Revista Anestesia

𝙴𝚕 𝚍𝚘𝚕𝚘𝚛 𝚜𝚎 𝚚𝚞𝚒𝚝𝚊 𝚌𝚘𝚗 𝚕𝚎𝚝𝚛𝚊𝚜

Por culpa de la dolariza

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Por  Guillermo Samperio

16 julio 2020

El caimán abrió la puerta metálica de la azotea. Detrás de él, pasaron El Tony y Andrés. De pronto, se les apareció la bóveda celeste oscura con una luminosidad rara, como si las profecías fueran a cumplirse. La azotea se encontraba en plena soledad, como lo supuso El Caimán; a esa hora todo mundo se encontraba festejando y a nadie se le ocurriría subir. Se sentaron al borde del tragaluz del edificio. El Tony sacó un guato de marihuana, y con sábanas de arroz preparó dos toques.

—Ya saben que a mí no me gusta eso —dijo Andrés, un hombre de unos 40 años; a la vista se notaba mayor que los otros dos por unos 10 años.

—Te pareces a mi papá —dijo El Caimán, el más joven de los tres—; acuérdate de cuando eras chavo y éntrale. No seas culero.

Andrés quiso decir algo, pero El Tony le ofreció el toque.

—Llégale, yo te lo prendo

Andrés negó con la cabeza. El Caimán se le paró enfrente, le puso la mano sobre el hombro, le espetó:

—O le llegas o te vas al fondo.

En una mirada rápida, Andrés vio hacia la profundidad del tragaluz y distinguió un papel blanco en un montón de basura. Le subió el vértigo de inmediato y de forma instintiva se quitó de encima la mano del Caimán y se puso de pie.

—Vinimos a hacer negocios; no a ponernos burros —dijo.

—Pues qué, a poco no quieres festejar —habló El Tony todavía con el brazo extendido hacia Andrés.

—Ustedes fumen; yo festejo de otra manera.

—Qué maricón —dijo El Tony; se llevó el cigarrillo a los labios y lo encendió. Le dio varias fumadas y se lo pasó al Caimán.

Andrés caminó un poco por la azotea, se acercó a las jaulas de tender, se deslizó hacia la puerta, pero de dos brincos El Tony se puso delante de él.

—Ni creas que te vas a ir así nada más —casi gritó El Tony.

—Estaba caminando —repuso Andrés, todavía con vértigo y caminó hacia el tragaluz. Se puso en cuclillas delante del Caimán. Sintió que algo rígido se ponía en su nuca.

—O fumas o fumas —escuchó que decía El Tony a sus espaldas—. Dale el churro —dijo, dirigiéndose al Caimán.

—Okey —dijo Andrés—. Pero quítenme esa chingadera de la cabeza.

—Cuál —dijo El Tony.

Andrés giró la cabeza y vio que El Tony tenía la mano en forma de pistola, apuntándole a Andrés y luego levantó los brazos como si fuera a tender ropa en el aire. Andrés se dio cuenta de que El Tony no traía ninguna arma en la mano, pero ya había aceptado fumar. El Caimán le puso el toque en los labios; aspiró un par de veces y se lo pasó al Tony.

—Así se hace, mi rey —dijo El Caimán—. Tan grandulón y tan puto.

—Al grano —respondió Andrés, tendiendo el brazo hacia El Tony—. Tengo que llegar con mi familia. De por sí mi vieja se va a encabronar.

—Deja que nos acabemos este churro y luego hablamos —dijo El Tony, quien de nuevo se sentó a la orilla del tragaluz; miró de frente a Andrés, tomó el cigarro y le dio una fumada honda que casi lo hace toser.

—Parece que la noche se va derrumbar —dijo El Caimán, mirando al cielo—. Pero sigue inmóvil. Tantas chingaderas que dijeron que iban a pasar y todo está quieto, igual que antes —recibió el cigarrillo de manos del Tony y fumó también casi hasta ahogarse.

—Bueno —dijo El Tony, dirigiéndose a Andrés y dándole el toque— Acordamos que fueran dólares. ¿Los traes?

Sin responder, Andrés le dio varias fumadas al churro, ya entrado en las ganas y volviendo a disfrutar la hierba santa para la garganta luego de unos cinco años de haberse retirado. Sin lugar a dudas le supo a gloria y sintió luego-luego el elevón, como si fuera la primera vez que fumaba marihuana.

—No pude conseguir dólares —contestó Andrés.

—No chingues —dijo El Caimán de inmediato.

—No hay problema, mi buen —agregó El Tony—. Pero traes la billetiza, ¿verdad?

Andrés negó con la cabeza. Vio que El Caimán sacaba un cuchillo. En la calle tronaron varios cohetes.

—Entonces, ¿nada más trajimos el carro a lo pendejo o qué?

—No –dijo Andrés--; hoy no abrieron los bancos; pasado mañana los vuelven a abrir. Cambio la lana y pasado mañana mismo te entrego los dólares—. Andrés ya sentía que todo era lento, que la lengua se le resecaba y que hablaba como si fuera pronunciando cada sílaba poco a poco; a pesar de todo, se dio otros toques.

—O sea, que aunque quisiera darte los dólares, no los tengo, pero puedo ir por la moneda mexica y te la entrego y luego tú cambias los dólares.

El Caimán le puso el cuchillo a Andrés en la panza, dándole un pequeño piquete.

—No la chingues, Caimán –reaccionó Andrés, haciéndose para atrás y poniéndose de pie. Se abrió la camisa, se levantó la camiseta y vio el rasguño de sangre.

—Pues ese piquetín –dijo El Tony— es todo lo que ha pasado esta noche y la Tierra sigue igualita. El cosmos no nos ha mandado nada. La luna está poca madre; aquella estrella roja, la de siempre, también está chingona. Eso vale la pena, otro toque. Acábense las bachas sin quemarse los dedos, mientras preparo dúplex.

Rápido, con una habilidad de billarista y como ya tenía mota limpia, El Tony preparó otros dos toques y le dio uno al Caimán y otro a Andrés, quien ya estaba adelantando la mano; se los prendió a ambos.

--Fúmense el toque de la paz —dijo El Tony—, y ni pedo ese mi Caimán, nos tendremos que esperar a que este güey cambie la dolariza pasado mañana y dejamos el carro escondido donde está.

—Ni madres —insistió El Caimán, quien también ya estaba hasta la madre como El Tony, pero a éste le entraba la buena onda, mientras al Caimán le entraba cada vez más la mala onda—; ahorita la dolariza o le hago pozole la panza al Andrés —, y de la espalda sacó una navaja pero de verdad, automática, apretó el botón y la cuchilla, como de unos veinte centímetros de largo, saltó, generando el típico chasquido de “¡¡¡chac!!!”.

Como El Caimán se embelesó con su navaja, se distrajo y el Andrés se alcanzó a meter a la jaula y le puso el candado por dentro, pues era la jaula de su departamento y venía preparado para las ojetadas del Caimán. Sin importarle que el Andrés se hubiera metido a la jaula, El Caimán empezó a cortar uno de los alambres con la parte de atrás de su navajón, que traía una sierrita,

—Aunque me tarde 15 minutos, mi Andrés, te va a cargar la chingada.

—Ya párale ay —dijo El Tony—. ¿Qué vamos a hacer con el carro? Además, este cabrón tiene hijos y toda la madre; no seas ojete, ¿no?

—Tú cállate, güey —dijo el Caimán—, o también te toca un filetazo.

—No es para tanto, mi buen —dijo El Tony—. Yo te espero ay, a la orilla del tragaluz y voy a preparar tres toques. Uno para ti, el matón; otro para el Andrés para que muera hasta la madre y otro para mí para ver el espectáculo. ¿Va?

Tanto el Caimán como el Andrés aceptaron, pero éste último, al ver que el primer alambre había cedido, empezó a rogarle al Caimán que por su madrecita santa ya le parara. Que para qué tanto pedo nada más por un carro de fayuca, que de todos modos se lo iba a pagar.

—Cállate el hocico, cabrón —dijo El Caimán y siguió con otro alambre para desenredar uno para un lado y otro para arriba y hacer el agujero.

Cuando estaba a punto de concluir de cortar el segundo alambre, se escuchó un zumbido como de fogonazo en el cielo. Tanto El Caimán como El Toño y el Andrés voltearon hacia el cielo por donde venía el ruido con chisporroteos como gran fulminante. Vieron caer a la velocidad de su chingada madre algo como un cometa que se estampó en la espalda del Caimán, quien se empezó a quemar por todas partes. El Toño se quitó su chamarra e intentó extinguir al Caimán y lo consiguió, pero vio, entre leves flamas que aún sobresalían, que se alcanzaba a ver el piso de la azotea a través del Caimán, quien se encontraba chamuscado de pies a cabeza y no había ni una gota de sangre. El meteorito que se anunció que caería en la Ciudad de México atravesó al Caimán y al mismo tiempo le cauterizó la gran circular herida.

Pronto se escucharon las campanas de los bomberos y los aullidos de las ambulancias acercándose a la calle donde de forma probable habría caído el objeto desconocido que venía de la estratosfera, según anunció Joaquín López Dóriga por TV, otra televisora y casi todas las radiodifusoras. Mientras tanto, el Andrés abrió el candado de su jaula y bajó a su departamento a la cena de Navidad o algo semejante; pero primero que el Andrés, hizo El Tony, aunque nadie sabe adónde se fue esconder y a seguir poniéndose hasta la madre, pues era sabido que El Tony no tenía familia.

 

Guillermo Samperio

 (México, D.F., 1948). Es autor de más de cincuenta libros de cuento, novela, ensayo, literatura infantil, poesía, crónica y filosofía. Miembro del Sistema Nacional de Creadores del FONCA. Su más reciente libro es: Maravillas malabares Ediciones Cátedra, España, 2015 (que incluye Anteojos para la abstracción. Historia de un Vestido Negro, FCE, México, 2013; ¿Te acuerdas Julia?, Alfaguara, México, 2013. Y Cuentos Reunidos, Alfaguara, México, 2007). También publicó, recientemente, Al fondo se escucha el rumor del océano. Raymond Carver ad honore. Ediciones de Educación y Cultura / Trama Editorial. México- España, 2013; Cómo se escribe un cuento, 500 Tips para nuevos cuentistas del siglo XXI, Berenice, España, 2008; y La guerra oculta, cuentos, Lectorum, México, 2008. Su libro para niños Emiliano Zapata, un soñador con bigotes forma parte de la biblioteca de educación básica. El libro Después apareció una nave está dentro de la biblioteca de educación media. Ha obtenido el Premio Casa de las Américas y el Cervantes de París. En la actualidad es presidente de la Fundación Cultural Samperio, A.C.; columnista del periódico El Financiero y colaborador de las revistas Siempre!, Sin Embargo, La Jornada Semanal y Laberinto (Milenio), entre otras. Últimamente ha publicado en Francia Gente de la ciudad y, en España, la novela Ventriloquia inalámbrica y Quinientos tips para cuentistas del siglo XXI; en Italia fue publicado su libro de cuentos La Gioconda en bicicleta, libro que obtuvo el Premio Letterario Nazionale di Calabria e Basilicata 2010 (y se prepara la traducción de toda su obra en ese país). Ha sido incluido en múltiples antologías del país y el extranjero y traducido a varias lenguas, compartiendo antologías con Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Guillermo Cabrera Infante, Miguel Ángel Asturias, Álvaro Mutis, Gabriel García Márquez, Cristina Peri Rossi, Carlos Drummond de Andrade, Eduardo Galeano, Antonio Skármeta, entre otros escritores. Ha impartido más de mil talleres literarios para diversas Instituciones gubernamentales y privadas en el país, así como para UCLA, Maine, Sorbona (Francia), U. de Calabria (Italia), U. de Neuchâtel (Suiza), entre otras Institutos de talla internacional.