Revista Anestesia

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Sobre el don de los poetas: El curioso asunto entre Goethe y Marianne von Willemer

Septiembre 2021

Autora:Virginia Moratiel

Con esa habilidad asombrosa que tiene Sartre para esclarecer el mundo a trav茅s de la palabra, nos convence al inicio de El ser y la nada de que el genio, entendido como una capacidad inagotable que sustenta las creaciones art铆sticas y se transfiere parcialmente a cada una de ellas sin consumirse, no existe. La econom铆a del pensamiento y la b煤squeda de la certeza en el conocer aconsejan rechazar todo dualismo superfluo, evitando la suposici贸n de una potencia o de una esencia, ocultas tras la manifestaci贸n de las cosas. Todo se encuentra en acto y la apariencia no esconde, m谩s bien revela la esencia. Aplicado esto al caso de Proust -seg煤n hace el propio Sartre-, su genio no se reducir铆a ni a sus libros ni al poder subjetivo de producirlos, sino a la obra, s铆, pero como conjunto de las manifestaciones de la persona. Se tratar铆a de la ley que preside la sucesi贸n de sus apariciones, es decir, de la raz贸n de la serie.

Sin embargo, la mayor铆a de los artistas no se contentan con esta definici贸n, en especial los poetas, quienes consideran que su actividad enra铆za en un don. Y, aunque admitan la necesidad de cuidarlo mediante el ejercicio y un constante trabajo de correcci贸n y pulimiento de la t茅cnica -la 鈥limae labor et mora鈥 aludida por Horacio en la Ep铆stola a los Pisones-, reconocen que aparece como una gracia, un regalo inesperado cuya b煤squeda intencionada resulta tarea in煤til. Puede que algunos no sepan desde d贸nde reciben semejante talento innato y atribuyan a las profundidades inconscientes de su psique esa inspiraci贸n que de pronto los inflama y, como una m煤sica reiter谩ndose machacona en su cabeza, los compele a escribir. Otros, en cambio, admiten que consiste en un poder infundido desde fuera para finalmente confesar que componen sus versos al dictado, como ocurre, por ejemplo, con Rilke y su 谩ngel. Esta 煤ltima es la concepci贸n religiosa del vate, presente no s贸lo en la Grecia arcaica, donde la invocaci贸n a las Musas deb铆a preceder a la creaci贸n po茅tica, sino en casi todas las culturas primitivas. La poes铆a ritual o cosmog贸nica, la que narra mitos que dotan de sentido al universo y a las instituciones, era patrimonio de sacerdotes, quienes, al dominar el fabuloso tiempo de los or铆genes, pod铆an tambi茅n profetizar el futuro. Tal actitud visionaria pas贸 a los poetas y, sobre todo en el romanticismo, se los estim贸 capaces de ahondar en el lado oscuro, sea del mundo o de su propia alma, y de actuar como un canal que revelaba una verdad trascendente. Como es obvio, existen al menos dos modos diferentes de comprender esa canalizaci贸n.

Por una parte, el poeta puede encarnar el mal, convertido en valor supremo. Esta asociaci贸n le permite superar todo l铆mite impuesto por la sociedad, aport谩ndole una completa libertad tanto en la forma como en el contenido. Es la actitud de los poetas malditos (en sentido amplio), desde Baudelaire o Verlaine a Trakl o Pizarnik. Entre ellos, Rimbaud es quien mejor teoriza sobre la cuesti贸n, se帽alando en una carta que 茅l mismo emprendi贸 un proceso de 鈥渆ncanallamiento鈥 progresivo en cuanto m茅todo de conocimiento, en el cual cab铆an toda clase de enajenaciones, a trav茅s de las emociones extremas, las drogas, el alcohol o las experiencias sexuales l铆mite, incluidas las perversiones. Un camino, que permite transmutar en belleza el dolor o el sufrimiento, pero que indudablemente conduce a la autodestrucci贸n, como le sucedi贸 a muchos de estos poetas, que terminaron en la c谩rcel, el suicidio, la miseria, la locura o la soledad:

Yo digo que hay que ser vidente, hacerse vidente. El poeta se hace vidente por medio de un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos. 脡l busca por s铆 mismo y agota en s铆 mismo todas las formas de amor, de sufrimiento, de locura, todos los venenos, para no quedarse sino con sus quintaesencias. Inefable tortura en la que necesita de toda la fe, de toda la fuerza sobrehumana, en la que se convierte, entre todos, en el gran enfermo, el gran criminal, el gran maldito -隆y el supremo sabio! 隆Porque alcanza lo desconocido!鈥.

El 鈥渕alditismo鈥 o creer -como afirm贸 Verlaine- que la genialidad implica una maldici贸n, que distingue a los poetas del resto de los individuos y los arroja a una existencia bohemia, plagada de esc谩ndalos, des贸rdenes y tragedias, es un prejuicio. No hay duda de que muchos poetas pasaron por duros trances en sus vidas, pero a煤n son m谩s -miles de millones, para decirlo con cierta precisi贸n-, las personas que experimentaron situaciones similares y no escribieron poes铆a. Lo que diferencia al genio del com煤n de los mortales es su sensibilidad ante esos acontecimientos y su poder para transfigurar la experiencia negativa mediante la palabra y, de alg煤n modo, salvarse a trav茅s de ella.

Por otra parte, el poeta puede encarnar una fuerza superior que le permite acceder a una visi贸n original y profunda de la realidad, pero que no est谩 forzosamente comprometida con el mal sino s贸lo con la belleza y, por tanto, admite la alegr铆a, la ternura o el amor, con sus vicisitudes y su car谩cter ef铆mero. En tal caso, la met谩fora de la canalizaci贸n hace comprensible el divorcio completo que a veces existe entre la obra y el autor, atendiendo a su personalidad y a ciertos incidentes de su vida. C贸mo imaginar que el Juan Ram贸n Jim茅nez real: caprichoso, f贸bico, depresivo, siempre enfermo y malhumorado, el hombre por cuyo amor se suicid贸 una talentosa escultora veintisiete a帽os m谩s joven, mientras 茅l hac铆a descansar toda su existencia (desde el punto de vista personal, profesional y econ贸mico) en su esposa Zenobia, pueda ser el mismo que escribi贸 en prosa po茅tica ese delicioso texto, Platero y yo, pleno de condescendencia e ingenuidad. C贸mo conciliar sin contradicci贸n que Neruda, autor de algunos de los m谩s sobresalientes poemas de amor, pueda haber abandonado a su primera mujer sin previo aviso en un pa铆s extranjero, cuando los dos hu铆an de una guerra con una hija com煤n, enferma de hidrocefalia. C贸mo entender que nunca se hiciera cargo de ella, que la dejase desprotegida pasando toda clase de penurias, que incluso silenciara su existencia y llegase a decir que era un ser perfectamente rid铆culo, 鈥渦na especie de punto y coma鈥, pese a los versos de Garc铆a Lorca escritos para celebrar su nacimiento.

A veces lo biogr谩fico oscurece la lectura de la obra y uno la rechaza por motivos personales espurios que poco tienen que ver con ella. En realidad, el poeta -como afirma Mar铆a Zambrano- es un irresponsable que no puede excluir con premeditaci贸n ciertos elementos de su canto. Al final, colocado m谩s all谩 de cualquier valoraci贸n 茅tica, la totalidad sin censura se le filtra por todas partes. Por eso, no es relevante lo que haga un poeta sino lo que dice. La pregunta, en cualquier coyuntura, es por qu茅 esa aptitud, aliada con la belleza para redimir todo lo que hay, encarna en alguien. Y la respuesta -para m铆- es que el don s贸lo prospera en quien est谩 dispuesto a sacrificarlo todo por su cumplimiento. Por eso, una vez que 茅ste abandona al escritor, cuando la palabra no le responde, suele desmoronarse como, por ejemplo, le aconteci贸 a Alejandra Pizarnik. Pasa con el poeta algo parecido a lo que sucede con los personajes de importancia hist贸rica mundial de los que habla Hegel en sus Lecciones sobre Filosof铆a de la historia. Ladina y astuta, la raz贸n -deber铆a decirse aqu铆 鈥渆l logos po茅tico鈥- los utiliza adue帽谩ndose precisamente de quien tiene las pasiones m谩s impetuosas, por ejemplo, la mayor ambici贸n de poder, para permitir a ese impulso que no se detiene ante nada, ciego y ligado al ego, realizar la idea universal. Cuando 茅sta concluye su tarea, se retira del hombre pol铆tico, dej谩ndolo caer como una c谩scara vac铆a, juzgado y condenado, encerrado en s铆 mismo, en soledad o destierro鈥, muerto, al fin y al cabo, para la vida p煤blica. Del mismo modo, el don de la poes铆a se concede junto con la obligaci贸n de consumarlo a cualquier precio. El elegido es su siervo y su vicario.聽

Una historia que ilustra muy bien dicha interpretaci贸n afecta nada m谩s y nada menos que al gran Goethe. Ten铆a sesenta y cuatro a帽os, estaba escribiendo el Div谩n oriental y occidental, fascinado por entonces con la poes铆a del persa Hafiz Shiraz, descubierta por 茅l poco antes gracias a la traducci贸n de su obra titulada Div谩n. Entonces conoci贸 en Frankfurt a Marianne von Willemer, austr铆aca de treinta, reci茅n casada con un banquero, originariamente actriz y bailarina de profesi贸n, de padre desconocido. Inmediatamente se produjo una corriente de simpat铆a. Volvieron a verse una vez m谩s, durante la temporada de verano en que Goethe habit贸 en su casa. Tras su despedida en Heidelberg en septiembre de 1815, se entabl贸 entre ellos una correspondencia amorosa en la que ella se hace llamar Suleika y 茅l, Hatem, mantenida hasta el fallecimiento del poeta y, en gran parte, publicada por 茅l en su Div谩n. Pero lo que m谩s asombra es que el pseud贸nimo de ella sirve de t铆tulo a un cap铆tulo entero de la antolog铆a, el 鈥淟ibro de Suleika鈥, y en 茅l aparecen cinco poemas que Marianne dedic贸 a Goethe y 茅l public贸 como si fueran suyos. S贸lo se supo qui茅n hab铆a sido la aut茅ntica autora despu茅s de su propia muerte. Por si esto no fuera ya extra帽o, una vez editada la obra en 1819, cay贸 en manos de Schubert, el compositor austr铆aco, quien decidi贸 poner m煤sica a los poemas del repertorio que consider贸 m谩s hermosos, esos que -seg煤n 茅l- mejor representaban el amor rom谩ntico. Y los dos que eligi贸 hab铆an sido escritos por Marianne. Dicen que estos Lieder se encuentran entre los m谩s refinados de la historia de la m煤sica y, curiosamente, Schubert los titul贸 Suleika I y Suleika II:

I.鈥溌Qu茅 significa este movimiento?
驴Qu茅 alegres nuevas me trae el viento del Este?
El refrescante movimiento de sus alas
enfr铆a la profunda herida del coraz贸n.


Acariciante juega con el polvo
y lo remolinea en ligeras nubecillas,
conduce hacia la seguridad de los p谩mpanos
a los felices enjambres de insectos.

Suaviza el calor del sol,
enfr铆a mis ardientes mejillas,
en su huida besa las vides
que adornan campos y colinas.

Su ligero susurro me brinda
un millar de saludos de mi amado;
antes de que estas colinas se oscurezcan
me saludar谩 con un millar de besos.

Ahora t煤 puedes pasar,
servir a la felicidad y a la tristeza.
All铆 donde los altos muros brillan,
all铆 encontrar茅 pronto a mi querido amor.

隆Ah!, el verdadero mensaje del coraz贸n,
el soplo del amor, la vida renovada,
vienen a m铆 desde sus labios,
solo su aliento puede d谩rmelos鈥.

II鈥溌h, c贸mo te envidio, viento del Oeste,
por tus h煤medas alas!
ya que llevarle puedes
el mensaje de mi penosa a帽oranza.

El movimiento de tus alas
despierta en mi pecho acalladas nostalgias.
Flores, praderas, bosques y colinas
se cubren de l谩grimas ante tu aliento.

Pero tu suave y ligero soplar
refresca el p谩rpado herido.
隆Ay, me morir铆a de pena
si supiera que no le volver铆a a ver!

Corre hacia mi amado,
h谩blale suavemente al coraz贸n;
pero evita inquietarlo
y oc煤ltale mi sufrimiento.

Dile, pero d铆selo con humildad,
que su amor es mi vida.
y que la alegr铆a de ambos
me har谩 sentir su cercan铆a鈥.

驴Qu茅 pudo hacer que una mujer regalara al amado sus exquisitos poemas, fruto de un don reservado a unos pocos elegidos, sin condici贸n alguna? 驴Qu茅 la forz贸 a enajenarse como si estuviera ante un dios en un 茅xtasis m铆stico, ofrend谩ndole la gracia que le concedi贸? En primer lugar, la ausencia de valoraci贸n positiva de s铆 misma, que debi贸 crecer silenciosa durante su 茅poca de bailarina, alentada por el manoseo de las miradas varoniles, y que alcanz贸 su consolidaci贸n al ser vendida por su madre, siendo una adolescente, a un hombre rico treinta a帽os mayor, quien termin贸 cas谩ndose con ella y fue, precisamente, el que la present贸 a Goethe, a quien conoc铆a debido a sus intereses literarios y por ser director del teatro de Frankfurt. Esa falta de autoestima, a su vez, la llev贸 a enamorarse de quien era evidente que rezumaba el don con un caudal desbordante, a entregarse a 茅l sin reservas, dejando subsumirse por la 煤nica persona que le ofrec铆a una validaci贸n, el ansiado reconocimiento que apenas hab铆a tenido. S贸lo bajo el supuesto de semejante donaci贸n absoluta puede entenderse que la joven no reclamara a Goethe la autor铆a de los versos y la diese a conocer tras su propia muerte. Pero tambi茅n parece que aqu铆 hubiera intervenido una peculiar 鈥渕ano invisible鈥. Es como si el don hubiese conseguido encarnarse en quien era capaz de ejercitarlo, siempre desde su perspectiva particular, pero no pod铆a revelarlo a una audiencia. Para que los poemas sobreviviesen y llegaran a los dem谩s deb铆an ser transmitidos a Goethe.

Y si ahora pensamos en 茅l, est谩 claro que el escritor encontr贸 una de sus mayores fuentes de inspiraci贸n en su constante estado de enamoramiento, en esa incurable pasi贸n por las mujeres, muchas veces frustrada. Da la impresi贸n de que, a semejanza de su personaje Fausto, fuera su propia vanidad, su anhelo de serlo y poseerlo todo, la que le hizo atribuirse los poemas, a pesar de tener en ese momento una inmensa obra publicada y de haber sido aclamado ya el literato m谩s genial de Alemania鈥 Tal vez esa misma avidez, sustentada en un exceso de narcisismo, hizo que a sus setenta y cuatro a帽os propusiera matrimonio a una joven de diecinueve, quien, obviamente, lo rechaz贸, permiti茅ndole legar a la posteridad la Eleg铆a de Marienbad:

鈥溾 Ya perd铆 el Universo y me he perdido
a m铆 mismo -yo, amado de los dioses-

su caja de Pandora me han vertido,
rica en gajes u hor贸scopos atroces.
Me tientan con la pr贸diga cascada
de los goces鈥 y me hunden en la nada鈥.

Todas estas historias demuestran que lo menos ambicionado por los poetas es el poder pol铆tico. Hay algo, sin embargo, que irremisible los seduce: la destreza de la l铆rica para manipular las emociones propias y ajenas a trav茅s de la palabra. Eso les permite presentarse en todo su esplendor ante s铆 y ante los dem谩s. Sucumbir al narcisismo es acaso su mayor pecado y lo que quiz谩s los hace aptos para que en ellos se aposente y fructifique el don, porque鈥 qui茅n puede resistirse a dejarse poseer por la belleza, qui茅n no desea volverse inmortal gracias al canto de un poeta o, ce帽ida la cabeza por la corona de laureles, codearse con los dioses en el Parnaso, igual que 茅l.