Revista Anestesia

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La cuarentena

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Por Víctor Cuchí Espada

16 Julio 2020

1

Tan pronto termin√≥ el examen, se dirigi√≥ al ba√Īo a vomitar. No pidi√≥ permiso; en otros empleos hab√≠a desarrollado una familiaridad a la que no iba a renunciar mientras durase en este empleo. ¬ŅCu√°nto ser√≠a? Mir√≥ la cabina y pens√≥ que, por la limpieza que le rodeaba y la falta de grafiti en las paredes, se quedar√≠a hasta que lo echaran.

O terminara el proyecto, lo que sucediera primero, por inercia.

En aquel examen hubo de seleccionar la opci√≥n correcta de tres reactivos que se refer√≠an al tiempo. Qu√© tarea har√≠a primero y cu√°l despu√©s: la m√°s f√°cil o la m√°s dif√≠cil; ¬Ņmodificar√≠a el plan de obra o los procedimientos con tal de concluir a tiempo? ¬ŅEs el tiempo sin√≥nimo de pronto?

La voz del coordinador editorial denotaba su preocupación. Dos ojos azules le rogaron que editara dos cuadernos de actividades, que los dejase listos para la imprenta en tres meses. Está dentro de lo posible; seguro que sí, cómo no.

Pero tendr√≠a que trabajar aqu√≠ adentro; bien, estaba de acuerdo. Todo quedaba en sus manos, sus dedos, su tiempo. S√≥lo faltaba la √ļltima condici√≥n: el espacio. Las entrevistas se lo hab√≠an dosificado; las √ļnicas se√Īales eran los carteles de promoci√≥n editorial colgados en las paredes como los paisajes que adornan las de un hospital. Esto le soseg√≥; al cabo de los a√Īos ya no distingu√≠a una editorial de otra. As√≠ que se dej√≥ llevar a su escritorio; sab√≠a que le ofrecer√≠an una estaci√≥n de trabajo; de todas maneras, se aferraba a su laptop como a una mascota. Caminaba a paso veloz, a una distancia que le llevaba a perseguir a la asistente editorial, sin romper el silencio. Mientras esperaba a que del almac√©n le mandaran los insumos, oy√≥ un estornudo.

2

Se dio cuenta de que había sido instalado en un mal lugar. Infirió que, en alguna otra época, primigenia, aquel escritorio había estado expuesto a la vista de todos los demás, como ahora el de las recepcionistas, que parecían módulos de atención. Nadie supervisaba a nadie, por lo que era natural que se le hubiera insertado en una especie de cubículo por el cual se podía asomar. La oficina consistía en hileras de mamparas debajo de un montón de diccionarios y galeras, cual vallas y muros de ladrillo. No podía por menos que imaginar qué sucedía al otro lado.

De vez en cuando iba a las impresoras y de vez en cuando a la biblioteca. Extra√Īamente, s√≥lo ah√≠ se romp√≠a el silencio. De vez en cuando se escuchaba el tintineo de un tel√©fono, a veces el rumor de una conversaci√≥n, pues m√°s de uno ten√≠a la costumbre de platicar por tel√©fono en lugar de levantarse de su asiento. En ocasiones, los pasillos se llenaban con accidental unanimidad. Y entonces una de las recepcionistas la hac√≠a de prefecto. Y mientras la gente regresaba a sus estaciones de trabajo bajaba el volumen de la algarab√≠a. Verla pod√≠a cansar, as√≠ que ser√≠a viable, alg√ļn d√≠a, establecer rutinas simult√°neas con horarios predeterminados, o, mejor a√ļn, mantener a todos sentados alimentados por un cat√©ter y una sonda para que sus cuerpos se drenen peri√≥dicamente‚Ķ o mandarlos a trabajar a sus casas. Nada de esto formaba parte del contrato de trabajo, as√≠ que permanec√≠a encerrado en la imaginaci√≥n.

En fin, sacar copias cuando hiciera falta, con l√≠mite de diez al d√≠a, ir al ba√Īo al menos cuatro veces diarias y comer econ√≥micamente a las dos de la tarde durante una hora.

Entonces la oficina quedaba vacía. Algunos monitores permanecían encendidos mostrando dos clases de protectores de pantalla: los que lucían el logotipo de la empresa y los personalizados, que acababan asemejándose entre sí; los primeros iban bien con los mensajes de bienvenida que a diario se enviaban por el correo electrónico, así como con el desayuno, sólo uno, con el cual se estrenaba al empleado nuevo, y le servía para conocer al director general y al coordinador.

Cuando el espacio se volvía a llenar para el segundo turno, se escuchaba en el sonido de ambiente la obertura de Orfeo en el infierno.

3

El primer cubrebocas anticipó el futuro. Se discutió si era una nueva moda o una medida preventiva. Lo de la epidemia ya no era un rumor.

A su juicio, la gente pod√≠a comentar lo que deseara siempre que la producci√≥n no se interrumpiera. Pero le mortificaba que no llegasen a su buz√≥n los archivos de los ejercicios corregidos de la unidad II. Hab√≠a editado √°gilmente la primera unidad, aunque tuvo que replantear la actividad sobre el paso de la Edad Media a la Modernidad. Eran demasiado dos ejercicios para identificar iglesias g√≥ticas y trovadores. Buscar la relaci√≥n entre el pasado y el presente demandaba examinar la Muerte Negra. Lo ideal, le parec√≠a, era que el alumno ‚ÄĒcomo el esp√©cimen de educando que deb√≠a ser‚ÄĒ dijera lo que le provocaban unas cuatro ilustraciones que hubo que seleccionar de una base de im√°genes y un par de viejos libros. Fue una b√ļsqueda intermitente; ocasionalmente ten√≠a que mirar al monitor; cuando no era el archivo, era la lista de im√°genes registrada en una hoja de Excel, o su buz√≥n, √©ste cada vez m√°s como a un term√≥metro a punto de estallar.

No conoc√≠a al autor, pero sab√≠a que era un papanatas. Siempre lo son, pensaba con entera seguridad; quien sino un papanatas desperdicia su talento u oficio ense√Īando historia por medio de recordatorios e incitaciones a la asociaci√≥n de ideas. Le cansaba revisar las preguntas y, m√°s a√ļn, rehacerlas, repiti√©ndose para sus adentros que el autor era un papanatas.

Lamentaba que ya no se usaran aquellos anteojos antirreflejantes que le hacían parecer una mosca. En teoría la pantalla no le deslumbraba, pero desde hace mucho que sus ojos prácticamente no lagrimean. De su casa traía un cojín que cabía muy bien en su mochila. Ya le pagaban con puntualidad, aunque seguía esperando su contrato como los apestados del siglo XIV aguardaban la salvación. No podía sino confiar. Del otro lado de la ventana corrían gotas de lluvia, así que se levantó a verlas.

Cuando regres√≥, el archivo no hab√≠a llegado. Lo que le esperaba era un mensaje del director general acompa√Īado de otra hoja de Excel, que le informaba las nuevas fechas de entrega: tendr√≠a una semana m√°s por unidad. En cambio, las catorce l√≠neas del mensaje narraban en tono muy positivo la experiencia del CEO del corporativo en el Foro de Davos, que se pod√≠a resumir en que todos juntos venceremos a la pandemia.

Este mensaje motivó una que otra carcajada… No le daba risa, porque lo había leído con cuidado. El optimismo del jefe de todos ocultaba, revelándolo y viceversa, algo muy serio. En verdad que sí, no cabía la menor duda: su contrato pudiera no estar listo cuanto todo esto concluyera. Y el autor podía recurrir a la epidemia como excusa para seguir demorándose. Volvería a casa, de nuevo, con otra fracción de libro, y al día siguiente se repetiría el ciclo.

De todas maneras, archivo o no, era libre de continuar su trabajo. Avanzaba con la decisión de un escarabajo.

4

El guardia le apuntó a la cabeza y oprimió el gatillo. Su temperatura era normal.

El archivo lleg√≥ al buz√≥n, si bien con ello no terminaron los errores. Hubiera sido nimios, pero hab√≠a un plan de obra de por medio; su antecesor en el puesto le hab√≠a heredado su visi√≥n de c√≥mo deb√≠a ser el libro. Muchos odian los planes de obra; sin embargo, olvidan que los libros y la vida consisten de estructuras. S√≥lo que deb√≠a reconocer que el autor hab√≠a enviado textos demasiados largos. Clar√≠simo le hab√≠a indicado que en cada p√°gina √ļnicamente caben mil seiscientos caracteres incluyendo los espacios entre las palabras. Ahora esto significaba que en esta especie de prensa de Pascal el agua se derramaba. No quedaba salvo frotarse los ojos y seleccionar qu√© se iba y qu√© se quedaba. A fin de cuentas, algo tan sencillo como que cada actividad deb√≠a iniciar con una introducci√≥n al tema debajo del recuadro de Prop√≥sitos y Aprendizajes esperados, cada pregunta deb√≠a terminar con cinco plecas y en los m√°rgenes, al lado de cada ejercicio, en todas las p√°ginas pares, otro recuadro deb√≠a contar una an√©cdota de 330 caracteres u ofrecer alg√ļn consejo √ļtil para la vida.

Un libro de texto es un ser inexorable. En este caso, si la historia se alimenta de la duda, en el libro ésta suele estar notoriamente ausente. Argumentos contundentes. Verdad es certeza. Certeza hasta en las celdas, plecas y espacios en blanco. Era ese libro de historia un rompecabezas con todas las piezas. Completarlo llevaba a que el alumno fuera bien evaluado y con un poco de buena fortuna conducir a una vida donde, acaso en alguna ocasión, alguien le solicite buscar un dato… Para eso alguna vez completó los ejercicios de este libro.

La vida es cuestión de práctica…

Con esto en mente, recortó lo que tenía que recortar y envió los temas editados a la corrección de estilo y a formación, de acuerdo con el cronograma.

Luego, recibió su contrato de manos de la recepcionista muy cariacontecida cual gato de regreso del arenero.

5

Aquella frotada de ojos fue la √ļltima antes del desastre. Con un gajo de naranja en la boca reflexion√≥ sobre c√≥mo debi√≥ de haberlo anticipado. Afuera se observaba cada vez menos tr√°nsito. Le tomaba menos tiempo llegar a la oficina. La toma de temperatura ya era rutina. Se pregunt√≥ ad√≥nde se almacenar√≠a la informaci√≥n. Supuso que en alguna gran memoria en Recursos Humanos. No estaba asentado en el contrato, pero claramente a todos los empleados los hermanaba los 36 grados.

Estornudar constituía un problema, un acto destructor de la reputación de cualquiera. De improviso, advirtió que faltaba gente para escuchar los estornudos y desde hacía tiempo quien estornudara. Seguían los rumores de que en la calle la gente tocía y luego se moría. Por su correo recibió la noticia de que se le había recortado su cuota de pruebas impresas. Por suerte sus carpetas de trabajo estaban llenas. Consultó su cronograma: en tres semanas debía enviar a formación la primera unidad del segundo libro. El primer cuaderno de actividades ya estaría en la imprenta. Todo perfectamente conforme al calendario.

El sonido de ambiente ahog√≥ un poco el barullo. En su buz√≥n cay√≥ otro mensaje. Avisaba que deb√≠a dejar lo que estaba haciendo para leer el nuevo protocolo de medidas sanitarias. Destacaba que al momento en que alguien enfermase o fuese declarado sujeto de transmisi√≥n por un m√©dico competente ‚ÄĒesto √ļltimo en may√ļsculas‚ÄĒ, la empresa proceder√≠a a cerrar las instalaciones de inmediato, a evacuar al personal, que en adelante desempe√Īar√≠a sus funciones en sus casas.

No fue preciso leerlo dos veces. Sudó frío.

6

A pesar de que sucedió de repente, estaba preparado.

Como siempre, los hechos fueron anunciados por decenas de rumores. Quiz√° lo inevitable se hubiera evitado de no haber sido falsa la noticia de una vacuna. Not√≥ c√≥mo la desaz√≥n embarg√≥ a todos. Era, pues, cuesti√≥n de tiempo. ¬ŅCu√°ndo? El d√≠a estaba fuera del cronograma, en un futuro siempre inminente.

Lo presentía cada cuando veía a sus colegas pasear nerviosos por los corredores. Se chismorreaban renuncias; se consultaban buzones en busca del anuncio que los mandaría a todos a casa, el que se negaba una y otra vez hasta que todos empezaron a vaciar sus escritorios en anticipación.

Fue a la mitad de un cumplea√Īos. No son√≥ la alarma. En tiempos de la plaga un grupo de encapuchados hubiera pintado la puerta. Esta vez la orden corri√≥ con sigilo. De tal forma, nadie se asust√≥. Un empleado hab√≠a sido declarado enfermo y eso bast√≥. El correo lleg√≥ despu√©s; un mensaje que no anunciaba, sino que justificaba la evacuaci√≥n. Ante sus ojos, todos abandonaron la sala de juntas, algunos se dirigieron a sus escritorios y de ah√≠ a las escaleras. Sucedi√≥ en minutos.

Entonces, sali√≥ de debajo de su escritorio y de uno de los cajones extrajo su mochila. Aunque ya sab√≠a su contenido, lo sustrajo y volvi√≥ a contarlo para asegurarse de que con cuanto hab√≠a llevado a la oficina, ten√≠a m√°s que suficiente para transformar su √°rida estaci√≥n de trabajo en un oasis. Era extra√Īo que nadie se hubiera preguntado por qu√© hab√≠a cargado consigo tantas latas y bolsas. Ahora vio que le restaban espacio sobre su escritorio. Desconect√≥, pues, el tel√©fono; al fin y al cabo, no lo necesitar√≠a. Anticip√≥ d√≠as y d√≠as de silencio e invisibilidad.

Curiosamente, no obstante lo mucho que deseaba proseguir su trabajo, tan s√≥lo pudo merodear por los escritorios abandonados. Pocos se molestaron con llevarse sus cosas, o ¬Ņacaso sus compa√Īeros tambi√©n ten√≠an doble personalidad? Era tal vez indicio de que regresar√≠an. Ilusos, ilusos e ingenuos. Perder√≠an sus postales. Destacaba una que, sab√≠a, fue comprada en Bucarest. Los l√°pices se quedaron donde estaban antes de la hora de la comida. Columnas de galeras marcadas y subrayadas en tinta roja luc√≠an desparramadas. Le sorprendi√≥ la propensi√≥n de algunos a llevar juguetes al trabajo. Y una que otra fotograf√≠a, hasta de alg√ļn beb√©. En los estantes yac√≠an libros y libros de color pastel, magenta, rosa y azul, que ya no remit√≠an a nada. Por el ventanal se asomaba el crep√ļsculo.

Una vez alguien le prometió una vida de lectura sin fin. Y al menos esa promesa había sido cumplida.

7

En adelante podría trabajar con gran parsimonia. Trabajaba más lentamente que antes porque había perdido el sentido de la urgencia. También que le dolía la región lumbar más a menudo. Para no presionarse por un tiempo dejó de consultar sus mensajes y su celular. Tuvo que disciplinarse para volver a sentarse ante su estación de trabajo, aun cuando no con la misma intensidad y premura que eran su sello y su orgullo.

Para tomar sus tres comidas diarias tuvo que disciplinarse. En ocasiones, las hab√≠a obviado ante la carga de los proyectos; ahora era imperativo comer tres veces diarias si quer√≠a sobrevivir la contingencia. Faltaba terminar un cuaderno de actividades. Record√≥ que a√ļn esperaba la copia de su contrato ya firmado por sus jefes. De seguro los estar√≠a esperando aqu√≠ cuando volvieran a la normalidad, con todo el cuaderno editado y listo para correcci√≥n. Entonces podr√≠a reclamar.

Antes de dormir deb√≠a haber revisado al menos una plana. Tal era su programa. Dorm√≠a con facilidad, si bien tal vez la ritualidad que preced√≠a al sue√Īo le cansaba a√ļn m√°s. Su agotamiento se notaba en sus ojos hinchados ante el espejo del √ļnico ba√Īo que pod√≠a usar ‚ÄĒporque los dem√°s estaban sucios‚ÄĒ, en sus suspiros al meterse en la bolsa de dormir, en la persistencia del sabor de la mandarina que hab√≠a cenado; en el ulular de la ambulancia que ocasionalmente le sobresaltaba. Y volv√≠a a pensar en lo que deb√≠a hacer ma√Īana para terminar el libro a tiempo.

Despertaba cuando el horizonte se asomaba por detrás de los edificios como una franja gris. Cada día se tomaba la temperatura de cinco a seis veces con la misma regularidad con que muchos oran. Se lavaba las manos constantemente. Sus alimentos estaban, desde luego, racionados; los había seleccionado por su valor nutritivo; por fortuna llevaba suficiente agua; y se sorprendió de que en un closet al menos cinco garrafones llenos le permitirían sobrellevar la contingencia. Sintió una alegría que validaba su optimismo.

8

Le parecía notable que la vigilancia no hubiese revisado el interior de la oficina; de todas maneras, por lo menos en los primeros días se apegó al plan de no salir de un cubículo cerrado, una especie de cápsula con todo lo que necesitaba, en especial tomas de corriente; ahí había tendido su bolsa de dormir e instalado su equipo.

Hab√≠a previsto hasta el imponderable de que el autor seguir√≠a demor√°ndose, as√≠ que cada dos d√≠as le reiteraba su solicitud de que concluyera el manuscrito de acuerdo con el cronograma. Contest√≥ √©ste los primeros y luego las respuestas se volvieron cada vez m√°s escuetas. En verdad que a √©ste la epidemia le hab√≠a ablandado. Piadosamente no tuvo que esperar mucho. No obstante, el ejercicio faltante ‚ÄĒla elaboraci√≥n de un gr√°fico de barras‚ÄĒ no cumpl√≠a con las expectativas; eran dos: la primera, que llenara el espacio vac√≠o en la p√°gina 111; la segunda, que no fuera otra propuesta de actividad para que el alumno usara a la historia para aprender otra cosa. As√≠ que sin vacilar la descart√≥.

En lugar de que los alumnos conjeturen y conjeturen, era m√°s adecuado que seleccionaran un enunciado correcto de varios incorrectos para que se imbuyeran de la certeza de que existe la verdad. Ya lo hab√≠a logrado por medio de un ejercicio de interpretaci√≥n con un mapa de Asia Menor en el cual los estudiantes deb√≠an deducir, jugando a serpientes y escaleras, el trayecto de la campa√Īa de Alejandro Magno. Ahora ser√≠a incluso m√°s sencillo: a trav√©s de la interpretaci√≥n de una imagen asociar√≠an seis enunciados.

Elegir la imagen no result√≥ f√°cil. La empresa impon√≠a restricciones a qu√© ilustraciones se pod√≠an elegir. Por tanto, le tom√≥ toda la noche. Cuando le gan√≥ el cansancio, ya ten√≠a algunos prospectos. Ninguno le convenc√≠a. As√≠ que fue al ba√Īo a cepillarse los dientes. Pese a la traba de la imagen y el sonido lejano de las ambulancias, cre√≠a que podr√≠a dormir. S√≥lo que no apag√≥ la impresora cuya luz de encendido fue lo √ļnico que alumbraba el corredor.

9

Conforme pasaba el tiempo, por su propensi√≥n a tomarse las cosas demasiado en serio, la b√ļsqueda de aquella imagen se dilataba. No le ayudaban el intermitente sonido de las ambulancias y los helic√≥pteros. De vez en cuando repiqueteaban los tel√©fonos. Se cuidaba de no tomar ninguna llamada; ello implicaba luchar contra su instinto. Una vez que redactaba otro mensaje al autor, inst√°ndole de nuevo a que brindara ese esfuerzo final para terminar el manuscrito, con la mayor delicadeza persuasiva, se vio interrumpido por el criminal chirrido del aparato del escritorio que ocupaba. Lo dej√≥ sonar. Minutos despu√©s, de nuevo‚Ķ

¬ŅY si hab√≠a sido descubierto? ¬ŅY si en verdad hab√≠a sido visto a trav√©s de las c√°maras y al otro extremo de la l√≠nea un guardia esperaba atraparle? ¬ŅY si despu√©s de todo no hab√≠a sino dado un espect√°culo?

Se hinc√≥ en busca del conector de la l√≠nea, que hall√≥ junto a los cables de la computadora. Delicadamente los jal√≥. Suspir√≥. ¬ŅPor qu√© no se le hab√≠a ocurrido antes? Se lanz√≥ a los escritorios a desconectar todos los tel√©fonos. De repente, advirti√≥ que alguien podr√≠a sospechar si ninguno de los aparatos funcionaba. Le soseg√≥ que, si se cre√≠a que la empresa estaba vac√≠a, nadie se le ocurrir√≠a llamar.

Entonces, ¬Ņpor qu√© sonaban los tel√©fonos? Se asom√≥ por el ventanal. Esto lo hac√≠a muy pocas veces, pues tem√≠a ser visto desde la calle. Afuera, una mosca no pod√≠a entrar. Abajo, no hab√≠a nadie. Antes, por varios d√≠as, circulaba una patrulla. Todo parec√≠a morirse. Sin embargo, era imposible que las casas y los departamentos estuvieran abandonados. Las ambulancias eran se√Īales de vida. Curiosamente, el cielo luc√≠a m√°s claro y en las noches s√≥lo las luces imped√≠an ver el firmamento. Y la m√ļsica, la m√ļsica que intempestivamente emerg√≠a de los altavoces, anodina, mon√≥tona, tenebrosamente did√°ctica.

Sab√≠a que en la oficina del director general no entraba sonido alguno. Recogi√≥ sus cosas sin pensarlo m√°s. El despacho se encontraba a lo alto de una escalera espiral. Entr√≥. El panorama se compon√≠a de un puro metido en una c√°psula de vidrio descansando sobre un aparador chino de laca negra, encima del cual se encontraban desplegadas al menos quince figuritas de porcelana. La habitaci√≥n emit√≠a un enga√Īoso olor a madera. Tres columnas de papeles impresos se ergu√≠an entrelazados sobre el escritorio cubiertas por una leve capa de polvo y rodeadas por esquirlas de goma de migaj√≥n. Una taza con el logo esmaltado de la empresa luc√≠a sola. En un librero que abarcaba el muro, hilera tras hilera de libros y panfletos se extend√≠an como nichos en un mausoleo, heredados por una genealog√≠a de directores generales, que rodeaban lo √ļnico que parec√≠a referirse a aquel ocupante en turno: los tres tomos de la Cr√≥nica de la Segunda Guerra Mundial de Reader‚Äôs Digest.

Puso sus cosas alineadas en una esquina; extendió su bolsa de dormir; se dispuso a despejar el escritorio perfectamente alumbrado por la luz que atravesaba el ventanal. Con cuidado depositó los paquetes de papel bond, que vio que eran galeras, con renglones muy marcados de rojo y amarillo, libros atrapados in media res, ahora suspendidos. Iba a sacudir el polvo. Junto al escritorio, en el piso se encontraba un libro. Lo recogió, lo desempolvó. Con sus dedos tiesos y adoloridos, lo hojeó. Una fotografía tras otra en láminas impresas sobre papel cuché mate. Eran tantas las pinturas del Museo Estatal Ruso que se le perdieron entre los ojos. Una, que ocupaba media página, pasó fugazmente; de modo que se refrenó, se detuvo un momento, para volverla a examinar más detenidamente.

El pie de la imagen describ√≠a a la perfecci√≥n el tema del cuadro. Una cuadrilla de hombres batidos, mustios, atados entre s√≠, arrastraba una barca a lo largo de un rio, cuyas aguas reflejaban los colores del cielo. Todo en la vida sirve para algo, pens√≥ de repente. Cuadricul√≥ la imagen en catorce partes, en ocho de las cuales pudo formular una pregunta de opci√≥n m√ļltiple, la m√°s general de las cuales era qu√© hac√≠an los trabajadores y por qu√©: si actuaban obligados por las circunstancias, si la barca no estaba atascada en el fango, si no eran n√°ufragos, o si no se estaban ganando la vida, la cual era, desde luego, la opci√≥n correcta, la que subray√≥ con una l√≠nea magenta para que en el libro del maestro √©ste no se equivocara de respuesta.

Al fin, podía cerrar la unidad II y mandarla a la siguiente fase.

Se felicitaba por la mudanza. Las ventanas estaban siempre cerradas. La m√ļsica de ambiente, invariablemente ballets, no entraba por la puerta.

10

Lo que tampoco entraban era los mensajes del autor. Sus √ļnicos contactos con el exterior eran los comunicados de la autoridad tributaria y las cartas de la Direcci√≥n General que con perfecta regularidad avisaban de una nueva pr√≥rroga a la pronta, inminente, segura reapertura de la empresa. √Čstos no los contestaba. De hecho, a estas alturas le sorprend√≠a que nadie hubiera intentado escribirle o hablarle para enterarse de la suerte del cuaderno de actividades.

Estaba perdiendo la fe. Es incre√≠ble c√≥mo al cabo de los siglos seguimos dependiendo de la fe para concebir el futuro. Su anticipaci√≥n de los tiempos, encarnado en el plan de obra, se deshac√≠a a cada instante que pasaba sin aquel archivo de la unidad III. Interpretando todos los hechos, se explicaban f√°cilmente: acaso el autor hab√≠a muerto. Es m√°s: asimismo el corrector de estilo y el diagramador. Por eso nadie se asomaba por la puerta, ni sonaban los tel√©fonos‚Ķ ya no se escuchaban las sirenas, s√≥lo a veces algo muy extra√Īo, semejante al aullido de un coyote. De la fe rota, pues, solamente le restaba la seguridad de que en su casa todo ser√≠a igual.

Nada pod√≠a extra√Īarle. Trabajar√≠a all√° en medio de la vigilia. En verdad no recordaba c√≥mo era vivir ah√≠. Y es que sol√≠a negar que conoc√≠a aquello que olvidaba. En este caso, el ruido, el caos‚Ķ que una ma√Īana en duermevela erradic√≥ en un sue√Īo en que sinti√©ndose un ni√Īo brincaba en su cama hasta que una voz le mand√≥ a ponerse un pantal√≥n rojo y, descalzo, se meti√≥ en un auto que lo llev√≥ muy lejos.

Le sorprendió un mensaje del autor pidiendo encarecidamente una prórroga. Al parecer estaba enfermo. No dio detalles, pero tal vez era grave, tal vez le manipulaba por en verdad se había ido de vacaciones.

Mientras tanto, se quedaba sin comida. Aunque anticip√≥ esto, a consecuencia de la demora del autor, ten√≠a miedo. Pod√≠a salir, buscar alguna tienda, una miscel√°nea, y comprar alimentos, pero tem√≠a a√ļn m√°s. Morir√≠a si lo intentaba. Nadie lo hab√≠a enga√Īado; el virus era realmente letal. Si sal√≠a, no ser√≠a como caer luego de un paseo por la luna sin traje de astronauta, su piel arrug√°ndose y torn√°ndose gris‚Ķ, por el contrario, con las manos vac√≠as, agonizar√≠a temeraria e in√ļtilmente, solo, tras una fiebre incandescente, ahogado en su flema cual un t√≠sico del siglo XIX, y despu√©s‚Ķ ¬Ņqui√©n lo encontrar√≠a?

Record√≥ que, en un entrepiso, al lado de la escalera y del comedor, hab√≠a unas m√°quinas expendedoras de botanas. Desde hac√≠a mucho que no se cuidaba de las c√°maras de vigilancia; de todas maneras, para no hacer ruido fue a ellas con los pies cubiertos con calcetines. No dejaba de asombrarle el tama√Īo de cada una; eran como grandes vitrinas que mostraban al deseo bolsas de papas, dulces y latas de refresco. Se hurg√≥ √°vidamente los bolsillos‚Ķ Insert√≥ unas monedas en la ranura y seleccion√≥ del amplio men√ļ aquello que mejor lo mantendr√≠a vivo. De pronto, se dio cuenta de que hoy se dar√≠a gusto, pero en una o dos semanas, si el autor no le enviaba el archivo de la unidad III con todo y bibliograf√≠a, se hallar√≠a ante una m√°quina llena con los bolsillos vac√≠os. Busc√≥ si alguna de las m√°quinas ten√≠a un lector para tarjeta. Eran m√°quinas antiguas.

11

Periódicamente tenía que desinfectar. Al principio, procuraba limpiar su escritorio e incluso matar, en especial a una elusiva cucaracha que merodeaba por el área de recepción. Tuvo que desistir puesto que o trabajaba o mataba al bicho.

Una noche corta so√Ī√≥ que un insecto masticaba los cables y le cortaba la electricidad. No pod√≠a salvo pedir ayuda. Sin m√°s, despertaba. A trav√©s de la ventana la ciudad se ve√≠a limpia. Hac√≠a tiempo que cesaron las sirenas. Las nubes se mostraban separadas entre s√≠. Antes de azularse, el cielo hab√≠a cobrado una tonalidad anaranjada y amarillenta. En el horizonte volaba una parvada. No era la primera vez que ve√≠a una, s√≥lo que ahora volaban muy bajo y cerca. Las aves eran mayores que las palomas que, por lo com√ļn, viajaban a lo largo del paisaje, llev√°ndolas a curiosear en los tejados y azoteas, ahora vac√≠as. Y aquellas aves daban giros y no trinaban ni gorjeaban, sino que, para su sorpresa, graznaban.

Eran ánades; pensó que patos, si bien algunas tenían otra estampa. Más grandes, más largos. Muchos, hasta casi cubrir el cielo. Repentinamente, el ruido traspasó el grueso cristal de la ventana. Cuando se aproximaron lo suficiente, pudo identificarlos.

Garzas. Las sigui√≥ con la mirada. Surcaban el aire como un remolino de hojas en el viento. Qued√≥ tan absorto que cerr√≥ los ojos y se perdi√≥ un hecho que se lig√≥ con lo que sucedi√≥ despu√©s, pues las garzas aterrizaron en la h√ļmeda calle, sin que perturbaran a los vecinos. S√≠, se supon√≠a que en las casas aleda√Īas alguien deb√≠a estar viendo el mismo espect√°culo.

Lo √ļnico que agitaba los charcos eran unos roedores. Eran demasiado grandes para ser ratas. Ya se hab√≠a dado cuenta de las ardillas en los postes de luz, tambi√©n de que ahora en lugar de correr, saltaban. El cristal de la ventana le imped√≠a escudri√Īar mejor. Le tom√≥ un rato identificar a un grupo de teporingos que jugaba en el agua y se escurr√≠a por los coches inm√≥viles y dejados a su suerte.

12

Uno de ellos entró eventualmente a la oficina. El animalito se escabulló sin ser visto y tal vez permaneció en el vestíbulo antes de subir atraído por el tenue olor a comida. Lo vio fugazmente cerca de las máquinas expendedoras. En lugar de ahuyentarlo, prefirió meterse en el despacho. Por eso no oyó entrar a dos afanadoras que iban detrás del teporingo,

Su descubrimiento era inminente, as√≠ que recogi√≥ sus cosas. Extendi√≥ una √ļltima mirada al reloj dorado de pared; marcaba las ocho de la ma√Īana. No se sent√≥ en la silla del jefe; prefiri√≥ estar de pie ante la ventana. Todo, entretanto, ocurr√≠a a sus espaldas. En un instante dado pens√≥ que a lo mejor encontrar√≠an al teporingo y se marchar√≠an.

Había fallado. No hacía falta que encendiera la computadora para percatarse de que una vez más el autor no me había enviado el archivo. No rehuía su responsabilidad. En todo caso, deseaba esa prórroga, esa otra oportunidad, en especial al cabo de ser visto.

Descendi√≥ por la escalera, sin resistirse, con paso calmado. El teporingo segu√≠a ambulando por el pasillo. En cambio, el vest√≠bulo se llenaba de guardias de seguridad. En el rellano de la escalera, exclam√≥ ‚ÄúA√ļn no he terminado‚ÄĚ. Sus palabras llevaron a que uno de los guardias hablara por un radio. Se resign√≥ a bajar. Apenas lleg√≥ al pie de la escalera, fue rodeado de inmediato por cubrebocas. Abrazando su laptop, caminaba como en puntillas, cada pie aferr√°ndose al piso. En el vest√≠bulo vio m√°s cubrebocas, en fila, equidistantes entre metro y medio.

‚ÄúNo me corren, me largo. ¬°Esto es un acto voluntario!‚ÄĚ

De repente, se activó el sonido de ambiente con Orfeo en el infierno. La puerta se abrió, junto a las filas que se rehusaban a manifestar la menor curiosidad. La melodía se agitaba.

Una bocanada de aire le rozó la cara como queriendo entrar en la oficina. Tras de sí salió el teporingo, que nada ya tenía que hacer allí.

Ya en la banqueta ilógicamente limpia, apenas lo soltaron, pudo al fin estirar las piernas.

 

Ciudad de México, mayo-junio de 2020