Revista Anestesia

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Presentación del libro

Marcelo Pereira Rodrigues

Diciembre 2021

 

Una lluvia torrencial cae sobre Belo Horizonte. Estacionado en frente del Palacio de las Artes, un taxi espera impaciente la bajada del pasajero, que, aun llevando un paraguas, tiene en el maletero dos cajas pesadas de libros para cargar. El taxista no parece dispuesto a ayudar. Por lo menos, apaga el taxímetro. En el asiento de atrás, Gregório, incomodado, intenta entablar una conversación, pero nada más allá del tiempo.

‚ÄĒ No quiero hacerle perder su tiempo. En cuanto pare un poco, prometo bajar. Mira, parece que est√° menguando‚Ķ

El taxista sonr√≠e y comprende la situaci√≥n. Greg√≥rio contin√ļa:

‚ÄĒ Adem√°s, dentro de quince minutos comienza el evento. Necesito llegar unos diez minutos antes para exponer los libros. De cualquier forma, de aqu√≠ a cinco minutos salgo.

El taxista se dispone a ayudar:

‚ÄĒ Si es as√≠, damos una corrida juntos y cada uno coge una caja.

Cuatro minutos despu√©s, las puertas del autom√≥vil se abren y, apresuradamente, los dos cogen sus respectivas cajas. Greg√≥rio tambi√©n lleva un poster y una maleta ejecutiva, aunque lejos de ser cuero original. ‚Äė‚ÄôCala bobos‚Äô‚Äô, la verdad es que la espalda del escritor est√° bien mojada y los pies entraron de lleno en un charco. Una persona de seguridad del Palacio le ayuda cogiendo una de las cajas y la deposita en un banco, frente a una vidriera. Greg√≥rio paga al taxista, d√°ndole una propina de diez reales por la espera, el taxista se lo agradece y desea suerte en el evento. La persona de seguridad, dispuesta a colaborar, le ayuda con las dos cajas (a prop√≥sito, bien pesadas), en la planta baja, una mesita con sillas alrededor est√° preparada para la presentaci√≥n del libro de Greg√≥rio Mendes, 40 a√Īos, fil√≥sofo, conferenciante, agitador cultural, due√Īo de una columna comportamental en un peri√≥dico de barrio (¬°El Vigilante!) profesor de Literatura y Redacci√≥n en un renombrado colegio de la ciudad. Estrenaba su primer libro, con una selecci√≥n de textos que hab√≠an sido publicados por el peri√≥dico. El peri√≥dico abarca cerca de 500 lectores a lo m√°ximo, dentro de una asociaci√≥n de barrio, como Greg√≥rio vislumbr√≥ un alcance mayor con la publicaci√≥n de ese compendio, vendi√≥ el Golf y junt√≥ sus ahorros para publicar la obra, negociando directamente con una editorial de auto publicaci√≥n, que no ten√≠a mucho criterio en las valoraciones de los originales, prestando atenci√≥n s√≥lo a la cuesti√≥n comercial de los pagos siempre anticipados. Pero si hubieran entrado en la obra, observar√≠an en ella concepciones y formas de pensamiento bien originales e ideas filos√≥ficas que pasaban lejos de especulaciones metaf√≠sicas.

Una somnolienta trabajadora se estiraba en la caja registradora. Un camarero le ofreci√≥ ayuda. A Greg√≥rio le extra√Ī√≥ el hecho de que la librer√≠a de la planta baja hubiera sido cerrada. Un inmueble vac√≠o y fr√≠o. Se dirigi√≥ a una mesa y al lado colg√≥ el p√≥ster, que llevaba para la presentaci√≥n, Provocaciones Filos√≥ficas de un Pensador Actualizado Con Las Cosas del Mundo. Verific√≥ el reloj y sonri√≥ al ver entrar en la sala a una de sus lectoras, una adolescente de 15 a√Īos, lectora de Nietzsche, y que recitaba pasajes completos de As√≠ habl√≥ Zaratustra. Carla sacudi√≥ el paraguas, sonri√≥ y le extendi√≥ la mano al escritor. Hablaron sobre cosas comunes, sobre el clima y sobre el libro. Greg√≥rio us√≥ la tapa del bol√≠grafo para rasgar chapuceramente la cinta que ataba la caja y sac√≥ de ella un ejemplar robusto que entreg√≥ a la adolescente. Un escalofr√≠o recorri√≥ todo su cuerpo, tal vez por el fr√≠o de sus pies mojados, tal vez por la visi√≥n de unos senos j√≥venes que abultaban por debajo de una blusa blanca cuando roz√≥, ligeramente, aquel brazo de chica, que s√≥lo llevaba una chaqueta por encima. Conversaron un poco sobre la obra, Carla estaba muy interesada ojeando la portada, la contraportada.

Tiempo para que llegaran tres invitados m√°s: Hamilton era un hombre que aparentaba unos 40 a√Īos y que era simplemente transparente en un juego de Caja Econ√≥mica Federal, la Quiniela. Nunca hab√≠a ganado un buen premio, el d√≠a que acert√≥ los 14 puntos, no se enter√≥ del hecho, ya que el reparto era insignificante. Cuando Corinthians gana de XV al Piracicaba, el Flamengo de Vuelta Redonda, al Gr√™mio del Inter de Santa Maria, el Goi√°s de Anapolina al Atl√©tico Mineiro de Guarani de Divin√≥polis, bien, el premio no da para mucho. Dio mal para cubrir el valor de la apuesta. Pero Hamilton continuaba, enumerando algunas cebras, a la espera de ganar su primer mill√≥n. Hombre simple, dec√≠a que se jubilar√≠a con un rendimiento b√°sico en la cuenta de ahorros. Su presencia en el evento, ya que no le√≠a nada que no fuese f√ļtbol, se justificaba por el hecho de vender anuncios para el peri√≥dico del barrio donde Greg√≥rio escrib√≠a. √Čl lo conoci√≥ por casualidad, una vez que negociaron un espacio publicitario para la publicaci√≥n de la obra. Estaba all√≠ por la pol√≠tica post venta.

Juliana lleg√≥ un poco mojada. Hab√≠a conocido a Greg√≥rio por medio de una columna en la que el autor trat√≥ de cuidados con los animales. Vegana, naturista y f√©rrea defensora de los animales, Juliana se emocionaba cada vez que se encontraba un perro en la calle y, en su mochila, cargaba siempre de dos a tres kilos de pienso. Con esa preocupaci√≥n, salud√≥ a los presentes, baj√≥ la mochila, la abri√≥ y comprob√≥ si el pienso estaba intacto. Lo estaba. Se dirigi√≥ hasta Greg√≥rio y le pregunt√≥ si ten√≠a alg√ļn texto m√°s sobre animales en su libro. El autor respondi√≥ que s√≠ y le entreg√≥ un ejemplar. Juliana se sent√≥ y lo comenz√≥ a ojear.

Luisa llegó seca, con un móvil en la mano y super concentrada en el intercambio de mensajes y publicaciones. Era difícil para ella desconectarse del mundo virtual, todavía más ya que sabía inglés y, de forma virtual, intercambiaba conocimientos con australianos, canadienses, norteamericanos, ingleses y afines. Dormía con el móvil encendido, recibía mensajes toda la noche y, seguía compartiendo, publicando, comentando y viviendo. Se nutría por el móvil. Gregório la conoció cuando dio clases en un curso. Cuando el escritor le entregó un ejemplar, ella enseguida preguntó:

‚ÄĒ ¬ŅSu libro est√° en plataforma digital?

Cuando Gregório respondió no, ella insistió:

‚ÄĒ ¬ŅPodr√≠a pasarme la versi√≥n en pdf?

Greg√≥rio prometi√≥ enviarle el archivo mientras mov√≠a algunas sillas alrededor de una mesa. Distribuy√≥ algunos libros y observ√≥ a Hamilton, que casi se com√≠a con los ojos a Luisa. Juliana manten√≠a conversaci√≥n con Carla, y ambas comentaron el hecho de haber abrazado Nietzsche a un caballo que estaba siendo azotado. Juliana, que nunca hab√≠a o√≠do hablar del fil√≥sofo alem√°n, se enamor√≥ enseguida de √©l. Carla fue interrumpida por el grito extravagante de su madre que lleg√≥ provocando. La mujer rica, llevaba un tailleur y accesorios extravagantes. Cuarentona, pero n√≠tidamente deseando ser m√°s joven, no entend√≠a bien lo que significaba la filosof√≠a, la cultura ni el arte. S√≥lo entend√≠a la ciencia de las apariencias y, cuando fue fotografiada por una revista ejecutiva en una fiesta de sofisticados y famosos en el Club del Autom√≥vil de BH, se sinti√≥ valorada, el evento solamente fue superado cuando fue a Miami a hacer unas compras y comentar con unas amigas. Abraz√≥ inesperadamente al escritor, y le bes√≥ en las mejillas para el bochorno de su hija. Jurema era el nombre de aquella mujer rica, que, despu√©s de invertir largo tiempo en registros y burocracias, se lo cambi√≥ por Brigitte. Seg√ļn ella, Jurema le daba verg√ľenza.

La atenci√≥n de todos fue llamada por la entrada de dos mujeres que lloraban abrazadas. Greg√≥rio hab√≠a tenido el (des) agrado de conocer a ambas: una se lamentaba d√≠a y noche por la p√©rdida de su madre, ejerc√≠a la culpa de forma atroz y dec√≠a que no hab√≠a tenido tiempo para aclarar algunas cosas con su madre. Qued√≥ registrado en la conversaci√≥n que tuvo con Greg√≥rio frases como estas: ‚Äė‚Äô ¬°Y yo no tuve la oportunidad de decir cuanto la amaba!‚Äô‚Äô; ‚Äė‚Äô ¬°Y ella muri√≥ sola en un cuarto de hospital, respirando malamente!‚Äô‚Äô; ‚Äė‚Äô ¬°Ah, si pudiese volver atr√°s en el tiempo!‚Äô‚Äô. Y el show de lamentaciones iba aumentando. Hab√≠a le√≠do un art√≠culo de Greg√≥rio que intencionadamente, fue de autoayuda para poner a prueba a sus destinatarios. Fue suficiente para que Andreia enviara varios e-mails al autor pidiendo consejos sobre que hacer y que no hacer. Deborah, la otra llorona, con un pa√Īuelo sobre la cabeza, s√≠mbolo de su lucha contra el c√°ncer, debidamente registrado en un diario en Facebook, donde respond√≠a a cuestiones de autoayuda y superaci√≥n. Greg√≥rio, medio abochornado, se dirigi√≥ a las dos. Acarici√≥ la espalda de ambas, Andreia se apoy√≥ en su pecho y le dej√≥ toda la camisa llena de mocos, intent√≥ disfrazarlo, pasando r√°pidamente la palma de su mano por la corbata y se limpi√≥ en los pantalones, de forma discreta. Las consol√≥ r√°pidamente. Luisa hac√≠a fotos a la pancarta, al libro expuesto, a dos personas all√≠ presentes, varios selfis, y lo publicaba en Internet. Juliana se aproxim√≥ a Deborah y la invit√≥ a sentarse. La rueda ya estaba casi montada, cuando Greg√≥rio pidi√≥ un vaso de agua para comenzar la presentaci√≥n, fue sorprendido con la entrada de tres invitados m√°s.

Arthur era un joven de veintid√≥s a√Īos, √°vido lector de cl√°sicos de la literatura, tales como Victor Hugo, Balzac, Stendhal, Proust y Thomas Mann. Dec√≠a que su abuelo le hab√≠a puesto su nombre en homenaje al gran Rimbaud y, si nombre y destino manten√≠an un v√≠nculo, Arthur era la prueba viva de eso. Tra√≠a en las manos un libro de Mario Vargas Llosa, Conversaci√≥n en la Catedral. Conoci√≥ a Greg√≥rio tambi√©n en la clase de Redacci√≥n, y el profesor se maravill√≥ inmediatamente con su talento en forma de especie en extinci√≥n. Despu√©s entr√≥ Chris, gay aceptado y perteneciente al movimiento de conciencia negra, ide√≥logo y lim√≠trofe exactamente por causa de ese activismo. Ve√≠a discriminaci√≥n y persecuci√≥n en todo y manten√≠a con el escritor enfrentamientos acalorados sobre art√≠culos que deber√≠an ser escritos a favor de los gais y negros. Greg√≥rio escribi√≥ algunos, pero no usaba la militancia como tema de sus textos, declar√°ndose m√°s un fil√≥sofo que un ide√≥logo. Chris, abreviaci√≥n de Cristiano, ten√≠a unos 30 a√Īos y recibi√≥ miradas discriminatorias de Hamilton. En ese grupo de invitados, lleg√≥ M√°rcia, activista feminista y homosexual aceptada, que inmediatamente comenz√≥ a mirar a Carla, Juliana y Luisa.

Antes de que todos perdieran la concentración, Gregório comenzó su charla, agradeciendo la presencia de todos, a pesar del diluvio que caía en la capital y ansioso por hablar un poco de su nuevo trabajo. Comenzó:

‚ÄĒ El t√≠tulo de este libro es muy subjetivo. Yo lo pens√© como una propuesta de di√°logo amplio, por eso, Provocaciones Filos√≥ficas De Un Pensador Actualizado Con Las Cosas del Mundo. ‚Äď Los pocos presentes se alternaban entre ojear el libro y mirar al orador. Menos Hamilton, que, en posesi√≥n de un bol√≠grafo, marcaba un juego de loter√≠a con el ce√Īo fruncido. Lu√≠sa, aunque no hab√≠a sido contratada como asesora de imprenta, ya hab√≠a tirado y publicado ciento cincuenta fotos del evento.

‚Äď Es necesario provocar a un mundo que est√° en ruinas.¬† Pensar el mundo. Pensar en las cosas no s√≥lo como el hecho de acordarnos que tendremos que trabajar ma√Īana, comer ma√Īana, acostarnos ma√Īana. Pensar sobre las cosas, reflexionar sobre nuestra existencia, buscar el sentido para la vida. Y, siendo interactivo, les propongo una conversaci√≥n. Quiero o√≠r de ustedes, ¬Ņcu√°l es el sentido de la vida? Comenzando de la derecha hacia la izquierda. ¬ŅJuliana?

‚ÄĒ Defender los animales indefensos ‚Äď respondi√≥.

Gregório anotó, y los interlocutores comenzaron:

‚ÄĒ Hacer compras, viajar al exterior y las cirug√≠as pl√°sticas, ¬°muchas cirug√≠as pl√°sticas! exclam√≥ ‚Äď Jurema-Brigitte, lo que gener√≥ una carcajada en los presentes. Menos Carla que, abochornada respondi√≥:

‚ÄĒ El sentido de la vida es algo muy amplio. No da para delimitar en una simple respuesta. Como afirmaba Nietzsche en As√≠ habl√≥ Zaratustra: ‚Äė‚Äô! ¬°Sin embargo, la √ļnica cosa pesada para el hombre es llevar al propio hombre! Que arrastra sobre los hombros demasiadas cosas extra√Īas. Como el camello, se arrodilla y se deja cargar. Especialmente el hombre fuerte, resistente, lleno de veneraci√≥n: ese carga sobre sus hombros demasiadas palabras, valores extra√Īos y pesados; ahora la vida le parece un desierto‚Äô‚Äô ‚Äď se hab√≠a entusiasmado hasta tal punto, que, en la parte final, ya estaba de pie recitando. Lu√≠sa tir√≥ unas diez fotos. Los presentes aplaudieron, Jurema-Brigitte aplaud√≠a poniendo cara extra√Īa.

Era el turno de Hamilton, que, a su vez, lo pasó. Estaba reflexionando sobre el juego 7, entre CRB de Alagosas y ASA de Arapiraca. Lo disfrazó, diciendo que era tímido. Arthur se dirigió primeramente a Carla y después a los demás:

‚ÄĒ Fant√°stica cita literaria. ¬°Qu√© contenido! Es lo que yo digo: el mundo no est√° perdido. Afirmo que acabas de alegrarme la noche. Disc√ļlpeme profesor ‚Äď dirigi√©ndose a Greg√≥rio ‚Äď pero el hecho de haber o√≠do eso ahora y de una adolescente, me ha alegrado la noche.

Carla intervino, afirmando que la edad no significaba gran cosa y que disculpaba a Arthur por el hecho del epíteto adolescente, pero que no le gustaría ser calificada como tal. Ambos se entendieron. Al seguir, Deborah habló:

‚ÄĒ Muy oportuna su pregunta, escritor. Hall√© sentido a la vida a partir del momento en el que tuve que someterme a una quimioterapia. Mi pelo se cay√≥. El tratamiento es brutal. Hoy mismo publiqu√© en Facebook el diario de mi lucha y emocion√© a muchas personas. Consegu√≠ 67 me gusta, 12 comentarios de solidaridad y 7 compartieron mi publicaci√≥n, que a su vez generaron otros tantos me gusta, comentarios, y otros tantos lo siguieron compartiendo. Soy una luchadora. Una ganadora. Amo mi vida, los animales y las plantas. Amo a Dios, que puso eso en mi vida con un prop√≥sito claro. Ese es el sentido de mi vida. Y estoy en una lucha de informaci√≥n para que las personas sepan lo que causa el c√°ncer. Los refrescos causan c√°ncer. Las bebidas alcoh√≥licas tambi√©n. El edulcorante causa c√°ncer. Las legumbres llenas de agro toxinas causan c√°ncer. Los cigarrillos causan c√°ncer. La depresi√≥n y el resentimiento causa c√°ncer. Las frituras causan c√°ncer. Y podr√≠a informar aqu√≠ de un mill√≥n de cosas m√°s que causan c√°ncer. ‚Äď Lu√≠sa grab√≥ esa parte, lo public√≥ y, mientras el video se bajaba, escuch√≥ a Chris:

‚ÄĒ El sentido de la vida para m√≠ es descubrir la propia sexualidad. Descubrir nuestros deseos y tener una visi√≥n clara de ellos. Asumir posiciones, aun siendo v√≠ctima de discriminaciones de todo tipo. Asumo que soy gay y negro. ‚Äď El hecho de ser negro es obvio, ser gay tambi√©n.

Gregório dio la palabra a Andreia, que se lamentó:

‚ÄĒ Usted que es un fis√≥logo (sic)‚Ķ fig√≥so (sic)‚Ķ ‚Äď se equivoc√≥ llorando.

Gregório intervino:

‚ÄĒ Fil√≥sofo.

Los presentes continuaron riendo. La llorona, mejor dicho, Andreia, continuó:

‚ÄĒ Ella muri√≥ sin que yo hubiera tenido la oportunidad de decirle cuanto la amaba. Sufro hasta hoy. Sue√Īo con mi madre. Pobrecita, fallo m√ļltiple de √≥rganos y tumbada en aquella cama de hospital. Hospital p√ļblico. ¬ŅC√≥mo pagar una cama en un hospital privado de dos mil reales? Muri√≥ sin aire, la pobrecita de mi madre. Abandonada en una cama de hospital. ¬°Qu√© l√°stima! ‚Äď dirigi√©ndose exclusivamente a Greg√≥rio ‚Äď usted que es una persona de esas que usted habl√≥, disculpa, pero no se si hablar, pero al ser una persona inteligente, resp√≥ndame por favor, algo que me haga salir de este sufrimiento. Por favor‚Ķ

Gregório saliendo por la tangente, dijo que en el libro había una crónica que trataba exactamente del luto por la pérdida de su madre con el simple título de Hospital. Meneó la cabeza hacia Márcia, con pelo corto y piercing en la ceja. La activista comenzó:

‚ÄĒ Sentido es todo eso que nos falta hoy en d√≠a. Estoy de acuerdo con el chico gay que habl√≥ muy bien. Somos discriminados. Somos v√≠ctimas de un sistema machista que nos oprime todo el tiempo. S√≥lo para proporcionar un dato, la poblaci√≥n brasile√Īa est√° formada por un cincuenta y dos por ciento de mujeres, pero en la pol√≠tica, por ejemplo, la mujer no ocupa ni el diez por ciento de los cargos. Eso sin hablar de la diferencia salarial existente entre cargos de una misma competencia. Y sin hablar del trabajo que la mujer hace en casa, lavando la ropa del marido, de los hijos, etc.

Jurema-Brigitte se√Īal√≥:

‚ÄĒ ¬ŅUsted no tiene lavadora en casa? Mire, cuando salgo dejo a mi empleada a cargo de esas tareas y‚Ķ

‚ÄĒ Madre ‚Äď interrumpi√≥ la hija ‚Äď ella est√° hablando en t√©rminos generales. No opines de momento, por favor.

Antes que la cosa desembocase en una charla improductiva, Greg√≥rio intervino, pero fue sorprendido con la llegada de dos chicos acaramelados. Literalmente. Un muchacho con traje y bufanda que, cerrando un paraguas, salud√≥ a todos y se disculp√≥ por el atraso, afirmaba tener puntualidad brit√°nica, pero que la lluvia y a falta de un buen transporte p√ļblico en BH (bien diferente de lo que ocurre en Paris, Madrid, Londres) hizo que se atrasara. Se sent√≥. Se llamaba Nicodemos, apodado Nico. El otro era un muchacho introvertido, con gafas de culo de botella, fil√≥sofo de formaci√≥n y que viv√≠a sustentado por la paga de su madre. No quer√≠a venderse al sistema y calculaba cada palabra antes de someter su tratado de filosof√≠a a editoriales afines. Era medio lun√°tico, pero √≠ntegro. Se llamaba Joel y conoci√≥ a Greg√≥rio en un simposio de filosof√≠a en la UFMG

Ambos nada m√°s llegar fueron invitados a hablar sobre el sentido de la vida. Nico fue el primero:

‚ÄĒ Disc√ļlpenme una vez mas por el atraso. La lluvia‚Ķ Esa falta de transporte decente en Brasil. Ustedes necesitan ver en Francia: si el autob√ļs esta marcado para salir a las 10:24, ¬°adivinen! 10:24 y el transporte llega, y ni es el punto de partida. Estamos muy atrasados con relaci√≥n a Europa‚Ķ

‚ÄĒ El sentido de la vida‚Ķ ‚Äď interrumpi√≥ Greg√≥rio.

‚ÄĒ El sentido de la vida. El sentido de la vida es exactamente la falta de sentido en la vida.

Carla resopl√≥. Juliana se encogi√≥ de hombros. Hamilton frunci√≥ el ce√Īo reflexivo sobre la marcaci√≥n del juego entre Botafogo de Para√≠ba X Central de Caruaru. Lu√≠sa tom√≥ fotos de Nico y public√≥ un video clamoroso (aunque nada glamuroso) de Deborah. Fue ahora el turno de Joel:

‚ÄĒ Tambi√©n comienzo pidiendo disculpas por el atraso. Pens√© que la presentaci√≥n comenzaba a las ocho y media. Bien, sentido posee en s√≠ varios significados, y, a la luz de la filosof√≠a, puede significar una serie de cosas, variando de fil√≥sofo para fil√≥sofo. ¬ŅPodr√≠a especificar, profesor?

‚ÄĒ Que significa sentido para usted‚Ķ ¬ŅCu√°l es el sentido de la vida?

La conversación continuó fluida toda la velada. Indagaciones. Cuestiones. Dudas. Llantos. Resignaciones. Gregório comenzó a sentir un cosquilleo en los pies, bebió una copa de vino y fue avisado por la seguridad del Palacio que ya era la hora de cerrar. La trabajadora de la caja registradora casi estaba ya dormida. Gregório dio la velada por concluida, invitó a todos a adquirir su libro y consiguió una venta espectacular: dos ejemplares autografiados: uno para Carla, (que compró Jurema-Brigitte), y otro para Arthur. Joel se disculpó por no comprarlo.

Se despidieron. Gregório enrolló el póster, juntó nuevamente los libros en la caja, llamo a un taxi y se fue.

  • Este cuento forma parte del primer cap√≠tulo de la novela “La Ca√≠da”. Marcelo Pereira Rodrigues (MPR) es escritor brasile√Īo a tiempo completo, tiene 13 libros en la carrera. Fil√≥sofo, ponente, agente literario y editor jefe de la Revista Con√≥cete. www.marcelopereirarodrigues.com.br