Revista Anestesia

𝙴𝚕 𝚍𝚘𝚕𝚘𝚛 𝚜𝚎 𝚚𝚞𝚒𝚝𝚊 𝚌𝚘𝚗 𝚕𝚎𝚝𝚛𝚊𝚜

Matamos lo que amamos. Relaciones tóxicas en el cine y la literatura

Por Ulises Paniagua

Noviembre 2021

Imagen: Verónica Fernández

 

Confieso que la película “Diario de una pasión” me ha hecho llorar más de una vez. El mismo efecto causaron en mí “Los puentes de Madison”, de Clin Eastwood. Por su parte, la despedida de Ingrid Bergman y Humphery Bogart en el aeropuerto, dentro de la escena final de “Casablanca”, me genera una ligera depresión, y un tono de decadencia que me incita a beber un whisky mientras escucho “Times goes by” una y otra y otra vez. Es vergonzosa mi confesión, pero es verdadera.

Sucede que los que se quieren con hondura, los que de verdad se aman, no deberían separarse jamás, por ningún motivo. Encontrar amores verdaderos en la era de lo líquido (cito a Bauman), es tan difícil como hallar un personaje íntegro dentro de la política, o un gramo de oro en una playa de humo.

Tal romance genuino como un libro artesanal, como una carta del siglo XIX, y que encuentra complicaciones externas e impedimentos internos por parte de los amantes, debiera sobrevivir al tiempo y sus circunstancias. Lo merece. Merece respirar, levantar el vuelo, no manchar su plumaje en medio de los encuentros casuales o los pantanosos matrimonios por conveniencia. Este sentimiento, al estilo de “Los amantes del círculo polar”, debe ser valiente y saltar por la ventana.

Dice Albert Camus que “Los hombres y mujeres o bien se devoran rápidamente en eso que se llama el acto del amor, o bien se crean el compromiso de una larga costumbre a dúo”. Y agrega: “Entre estos dos extremos no hay término medio. Eso tampoco es original.”  Pero quizá exista esperanza, la piedad de los amores verdaderos, corpóreos y veraces, místicos e inocentes: aquellos que inundan las calles y los cuartos con su gramaje de infinita pureza. Aunque, habrá que admitirlo, algunos de ellos no se devoran rápidamente ni se generan una costumbre a dúo: los incendia su empuje, los desborda en la “Mar Tenebris” su pasión, su propio impulso. Terminan ahogados como Jack Dawson en medio del naufragio del “Titanic”; o bien, deciden suicidarse al estilo de “Tristán e Isolda” y “Romeo y Julieta”; o, en todo caso, gozan de las tempestades amatorias que demuestran las novelas de Emily Bronte y Jane Austen.

Esta lamentación, esta elegía a los amores tristes o trágicos, ha sido contada y cantada por romanceros, poetas, dramaturgos y novelistas a lo largo de la Historia. Es una constante. Como en el caso de la definición del fantasma en Guillermo del Toro, este asunto del romance incompleto “es un evento terrible que está obligado a repetirse”. Cual Prometeos que sufren un castigo al descubrir el fuego, los amantes son condenados en la justa intersección de dos flamas, esa intersección que menciona Octavio Paz en “La llama doble”.

Sucede que, cuando lo que se ama no da más, es imposible seguir adelante. No hay adelante. Entonces los amorosos se aferran con uñas y dientes a la posibilidad, a la espera de un Godot que –ya sabemos- no llegará. A partir de entonces los que se quieren, las que se quieren, comenzarán a destruirse, intentando sujetar las amarras de un puente que se derrumba. Surge la desesperación, las ligeras violencias, los reclamos, el soportar al otro para no terminar liándose a golpes; o el liarse a insultos y patear muebles para no terminar la relación.

“Matamos lo que amamos. Lo demás no ha estado vivo nunca”, declara Rosario Castellanos en medio de su agitada relación con un poeta menor en calidad que ella: Ricardo Guerra. Una frase que, por cierto, tiene su origen en Óscar Wilde, quien escribe: “Y que no haya nadie que lo ignore: Todos los hombres matan lo que aman”.

Óscar Wilde, el hombre del clavel verde, aquel quien por cierto experimentó una de las relaciones más destructivas de las que se tenga registro en la Historia de la literatura. Se enamoró de Alfred Douglas, conocido como “Bossie”, un muy joven promiscuo, caprichoso, el hijo de un prominente y rencoroso noble quien, a través del escándalo de la homosexualidad del autor, terminará recluyéndolo en la cárcel (allí Wilde se tomará la oportunidad de escribir “La balada de Reading”, de la cual extrajimos el verso citado, célebre entre los que degustan de la desilusión del mundo).

¿Qué decir, por su parte, de los poetas franceses Verlaine y Rimbaud? Una pasión que nació en medio de un Paris no muy extenso, donde al joven vidente, autor de “Una temporada en el infierno”, los diarios gozaban llamándolo “Mademoiselle Rimbaut”. El lugar preciso donde Paul Verlaine conoció a Rimbaud, describiéndolo como “Físicamente alto, bien conformado, casi atlético”, con un “rostro que tenía el óvalo del de un ángel desterrado”. Arthur Rimbaud -a quien le daba por romper la porcelana de otros y asistir a los fumaderos de opio-, llegó a reclamar el abandono a su amante y tutor, Paul Verlaine.

Rimbaud escribe a su amante con tristeza:

“Vuelve, vuelve, querido amigo, único amigo, vuelve. Te juro que seré bueno. Si me he mostrado desagradable contigo, fue tan sólo una broma; me cegué, y me arrepiento de ello más de lo que puedes imaginar. Vuelve, todo estará totalmente olvidado. ¡Qué desgracia que hayas tomado en serio esta broma! No paro de llorar desde hace dos días. Vuelve. Sé valiente, querido amigo. Nada está perdido todavía”.

Ante el rechazo, Rimbaud pasa de la nostalgia a la ira. Los amantes se reúnen, se confrontan, Verlaine explica la imposibilidad de un romance porque él está casado. En una discusión célebre, se hacen pedazos. Jessica Martínez Suárez describe la escena: “Verlaine apeló a la reconciliación, pero Rimbaud se negó. Aquellos versos de súplicas y nostalgia parecían morir en la humillación. Nada del sufrimiento pasado importó para Rimbaud. El intercambio de cartas sólo pudo reparar el orgullo, no el abandono. De nuevo llegaron los gritos, los golpes, y el sexo. Rimbaud dejó la habitación al tiempo en que la depresión de Verlaine descubría el revólver que llevaba en el bolsillo. Dos disparos y Rimbaud cae. La primera bala lo hirió en la mano izquierda, la segunda no lo alcanzó…”

De vuelta al mundo del cine, una pareja célebre por sus facultades tóxicas fue la que conformaron Richard Burton y Elizabeth Taylor. La hermosa actriz y el famoso galán de aquellos años se divorciaron, para volverse a casar más tarde, y volverse a separar en medio de constantes escándalos maritales que involucraron infidelidades, pleitos caseros, amenazas y golpes. Si algún curioso quisiera formarse una ligera impresión del tipo de relación de los famosos actores, les invito a conocer dos cintas que pueden resumir sus tormentos: “La noche de la iguana”, dirigida por John Huston. y protagonizada por Deborah Kerr, Ava Gadner y el propio Burton; pero sobre todo el drama “¿Quién teme a Virginia Woolf?”, filmado en 1966 -basado en la obra teatral de Edwar Albee-. Una cinta que estelariza, precisamente, la pareja Burton-Liz Taylor.

Otro ejemplo de extrema destrucción lo constituye la película “El último tango en París”, de Bernardo Bertolucci, con Marlon Brando y Maria Schneider interpretando a una pareja de adictos al sexo. Adicción pasional que vamos a reconocer también en películas españolas como “Entre las piernas”, estelarizada por Javier Bardem y Victoria Abril: y “Amantes”, de Vicente Aranda, que tiene en los roles principales a la propia Abril junto al entonces joven Jorge Sanz.

En el caso del cine hollywoodense, encontramos dos cintas bien representativas: “Luna amarga”, dirigida por Roman Polanski; y “9 semanas y media”, de Adrian Lyne, con Kim Bassinger y un entonces apuesto Mickey Rourke como protagonistas; perfectas ambas para mostrar la dialéctica del amo y el esclavo sexual dentro de las relaciones de pareja, así como la delgada línea donde, como dicta aquella canción de Duncan Dhu, “sólo una vez puedes confundir el amor con el placer”. Desde luego, tenemos de forma actual una versión light y tardo capitalista del asunto, en la secuela “Cincuenta sombras de Gray”, de la cual reservo mi opinión.

Finalmente, presentamos el logro supremo de una locura compartida: el caso ocurrido en Kassel, Alemania, donde un homosexual de 41 años se comió a un amigo que había conocido en internet… ¡bajo su consentimiento! El hecho podría resumirse con la frase de una de las canciones de Soda Stéreo: “¡ay, come de mí, come de mi carne…ay. Come de mí…entre caníbales…” Y es que quizá el amor es eso para algunos: un uroboro que se devora, y que hace que los amantes se asesinen junto a él. El amor es Shiva, el destructor…

Hasta aquí este recorrido por las relaciones insanas o imposibles. Si usted ha vivido, o vive una relación tóxica, no dude en anotar en este espacio en blanco su caso:

……

Lo tendremos en cuenta para el siguiente artículo. Si se trata de una pareja de poetas o artistas, mucho mejor, dará tela para cortar. Eso sí, tras compartir su episodio le recomendamos cuatro puntos importantes: el primero de ellos, determinar si vive un amor verdadero y no una efímera pasión tempestuosa; el segundo, acudir a terapia para saber si les es posible rescatar lo irremediable; el tercero, huir, a toda marcha, con el corazón partido pero con la integridad física intacta: y el último, comenzar a reconstruir una casa, anunciarla en un diario, para terminar cuidando a su esposa en medio del padecimiento de Alzheimer, al estilo de Noah, el protagonista de “Diario de una pasión”.

Le deseamos mucha suerte con cualquiera de sus elecciones.

Y es que literatura y cine son así. Los artistas no están para brindar ejemplos morales. “Amor es más laberinto”, anunció Sor Juana. Lo cierto, tal vez, es que se podría sanar un poco tras sobrevivir romances tan demoledores. Es posible reconciliarse con la amada, con el amado, y en especial con uno mismo. Se debe tener aspiraciones. Llámenme ingenuo, pero en mi mente Verlaine y Rimbaud se separaron, en un universo paralelo, de manera conciliatoria, a través de una terapia de pareja.

 

 

 

Ulises Paniagua (México, 1976). Narrador, poeta, videasta y dramaturgo. Ganador del Concurso Internacional de Cuento de la Fundación Gabriel García Márquez, en Colombia (2019). Posee dos posgrados en la especialidad de imaginarios literarios.  Es autor de las novelas La ira del sapo (2016), y Ese lugar existe (2017); así como de siete libros de cuentos: Patibulario, cuentos al final del túnel, (2011), Nadie duerme esta noche (2012), Historias de la ruina (2013), Bitácora del eterno navegante (Abismos, 2015), Entre el día y la noche (UAM), Las tuercas en mi cabeza (2019) y El horror en cada puerta (2019). Su obra incluye cuatro poemarios: Del amor y otras miserias (2009), Guardián de las horas (2012), Nocturno imperio de los proscritos (2013), y Lo tan negro que respira el Universo (2015); así como los CDs sonoro-poéticos: Cuadriversiones (2013), Clandestinos y nocturnos (2014), y Mientras nos queden labios con qué cantar (2016). Ha sido divulgado en antologías, revistas y diarios nacionales e internacionales, incluyendo Nocturnario, El búho, Círculo de poesía, Nexos, Siempre!, El Sol de México, Ígitur, Letralia, Altazor y Jus. Columnista de la revista Horizontum. Es parte del catálogo de autores del INBA, y ha sido publicado en la Academia Uruguaya de Letras; así como en España, Italia, Perú, Cuba, Venezuela, Rusia y Costa Rica. Primer lugar en el Concurso Literario de Cuento “La caverna” (2016). Mención honorífica en el Concurso Nacional de Cuento Criaturas de la Noche (2007), y del Premio Endira de Cuento Corto (2016), fue antologado en: Poesía Latinoamericana Giulia Gonzaga (Italia, 2008), y en Poetas del siglo XXI (España, 2014). En el 2011, con su colaboración literaria con el grupo Kanga, obtuvo el primer lugar en el concurso nacional de España, Tú sí que vales. Locutor colaborador en el programa Jazz Arquitectónico, de Radio Anáhuac. Conductor del programa Todos los libros, el libro, en Radio SOGEM y del programa Emotrópolis, en Radio IPN. Ha sido tallerista en CONACULTA, en la UAM, en la Fundación René Avilés Fabila, con Secretaría de Cultura, así como becario de CONACYT (2014-2016; 2018-2021). Su obra ha sido traducida al inglés y al italiano. Correo electrónico:  sesilu7@yahoo.com.mx.