Revista Anestesia

𝙴𝚕 𝚍𝚘𝚕𝚘𝚛 𝚜𝚎 𝚚𝚞𝚒𝚝𝚊 𝚌𝚘𝚗 𝚕𝚎𝚝𝚛𝚊𝚜

Literatura femenina y erotismo

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Por Ulises Paniagua

16 Julio 2020

 

Hay que hablar de amor y deseo

mientras nos queden labios con qué besar.

 

Eros es la tormenta sutil, el infierno de los gozos. Es aproximación, el convite de los cuerpos, aquello que en tiempos milenial llaman (disculpen la expresión) “el delicioso”. Como lo resume un soneto de Quevedo, “el amor…es hielo abrasador, fuego helado”, sublime oxímoron: incendio que se apaga con incendios.

Aunque el erotismo es también el arte de la vida. No sólo representa la fuerza pasional sino, como apunta Georges Bataille -partiendo de una concepción helénica-, es la pulsión creadora, el deseo de lo nuevo, la búsqueda de la libertad. Todo arte es erotismo; y el erotismo puede ser un arte.

En la mitología griega, Eros es hijo de Afrodita y Hefesto. Para Aristófanes, de manera particular, Eros nace de un huevo incubado por Nix (la noche), y es fecundado por Érebo (la oscuridad); en cambio, para Hesíodo nace del Caos; aparece al mismo tiempo que Gea (la tierra) y Tártaro (el inframundo), lo que nos lleva a constatar, con bases mitológicas, el cliché que resume que el amor es tan viejo como la aparición del ser humano. Es cierto: “De entre los dioses, Eros es el más antiguo, el más venerable y el más eficaz para asistir a los hombres en la adquisición de virtud y felicidad.”, reflexiona Fedro a través de Platón. Platón no erra. Lo erótico, en su faceta sensual, aparece desde tiempos tempranos en los libros, en las diversas manifestaciones artísticas (baste recordar, por ejemplo, las pinturas sexuales de Pompeya, o el valioso manual erótico-espiritual que es el Kamasutra). Aunque el griego no contempló un asunto importante: el erotismo fue, antes que todo, femenino.

En terrenos bíblicos, se piensa de manera equivocada que el Shir Hashirim, o Canto de los cantos (conocido como El Cantar de los cantares Del Antiguo Testamento), fue escrito por el Rey Salomón. A él se atribuye el texto. Sin embargo, si uno lee con atención (y no se trata de una especulación personal), puede percibir la sensualidad femenina entre los versos, una voz ajena a la tosquedad del rey, alejada de los recursos básicos de los varones. Se dice que el Shir Hashirim fue escrito por una mujer. Son de resaltar los versos que se expresan en los labios de la amada, quien confiesa en el primer canto:

si me besaras con los besos de tu boca…

¡grato en verdad es tu amor, más que el vino!

Grata es también, de tus perfumes, la fragancia;

tú mismo eres bálsamo fragante.

¡Con razón te aman las doncellas!

¡Hazme del todo tuya! ¡Date prisa!

¡Llévame, oh rey, a tu alcoba!

Es imposible diferenciar esta elegante urgencia con la de una chica que se cita con un desconocido en un bar hoy en día. Es deseo femenino puro, sin duda, porque es ante todo sinestésico. La carne urge, hierve, pero para la mujer la ternura se expresa desde la corporalidad y lo sensorial (lejos de lo grotesco, tan alabado en el realismo sucio). Esto lleva a confirmar una idea que ronda mi mente desde hace tiempo, idea con la que muchos machos sentirán traicionada su virilidad: el erotismo femenino es sencillamente superior, porque es íntimo, intenso y místico.

Se rumora que el Shir Hashirim no es el primer canto de amor. Tiene un antecedente que, tras múltiples estudios, se atribuye mayoritariamente (vaya casualidad) a una mujer. Se trata del Shin Shu, el Canto de amor, un texto sumerio que se supone era entonado por una sacerdotisa de Inanna (diosa de las artes amatorias y la procreación). Se halló en tablillas de escritura cuneiforme, y posee versos memorables como estos:

En la cámara llena de miel,

deja que gocemos de tu radiante hermosura;

León, déjame que te acaricie;

mi caricia amorosa es más suave que la miel.

Esta línea erótica se siguió durante siglos, en especial porque a la mujer se le prohibió confesar sus deseos íntimos, así que tuvo que distanciarse de las descripciones directas; de allí tal vez el tono misterioso y metafórico de sus expresiones poéticas. Bajo el dominio del catolicismo en Occidente, el único recurso para externar los anhelos de cama era dedicar versos a Dios, o a Cristo desde un convento, como una sublimación velada de la carne. Como muestra de este efecto, las húmedas palabras de Santa Teresa de Jesús:

“Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor, que me hacía dar aquellos quejidos y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios”.

La escena habla por sí misma. En pleno siglo XX, una de las poetas más importantes y poco leídas de Latinoamérica, la costarricense Eunice Odio, escribe algunos poemas rescatando la sensibilidad y la furia de El cantar de los Cantares y los versos de Santa Teresa. Eunice expresa.

Ven
Amado

Te probaré con alegría.
Te soñaré conmigo esta noche.

Tu cuerpo acabará
donde comience para mí
la hora de tu fertilidad y tu agonía;

Tu sexo matinal
en que descansa el borde del mundo
y se dilata.

Ven.

Te probaré con alegría.

Si algún detractor quisiera encontrar en el erotismo femenino rastros de cursilería, sería conveniente explicar que, con la liberación de la mujer en el siglo pasado, sus poemas se volvieron arriesgados y explícitos sin abandonar su emotividad. Rosario Castellanos, persiguiendo el ejemplo de la literatura norteamericana, escribe una apología de la felación.  Y qué decir, a principios de ese siglo, de los injustificados escándalos que despertó el diario de Anaïs Nin en Estados Unidos, tan estremecedores como aquel en que quemaron en Francia un maniquí del Marqués de Sade después de una orgía en París, o la impresión que despertó saber que Lord Byron coleccionaba el vello púbico de sus amantes.

Con Nin se inaugura una línea que encontrará eco, años adelante, en los poemas de Silvia Plath, y en especial en los de Anne Sexton. Ésta última, entre otros muchos textos del corte, describe:

Cuando el hombre

penetra a la mujer,

como oleaje que rompe en la orilla,

una y otra vez,

la mujer abre la boca de placer

y sus dientes relucen

como el abecedario.

Si estas imágenes no fueran suficientemente explícitas, podríamos acudir a aquellas otras, donde la autora reivindica lo exótico de un encuentro íntimo.

El poema de Sexton dice:

Mi arco está tenso

Mi arco está listo (…)

Conozco su sexo de varón y lo acaricio con mi dedo índice

Su boca y su ano son uno.

Estoy en el centro de la emoción.

Aunque el caso más extremo al respecto, sin duda, es el de la poeta norteamericana Lenore Kandel (escritora beat de la altura de Ginsberg y Kerouac, a quien no se ha reconocido lo suficiente por el hecho de ser mujer). Lenore fue llevada a la corte por considerar como insulsos, transgresores, a sus poemas; textos que alteraban el orden público y la moral estadounidense. Al final se le declara culpable, en una muestra evidente de chauvinismo. Al censurar a la autora se censuró la libertad de expresión, el derecho a la vida del que habla Bataille.

Kandel tal vez perdió la batalla contra un jurado, pero ganó la guerra feminista a través del tiempo. Lo hizo con la honesta, rebelde expresión de su sexualidad. Habría que hacer un monumento a la escritora beat y a todas estas “h-eros-ínas” que he citado, además de aquellas que he olvidado citar. Cierro el artículo con la fiera evocación de un poema de Lenore Kandel:

te amo / tu verga en mi mano

se agita como un pájaro

entre mis dedos

te hinchas y endureces en mi mano

forzando la apertura de mis dedos

con tu fuerza rígida

Eres hermoso / eres hermoso

eres cien veces hermoso.

Dulces y húmedas noches tengan después de leer este texto; a las autoras les habría encantado conseguir tal efecto entre sus lectoras, y sus lectores. Después de todo, el erotismo femenino es más hondo e intenso. Y ya lo saben, caballeros, déjense llevar y digan no a la mojigatería.