figuras retóricas. De pronto me cerró la boca con un dedo y me dijo al oído:

‚ÄĒ¬ŅNo se te antoja besarme?

Intenté comer despacio de su boca pero me ganó el deseo el hambre mi derrota.

‚ÄĒNo seas ansioso ‚ÄĒme dijo.

Me miró con ternura. Me acarició el pelo. Me acomodó

98             el cuello de la camisa y, con un kleenex, me limpió la boca

 

manchada de su lápiz labial. Luego me dio un beso de pi- quito y se levantó de la silla.

‚ÄĒVoy a traer una cerveza ‚ÄĒme dijo‚ÄĒ , ¬Ņo prefieres unos tequilas?

‚ÄĒ¬°Tequilas! ‚ÄĒdije y, sin saber por qu√©, me sent√≠ inde- fenso.

Ah√≠ ol√≠a a gato. Como soy al√©rgico, me comenz√≥ a doler la cabeza. Josefina se apresur√≥ a enjuagar dos vasos en la cocina. Sac√≥ una botella de tequila a la mitad. Su casa se ve√≠a muy arreglada. En la pared alcanc√© a ver un reloj me- t√°lico que me llam√≥ la atenci√≥n. En un rinc√≥n, al lado de un mueble de madera, ten√≠a muchas cajas de zapatos apiladas. Entonces, dominado por el impulso de mi sangre de rata, pens√© que la humildad era pura apariencia. Record√© que mi amigo, el que se estaba cogiendo a su vecina mayor, nos contaba que la mujer esa hasta le compraba ropa y le daba dinero. Eso ya me parec√≠a demasiado. Estaba exageran- do el cabr√≥n. Lo que s√≠ era cierto era que ambos gritaban como si los estuvieran matando mientras cog√≠an. Recordar eso me pon√≠a la sangre en erupci√≥n. Yo ya antes hab√≠a te- nido sexo con mi novia, pero nunca me salieron esos gritos desenfrenados. M√°s bien me sal√≠an peque√Īos quejidos de perrito faldero.

‚ÄĒ¬ŅY por qu√© estudias Letras, Manuel? ‚ÄĒpregunt√≥ Jo- sefina y encendi√≥ un cigarro.

‚ÄĒ¬ŅTienes m√ļsica? ‚ÄĒquise cambiar la conversaci√≥n.

Ella me encaj√≥ la mirada y sonr√≠o con el peque√Īo vaso tequilero pegado a los labios. Se levant√≥ y encendi√≥ su est√©reo. Al escuchar la voz de Chavela Vargas, record√© los domingos familiares en que mis t√≠as se emborrachaban en- tonando sus rasposas canciones. Me llam√≥ la atenci√≥n un solitario sill√≥n rojo para tres que sobresal√≠a como unos la-

bios en la cara pálida de la pared.                                             99

 

‚ÄĒ¬ŅTienes cartas? ‚ÄĒme sali√≥ por los nervios al ver que ella se me acercaba.

‚ÄĒ¬°Qu√©!, ¬Ņquieres que te las lea? ‚ÄĒdijo c√°ustica, puso su vaso vac√≠o sobre la mesa y, desviando su trayectoria, se fue a recostar sobre el sill√≥n.

Ahí tendida, se desató el cabello delicadamente y, mien- tras se quitaba las zapatillas, se le asomaban dos piernas sabrosas entre la falda subida.

Me armé de valor y me senté al lado de sus pies.

‚ÄĒ¬ŅC√≥mo se llama tu gato? ‚ÄĒle pregunt√© pensando que ‚Äúun vaso vac√≠o‚ÄĚ tiene m√°s poes√≠a que ‚Äúun libro vac√≠o‚ÄĚ.

‚ÄĒNo tengo gatos, pero quiero uno ‚ÄĒrespondi√≥ como insinuando que se refer√≠a a m√≠, lo que me puso muy excitado.

‚ÄĒ¬ŅTe parezco bonita, Manuel? ‚ÄĒdijo y se subi√≥ sobre mi regazo.

‚ÄĒ¬°M√°s que bonita, Josefina!, ¬°m√°s que bonita! ‚ÄĒres- pond√≠ y ya le estaba chupando las tetas.

Ella se hizo hacia atr√°s, aumentando mi deseo.

‚ÄĒ¬ŅNo tienes miedo de que sea mayor que t√ļ? ‚ÄĒdijo con una voz que juzgu√© retadora.

‚ÄĒNo ‚ÄĒcontest√© como si en ese monos√≠labo cupiera una respuesta razonable.

‚ÄĒ¬ŅNo le tienes miedo a nada? ‚ÄĒme mir√≥ retadora- mente.

Al juntar las bocas otra vez, supe que era ella quien me besaba. No yo. Hund√≠a sus dedos en mi cabello. Sin dejar de despegar el aliento, en un acto digno de acrobacia se estir√≥ y apag√≥ la √ļnica luz que iluminaba la estancia; nos llenamos de oscuridad. Deduje que le produc√≠a verg√ľenza mostrarse desnuda. Sonre√≠. Al quitarme la camisa me lleg√≥ la ligera sensaci√≥n de que alguien nos miraba. Me sent√≠ inc√≥modo. Sin pedir permiso, encend√≠ la luz otra vez. Josefina no se

100           opuso y me metió la mano tan al fondo del pantalón que ya

 

no pude pensar en otra cosa. Me entregué a sus caricias. El sabor a cigarro de su boca me inundaba los sentidos. Nos besábamos con hambre de verdad. Las venas hinchadas de su cuello me invitaban a mordérselo. Así lo hice. Ella se retorcía como endemoniada. Sus gemidos me traspasaban los huesos. Como si fuera una urgencia, se levantó, me bajó el pantalón y empezó a chupármela con maestría. Nunca había experimentado algo parecido. Estaba derrotado ante aquellas embestidas.

‚ÄĒ¬°M√©temela hasta el fondo, Manuel! ‚ÄĒsent√≠ que esas palabras eran una orden extra√Īa‚ÄĒ ¬°Ah√≥game, por favor!

‚ÄĒy me agarraba de las nalgas.

Yo empujaba con todas mis fuerzas. Sent√≠a la saliva c√°- lida de su lengua empaparme. Las paredes de su garganta me impon√≠an un l√≠mite que quer√≠a quebrar. Al verla lagri- mear y tomar aire despu√©s de salir a flote, est√ļpidamente me sent√≠a un macho alfa. Algo que no conoc√≠a se me esta- ba despertando. Yo la agarraba del cabello y, esperando lo mejor para el final, no dejaba de pensar en la hora de en- trar por ‚Äúel camino viejo‚ÄĚ. Lo que derrib√≥ cualquier barrera entre nosotros fue su mirada anclada a mis ojos mientras me daba placer. Inesperadamente, los ojos me empezaron a llorar a m√≠ tambi√©n. Y es que soy al√©rgico. Pero no me importaba nada. Para mi fortuna nos pasamos a la rec√°ma- ra. Ah√≠ era otro mundo. Un universo josefiniano, pens√©. La tenue luz de una peque√Īa l√°mpara acentuaba su intimidad. Por un momento me sent√≠ un extranjero en esos terrenos femeninos. Estaba todo desordenado: la cama destendida, una taza de caf√© con varias colillas de cigarro y ropa tirada por todas partes. Se respiraba una libertad dionisiaca. Sent√≠ verg√ľenza al pensar en lo triste y ordenado de mi cuarto. Por la ventana entr√≥ un aroma de gardenias que reconoc√≠ mientras ella se quitaba los calzones. Yo ya estaba desnudo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Me le fui encima. Ahora intenté dominarla. Ella cedía ante cada caricia que le daba. Sus movimientos apasiona- dos me obligaron a lamerle la entrepierna y subir por su espalda delgada.

‚ÄĒ¬°C√≥geme, Manuel! ‚ÄĒimploraba‚ÄĒ¬°Ya c√≥geme, por favor!

Entonces consideré pertinente aprovechar la tempera- tura para llegar al momento final. El calor de nuestros cuer- pos era uno mismo. Empezamos a coger con desenfreno. Yo ya estaba muy emocionado cuando, para mi sorpresa, me dijo:

‚ÄĒ¬°P√©game! ‚ÄĒme suplic√≥ como pose√≠da por un demo- nio masoquista‚ÄĒ. ¬°J√°lame el cabello con fuerza!‚ÄĒ segu√≠a y se convulsionaba.

Me sentí un hombre hecho de papel crepé.

‚ÄĒ¬°P√©game, chingada madre! ‚ÄĒorden√≥ como una ge- nerala‚ÄĒ Anda, Manuel, ¬°p√©game fuerte!

Le di una cachetadita, casi una caricia en la mejilla.

‚ÄĒ¬°As√≠ no! ‚ÄĒme grit√≥‚ÄĒ¬°As√≠, mira!‚ÄĒy sent√≠ un verdade- ro madrazo en la cara que hasta vi lucecitas.

Espantado, le regresé una cachetada con ganas. Ella lo disfrutaba. De alguna manera, yo también lo empezaba a disfrutar. Pero me empecé a sentir observado otra vez. Me puse alerta. Paranoico, pensé en la posibilidad de que nos estuviera viendo el mesero de la cantina. Uno nunca sabe. Me entró una desconfianza terrible. Los ojos me empezaron a llorar y la garganta me dolía. Me detuve. Me hice para atrás. Josefina se quedó tumbada. La forma de sus costillas se pronunció entre su carne. Imaginé dar rienda suelta a mis más negros deseos sin importar las consecuencias. Ya iba yo, cuando vi a un pinche gato amarillo ahí parado sobre su escritorio como si fuera una puta esfinge. Me encabroné;

102           era natural.

 

‚ÄĒ¬°No que no ten√≠as gato! ‚ÄĒle hice saber la causa de mi enojo.

‚ÄĒNo es un gato ‚ÄĒdijo‚ÄĒ; es una bruja que se hace pa- sar por gato.

Me dio risa su respuesta. Nos volvimos a emparejar. Sentía sus pechos abiertos chocar contra el mío. Estaba en otro mundo. Enloquecía más y más hasta que Josefina in- tentó meterme un dedo por atrás.

‚ÄĒ¬°√ďrale, esp√©rate! ‚ÄĒprotest√© e intent√© zafarme del abrazo de sus piernas.

La empujé con una mano. Ella me agarró del cabello con fuerza.

‚ÄĒ¬°Se siente rico! No seas t√≠mido ‚ÄĒinsist√≠a poniendo suavecito sus palabras en mi oreja mientras me somet√≠a‚ÄĒ.

¬°T√ļ d√©jate querer, chingada madre! ‚ÄĒy, mordi√©ndose un labio como lo hacen los que est√°n realizando una tarea que implica mucho esfuerzo, empujaba su mano contra mi des- cubierta humanidad; mi √ļltima frontera.

Con sus reglas, jug√°bamos su juego: yo era el juguete. Me dej√© llevar. Sent√≠ c√≥mo me nac√≠a desde lo m√°s profun- do de mi ser una violencia desconocida. Por un momento pens√© que iba a morir porque, como en las pel√≠culas, me pas√≥ mi vida por la cabeza en un instante. Involuntaria- mente mis ojos se pusieron en blanco; estaba ciego. Lue- go todo se hizo silencio hasta que estall√© en un poderoso grito que me liber√≥ por completo. Josefina se hizo a un lado de la cama. Yo estaba completamente ba√Īado en sudor. Un temblor o estremecimiento incontrolable me sacud√≠a por completo. Me faltaba el aire. Despu√©s me lleg√≥ una enorme tristecidad: una mezcla rara entre tris- teza y felicidad. Ya antes me hab√≠a pasado. Sent√≠a una claridad infinita en mis ideas: lucidez. En ese momento pens√© que, si no estuviera escrito, yo mismo podr√≠a escri-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

103

 

bir el Ulises de Joyce o el Tractatus Logico-Philosophicus

de Wittgenstein.

Josefina se levantó a apagar la luz se llenó de sombras el ambiente.

Tendidos sobre la cama uno al lado del otro como dos ciegos

nos quedamos disfrutando el aire fresco de la noche.

‚ÄĒ¬ŅTe gust√≥, querido? ‚ÄĒme baj√≥ de mi nube Josefina y, mientras encend√≠a un cigarro, con esa flama azul del cerillo, pude verle una hermosa sonrisa que le nac√≠a desde algo m√°s hondo que sus labios.

‚ÄĒEres un poema hecho carne ‚ÄĒrespond√≠ mamona- mente.

‚ÄĒ¬°Est√°s loco! ‚ÄĒdijo ella sonriendo, se levant√≥ y se puso a fumar mirando por la ventana.

‚ÄĒOye, ¬Ņc√≥mo se llama tu gato? ‚ÄĒpregunt√© al verlo deslizarse hacia su regazo entre las sombras.

Ella lo acurruc√≥ entre sus brazos, le dio un peque√Īo beso en el lomo y sigui√≥ fumando.