Revista Anestesia

𝙴𝚕 𝚍𝚘𝚕𝚘𝚛 𝚜𝚎 𝚚𝚞𝚒𝚝𝚊 𝚌𝚘𝚗 𝚕𝚎𝚝𝚛𝚊𝚜

La Flor de Valencia / Samuel Ronzón

LADERA ESTE

 

Por Samuel Ronzón

Febrero 2024

 

En una conversación casual como esta, lo más difícil es la primera frase. Pero sin duda, también las que siguen serán difíciles hasta la última, porque no sé de qué voy a hablar; y siempre me acompaña el convencimiento de que no lo hago muy bien. Y aquí me apoyo en una poeta polaca, Wislawa Szymborska, cuando dijo al recibir el Premio Nobel de Literatura, que toda imperfección es más llevadera si se recibe en pequeñas dosis. El poeta, señalaba ella, es escéptico e incluso desconfiado ante sí mismo.

Me gusta recordar que la poesía, como señala Octavio Paz en su libro el Arco y la Lira, es conocimiento: nombras un árbol y el árbol crece, cuando lo invisible para los oídos, vibra solo para los ojos. Me gusta saber que la poesía es salvación: te detienes sin detenerte en la orilla de un territorio indeciso y sigues, a las tres y veinte o nueve cuarenta y cuatro. Me gusta que la poesía otorgue poder para extraer lo que uno encuentra. Nada mejor para la sumas y restas en la vida cotidiana.

Me gusta pensar que la actividad poética es capaz de cambiar al mundo, por ser el poema como un caracol donde resuena toda la música. Es un método de liberación interior. Es un regreso a la tierra natal. También es un diálogo con la ausencia; y no sorprende que la poesía se alimente con el tedio, con la angustia, con la desesperación. Puede ser un crujir de dientes, huesos rotos, un miembro de menos. Según Paz, los poemas pueden ser una careta que oculte el vacío.

Ahora, que está por cumplir 75 años el poeta mexicano Marco Antonio Campos, abro al azar su libro Viernes en Jerusalén, con el que ganó el V Premio de Poesía Americana. A Marco Antonio lo conocí en los años ochenta del siglo pasado, cuando participaba en el Taller de Poesía que impartía Juan Bañuelos en Difusión Cultural de la UNAM y él era un alto funcionario allí. Recuerdo cuando me invitaba a esas cenas en una taquería del sur de la ciudad, alrededor del poeta Rubén Bonifaz Nuño.

Leyéndolo, me doy cuenta de que lo que escribía, definitivamente, no aleteaba con un ritmo propio. Me enseñó que en poesía, salvo un ramo de poetas cada siglo, los demás debemos resignarnos para ser lacayos que conducen el carro de los grandes. En cambio, la poesía es una manera de mirar, de armar desde el sueño imágenes, de apreciar más a fondo la ligereza y la dulzura del cuerpo humano, de admirar en las tardes y en las noches las hileras de los mástiles en los puertos.

La poesía que más disfruto de Campos es la que habla de su experiencia. Por ejemplo, en su poema Viernes en Jerusalén al atravesar los barrios donde pájaros negros contrapuntean la luz, recuerda a su madre apoyada en su bastón caminar penosamente, y a los abuelos que oraban a las nubes en una hacienda aguascalentense. En ese entonces, escribía con el fardo de los cincuenta y cuatro años, saliendo de un túnel de larga oscuridad. ¿Cómo habrán sido sus conversaciones con los pájaros en francés?

Permíteme, querido lector, desearle a Marco un feliz cumpleaños, Hasta la próxima.