Revista Anestesia

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La entrevista

LA ENTREVISTA

La entrevista

Autor: Samuel Parra

16 Septiembre 2019

El teléfono de un color gris desabrido, como la luz de las mañanas que se tarda en bañar con su sopor a las flores modorras, sonaba a raudales en la oficina de Gregorio Manzano, periodista de profesión y un asiduo lector. Contaba que entre sus hazañas estaba el haber entrevistado a García Márquez, Juan Villoro, Vicente Leñero, Vargas Llosa y hasta Isabel Allende. Gregorio tenía más de veinticinco años como periodista, pero siempre con una deuda pendiente. No eran ni las diez de la mañana de aquel día que Gregorio recordaría por mucho tiempo. Detrás de la bocina, se escuchaba una voz dulce, cálida y extraña, que le habló en un perfecto español, y fue directo al grano:

―Buen día, ¿usted es Gregorio Manzano?

―Sí, lo soy. ¿Con quién tengo el gusto de hablar?

―Mi nombre es Mariela Lipz João, soy la hija de Joseph Lipz ―afirmó la voz.

Los ojos de Gregorio se desorbitaron, ni en sus más extraños sueños hubiese imaginado qué algo así sucedería. Se quedó en silencio por varios segundos asimilando aquella agradable sorpresa.

―Mire, ―dijo la voz cálida de la mujer del otro lado de la línea―. Un buen amigo suyo lleva tiempo diciéndome que usted desea entrevistar a Joseph Lipz, mi padre, y después de tanto insistirme su amigo, he logrado concertarle una cita ―agregó.

―¿Está hablando en serio? ―preguntó Gregorio con la voz llena de emoción.

―Totalmente ―afirmó la mujer.

―¿Cómo supo mi nombre, y cómo logró localizarme?

―Ya le dije, un buen amigo suyo me proporcionó sus datos, me dijo que usted desea con fervor entrevistar a mi padre ―dijo la mujer.

―¿Qué amigo mío le dio la información? ―preguntó intrigado Gregorio.

―Eso es irrelevante ―respondió la mujer―, por favor apunte la siguiente dirección: “Calle Azores y Duque de Ávila # 635, Lisboa, Portugal”. Vaya a esta dirección el 20 de octubre a las seis de la tarde del año en curso y Joseph lo recibirá. Él lo estará esperando, ya me lo ha confirmado.

Sin mediar más palabras, la mujer colgó el teléfono dejando a Gregorio con más dudas que preguntas. Corrió a buscar a su jefe de redacción, ensimismado por aquella noticia. Entrevistaría nada más y nada menos que a Joseph Lipz, el escritor ermitaño al que nadie había logrado entrevistar en los últimos treinta y cinco años y del cual, Gregorio era un ferviente admirador.

Las novelas y cuentos de Joseph Lipz, habían estado en manos de muchas generaciones de lectores que lo idolatraban. Su hermetismo era el que más llamaba la atención, pues era bien conocido que el escritor, no hacía apariciones públicas, a duras penas aparecía en la contraportada de sus novelas y cuentos, y mucho menos concedía entrevistas. Pocos eran los afortunados que podían jactarse de haberlo entrevistado. Gregorio llevaba años, muchos años intentando lograr esta proeza periodística, al grado de obsesionarse con ello. Entró con premura a la oficina de Manuel Benítez, jefe de redacción, a darle la noticia.

Manuel estallo en júbilo al escuchar la primicia, preguntaba si la fuente era confiable y no se tratase de una tomadura de pelo.

―¿En verdad esa mujer te aseguró ser la hija de Joseph? ―preguntó Manuel.

―Sí. Además, es bien sabido que su hija cuida de su padre desde que la esposa de Joseph murió ―aseguró Gregorio― hasta ahora ni los editores de Joseph saben dónde se esconde, recuerda que pasan años sin que sepamos nada de él. Ese hombre es un ermitaño. La última vez estuvo casi tres años escondido viviendo en Francia, hasta qué apareció de nuevo, con su última novela.

―Sí, lo sé ―dijo Manuel.

―¿Confías en la información que te dio la supuesta hija de Joseph? ―preguntó Manuel entusiasmado.

―Mi instinto de periodista me dice que sí. Y, sobre todo, que mi deseo de entrevistar a Joseph, muy pocos amigos lo conocen, hasta llegué a pensar que habías sido tú quien le dio la información a la mujer para que me buscara y fuera yo a hacer la entrevista ―respondió Gregorio.

―No. Para nada, yo ni siquiera sé en dónde está el tal Joseph ―dijo Manuel.

―Lo sé ―dijo Gregorio― muy pocos amigos saben esto, incluyéndote a ti. Por eso confió en qué esta información es verídica, alguien se la dijo a la supuesta hija de Joseph. ¿Recuerdas la entrevista a Vargas llosa de hace 15 años? Fue también una persona cercana a él quien nos llamó para decirnos que podíamos entrevistarlo, y tiempo después nos enteramos de qué había sido en realidad su editor ―agregó.

―Bueno entonces no perdamos más tiempo ―dijo Manuel― toma el primer vuelo a Lisboa y preséntate en la dirección el día y la hora que te proporcionó la mujer. Yo prepararé tus viáticos y reservaré tu hotel. De ser esto verdad, será una noticia espectacular, entrevistar a Joseph Liz, el escritor más buscado y condecorado de los últimos tiempos, imagínate nada más.

Gregorio tomó al día siguiente el vuelo a Portugal. Estaba tan emocionado que olvidó pedir un número telefónico sólo para confirmar la cita.

Llegó a Lisboa apenas el 19 de octubre, tenía tiempo suficiente para preparar la entrevista.

Gregorio estudió un poco de portugués en el avión, aunque de ante mano sabía que el escritor hablaba perfectamente español, pues había vivido en México casi diez años. Llevaba consigo su equipo y su entusiasmo, aquello sería un sueño hecho realidad, tendría por fin la suerte de entrevistar al gran escritor lleno de premios y ganador del Nobel de literatura. Conocería en persona a su ídolo. Por la noche salió del hotel a cenar y a recorrer las bellas calles de Lisboa. Los trenes, las casas, la gente, y la ciudad entera parecían estar suspendidas en el tiempo. El encanto de Lisboa se desbordaba por doquier. Los adoquines adornaban las ventanas de las casas, las flores rebosaban con su alegría al pasar de los mirones. ¿Como está você? Se escuchaba saludar a la gente. Gregorio estaba fascinado con la ciudad. Durmió aquella noche preso de la desesperación, quería estar ya frente al escritor. El viento incólume logró asirse a su piel, calmó su angustia y se envolvió con él. A la mañana siguiente, salió a caminar para pasar el tiempo que quedaba antes de ir a la cita con Joseph. Cerca de las cinco de la tarde se encontraba en la Plaza del Imperio. Y le preguntó a un joven lugareño:

―¿Com licença, você poderia me dizer como chegar a este endereço?

El joven le dio las indicaciones y en menos de cincuenta y cinco minutos Gregorio estaba ya en La Calle Azores y Duque de Ávila # 635. Había llegado muy a tiempo, su reloj estaba a punto de desprenderse con agónico dolor de los cinco minutos que faltaban para las seis de la tarde. Era una casa grande de rejas blancas y tenía un tejabán muy sombrío. Tocó el timbre y en menos de diez segundos una mujer delgada, muy fina, como de unos cincuenta años y muy bella, apareció en la puerta. Traía puesto un sombrero rosa y vestía de traje azul. Y con un ademán le indicó a Gregorio que podía pasar. Éste saludó a la mujer, pero ella no le respondió, solamente le sonrió. Ella debe ser la hija del escritor, la que me llamó para confirmarme la entrevista, pensó. Pasó directamente a la sala, la mujer cerró la puerta y le indicó con una seña que tomara asiento y se marchó. Gregorio se sentó en un sofá muy antiguo. En la sala había unos cuadros de Fernando Botero, un estante lleno de premios con muchos libros; y había también una vieja máquina de escribir marca Olivetti, pues era sabido que al escritor no le gustaba escribir en computadora ni en ningún otro tipo de artefacto; Joseph escribía sus obras en máquina. Todavía era temprano, las luces aún no se encendían.

 

No pasaron ni dos minutos, cuando en medio de la sala apareció un viejo flaco, lánguido, vestido de memorias rotas y traía puesto un traje color café con corbata amarilla, de manos huesudas, con la vista marchita, envuelta en años, y con las hojas secas de su piel otoñal avasallada por los andares del tiempo. Gregorio totalmente entusiasmado, se paró con la intención de darle la mano.

El viejo ni si quiera tuvo la intención de saludarlo. El escritor tomó asiento en un sillón antiguo de terciopelo color blanco. Al poco tiempo apareció la bella mujer de traje azul y sombrero rosa que le había abierto la puerta a Gregorio. El escritor se levantó con dificultad para sacar de una gaveta una botella de Whisky. Pidió dos copas a la mujer y le sirvió a Gregorio, que estaba anonadado ante tan semejante escena.

―Y dígame, señor Gregorio, ¿cómo van las cosas en México? ―preguntó Joseph.

―Bueno pues…, Le diré. Ya sabe, las últimas noticias, casi todo es verdad ―dijo Gregorio con las palabras trastabilladas.

Sacó su cámara fotográfica y su grabadora, para documentar la entrevista. Comenzó a tomar fotografías del escritor y de la bella mujer, que no se separaba de Joseph, y prendió la grabadora para capturar las palabras de éste. Guardó su celular para que no fuera a sonar de forma inoportuna. Estaba tan nervioso, que, al sacar su libreta de apuntes, se le cayó al suelo, y la levantó con la mano temblorosa. El escritor lo observaba.

―¿Qué edad tiene usted Gregorio? ―preguntó Joseph.

―Tengo cincuenta y dos años ―respondió.

―Aún es usted joven ―dijo Joseph en tono amigable―. No necesita de cámaras ni grabadoras ni libretas. Guarde esta entrevista en su mente ―agregó.

Gregorio hizo una mueca afable y tuvo por fin el tino de lanzar su primera pregunta al entrevistado.

―¿Qué cosas han cambiado en usted, desde que ganó el Premio Nobel de literatura?

Se hizo un gran silencio, mascullado solamente por el estertor del viejo Joseph, y después de un par de segundos dijo:

―¡El Premio Novel es una ramera a la que le meten por el culo la elocuencia y la cordura, que a nosotros los escritores, a veces nos abandona!

Gregorio se quedó estupefacto al escuchar las palabras soeces de Joseph, que, a sus casi ochenta y cinco años, aún tenía mucha elocuencia.

―¿En su novela “Los Potros”, usted hace referencia a la humanidad como una horda de salvajes, dígame, ¿a qué se refería con eso? ―lanzó su siguiente pregunta Gregorio.

―¿He escrito muchas cosas, ya no recuerdo esa novela?  ―dijo Joseph mientras bebía más Whisky.

―¡Pero es una de sus obras maestras! ―refutó Gregorio.

El escritor guardó silencio, con el ceño fruncido en señal de disgusto. Suspiró.

―¿Ha venido usted desde tan lejos solamente para hacerme preguntas pendejas? ―interrogó Joseph.

―¡Discúlpeme, señor, pero es que estoy tan nervioso, tenerlo a usted de frente a mí, me hace titubear! ―exclamó Gregorio―. Además, son las preguntas que yo ya había preparado para esta entrevista ―agregó.

―Pensé que me preguntaría acerca de otras cosas ―dijo Joseph, con una mueca de sorna en su rostro avejentado.

―Bien entonces dígame, ¿cuál es su sentir al ser un escritor tan aclamado, tan premiado, tan leído y cómo es qué usted logra sobrellevar toda esa fama? ¿Es por eso por lo que se ha olvidado usted de la literatura, según dicen las malas lenguas? ―preguntó Gregorio en un tono de voz antipático.

―¡¡¡Con una chingada, haga usted preguntas coherentes!!! ―respondió de manera airada Joseph―. Así dicen ustedes allá en México, ¿verdad? Al público que carajos le importa mi forma de ser. Ellos solamente quieren leer buenas historias, con una prosa clara y concisa. ¡Si soy ermitaño o no, ese es mi problema, si no me gusta la gente, también es mi problema, y si yo quiero vivir encerrado eternamente, a ustedes que carajos les importa! Mientras ustedes tengan en sus manos un buen libro, lo demás importa una puta mierda, ¿no cree usted? ―agregó Joseph.

Gregorio estaba anonadado ante las respuestas del viejo, que se le llenaba más el rostro de oscuridad conforme avanzaba la tarde. La bella mujer de traje azul se dirigió a la cocina a traer otra botella de Whisky, que el viejo se estaba acabando en su totalidad. Gregorio apenas y había probado su copa.

―¿Ella es su hija? ―preguntó Gregorio para romper la situación tan engorrosa.

Joseph lo miró con calma sin responder la pregunta. Tomó aire y dijo:

―Sabe, tenemos prisa, por favor si fuese tan amable de hacerme las últimas preguntas, pues tenemos cosas importantes que hacer.

Gregorio no daba crédito a lo que el viejo le decía, pensó que la entrevista duraría una hora o más. Apenas llevaba un par de preguntas y el viejo ya la estaba dando por terminada. Su grabadora seguía guardando todo, y volvió a activar su cámara y tomó otras cuantas fotos y se apresuró a hacer otra pregunta.

―¿Qué es lo último que está usted escribiendo?

―Ya no escribo ―dijo Joseph―, desde hace mucho que puse el punto final a mi última novela. Las letras me abandonaron y yo no tuve el orgullo de ir en busca de ellas y rogarles su regreso. Quizás es el destino de todos los escritores, tarde o temprano, colocaremos el punto final, y ya no habrá más letras sobre el papel ―agregó.

“La entrevista” se recompuso, Gregorio atinó a sacar toda su experiencia como periodista, y una tras otra, las preguntas cambiaron de tono y de ritmo. El viejo escritor cooperaba afablemente.

Después de casi dos horas Joseph dijo:

―Nos tenemos que ir, ha sido un placer haber charlado con usted.

―Una última pregunta ―dijo Gregorio―. ¿Quién les dio mi información para que me localizaran y me agendaran esta entrevista? ―para mí es muy importante saberlo.

El viejo escritor Joseph Lipz y la bella mujer, voltearon a verse en complicidad. La mujer tomó la libreta de apuntes de Gregorio y con un lápiz, hizo una anotación en una hoja, la cual arrancó y después cerró la libreta. Deme usted su dirección, y yo le mandaré esta nota a su domicilio con el nombre de la persona que nos habló de usted y lo sacaré de dudas. Ha sido un gusto platicar con usted, dijo por último Joseph. La mujer le señaló a Gregorio el camino de salida, como lo había hecho al entrar, con un ademán. Y éste apenas alcanzó a despedirse de su ídolo, al que le dejó la dirección de su domicilio. Se le quedaron tantas preguntas por hacerle al escritor y, sobre todo, tantos elogios, que quedaron atrapados en su garganta. Recordó a su amigo del alma, Gabriel Fernández, caricaturista, con el que había trabajado muchos años. Gabriel era el único que lo alentaba a no rendirse, pero por desgracia había fallecido hacía un año. Gregorio estaba seguro de que a Gabriel le hubiese dado mucho gusto saber que por fin había entrevistado a Joseph Lipz. Ni siquiera lo venció la tentación de saber qué le había escrito la mujer en la hoja. De seguro me escribieron las gracias, pensó. Eran poco más de las ocho de la noche y ya estaba muy oscuro.

Sin embargo, caminó por una vereda para bajar a una cañada para tomar un taxi a su hotel. Estaba cansado, la entrevista había resultado espectacular. Pensaba en la alegría que le daría a Manuel, su jefe de redacción. Llegó al hotel nada más a preparar sus maletas para volver a México. En el aeropuerto de Lisboa, documentó su equipaje, también incluyó su pequeña mochila donde traía su cámara, la grabadora y sus libretas. Tomó su vuelo y al llegar a México se llevó una horrible sorpresa; la aerolínea había perdido su equipaje. Le pidieron sus datos, para cuando aparecieran sus maletas, avisarle. No podía creer lo sucedido. Había perdido la grabación de la entrevista.

Al día siguiente fue a su oficina. No tenia la menor idea de cómo decirle lo ocurrido a Manuel.

―¿Crees qué alguien te va a creer esa pendejada de que perdiste la grabación de la entrevista? ―dijo Manuel―. Una entrevista que habías estado esperando por años, muchos años…

―Yo sé qué no. Pero es la verdad ―respondió Gregorio, con el rostro desencajado―, te juro qué entrevisté a Joseph Lipz, por Dios Santo que así fue.

Gregorio salió de la oficina de Manuel maldiciendo su suerte. Cinco días después, Manuel,  lo citó a una junta de carácter importante. Los dos se reunieron y Manuel, totalmente desencajado, le dijo que habían encontrado al escritor Joseph Lipz y a su hija muertos. Tenían un año aproximadamente de haber fallecido, un sobrino de Joseph los había encontrado en su casa de Portugal, se habían intoxicado por una fuga de gas. Y debido a que era tan común que el escritor se desapareciera por temporadas muy largas, nadie notó su muerte ni la de su hija. Aquella era la noticia internacional del momento a ocho columnas, que Gregorio se negaba a creer. Él había estado allí, con ellos, apenas unos días atrás, ¡eso no era posible! No pudo haberse equivocado, pero las imágenes decían todo lo contrario. Vio en el periódico la publicación de las fotos de los cadáveres y aparecía el esqueleto de Joseph, vestido con un traje de color café y corbata amarilla y a su lado, estaba otro esqueleto de traje azul y con sombrero rosa, así como lucía la bella mujer. Estaban en pleno estado de descomposición. Y al pie de la foto, se confirmaba la dirección que la mujer le había dado a Gregorio: “Calle Azores y Duque de Ávila # 635, Lisboa, Portugal”. Eran ellos, no había la menor duda.

Al salir de la oficina de Manuel, Gregorio recordó lo que le había dicho la hija del escritor cuando le habló para concertar la entrevista: ‹‹Un buen amigo suyo me dios sus datos››. Pero quién fue, se preguntaba él. Días después de la impactante noticia del descubrimiento de la muerte del escritor y de su hija, le llegó a su casa un sobre amarillo, muy viejo, provenía de Lisboa, Portugal; se lo enviaba Joseph Lipz.

Y ese mismo día, le habían enviado también de la aerolínea sus maletas, las habían recuperado junto con su mochila, su cámara, su grabadora y sus notas. Las abrió de inmediato y sacó de la mochila la cámara y le extrajo la memoria, y se apresuró a observar las fotos. Su sorpresa fue de aciagos, al ver que en las fotos no aparecía ni el escritor ni la mujer, solamente se miraba un sofá muy antiguo, los cuadros de Botero, un estante lleno de premios con muchos libros, una vieja máquina de escribir marca Olivetti, una mesita con una botella de Whisky a medio beber, y desde luego, el sillón antiguo de terciopelo color blanco, donde se había sentado el escritor. Revisó la grabadora y se escuchaba únicamente ruido.

Dos horas de puro ruido. Abrió el sobre amarillo con nerviosismo y adentro de éste, estaba la hoja de papel en la que la mujer de traje azul, le había puesto el nombre de la persona que le había pasado los datos de Gregorio para concertar “la entrevista” con Joseph. Se quedó helado al ver que, en la hoja, estaba escrito el nombre de: Gabriel Fernández, caricaturista y mejor amigo de Gregorio, sólo que Gabriel, llevaba ya más de un año de haber fallecido. Gregorio sintió un escalofrió horrible recorrerle todo el cuerpo. Entendió que su amistad con Gabriel, traspasó las fronteras de la muerte y le fue muy difícil comprender lo que hay detrás del mundo de los muertos.

 

Desde aquel día, Gregorio contesta con el peor de los pavores el teléfono, cada vez que éste suena para confirmarle una nueva entrevista…

 

Copyright ©® Carlos Samuel Parra Romo

Nogales, Sonora, México, 06 de septiembre de 2019.