Revista Anestesia

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Laberinto (fragmento)

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Por Eduardo Antonio Parra

 Enero 2021

 

Darío ocupó ambas manos para retirar de la cajetilla el celofán que sellaba los cigarros. Lo hizo en silencio, con una lentitud distraída que me llevó a pensar que no se hallaba ahí, sentado frente a mí, sino en el pueblo, del que en la mente jamás había salido. Tenía, de nuevo, la mirada muerta, sin expresión. Había un ligero temblor en sus labios, como si las palabras se atoraran en ellos negándose a transformarse en sonidos.

Yo apuré el ron de mi vaso mientras buscaba a Renata con la vista para pedirle otro. La encontré sentada detrás de la barra, con una cara de aburrimiento que delataba la escasa clientela de la noche.

En tanto se acercaba a nosotros con sus lentos pasos de foca, miré a mi alrededor. Ya sólo había un par de mesas ocupadas. Los dos sombrerudos no estaban. En la barra faltaban otros dos bebedores.

¬ŅIgual?, pregunt√≥ Renata.

Lo mismo, dije, un ron y otra cubeta. Ella estiró el brazo para levantar de la mesa la cajetilla arrugada y Darío ni se dio cuenta.

Trat√© de imaginar lo que pasaba en su mente, si es que algo pasaba ah√≠. Fue in√ļtil. Cada quien vive el infierno a su modo, me dije, los tormentos son intransferibles. Algunos los bloquean, otros huimos de ellos. Los m√°s afortunados consiguen olvidarlos, aunque se despierten de madrugada entre sudores y alaridos.

Yo, en ese instante, con Darío envuelto en un tramo de silencio frente a mí, sólo pude revivir el mío.

 

 

 

Aquella vez permanec√≠ quieto en aquel rinc√≥n de la casa hasta casi una hora despu√©s de finalizado el combate. Se trataba de un rinc√≥n oscuro, fresco, incluso h√ļmedo, por lo que, cuando al fin me mov√≠, me sorprendi√≥ estar ba√Īado en sudor. Pude ponerme en pie hasta el tercer o cuarto intento: ten√≠a las piernas dormidas, los m√ļsculos de la espalda endurecidos.

Casi no recuerdo mis pensamientos durante los momentos de angustia. S√≥lo s√© que al iniciar la tronadera me sent√≠ afortunado por no tener familia. Mis padres hab√≠an muerto a√Īos antes, no tuve hermanos y nunca me junt√© con ninguna mujer.

También recuerdo que pensé, al acomodarme en aquel rincón, que los muros de sillar tenían el suficiente espesor para contener las balas, no importaba que fueran de cuerno de chivo o algo más grande. Mi padre había construido la casa con bloques de medio metro por lado, y por mucha potencia que tuvieran las armas me sentía a salvo.

Eso pensé.

Durante la batalla, como o√≠a los tiros demasiado a la distancia, cre√≠ que los enfrentamientos se desarrollaban por otro rumbo, en el centro quiz√°s. No s√© qu√© pas√≥ con mi mente, con mis o√≠dos, con todos mis sentidos durante la balacera. Seguro alg√ļn mecanismo de defensa se activ√≥ en m√≠, porque se cerraron al exterior haci√©ndome creer que aquello suced√≠a lej√≠simos.

Pero al abandonar la √ļltima habitaci√≥n, ya con el pueblo en calma, conforme me acercaba a la puerta advert√≠ que por toda la casa hab√≠a destrozos, igual que si una pandilla de cholos hubiera irrumpido con ganas de vengar una afrenta.

Cuando los pedazos de vidrio crujieron bajo mis suelas intent√© encender la luz. No hab√≠a corriente. Fui a mi cuarto entonces para buscar una vela en los cajones y por poco caigo al tropezar con unos libros. Uno de los estantes se hab√≠a venido abajo. ¬ŅC√≥mo hab√≠a sido?

Con la vela encendida pasé a las otras habitaciones.

En la sala casi no quedaba un adorno en su sitio, una silla estaba en el piso con el respaldo partido por un impacto. El recibidor era un desastre sin remedio. Ning√ļn cristal de las ventanas quedaba entero y cientos de fragmentos de vidrio alfombraban los mosaicos, destellando al resplandor de la flama.

Alcé la vela y descubrí las paredes con agujeros tanto en lo alto como en las cercanías del suelo, igual que si alguien, después de romper a culatazos las ventanas, se hubiera divertido ametrallando muebles y muros con su fusil de repetición.

Sin entender a√ļn qu√© hab√≠a pasado en realidad, dej√© la vela titilante sobre la mesa y empec√© a recoger las cosas, cuando escuch√© movimiento en la calle. Pasos furtivos. Susurros. Ruido de puertas. Me paralic√©. Mi sangre estaba tan alterada que hasta sent√≠a su fricci√≥n al interior de las venas, caliente, casi ruidosa. Aguc√© los t√≠mpanos, pero los tamborazos en el pecho no me dejaban distinguir sonidos.

Entonces hice un esfuerzo para desplazarme y me acerqu√© a una de las ventanas destruidas. El alumbrado p√ļblico no funcionaba, o hab√≠an cortado la corriente: afuera todo era oscuridad.

Arrimé la cabeza al hueco, procurando no cortarme con un vidrio, y distinguí el raspar de unas suelas que parecían arrastrarse cerca de la esquina. Una lenta ráfaga de aire movió un jirón de cortina, cimbró la luz y por poco me saca un grito.

No obstante, me asom√©: negrura, sombras, siluetas imposibles que enga√Īaban la vista, silencio apenas interrumpido por los rumores de la noche, y una mezcla de efluvios que de momento no supe identificar. Nada parec√≠a turbar la quietud y sin embargo se percib√≠a algo terrible, como si el miedo, no el m√≠o sino otro, un miedo abstracto y general, tuviera volumen y peso y deambulara por las calles vac√≠as.

No hay nadie, me dije y respiré profundo para aplacar el ritmo del corazón. Aguanté unos instantes, luego di un par de pasos hacia la puerta. La tranca estaba mordida por las balas y entre las dos jambas conté no menos de diez orificios, gruesos, algunos habían arrancado grandes cascotes de madera.

Antes de abrir, pegué el ojo a una de esas mirillas recientes. La calle seguía sin cambio.

Abrí y el aire del exterior fue un sudario frío que se me echó encima y me envolvió. Olía a pólvora, a madera recién cortada, a humo aceitoso, a metal al rojo vivo, a sangre, a carne fresca.

En lo alto, varias cuadras más allá, se distinguía en el cielo el resplandor brumoso de algunos incendios. Ya no se escuchaba el ronroneo de las máquinas, ni rodar de llantas, sólo rumores sordos, como de perros callejeros husmeando huecos y rincones.

Me aventuré a dar un paso fuera y unos vidrios crepitaron bajo mi pie. Sentí movimiento cerca. Se oyó un murmullo.

Alguien había advertido mi presencia.

Reprimí el impulso de volver a meterme en la casa, pues a pesar de no distinguir nada entre las sombras tampoco percibí hostilidad: quien se movió lo había hecho con la misma precaución que yo. Seguro se trataba de un vecino. Acaso Espiridión, que exploraba el terreno después de la batalla.

¬ŅEspiridi√≥n?, pregunt√© con voz apenas audible.

Silencio.

¬ŅEspiridi√≥n?

Ahora el movimiento fue más claro y una voz femenina preguntó:

¬ŅQui√©n es? ¬ŅEres t√ļ, profe?

Reconocí a la esposa de mi vecino.

¬ŅTeresa? ¬ŅQu√© haces afuera? ¬ŅD√≥nde anda tu marido?

Ay, profe. Estaba en la banqueta cuando se soltó la balacera y ya no supe de él. Estoy esperando al Chacho; fue a dar una vuelta aquí cerca a ver si lo veía.

El Chacho era su hijo mayor y mi alumno en la secundaria. No podía creer que Teresa hubiera dejado salir a un adolescente, o peor, que ella misma lo hubiera enviado a buscar a su padre en esas circunstancias, mas no dije nada.

Caminé al sitio de donde provenía la voz y las sombras esculpieron la forma de una silueta. Más cerca, pude distinguir algunos rasgos de su rostro. Estaba muerta de miedo por su marido. Intenté tranquilizarla diciéndole cualquier cosa y la abracé. Su cuerpo parecía estable, aunque al interior se sacudía con vehemencia.

Pasaron unos minutos y mi abrazo pareció calmarla, amainando los temblores. Entonces se le vino un llanto susurrante, gargajeado, como si se ahogara.

Estuvimos ahí, unidos, sintiendo nuestro pavor ir y venir de uno al otro, a veces disminuyendo, otras incrementándose, sentados en la alta banqueta de la esquina mientras escuchábamos cada vez más rumores, desplazamientos, ruidos tímidos como si quien los hacía no quisiera delatarse, esperando a que apareciera el Chacho con noticias de su padre.

Yo cre√≠a que de un momento a otro el sol iba a levantarse para iluminar la zona de desastre en que se hab√≠a convertido nuestra calle, El Ed√©n entero, pero a√ļn los gallos no cantaban y ning√ļn p√°jaro parec√≠a dispuesto a despertar en las ramas de los √°rboles.

De pronto se oy√≥ un zumbido y enseguida se encendieron los focos callejeros desparramando su luz √°mbar sucia de humo y polvo. Al resplandor de aquella luz difusa vi el rostro de la mujer a la que hab√≠a estado abrazando y me sorprend√≠: Teresa era una anciana de piel casi transl√ļcida, con ojeras azules bajo los ojos llorosos, con una delgadez extrema que no hab√≠a advertido al momento de estrecharla contra m√≠.

Desvié la mirada. A través de un velo gris que no terminaba de disiparse vi nuestra calle. Todas las casas tenían agujeros de bala. Algunas lucían desconchadas de los muros, igual que si alguien hubiera socavado los enjarres con un instrumento burdo. Trozos de vehículo y fierros retorcidos se desparramaban sobre el pavimento lleno de lamparones oscuros: sangre, aceite, gasolina, meados o vómito.

En tanto nos poníamos de pie escuchamos que otras puertas se abrían. Animada por la luz, la gente se decidía a abandonar su refugio para encarar la destrucción.

Teresa entró a su casa a ver cómo estaban sus otros dos hijos. Yo me dirigí a la mía, con un fuerte presentimiento en el pecho acerca de Espiridión. Algo me decía que no lo veríamos más, como en realidad ocurrió.

Lo encontr√≥ el Chacho horas despu√©s junto a una troca volcada. El granadazo le hab√≠a arrancado las piernas y casi toda la piel del rostro, al grado de que su hijo reconoci√≥ el cad√°ver por la camisa y un crucifijo en el cuello. Fue uno de los ‚Äúda√Īos colaterales‚ÄĚ de esa batalla.

Teresa y sus tres hijos se fueron del pueblo semanas m√°s tarde, poco antes que yo.

Al entrar en mi casa encendí la luz del recibidor. El foco parpadeó un par de veces y zumbó antes de iluminar el espacio. Sepultados bajo una granizada de cristales, esquirlas de sillar y astillas, lo primero que vi fueron los trabajos de mis alumnos que había estado revisando por la tarde. Pensé en recogerlos para llevarlos a mi cuarto, pero decidí que no tenía caso. Mis clases carecían de sentido a partir de esa noche. Igual la escuela.

Fui a mi recámara; al ver que también ahí había destrozos le di la espalda sin entrar. Avancé pasando de largo las demás habitaciones hasta llegar al cuarto donde me había refugiado durante la balacera. No encendí luz. Me dirigí al rincón en penumbra y dejé escurrir el cuerpo al suelo.

Mientras me engarru√Īaba rodeando mis piernas con los brazos, comprend√≠ con claridad que no nom√°s mis clases y la escuela, sino la vida entera hab√≠a perdido sentido.

 

 

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Naci√≥ en Le√≥n, Guanajuato, el 20 de mayo de 1965. Narrador. Estudi√≥ Lengua y Literaturas Hisp√°nicas en la Universidad Regiomontana. Algunos de sus relatos han sido traducidos al ingl√©s, franc√©s, italiano, dan√©s y alem√°n. Colaborador de¬†Confabulario, Cr√≥nica Dominical, Di√°logo Cultural entre las Fronteras de M√©xico, El √Āngel, La Cultura en M√©xico, La Jornada Semanal, La Tempestad, Letras Libres, Licantrop√≠a, Milenio, Milenio Diario¬†y¬†PlayBoy. Becario del Centro de Escritores de Nuevo Le√≥n, 1990; del FONCA, en cuento, 1996, y en novela, 1998; del Centro Cultural Casa Lamm/Centro de Escritores Juan Jos√© Arreola, 2000; de la Fundaci√≥n Guggenheim, 2001; y miembro del SNCA, 2001.¬† ¬† ¬† ¬†

Su obra está incluida en la antología Narcocuentos (Ediciones B, 2014). Ganador del Concurso Nacional de Cuento 1995 del Ayuntamiento de Guasave, Sinaloa, y de la Universidad de Occidente. Primer lugar en el Certamen de Cuento, Poesía y Ensayo 1994 de la UV. Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo 2000 por Nadie los vio salir otorgado por Radio Francia Internacional. Premio Nacional de cuento Efrén Hernández 2004. Premio Antonin Artaud 2010 por Sombras detrás de la ventana.