Revista Anestesia

𝙮𝚕 𝚍𝚘𝚕𝚘𝚛 𝚜𝚎 𝚚𝚞𝚒𝚝𝚊 𝚌𝚘𝚗 𝚕𝚎𝚝𝚛𝚊𝚜

La térmica

LA TERMICA

Hace unos dĂ­as, mi amigo Fran y yo visitamos un lugar muy especial para mĂ­. Volvimos al sitio donde vivĂ­ hasta los ocho años de edad. En ese lugar, La Central TĂ©rmica de Escombreras, habĂ­a (y hay) instalada, como su nombre indica, una suerte de central elĂ©ctrica nuclear (asĂ­ lo pensĂĄbamos cuando Ă©ramos pequeños y asĂ­ lo pienso ahora), con su radiactividad y esas cosas, pero sin reactores, fusiones de nĂșcleo ni historias de amor truncadas por ninguna irradiaciĂłn.

La casa donde yo viví, ahora es una especie de almacén de ruedas de cables de acero que no tengo muy claro quién usa y quién repone. Y, sobre todo, para qué.

Supongo que una bonita metĂĄfora de lo que es la vida.

Y mientras andĂĄbamos por las calles de ese pueblo, que fue tan mĂ­o como de cualquier otro, y que ya no existe, me preguntaba mi amigo Fran por mi mejor recuerdo de aquellos dĂ­as.

Y, quizás para entender mejor el contexto, ATENCIÓN SPOILER, hablamos de un lugar (y de un recuerdo) que es una mezcla de la película EL BOSQUE, y LOS OTROS.

Empecemos diciendo que nadie de los que vivimos en aquel lugar y en aquella Ă©poca habĂ­amos salido del valle para absolutamente nada. No sabĂ­amos que, apenas a diez minutos, habĂ­a una ciudad que se llamaba Cartagena. Recuerdo la primera vez que fuimos allĂ­. Yo tendrĂ­a unos seis o siete años de edad, cuando se organizĂł una visita a la ciudad para ver E. T. Fuimos todos en autobĂșs, y al llegar a la plaza San Francisco (donde se encontraba el cine) tuvimos la sensaciĂłn de que la gente nos miraba, algo asĂ­ como cuando en las pelĂ­culas de Hollywood vemos a los amish bajar a comprar a la ciudad. Siempre me preguntĂ© porquĂ© se decidiĂł, de pronto, salir de nuestra madriguera, que para nosotros era el mundo entero, y visitar la ciudad. Y siempre sospechĂ© que, E. T., pobrecito mĂ­o, fue la excusa que nos pusieron.

Y con el tiempo comprendĂ­ el motivo.

Pocas semanas antes, llegó al pueblo una familia que, para nosotros había surgido, como todas, de pronto y de la nada (nadie se planteaba entonces el saber de dónde venía la gente o porqué se iba). Todos asumíamos que, de vez en cuando, alguien nuevo aparecía en el pueblo, y su origen era exactamente ese, el primer momento que lo veíamos. Y esa gente sustituía a otra que se iba y por la que nadie preguntaba jamås. Y, por supuesto, nadie volvía a ver.

Pues bien, esa familia que vino trajo algo que, entonces, no supimos ver. Trajo algo similar a la vida. Contaban cosas que habĂ­an hecho antes de llegar a La TĂ©rmica y que nadie supo (ni quiso) creer. Recuerdo que a mĂ­ me leyeron la mano. Me cogieron la mano (creo que nadie, salvo mi madre, me la habĂ­a tocado hasta entonces), y me dijeron que tenĂ­a las lĂ­neas muy poco marcadas, y que eso, para la muerte (yo no sabĂ­a que era eso), estaba muy bien, pero que para el amor (y mucho menos sabĂ­a que era esto), era horrible.

Esa familia, entre electrones y neutrones, nos propuso hacer una especie de algo que, a día de hoy, se parece mucho a una sesión de espiritismo. Nos metimos en una casa abandonada llena de jeringuillas tiradas en el suelo y en la que recuerdo un violentísimo olor a orín, y se nos pidió que juntåramos las manos y cerråramos los ojos. Luego se nos emplazó a que pensåramos en fantasmas, y yo, que no sabía que era eso, no supe en qué pensar, pero estaba seguro de que nadie lo averiguaría y no abrí los ojos hasta que alguien dijo que ya podíamos hacerlo.

Mis primeras pesadillas vinieron días después. De pronto, todos conocían a alguien que conocía a alguien que tenía un primo al que había atropellado un coche, el cual no conducía nadie.

Perdonad esta introducciĂłn, pero considero que es importante explicar esto porque es en ese contexto cuando ocurre el recuerdo que guardo con mĂĄs cariño de aquella Ă©poca. En esos dĂ­as, Ă­bamos los domingos al monte a tirarnos piedras. SĂ­, piedras. Literal. HacĂ­amos dos campamentos y, repito, nos tirĂĄbamos piedras. Y algunas hacĂ­an daño de veras. Eso sĂ­, habĂ­a una cierta nobleza en todo esto y era cuando alguien se hacĂ­a un agujero en el pantalĂłn de chĂĄndal a la altura la rodilla como consecuencia de haberse tirado al suelo para esquivar las “balas”. SabĂ­amos que ese niño, al llegar a casa, recibirĂ­a una buena reprimenda (por decirlo de manera educada) de su madre, asĂ­ que ahĂ­ se acababa la partida ante el llanto desconsolado de ese niño e Ă­bamos todos, incluso los del bando contrario, aun con piedras en las manos, para pedir algo parecido a la clemencia.

Y es en medio de una de esas batallas, y de esas pesadillas por el coche que no conducía nadie y que iba matando a los primos de la gente (y que nadie sabía precisar de qué marca era cuando uno de los niños preguntó, no sé muy bien porqué, por ello) cuando de pronto empezamos a escuchar voces. Y esas voces que, para nosotros, venían del mås allå y que estaban relacionadas con esa puerta que no debimos abrir nunca, empezaron a repetirse con frecuencia cada vez que íbamos al monte a tirarnos piedras. Y luego lo contåbamos en nuestras casas y no nos creían.

Hasta que un día, cansados de oír voces al otro lado del monte, los dos bandos de niños, piedras en mano y con parches en los pantalones a la altura de las rodillas, nos dirigimos al otro lado del monte. Y, a mitad del camino, lo vimos. O, mejor dicho, los vimos. Y con ellos, la respuesta al misterio y, por qué no, a la vida. Un grupo de lo que ahora se llama senderistas pero que hace treinta y cinco años no sé cómo se llamaba. Supongo que para ellos fue algo así como los exploradores que ven tribus perdidas en el Amazonas. Ahora todo el mundo sale a andar, pero entonces no lo hacía nadie. Nadie salvo ese grupo de gente que decía que los domingos iban a caminar desde Cartagena, pero que se quedaban en el monte porque les daba miedo seguir ya que oían voces de niños gritando, cuando no llorando desconsoladamente, como de película de miedo. Y que, precisamente ese día, habían decidido armarse de valor y ver quiénes eran esos niños. Y, a mitad de camino, se cruzaron con ellos.

Con nosotros.

Y fue al contarlo nuevamente en nuestras casas al volver, cuando poco despuĂ©s, alguien en el pueblo organizĂł una visita en autobĂșs a la ciudad a ver E. T. el extraterrestre.

No sé si es un buen recuerdo, supongo que no, pero yo le tengo cariño. Aunque también pienso en él con cierta tristeza. Al cabo de un año o dos, todos en el pueblo se mudaron a la ciudad.

Incluso yo.