Revista Anestesia

𝙴𝚕 𝚍𝚘𝚕𝚘𝚛 𝚜𝚎 𝚚𝚞𝚒𝚝𝚊 𝚌𝚘𝚗 𝚕𝚎𝚝𝚛𝚊𝚜

Memorias de una amistad. A mi Maestro José Vicente Anaya, con nobleza

diotima anaya (1)

Por Fernando Salazar Torres

16 Septiembre 2020

 

José Vicente Anaya (1947-2020) es clave en la literatura mexicana, porque fue Maestro de muchas generaciones, tanto en los variados talleres de poesía, que impartió a lo largo de su vida, como en la comunión creada en Alforja. Revista de Poesía, de la cual es fundador y director. Esta edición, de verdadera época, tomó una imagen parcial y fue importante influencia de El Corno emplumado. Durante sus 12 años y en los 45 números, ofreció un espacio a distintos poetas para publicar por primera vez. Muchos de los autores que pasaron por sus sesiones y vieron sus poemas publicados en una revista impresa, actualmente, construyen y desarrollan valiosos espacios de la literatura mexicana. Además de poeta, ensayista y crítico literario, Anaya construyó una obra de traducción, de periodismo y de edición. Fue el primero en mostrar en nuestro país y en nuestra lengua una de las últimas vanguardias, la Generación beat. De esta tradición se conocía poco y mal, regularmente los de siempre, tres o cuatro poetas. Fue el autor de Híkuri. Además de enterarnos ampliamente de los beat, mostró la presencia y la obra de las mujeres dentro de esa corriente literaria estadounidense. Leemos la obra de ellas gracias a sus análisis y traducciones. También fue un entusiasta ensayista sobre la literatura de oriente, especialmente sobre el cuento corto chino y japonés, además del haikú. Por otro lado, sus traducciones también alcanzan el latín y el francés.

Cuando estudiaba Filosofía en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM-I) conocí la revista Alforja, porque en una de las oficinas de mi universidad había actividades estudiantiles y en más de una ocasión, al ingresar al edificio, tenían distintos números de obsequio encima de las mesas. Varias veces tomé los números que pude sin saber que el editor de esa revista años más tarde sería mi Maestro y amigo. Y fue poco tiempo después, en una tarde de verano, cuando lo conocí. Estudiaba la Maestría en Teoría Literaria en la misma institución (UAM-I) y me enteré que habría una charla sobre Octavio Paz. En aquel momento estaba leyendo al Paz ensayista, notaba en cada línea de El arco y la lira el postestructuralismo francés y me gustaban mucho las ideas de Los hijos del limo que, por cierto leía en una primera edición cuyo regalo me fue dado por otro gran amigo y Maestro, Evodio Escalante. La cita de la charla fue a las 19 horas en la Sala de Creación Literaria Xavier Villaurrutia. Me senté al frente, muy atento, escuchando las críticas a las ideas de Paz —mi Maestro siempre mantuvo como una de sus características intelectuales la crítica verdadera, argumentada—. Fue una exposición de más de una hora donde contaba anécdotas, hacía citas, señalaba plagios y comentarios a varias de las obras de nuestro premio nobel. Esa tarde fue una cátedra de crítica literaria. Después de su conferencia se abrió el espacio de preguntas al autor y yo, que ya tenía una inclinación desmedida por la teoría y la crítica, vi en Anaya un perfil de crítico literario. Levanté la mano para pedir la palabra y expuse una desavenencia respecto a uno de los juicios expresos hacia la obra de Paz; la respuesta fue empática y me respondió que yo tenía razón. Llegó la noche, la sesión finalizó y quise acercarme a saludar al poeta de quien hasta  ese momento nada había leído, ni siquiera sabía que era el editor de las alforjas que yo atesoraba y leía en casa. Fue imposible acercársele, la gente lo cubrió de inmediato y me fui a mi casa bajo la lluvia.

Pasó un año de ese acontecimiento, poco más. Yo estaba desayunando con unos amigos en la cafetería de la Gandhi vieja, cosa rara porque no frecuentaba ese sitio más que para ver y comprar libros. Siempre visitaba la librería, pero jamás la cafetería. Era un sábado por la mañana, justo miré a mi derecha y lo vi subir las escaleras. Lo reconocí inmediatamente, pero no supe en el instante cómo dirigirme o hablarle; además, él iba acompañado y me parecía impertinente acercarme. Al llegar al piso de la cafetería, fue él quien me vio y al momento me saludó. Recordó la breve conversación que tuvimos en torno a las ideas de Paz. Como él iba con alguien y yo estaba con amigos, me citó al sábado siguiente para “continuar, dijo, con nuestras divergencias y poder con-versar”. Esa era su idea de la con-versación. Ese fue el segundo momento que yo hablaba brevemente con el poeta cuya pinta de monje y de gigante sabio jamás pasaba inadvertida (quizá ese mínimo intercambio de palabras duró tres minutos). Él se fue a su mesa y yo me quedé almorzando.

Nos vimos, por supuesto, puntualmente, a las 12 del día el sábado siguiente. Yo estaba nervioso, porque no sabía qué diría ni qué pasaría. Así nació nuestra amistad y un ciclo de enseñanzas interminable. A partir de entonces nos veíamos una o dos veces por semana, así fue hasta que la pandemia interrumpió nuestras citas. La empatía fue inmediata, el entendimiento intelectual fue acorde y cordial siempre. Recuerdo muy  bien una de nuestras primeras charlas, fue sobre el surrealismo y su falsedad en el método de la escritura automática a propósito de Altazor, pues en aquel periodo yo estaba escribiendo mi tesis sobre esa obra. Ha sido la única persona con la que he podido dialogar sobre el anarquismo y su postura filosófica y ética sin caer en fanatismos ni en la tergiversación ni ignorancia de sus planteamientos teóricos. Hablábamos de distintos temas: filosofía, economía, política, historia, literatura, entre otros más. Me contó muchas anécdotas infrarrealistas, de cómo conoció a Roberto Bolaño y cómo se despidieron cuando éste se fue a España; me platicó de cuando llegó, desde Villa Coronado, a la ciudad de México y entró a estudiar Sociología en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), de su familia y de las tropas villistas. También me contaba del inicio de su peregrinaje cuando el Infrarrealismo se disolvió, y cómo escribió Híkuri. Me decía muchos detalles de su poemario, del envío, en varias ocasiones, al certamen de Poesía Aguascalientes y de su múltiple rechazo para ser publicado. Cada sesión para mí era una enseñanza, los cientos de momentos reunidos para tomar un café, una coca-cola fría o desayunar cada semana, terminaron de formar mi espíritu crítico. La crítica literaria no me solventó en la universidad, sino en las conversaciones con mi Maestro, quien alguna ocasión me presentó como su hijo, aunque jamás supe la razón.

En una de las conversaciones que tuvimos me habló de la sección “Crítica de la Poesía y de los Poetas en México” de Alforja, me orientó sobre la importancia y significativo de la crítica en una revista literaria. Así nació para el Taller Ígitur el primer proyecto, “Crítica y Pensamiento en México”, del cual hemos hecho hasta ahora nueve ciclos con cuatro mesas cada uno y cada mesa integrada por tres autores, lo cual significa la presencia y participación de más de 100 figuras, entre poetas, narradores, cineastas, pintores, artistas plásticos, periodistas, editores, músicos, etcétera. A la postre, creamos “Diótima. Encuentro Nacional de Poesía” cuya primera emisión fue un homenaje al poeta Sergio Mondragón y al año siguiente, en 2019, en su segunda versión, estuvo dedicado a nuestro Maestro. En agosto del año 2018 iniciamos un nuevo proyecto, la Revista Literaria Taller Igitur. La identidad intelectual y de curaduría tiene por influencia las revistas editadas por los poetas homenajeados en “Diótima. Encuentro Nacional de Poesía”, hablo, desde luego de El Corno emplumado y Alforja. Revista de Poesía.

Igitur es, en cierto modo, resultado de mis conversaciones con mi amigo. Cada una de las veces cuando me dirigía a la Gandhi vieja, irónicamente cerrada justo el día de su muerte, imaginaba una cita en lo alto de la montaña en donde el discípulo encuentra a su mentor para pedir un consejo y seguir su palabra. Durante los últimos meses él escribió ensayo, poesía y traducción. Logró publicar cinco títulos: Poesía/Poetas,  Diótima. Diosa viva del amor (La Tinta del silencio, 2019), Mater Amatisima / Pater Noster (Sangre ediciones, 2019), Pueblos originarios (Proceso, 2020), Material de lectura. Poesía moderna (UNAM, 2019), y en el 2018 se editó la versión en francés de su poema Híkuri (Les presses du réel, 2918) incluyendo el manifiesto infrarrealista, escrito en octubre de 1975.

La figura de Anaya ha sido clave en mi vida. Me mostró demasiadas cosas, me regaló muchos libros, la colección completa de Alforja, ediciones especiales, particularmente de la tradición andalusí, porque sabía perfectamente de mi reciente interés por esa poética. Me entregó 4 libros inéditos, que había estado escribiendo durante los últimos años, tres de ellos traducciones, no obstante hay tres hechos invaluables, mismos que siempre tendré presente. Lo primero, la integridad y ética siempre mostrada, incluso ante la terrible adversidad y la zozobra; lo segundo, cuando le platicaba de mi idea de crear una revista literaria, le pregunté si era una opción real y legítima, y me respondió que esa legitimidad se obtiene y desarrolla creando espacios; y la tercera, me señaló que la mayor virtud, la más importante y valiosa, es la paciencia.

 

https://latintadelsilencio.com/portfolio/diotima-diosa-viva-del-amor/

 

http://www.libros.unam.mx/jose-vicente-anaya-poesia-moderna-9786073024150-libro.html

 

Fernando Salazar Torres: (ciudad de México). Poeta, crítico literario, ensayista y gestor cultural. Licenciado en Filosofía por la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa (UAM-I). Maestría en Teoría Literaria (UAM-I). Estudia el Doctorado en Literatura Hispanoamericana en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) con estancia de investigación en la Universidad de Salamanca (Usal). Ha publicado el poemario Sueños de cadáver y Visiones de otro reino. Su poesía y ensayos se han publicado en distintas gacetas y revistas literarias impresas y electrónicas. Su poesía ha sido traducida al inglés, italiano, catalán, bengalí y ruso. Director de la revista literaria Taller Ígitur Coordina las mesas “Crítica y Pensamiento en México” y “Diótima: Encuentro Nacional de Poesía”. Dirige el Taller Literario “Ígitur”. Colabora en la revista literaria “Letralia. Tierra de Letras” con la serie de poesía mexicana “Voces actuales de México” y “Poesía española contemporánea”. Es miembro del PEN Club de México.