Revista Anestesia

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La chispa de la vida

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La chispa de la vida

Autor: Hiram Ruvalcaba

16 Junio 2019

La primera no se olvida.

Tania ten√≠a seis a√Īos y yo un poco m√°s de cinco. La habitaci√≥n de sus padres era color naranja, o m√°s bien del color de esos chicles de motita que eran de mango pero no sab√≠an a mango. Nos hab√≠amos encerrado juntos, la habitaci√≥n estaba a media luz y Tania se par√≥ frente a m√≠ y yo sent√≠ que me nac√≠a un √°rbol en el cuerpo cuando se baj√≥ los calzoncitos hasta las rodillas ‚ÄĒblancos con fresitas rosadas, los veo con claridad todav√≠a‚ÄĒ y me orden√≥ que mirara. Yo con la boca abierta. Los ojos engrandecidos en √©se, mi primer asombro. La nariz ensanch√°ndose por el aroma floral de las s√°banas y la cortina.

Mis pantalones también abajo, sostenidos por las piernas regordetas.

Tania se levant√≥ el vestido y me ense√Ī√≥ la parte inconquistable de su cuerpo. Sonre√≠a como si me estuviera confiando el secreto de la vida, nerviosa tambi√©n por aquella gran travesura. A pesar de lo fugaz del momento, tengo muy claros en la memoria las formas y hasta los colores, aunque probablemente hayan sido modificados por el paso del tiempo. Cuando Tania me pidi√≥ que me bajara la trusa, sent√≠ que un mill√≥n de pescaditos nadaba por mi sangre hasta mi cabeza. Estuve a punto de negarme, pero algo en sus ojos obr√≥ sobre m√≠ con tal fuerza que pronto mi ropa se rindi√≥ a su voluntad. Pasamos tanto tiempo contempl√°ndonos ‚ÄĒinspeccionando el peligro que habitaba bajo los calzones del otro‚ÄĒ que su mam√° entr√≥ al cuarto y nos encontr√≥ en pleno reconocimiento.

Cuando la mujer me llev√≥ a casa ‚ÄĒsevera, toc√°ndome como si todo mi cuerpo fuera aberrante‚ÄĒ estaba p√°lido y sent√≠a el fr√≠o de la verg√ľenza. Intu√≠ que hab√≠amos hecho algo malo, pero no sab√≠a qu√©. La se√Īora revel√≥ la situaci√≥n a mi madre, quien me mir√≥ con el espanto de una novicia. Cuando se fue, nos sentamos en la sala y mam√° me dio una charla que se posterg√≥ durante casi una hora, de la cual no entend√≠ ni recuerdo nada. Mi padre lleg√≥ del trabajo casi al anochecer y se enter√≥ de inmediato de lo ocurrido. √Čl tambi√©n me mir√≥, y ante el horror de mi madre dej√≥ escapar una carcajada que me hizo palidecer a√ļn m√°s. ‚ÄúEso no se hace, cabr√≥n‚ÄĚ, me dijo, pero sin dureza.

Aquella fue la primera vez que compró una cocacola sólo para mí. Era una botella de medio litro que sudaba con sensualidad. La vacié casi toda en un vaso: cuando me acerqué a ver el líquido, vi que las burbujas se despegaban del fondo de vidrio y subían dando maromas hasta perderse en la superficie de aquella sustancia familiar, maravillosa. La sensación era indescriptible, me imaginé por un momento que aquel líquido respiraba: las burbujas subían buscando el éter como me pasaba a mí cuando me metía en una alberca y sacaba el aire de mis pulmones adentro del agua. En ese momento nació una fascinación de la que nunca he logrado desprenderme: el credo de que la coca está viva. Me senté en la mesa y bebí de aquel envase con nerviosismo y respeto. Supe que algo había cambiado en mi interior.

De más está decir que nunca volví a ver a Tania.

Y s√≠. √Čsa fue mi primera coca.

 

 

Rojo, blanco y t√ļ.

 

 

Lo que acaban de leer es mentira: aquella no fue la primera vez que probé la cocacola. De hecho, recuerdo que para entonces ya me habían dado traguitos iniciáticos en mi casa o en casa de los parientes. Esto se debe a que, en México, la segunda bebida que uno probará antes de ganar el don del habla es la coca, apenas dos o tres meses después de la leche materna. Ese bautismo blanco y negro es el yin y el yang mexicano, una metáfora perfecta de la salud y la enfermedad. Un sabor que ama todo el mundo.

 

 

No s√© en qu√© momento de mi vida empec√© a pensar que mi propia historia se fund√≠a con la de mis cocacolas. Comprend√≠, por ejemplo, que las grandes definiciones que hab√≠a aprendido estaban relacionadas con ella, y que valores como la compasi√≥n, la bondad, la esperanza, o sustantivos como la derrota, el deseo y ‚ÄĒbueno‚ÄĒ el vicio, se integraron en mi vocabulario gracias a ella.

Pienso ‚ÄĒpues quiero dar un ejemplo claro de esto‚ÄĒ en aquella dulce √©poca de mi infancia en la que los campesinos de Tlayolan me ense√Īaron una caridad desinteresada que no volver√≠a a ver. Se reun√≠an en la tienda de abarrotes y se compraban una coquita para cada uno (que en aquel entonces era la ecu√°nime botella de 355 mililitros), luego se dispon√≠an a impurarla con un decilitro de alcohol. En mi barrio, cercano a los terrenos de cultivo, los ni√Īos vigil√°bamos el humor del sol para no perdernos la hora feliz. Hab√≠amos desarrollado a tal grado nuestro reloj biol√≥gico que nos reun√≠amos, siempre y sin ponernos de acuerdo, entre las 4:00 y las 4:05 alrededor de la tienda de do√Īa Rosa. Ah√≠ esper√°bamos la caravana de campesinos y, poco despu√©s, el llamado de alguno para que le baj√°ramos un trago a su cocacola. Entonces ellos, con una exactitud impecable, se pon√≠an a rellenar la cantidad que hubi√©ramos bebido con alcohol de 96 grados.

Aquel prodigioso coctel recib√≠a el nombre de ‚ÄúTorito‚ÄĚ. Por negro y bravo.

Aunque no distingu√≠ nunca entre el amplio n√ļmero de buenos samaritanos que me convidaban al fest√≠n, el irremplazable Bardo fue, sin duda, quien con mayor af√°n me encomi√≥ a que lo ayudara con su botella. Cuando lo conoc√≠ hab√≠a llegado apenas al mezzo del cammin della sua vita, aunque aparentaba ser mucho m√°s viejo. Bardomiano ‚ÄĒera √©se su nombre‚ÄĒ se tomaba tres o cuatro toritos diarios (por lo menos). Adem√°s, ten√≠a una disciplina que yo aprend√≠ a admirar: nunca lo vi darle un trago a su coquita si no hab√≠a ya vaciado en ella su respectiva dosis de alcohol. Y no me atrever√≠a a decir miles, pero s√≠ di cientos de tragos a la botella del Bardo, quien me miraba con unos ojos que s√≥lo volv√≠ a ver en el rostro de mis mejores amigos, y que mezclaban la complicidad inocente del p√≠caro con el orgullo de un maestro artesano que observa al oficio depositarse en el sucesor elegido: el nacimiento de un coquero es un evento maravilloso.

 

 

Nel mezzo del cammin di nostra vita

mi ritrovai una coquita oscura

ché la diritta via era trovata.

 

 

C√≥mo quise yo al Bardo, mi Virgilio personal, quien durante dos o tres a√Īos combati√≥ con bravura mi carest√≠a de cocacola y de quien aprend√≠ el significado de la generosidad. C√≥mo lo defend√≠ de los ataques de mi familia, que me obligaban a alejarme del ‚Äúborracho‚ÄĚ o ‚Äúmaloliente‚ÄĚ Bardomiano, como lo llamaban desde la profundidad de su malicia. El d√≠a que muri√≥ ‚ÄĒv√≠ctima de la diabetes que le trajo una insuficiencia renal abominable‚ÄĒ le llor√© con sinceridad y, aunque nunca supe en d√≥nde qued√≥ su tumba (o si lo llegaron a sepultar, en todo caso), lo cierto es que en toda mi vida le he dedicado miles de primeros tragos de mis cocacolas, con la esperanza de que el torito bese sus labios en donde quiera que se encuentre.

 

 

Coca

Cola.

Cococómo te gusta.

 

 

La pausa que refresca.

 

 

Dicen que el hombre aprende los vicios por imitaci√≥n. En mi caso esto es medianamente cierto. Por una parte, mis padres no sol√≠an comprarme cocacolas durante la infancia, pues sab√≠an de los accesos de hiperactividad de los que padec√≠a ‚ÄĒy, en consecuencia, padecer√≠an ellos‚ÄĒ. Mi madre, bebedora empedernida de coca, en vano ensayaba dejarla para solidarizarse conmigo, en su intento de habituarme a una vida de buenos h√°bitos alimentarios. Pero, al igual que yo, su fuerza de voluntad ten√≠a l√≠mites muy claros, y bastante estrechos: luego de pocos d√≠as de aguas frescas frutales, volv√≠a al abrevadero con un renovado √≠mpetu. Primero lo hac√≠a en secreto, escurri√©ndose culpable hacia el comedor cuando sab√≠a (pensaba) que nadie la estaba viendo; pero no tardaba mucho antes de entregarse a la tarea de vaciar las cocas desalmadamente frente a m√≠, que ten√≠a prohibido tomar. Mi padre era m√°s bien hombre de mucha cerveza y cigarrillo, dos vicios que jam√°s he llegado a entender; por eso, tampoco podr√≠a decir que √©l propicio mi consumo. As√≠ que las pocas (o muchas) cocacolas que beb√≠ en la infancia se las deb√≠ a t√≠os, primos, amigos como Bardomiano, a los agricultores an√≥nimos, o a las ocasiones especiales, como fuera mi encuentro con Tania.

De los hermanos de mi padre deb√≠ heredar la fe en las propiedades curativas, regenerativas y, ante todo, afectivas de la cocacola. Mi t√≠o Keji, por ejemplo, compraba una coca de medio litro en el desayuno, y siempre dejaba un trago de ‚Äúsu negra chula‚ÄĚ para darle un beso despu√©s de comer. Cuando cumpli√≥ los treinta a√Īos, las piedras en los ri√Īones lo hicieron gatear de camino al consultorio m√©dico, gritando como un condenado. Luego de un doloroso tratamiento, expuls√≥ las piedras en una escena espantosa que me toc√≥ presenciar en casa. Pero no las tir√≥, sino que las mantuvo en un frasco junto a su cama como se guarda una especie ex√≥tica. Un peque√Īo papelito anunciaba el contenido de aquel frasco: ‚ÄúAqu√≠ yace el prodigioso miligramo‚ÄĚ. Y todav√≠a m√°s abajo, agregado con lapicera roja: ‚ÄúMemento mori‚ÄĚ.

La promesa explícita que se hizo fue nunca más beber aquel veneno.

No la cumplió. Por supuesto.

En adelante, sin embargo, cada vez que bebía su cocacola entonaba orgulloso una cantaleta que él mismo había creado.

 

Agua de las negras matas
t√ļ me tumbas, t√ļ me matas. Mis ri√Īones desbaratas
y me haces andar a gatas.

 

Luego de recitar sus versos, pronunciaba un imparcial ‚Äúhasta no verte, mi negra chula‚ÄĚ, y beb√≠a la botella con una devoci√≥n conmovedora.

De la relación de mi tío Keji con la cocacola aprendí el significado de la congruencia, pues digan lo que digan fue siempre fiel a sus ideales. Los otros hermanos de mi padre bebían sólo cerveza, así que difícilmente aprendí de ellos algo importante de la naturaleza del vicio.

 

 

Marisol ten√≠a un lunar encima de los labios que me parec√≠a, dependiendo de la situaci√≥n, una apetitosa chispa de chocolate o una repugnante mosca. Si est√°bamos de buenas, aquel lunar decoraba su sonrisa y de buena gana me hubiera pasado el d√≠a d√°ndole peque√Īos mordiscos. Pero si est√°bamos de malas, baste decir que lo imaginaba volando por los lugares m√°s inmundos, de donde regresaba para posarse nuevamente sobre su boca.

Estábamos en su sala bebiendo, cada quien, una cocacola de lata. No puedo hacerle justicia ya a la ansiedad que sentía, porque minutos antes sus padres habían anunciado que saldrían a hacer las compras y nos dejarían solos, viendo películas. Bebíamos con nerviosismo, y desde entonces ya estábamos midiendo nuestros dedos, tratando de ajustarlos a la piel del otro. En la televisión pasaba alguna película de terror: Marisol se cubría los ojos cuando una escena la impactaba y en ese momento ponía mi mano en su hombro, para que se acostumbrara a mi contacto que, en pocos minutos, sería constante y desesperado.

Ten√≠a 15 a√Īos, de su boca salieron las primeras palabras de amor que llegu√© a escuchar de una mujer. Tambi√©n fueron las primeras que cre√≠. Mientras le daba sorbos a mi coca, imaginando lo que pasar√≠a cuando aquel oro negro tocara el fondo de la botella, me asomaba por el escote apenas sugerido de su blusa. No s√© si ella not√≥ mis fisgoneos ‚ÄĒahora, lustros despu√©s y frente a la pantalla de mi computadora, creo comprender mejor lo que pasaba por su mente en ese instante que precedi√≥ al erotismo‚ÄĒ pero inclin√≥ su cuerpo hacia adelante con una exactitud desconcertante, de manera que hizo m√°s amplio el orificio que se abr√≠a al interior de su blusa. El encaje y las fibras rosadas del sost√©n se suger√≠an bajo las flechas de mis ojos.

Di un trago largo.

La espuma juguete√≥ en mi boca como un regimiento de ara√Īitas y la coca lav√≥ mi garganta y se deposit√≥ en mi coraz√≥n.

En la televisi√≥n, el protagonista se quit√≥ la camisa para exhibir los m√ļsculos m√°s admirables que he visto en mi vida. Esta vez Marisol se recarg√≥ en m√≠ en espera de una caricia. De la puerta que daba a la calle nos lleg√≥ la voz de su madre, anunciando la soledad anhelada. Saldr√≠an por un rato, dijo, y yo hubiera querido que fuera m√°s espec√≠fica ‚ÄĒporque un rato pod√≠a ser dos horas o quince minutos‚ÄĒ pero no hab√≠a nada que hacer. Casi me hab√≠a terminado mi coca cuando cerraron la puerta y nos dejaron solos. El cuerpo de Marisol se tens√≥ como las cuerdas de una guitarra que espera una ejecuci√≥n magistral. Mis ojos, ahora indiscretos, recorr√≠an su clav√≠cula, que se marcaba ligeramente en su pecho y hac√≠a lucir su cuello y sus mejillas.

En cierto momento me di cuenta de que Marisol miraba fijamente el cierre de mi pantalón. En sus ojos ardía una palabra que terminaba en sus dedos. Se levantó suave pero firmemente y fue hacia la puerta.

Escuch√© c√≥mo pon√≠a el seguro mientras le daba el √ļltimo trago a mi cocacola.

 

 

La vida sabe bien.

 

 

Cocas en el suelo. Marisol cierra los ojos y aprieta los labios como si se preparara para algo muy doloroso. Sus piernas abiertas bajo la falda de la preparatoria se dibujan blancas y largas e insoslayables. Me desabrocho el pantal√≥n apenas lo suficiente. A nuestro alrededor ‚ÄĒno tan cerca como para incomodarnos, pero lo suficiente como para ver las dos sombras cobijadas por los duraznos‚ÄĒ, las familias que vinieron al parque pasean a sus perros, hacen chistes, juegan con discos de pl√°stico o con balones. ‚ÄúNos van a ver‚ÄĚ, me ha dicho Marisol un par de veces. Pero no voy a detenerme, y ella lo sabe. En ese momento mi vida va a cambiar. Me har√© hombre. La har√© mujer. O eso dicen en las pel√≠culas, aunque nosotros no creemos en eso. Quiero ver debajo de su falda. Que me obligue a mirar. Pero Marisol mantiene los ojos cerrados. Controla su respiraci√≥n. Sus mejillas est√°n rojas. Sus labios entreabiertos dejan escapar un aliento acaramelado con un aroma cocacolino que reconozco y amo. Entro en ella. No s√© qu√© estoy haciendo. Lo hago con devoci√≥n. Tambi√©n con una prisa que no controlo. Termino muy r√°pido. Termino mal. No puedo creerlo. Me asomo. Lo compruebo. Nos he fallado. Como todo joven que frustr√≥ la evaluaci√≥n de su virilidad, miro hacia el suelo como si esperara el latigazo fulminante que castig√≥ a On√°n. El ruido del campo, las risas a nuestro alrededor, mi respiraci√≥n agitada. Marisol aprieta los ojos, estoy esperando su reproche, su burla, su consuelo. Algo. Abre, apenas, el ojo derecho.

‚ÄĒ¬ŅYa entr√≥?

 

 

El sabor de tu vida.

 

 

De un hermano de mi madre aprend√≠ hasta d√≥nde puede llegar un hombre por una coca. Ocurri√≥ poco despu√©s de entrar en la preparatoria. Hab√≠amos ido a una taquer√≠a en el puerto de Manzanillo. Llegamos tarde, por lo cual no fuimos capaces de ordenar lo que quer√≠amos, y tuvimos que conformarnos con lo que hab√≠a. Por desgracia, entre las cosas que no hab√≠a se contaba la cocacola. Mi t√≠o estaba molesto: increp√≥ a los taqueros pues no pod√≠a entender que un negocio no tuviera ni siquiera una dotaci√≥n inagotable de cocas. (Su argumento era ontol√≥gico: en verdad le parec√≠a inconcebible.) En vano los taqueros trataron de calmarlo, de disculparse incluso, argumentando que aquel viernes hab√≠an tenido m√°s clientes de lo habitual. ‚ÄúHay Fanta, t√≠o‚ÄĚ, le dije, y me mir√≥ con una decepci√≥n tan profunda que palidec√≠. (Ahora lo entiendo: fui un mentecato.) Para empeorar las cosas, el comensal que se hab√≠a colocado junto a nosotros hab√≠a comprado el √ļltimo envase del d√≠a. Mi t√≠o lo mir√≥ con un rencor genuino. Se acerc√≥ a √©l, decidido. ‚Äú¬ŅLe compro su coca?‚ÄĚ. Dijo, como una orden. Todos nos sorprendimos. La situaci√≥n era rid√≠cula, pero la intensidad era demasiada como para causar gracia. El hombre nos mir√≥ pasmado, ‚Äúpero ya me la estoy tomando‚ÄĚ, dijo, alzando la botella: quedaba poco m√°s de la mitad. Mi t√≠o patale√≥ como un ni√Īo y se fue a sentar al otro rinc√≥n de la mesa. Por toda respuesta, el hombre dio un trago peque√Īito a la coca, pero era evidente que se hab√≠a ofendido. No toc√≥ su bebida en el resto de la cena y, al pagar, la deposit√≥ con resignaci√≥n en la rejilla, en medio de otros envases vac√≠os o a medio vaciar. Mi t√≠o, entretanto, segu√≠a empe√Īado en irse de la taquer√≠a, caminar las cuadras que fuera necesario hasta encontrar una tienda en servicio, y regresar cargado con su cocacola. Pero los hermanos, los sobrinos, yo mismo, lo disuadimos: ¬Ņqu√© tienda iba a encontrar abierta a esa hora? Tendr√≠a que caminar hasta el malec√≥n, hasta la zona de los bares, para cumplir su cometido. Estaba lejos y era peligroso. Con todo, mi t√≠o se fue, en medio de los reproches de sus hermanos. Cenamos en silencio. Y todav√≠a lo esperamos unos minutos luego de acabar nuestra comida. Lleg√≥ casi una hora despu√©s. Sin coca: las tiendas, como era l√≥gico, estaban cerradas. Se sent√≥ sin dirigirnos la palabra. Comi√≥ en silencio. Masticando su enojo sin beber nada. Durante la cena no dej√≥ de mirar la rejilla donde su reci√©n adquirido enemigo hab√≠a abandonado el envase a medio vaciar. Cuando no pudo m√°s, sacudi√≥ la cabeza y fue por aquella coca. Rebusc√≥ entre la rejilla y, pronto, la levant√≥ como un renovado Buck Mulligan. Entonces bebi√≥, sin limpiar la boquilla, todo su contenido, y regres√≥ al lado de su familia. Sonriente. Realizado.

 

 

M√°s que los contactos sexuales con Marisol (que ocurr√≠an en el fascinante espacio que divide la travesura pueril de una vida adulta genuina), me llamaba la atenci√≥n la disciplina de nuestros encuentros. Empezaban, siempre, con una coca en el jard√≠n que hab√≠a cerca de su casa. Una peque√Īa plazoleta llena de jacarandas. De ah√≠, la tierna pl√°tica de novios de preparatoria enmarcaba una vida que √≠bamos tramando ya para nosotros, aunque no la concibi√©ramos juntos. Lo dem√°s era un ritual bien conocido de besos en el zagu√°n, y luego esperar una hora justa para llegar a la soledad de su sala.

Lo dem√°s es silencio.

La √ļltima coca en casa de Marisol la beb√≠ en el interior de su closet, mientras su familia ‚ÄĒque hab√≠a llegado casi 30 minutos antes de la hora esperada‚ÄĒ la interrogaba sobre una camiseta en la sala a la que le faltaba el due√Īo. Interrogatorio in√ļtil, pensaba yo, pues se notaba en su tono que ambos padres sab√≠an la procedencia.

Me qued√© en el closet hasta pasadas las dos de la ma√Īana, escondido entre faldas, vestidos y uniformes escolares. Marisol se despert√≥ de puntillas, con los cabellos un poco alborotados como si verdaderamente se hubiera quedado dormida, olvid√°ndose del inquilino temporal de su armario. En silencio me entreg√≥ las ropas que hab√≠a escondido debajo de su cama, y me sac√≥ subrepticiamente de su casa. Nos despedimos con uno de los √ļltimos besos que nos dimos.

Esper√© a que cerrara con llave. La m√ļsica de los grillos, los perros en la distancia, me hicieron una promesa de libertad anticipada. Con mucho cuidado, me escabull√≠ al cancel, s√≥lo para darme cuenta de que estaba asegurado. Me atraves√≥ un rayo de hielo: no pod√≠a salir a la calle y, de igual modo, regresar a la casa ser√≠a imposible sin despertar a la familia. En esa √©poca sin celulares, tampoco hab√≠a manera de contactar a Marisol. Me hab√≠a quedado encerrado en la cochera, sin camiseta, con fr√≠o y con un hambre atroz. Lo peor era que, a la ma√Īana siguiente, apenas dieran las siete, la familia entera me encontrar√≠a ah√≠, sentado en la jardinera, esperando que alguien abriera la puerta. Me llev√© las manos a la cabeza y seguramente hice un gesto de desesperaci√≥n terrible. Me resign√© a la verg√ľenza de ser un mal ladr√≥n.

Entonces escuché cómo alguien abría la puerta de la casa y, sin decir palabra, me arrojaba las llaves del cancel. Las contemplé un minuto a mis pies.

‚ÄúGracias, Mari‚ÄĚ, alcanc√© a musitar, antes de salir corriendo hacia mi libertad.

 

 

Mil novecientos millones al día.

 

 

Mi relaci√≥n con Marisol, desde el primer beso hasta el √ļltimo adi√≥s, dur√≥ poco m√°s de mil cocacolas. Para ese entonces hab√≠amos entrado en la universidad y, como suele ocurrir, se nos fue desvaneciendo el amor. Nos despedimos a la sombra de un gran √°rbol y al amparo de unas tristes dietcokes. Entend√≠, desde que las compr√≥, que aquello era definitivo, pues ella sab√≠a que para m√≠ beber una cocacola sin az√ļcar era deleznable.

 

 

Buena hasta la √ļltima gota.

 

 

Mis primeros semestres en Letras fueron planos y el flujo de los d√≠as se me fue perdido entre las cocacolas que me tomaba en la ma√Īana y en la noche. Siempre dos al d√≠a, siempre de medio litro de vidrio. En el quinto semestre conoc√≠ a Rosalba y, con ella, los envases de cocacola de 600 mililitros, que a partir de ese momento definir√≠an mi vida. Rosalba ten√≠a una afici√≥n particular por los cigarros mentolados y la cocacola light, que compraba en infames latas plateadas. Un par de semanas despu√©s de conocerla le dije que la quer√≠a, y ella me dijo que no se le hac√≠a raro que yo la quisiera tanto; me lo repet√≠a constantemente cuando le encend√≠a un cigarrillo, cuando destapaba su coca, cuando la acompa√Īaba a escuchar toquines de sus amigos fumadores y cuando le desabrochaba el brasier con una destreza que desarroll√© con la devoci√≥n de un reci√©n converso.

En aquellos a√Īos me era dif√≠cil establecer relaciones con otras personas, porque yo dec√≠a que quer√≠a ser escritor y a nadie le interesaba lo que un escritor coquero, abstemio y que no fumaba ten√≠a que decir. (Y ahora que lo escribo pienso que quiz√°s ten√≠an raz√≥n.) Con todo, aliment√© mi sue√Īo de narrador con los cientos de botellas de pl√°stico transparente que desfilaron por mi vida. Todas y cada una de aquellas cocas era √ļnica y, aunque ser√≠a imposible recordarlas con precisi√≥n, s√© que el primer contacto entre nuestras bocas era ritual y sincero.

He usado la palabra ‚Äúritual‚ÄĚ a prop√≥sito, pues en verdad hab√≠a desarrollado el h√°bito devocional de destapar una coca para acompa√Īar cada una de mis actividades siguiendo una ceremonia lit√ļrgica. Por ejemplo, si un d√≠a ten√≠a que escribir alguna cosa importante (acad√©mica o literaria), destapaba una coca antes de abrir el cuaderno y tomar la pluma. Si iba a recibir una noticia muy esperada, la hac√≠a ingresar en mi sistema a trav√©s de un trago largo. Beb√≠a coca tambi√©n para leer una novela. Coca para ver una pel√≠cula. Coca para encontrarme con Rosalba. Coca para acostarme con ella. Coca para levantarme y, por qu√© no, coca antes de irme a dormir, para refutar aquella calumnia sobre los excesos de cafe√≠na.

Coquita. Luz de mi vida. Fuego de mis entra√Īas.

El acto de beberla se implant√≥ en cada una de mis actividades, y pronto las encubri√≥ por completo. De este modo, no puedo recordar un solo momento cumbre de aquella √©poca sin encontrarme, como un ep√≠grafe, con la cocacola que lo acompa√Īara.

 

 

En la carrera aprend√≠ que entre los escritores hay una jerarquizaci√≥n de los vicios que, de una manera u otra, afecta la forma en que se aprecia su arte. Es m√°s f√°cil, por ejemplo, que un lector promedio se sienta atra√≠do por un escritor alcoh√≥lico, fumador o cocain√≥mano, que por uno que disfrute sus tardes creativas leyendo y tomando cocacolas ‚ÄĒ¬Ņcoqu√≠mano?‚ÄĒ Esto me ha generado muchos problemas pues, a la par que he intentado desarrollar mis cualidades narrativas y forjar una imagen como artista, mi consumo constante y efervescente de cocacolas impidi√≥ que me tomaran en serio en los talleres literarios, lecturas y dem√°s actividades a las que llegu√© a asistir.

Y es que hay grand√≠simos borrachos en la historia de la literatura ‚ÄĒalgunos de ellos tan admirados por su consumo de alcohol como por la calidad de su obra‚ÄĒ. Poe, Carver, Capote, Cheever, Kerouac, Rulfo: grandes tomadores y, si bien ser√≠a ingenuo atribuir su genialidad al consumo desmedido del alcohol, es dif√≠cil negar que su presencia perme√≥ en la creaci√≥n literaria, o al menos en la manera en que la conceb√≠an. Tremendas apolog√≠as en torno a la bebida surgieron de las sabias manos de autores como Bukowski: ‚ÄúFui a los peores bares esperando que me asesinaran, pero todo lo que consegu√≠ fue volver a emborracharme‚ÄĚ, Hemingway: ‚ÄúUn hombre inteligente a veces se ve forzado a emborracharse para compartir su tiempo con idiotas‚ÄĚ, o Dylan Thomas: ‚ÄúUn alcoh√≥lico es alguien que no te cae bien y que bebe tanto como t√ļ‚ÄĚ. A cualquier joven aspirante a narrador le queda claro que el alcohol es un vicio art√≠stico aceptado y hasta aplaudido en la comunidad cultural.

Los fumadores tambi√©n han recibido un tratamiento similar y, al menos en la representaci√≥n visual del escritor, el cigarro se ha convertido en un artefacto adjunto, de manera que para muchos el acto de fumar es inseparable del acto de escribir. Esta afirmaci√≥n no es arriesgada, ni err√≥nea. El propio Andr√© Gide sentenci√≥: ‚ÄúPara m√≠ escribir es un acto complementario al placer de fumar‚ÄĚ. En Latinoam√©rica, Ribeyro escribi√≥ una hermosa carta de amor al cigarrillo donde afirmaba que entre escritores y fumadores hay un estrecho v√≠nculo. La idea es, tambi√©n, que el cigarro es otro vicio jerarquizado, art√≠sticamente aceptable.

Pero tomar coca es marginal.

Pocas cosas hay menos llamativas que imaginar a un hombre que se atormenta enfrente de la p√°gina en blanco que vaticin√≥ Mallarm√©. Qu√© dif√≠cil es hablar del martirio que significa un documento de Word, unos libros subrayados y un vaso de cocacola. ¬ŅQui√©n se imagina las memorias de un escritor donde no aparezcan confesiones de una vida sexual exuberante, un alcoholismo autodestructivo o un enfisema implacable, y en su lugar aparezca el vicio de la cocacola, la necesidad de consumir un litro o dos o tres al d√≠a que, modestamente, tambi√©n te van matando? ¬ŅQui√©n es capaz de creer que la cocacola es un vicio digno de un destino literario? ¬ŅD√≥nde est√°n las grandes odas de los autores del siglo XX al oro negro de la mercadotecnia? ¬ŅQu√© gran nombre puede mencionarse en la historia √©pica de las bebidas azucaradas?

Tendr√≠amos que esperar a Warhol y a otros precursores del pop art para darle cabida a la cocacola como un objeto generador de arte: la pl√°stica entendi√≥ muy bien la importancia de este leviat√°n. En la literatura, por desgracia, no hay muchos ejemplos: el dulce poema de O‚ÄôHara, que define el amor a partir de una coca compartida. Aquella hermosa escena en The Road, de McCarthy, cuando el padre comparte con su hijo un trago de coca en un mundo postapocal√≠ptico. Y no pod√≠an faltar los latinoamericanos, tan proclives a beber coca cola, pero incluso aqu√≠ encontr√© pocos autores que se pronunciaron por el vicio coqu√≠mano: Jos√© Emilio Pacheco, que compara la cocacola con la brea primigenia de la que nacieron las especies: ‚ÄúY una noche asiste asombrado/ Al comienzo del mundo o el fin de todo/ En la lata de Coca-Cola‚ÄĚ. Rius, que como siempre llama a la controversia en aquel estudio tendencioso y polarizante La droga que refresca. Por √ļltimo, el propio Rulfo, que confes√≥ que beber coca hab√≠a sido el triste consuelo a su abstemia forzada.

La cocacola es, debo aceptarlo ‚ÄĒo m√°s bien: debo resignarme a aceptarlo‚ÄĒ, un vicio poco literario, y es por ello que escribirle una carta de amor a las cocas, en donde las relaciono con mi vida y con mi quehacer literario no s√≥lo es un riesgo, sino un acto de fe.

 

 

La historia de mi vida no podría contarse sin afirmar lo siguiente: escribir es para mí un acto complementario al placer de beberme una cocona.

 

 

Más negra que la Tomasa. Más sabrosa también.

 

 

Por si alguno de ustedes se lo preguntaba: s√≠, desde joven desarroll√© algunos problemas de salud derivados del consumo de la cocacola. He mencionado ya la hiperactividad; a ella se sumaron una crisis de insomnio que me acompa√Ī√≥ hasta pasados los treinta a√Īos y, lo peor, una terrible gastritis que deriv√≥ en problemas respiratorios severos. Pasaba d√≠as enteros con una sensaci√≥n de ahogo que s√≥lo mis parientes y amigos asm√°ticos eran capaces de comprender. No obstante, a diferencia de ellos, yo no encontraba el consuelo del salbutamol, que resultaba in√ļtil para mis pulmones. En aquella √©poca sufr√≠ mucho, pero no tuve el valor de dejar la coca. No hubiera podido. Una cocacola inauguraba pr√°cticamente todos mis d√≠as.

El peor incidente que experiment√© en esta √©poca, ocurri√≥ una noche despu√©s de mi graduaci√≥n. A√ļn no hab√≠a recuperado mi capacidad de respirar adecuadamente. Estaba tomando coca en el jard√≠n de mis padres cuando, sin previo aviso, sent√≠ urgencia de vomitar. Me levant√© para ir al ba√Īo, pero la n√°usea era demasiada y no pude contenerme. Apenas pude ir a una peque√Īa jardinera cerca de donde est√°bamos, donde vi fluir una especie de brea que ba√Ī√≥ las ra√≠ces del peque√Īo arbolito. Vomit√© varias veces, hasta que mi est√≥mago estuvo completamente vac√≠o. En medio de aquella sustancia negra, desagradable, que ya no se parec√≠a a mi coquita, pude notar la presencia de un poco de sangre.

Mi madre fue a ayudarme, me pasó un trapo por el rostro como si fuera un infante. Fui por un balde con agua y limpié como pude aquella gracia que había hecho. Luego me quedé jadeando un par de minutos, tratando de llenar mis pulmones. Como era de esperarse, ver sangre en mi vomito me alertó de que la situación había llegado demasiado lejos. Era evidente que debía tomar cartas en el asunto.

 

 

No lo hice. Mi problema de respiraci√≥n se posterg√≥ durante casi cinco semanas, hasta que un m√©dico me present√≥ al centuri√≥n que protege la vida de todo coquero: el omeprazol. A partir de ese momento, y durante algunos a√Īos, el omeprazol cuidar√≠a de mi est√≥mago con gallard√≠a.

 

 

(Por desgracia, como ocurre con todos los milagros, tarde o temprano éste también se tornó obsoleto.)

 

 

Vine a Cocala porque me dijeron que acá bebió mi padre…

 

 

Un par de a√Īos pasaron y, adem√°s de beber cocacola, me recib√≠ como licenciado y empec√© a trabajar en una editorial que ten√≠a como sello un payasito. Mi vida laboral resultaba aburrida, pero mis expectativas en el departamento de correcci√≥n no pod√≠an ser muy altas. Por otro lado, en un arranque de √©xtasis amoroso, Rosalba y yo resolvimos que nos ir√≠amos a vivir juntos. Fue, debo reconocerlo, una de las primeras grandes √©pocas de mi vida, con una relaci√≥n que, si bien no era completamente estable era ‚ÄĒpor lo menos‚ÄĒ llevadera. Ning√ļn gran problema se hab√≠a interpuesto entre nosotros, aunque debo decir que tampoco hab√≠amos encontrado, en todos aquellos a√Īos juntos, un evento que nos uniera realmente a los dos. Viv√≠amos, y entre coca y coca nos hac√≠amos parte de una misma experiencia vital.

Adem√°s de mudarme con alguien, tom√© una gran decisi√≥n ese a√Īo: fue la primera vez que resolv√≠ que dejar√≠a la coca, en una especie de homenaje a la vida nueva que hab√≠a emprendido. Y en verdad me empe√Ī√© en mi objetivo, al grado de que, durante casi un mes, no prob√© siquiera una gota. Esto, por supuesto, repercutir√≠a en m√≠: a la falta de coca seguir√≠a un serio problema de car√°cter, pues me hab√≠a vuelto iracundo y, a√ļn peor, viv√≠a todas las horas del d√≠a presa de una ansiedad espantosa.

Qu√© gusto me hubiera dado aprender a fumar en aquella √©poca. O tomar cualquier vicio que me permitiera olvidar el sabor de la cocacola. Pero apenas entraba en mi casa sent√≠a la tentaci√≥n de salir a la tienda y comprar una botella. O dos. O tres. En vano beb√≠a uno o dos litros de agua para tener la sensaci√≥n de saciedad, pues no se puede enga√Īar al coraz√≥n.

Poco me dur√≥ la voluntad y no tard√© en volver a sumergirme en aquel mar negro y espumoso que hab√≠a llenado mi interior. La edad que atravesaba tampoco era de mucha ayuda, pues la mayor√≠a de mis amigos disfrutaban con fervor de su reci√©n adquirida ‚Äúlibertad econ√≥mica‚ÄĚ ‚ÄĒcon ese nombre le conocen los asalariados a la quincena, sin importar su precariedad‚ÄĒ, festejando disciplinadamente cada fin de semana. Las fiestas a las que me atrev√≠ a asistir (cuyo requisito indispensable era consumir altas cantidades de cerveza) empezaban para m√≠ en el momento en que alguien abr√≠a la primera coca: la espl√©ndida botella de dos litros. Permanecer en la misma habitaci√≥n me conduc√≠a a rendirme ante ella, irremediablemente. Rosalba se molestaba conmigo por mi falta de voluntad.

Por mi parte, no pod√≠a poner ning√ļn pretexto, mi necesidad era algo m√°s grande que yo: coquita ergo sum.

 

 

La felicidad de cada momento.

 

 

Tambi√©n por aquella √©poca empec√© a defender la idea de que beber coca me tra√≠a suerte. Como el d√≠a en que Rosalba y su amante volcaron en la carretera, cayeron dando vueltas por un voladero y quedaron colgando de los cinturones de seguridad. Una ca√≠da impresionante ‚ÄĒfui a verla un par de horas despu√©s del accidente, de camino al hospital‚ÄĒ: m√°s de cincuenta metros de pe√Īascos y troncos secos. Piedras en la parte inferior del voladero.

Pero no se mataron.

 

 

La sed no pide nada m√°s.

 

 

Hay muchas cosas que la sociedad moderna le debe a la cocacola, y que no le agradece. O si la palabra parece exagerada, puedo utilizar otra: no le reconoce. Y es que la bebida ha transgredido los l√≠mites del producto comercial para internarse directamente en la cultura. En M√©xico, mi generaci√≥n recuerda con pasi√≥n elementos publicitarios que definieron una generaci√≥n: el tierno oso polar de los anuncios televisivos ‚ÄĒque apareci√≥ en el 93, en aquel maravilloso anuncio de la aurora boreal‚ÄĒ, los juguetes cocacola ‚ÄĒencabezados por el yoyo rojo que todos dese√°bamos adquirir‚ÄĒ, aquel ej√©rcito de juguetes y objetos decorativos intercambiables en cada navidad ‚ÄĒla villa cocacola, el √°rbol-l√°mpara giratoria, las figuras navide√Īas para colgar del √°rbol‚ÄĒ, o los inolvidables hielocos, que surgieron en distintas generaciones: hielocos monstruo, hielocos alien, hielocos futboleros. Los ni√Īos conocimos la naturaleza de la oferta y la demanda y otras nociones b√°sicas del mercado durante los intercambios de hielocos con nuestros amigos. Algo similar ocurri√≥ con otros productos, como los tazos cocacola, cuya colecci√≥n atesor√© durante varios a√Īos, hasta aquella noche tr√°gica en que uno de mis sobrinos la rob√≥. Pero el mayor ejemplo, que har√° que algunos alcen la ceja con asombro, es el gordinfl√≥n de las navidades: Santa Claus. A las representaciones medievales de San Nicol√°s de Bari las moderniz√≥, comercializ√≥ y cocacoliz√≥ el gran Haddon Sundblom, por encargo de The Coca Cola Company, en una campa√Īa publicitaria de 1931. La figura tuvo tanto √©xito en el mundo que, en pocas d√©cadas, dej√≥ de representar un personaje exclusivo de las coquitas, y pas√≥ a convertirse en el controversial s√≠mbolo de la felicidad navide√Īa.

¬ŅNo es digno de reconocimiento?

 

 

Bienvenido al lado Cocacola de la vida.

 

 

No tuvieron m√°s que algunos raspones. O eso me dijeron los param√©dicos que me llamaron al celular para preguntarme si conoc√≠a a Rosalba L√≥pez. ‚ÄúS√≠, soy su pareja‚ÄĚ. Silencio largo.

‚ÄĒTiene que venir a Jocotepec, su pareja ‚ÄĒcarraspeo‚ÄĒ est√° en la cl√≠nica. No es grave.

Recib√≠ la llamada por la ma√Īana, en el trabajo, as√≠ que mis compa√Īeros notaron mi cambio casi instant√°neo del susto al alivio y luego a la sorpresa. ¬ŅPor qu√© estaba en Jocotepec? Esa misma ma√Īana, al despedirse, me hab√≠a asegurado que ir√≠a a Colima para una reuni√≥n de trabajo urgente. Y en verdad hab√≠a notado su urgencia al salir de casa, tomar el coche e irse disparada como si fuera demasiados besos tarde a trabajar. Todav√≠a con la cara de sorpresa ped√≠ permiso a mi jefe (adem√°s de beber coca, trabajaba en el departamento de correcci√≥n de estilo en una peque√Īa editorial) para salir a Jocotepec, porque mi pareja hab√≠a tenido un accidente.

‚ÄĒLl√©vate la camioneta ‚ÄĒse refer√≠a a la pickup que utiliz√°bamos en la repartici√≥n de libros‚ÄĒ, vienes a pie, ¬Ņno?

Lo pregunt√≥ por cortes√≠a, pues todos sab√≠an que mi coche lo utilizaba Rosalba para irse a su propio trabajo. Le di las gracias y me apresur√© a tomar el camino que llevaba a Chapala. Pens√© en ella durante todo el viaje. En si estar√≠a bien. Envi√© un par de mensajes por celular pero no recib√≠ respuesta. ‚ÄúSeguro estar√° reposando‚ÄĚ. Y luego, cada cierto n√ļmero de kil√≥metros, volv√≠a a preguntarme.

¬ŅPor qu√© estaba en Jocotepec?

 

 

Los cocos somos otro cosmos.

 

 

No lo descubriría sino al llegar al hospital. Lo supe cuando, al encontrarme con Rosalba, antes de abrazarla y decirle lo feliz que era de verla bien, me di cuenta de que no estaba sola. A su lado, un joven (incluso más joven de lo que yo era entonces) descansaba con una mano en su hombro. Consolándola. Tenía el rostro lleno de raspones, un par de gasas en su cabeza indicaban que había tenido varias heridas. Ambos llevaban collarín. Nunca oí su nombre. Y tampoco su rostro lo recuerdo ahora con claridad (excepto, quizás, los raspones, que recuerdo bien).

Nos fuimos del hospital y, por mera cortes√≠a, ofrec√≠ llevarlo si as√≠ lo necesitaba. Tal vez sea dif√≠cil entender mi actitud ‚ÄĒprobablemente la reacci√≥n esperada era que explotara en ira contra aquel muchacho, pero acababa de sobrevivir a un accidente tan aparatoso: ¬Ņpueden imaginarse ustedes c√≥mo me hubiera visto yo apaleando a un muchacho que acaba de salir del hospital con collar√≠n?‚ÄĒ. Me dijo que no. Rosalba, cuando nos despedimos, lo abraz√≥ un rato. Quiz√°s un par de segundos m√°s de la cuenta, durante los cuales uno de los enfermeros (¬Ņel que me hab√≠a llamado?) me mir√≥ con media sonrisa. A pesar de esto, el abrazo me pareci√≥ bello: dos supervivientes aferr√°ndose a la vida casi perdida. No interrump√≠. No pregunt√© nada. ‚ÄúQu√© bueno que est√°s bien. Te quiero mucho‚ÄĚ. Grit√≥ el muchacho mientras nos sub√≠amos a la pick up.

Nos perdimos en la carretera.

Un par de d√≠as m√°s tarde nos separamos. De su accidente no pregunt√© nada. Quiz√°s sab√≠a demasiado ya y prefer√≠a no saber m√°s. Me estaba tomando una coca de seiscientos mientras la ve√≠a empacando las pocas cosas que a√ļn guardaba en casa. (¬ŅEn qu√© momento se hab√≠a llevado el resto?) El coche qued√≥ en estado de p√©rdida total, s√≥lo pude recobrar un peque√Īo gato maneki que ten√≠a pegado en el tablero: sub√≠a y bajaba la mano como si saludara. Eso me gustaba de √©l. Rosalba se ofreci√≥ a pagarme. Le dije que as√≠ estaba bien. Quiz√°s hubiera podido quedarse en casa. Quiz√°s habr√≠amos podido superarlo.

Quiz√°s la hubiera perdonado.

 

 

Vívela.

 

 

Cierto tiempo después de mi separación, me encontré con un amigo que, para animarme, me contó este chiste: Dos amigos van caminando por la calle y uno le pregunta al otro.

‚Äú¬ŅQu√© tal tu vida sexual?‚ÄĚ

‚ÄúPues como la cocacola‚Ķ‚ÄĚ

‚Äú¬ŅY c√≥mo es eso?‚ÄĚ

‚ÄúPrimero era normal, luego light y ahora zero.‚ÄĚ

Cuando me lo contó, sólo pude recordar dos cocas debajo de un árbol. Un rostro bellísimo, sonrosado.

‚ÄĒ¬ŅYa entr√≥?

 

 

Cerca de los treinta a√Īos renunci√© a mi trabajo en la editorial y decid√≠ hacer una maestr√≠a en un pa√≠s extranjero.

Llegu√© a Rennes, en la Breta√Īa francesa, en oto√Īo y, luego de instalarme en el peque√Īo cuarto que la universidad designaba para los estudiantes pobres, corr√≠ al centro comercial para establecer mi primer contacto sentimental con el pa√≠s de Raymond Queneau. No s√© por qu√© ten√≠a la ingenua esperanza de que aquel contacto fuera d√≥cil con mi econom√≠a; lo cierto es que ver la coca de lata a dos euros me abati√≥.

La realidad fue una descarga el√©ctrica: mi situaci√≥n econ√≥mica como estudiante internacional (precaria-casi-miserable) me impedir√≠a tomar cocacola con la frecuencia a la que estaba acostumbrado. Aquella fue la primera vez que sent√≠ una desesperaci√≥n fisiol√≥gica. Compr√© un paquete de seis ‚ÄĒhab√≠a un peque√Īo descuento‚ÄĒ y las llev√© conmigo, para que me acompa√Īaran mientras pensaba qu√© hacer en los d√≠as siguientes.

Cuando, luego de unas semanas comprob√© que aquella contingencia no ser√≠a pasajera (mi beca no aumentar√≠a y mi sed se volv√≠a cada vez m√°s intensa), ocurri√≥ algo que casi podr√≠a calificar de prodigioso. Mi nuevo amigo Amadou, un estudiante de contadur√≠a nativo del Chad, lleg√≥ un d√≠a a mi habitaci√≥n para ofrecerme un refresco gen√©rico ‚ÄĒdesde el principio de nuestra relaci√≥n, le hab√≠a comunicado mi dilema cocac√≥lico.

Se trataba de una lata azul y roja, que en grandes letras blancas anunciaba un nombre que inspiraba poca confianza, como el de la infame Big Cola, pero que bien pod√≠a resultar paliativo para mi situaci√≥n. Este nombre no caus√≥ gran impacto en m√≠, y ya no puedo recordarlo, pero s√≠ recuerdo que el sabor era cercano a lo que yo recordaba de la coca en M√©xico ‚ÄĒporque, sin importar lo que digan las normas vigentes de calidad industrial, la coca no sabe igual en ning√ļn lugar‚ÄĒ, y en consecuencia fue suficiente para cubrir mis deseos primarios.

El beato Amadou fue, a partir de entonces, lo m√°s cercano a una figura sagrada para m√≠. Beber de la F Cola (Falsa Cola) era igual que besar a un hermoso maniqu√≠: la satisfacci√≥n no era absoluta, pero con un poco de imaginaci√≥n ella me devolv√≠a el beso. Gracias a este falso amor sobreviv√≠ aquellos duros a√Īos en las tierras del molusco comestible, alejado de los sabores de la infancia.

 

 

Cent mille milliards de cocacolas.

 

 

En la Breta√Īa francesa conoc√≠ tambi√©n a un grupo de swing, jazz y blues formado exclusivamente por coc√≥filos. Se reun√≠an en un peque√Īo bar que recib√≠a el premonitorio nombre de ‚ÄúLe bateau gaz√©ifi√©‚ÄĚ, donde tocaban los mi√©rcoles y los s√°bados por la noche. Todos eran de Tanzania, a excepci√≥n del bajista que proven√≠a de la misma poblaci√≥n de Amadou.

Luego de un par de visitas logré hacerme de su amistad (y de algunas cocas que no tenía que pagarles), de manera que en mi rutina nocturna poco elaborada pronto encontré espacio para acudir a aquel bar. Pronto, aquel conjunto de tanzanos y chadianos me confió que había en Rennes un grupo para la gente como yo: se reunían los fines de semana y, entre cigarros de hachís y cocacola (la mayoría no podía beber alcohol), intimaban con algunas de las francesitas que lograban conquistar en sus tocadas.

La √ļltima vez que los vi interpretaron una canci√≥n en yoruba: ‚ÄúDudu wura‚ÄĚ, que quiere decir oro negro.

 

 

Disfruta la sed.

 

 

Eran las diez de la noche y mis amigos del Bateau Gaz√©ifi√© me pidieron que subiera al escenario y recitara alguno de mis poemas en espa√Īol. Amadou les hab√≠a dicho que yo era un joven escritor mexicano. Ellos se lo tomaron muy bien. La gente aplaud√≠a. Pero no me levant√©. ‚ÄúYo no escribo poemas, Amadou‚ÄĚ. Le dije, en mi franc√©s mal pronunciado. Pero el ruido del lugar. Los aplausos de los pocos asistentes (casi siempre √≠bamos los mismos, salvo unas cuantas muchachas que beb√≠an cerveza brit√°nica en una esquina). Mis nervios. El baterista me hizo una se√Īal para que subiera. Le di un trago largo a mi cocacola. Me envalenton√© y pas√© frente al micr√≥fono. Salud√© en un mal franc√©s. Not√© que una de las muchachas me miraba. Aclar√© la garganta y trat√© de improvisar, como hab√≠a visto hacer a mis amigos poetas, m√°s talentosos que yo. El resultado fue sorprendente: recit√© los versos m√°s horribles que he escuchado en mi vida.

Pero lo hice en espa√Īol.

Todo mundo aplaudía.

Amadou, que entend√≠a el espa√Īol, no.

 

 

Regresar a M√©xico signific√≥, por una parte, la despedida de un sue√Īo afrancesado al que me dediqu√© con devoci√≥n. Por otra, fue tambi√©n el retorno a los sabores de mi infancia, al contacto con mi propia lengua, al siempre necesario abrazo materno y a la cocacola mexicana.

Fue tambi√©n en esos primeros d√≠as de mi regreso a M√©xico cuando mi madre me inform√≥, apesadumbrada, que mi t√≠o Keji hab√≠a sido diagnosticado con Diabetes. Se hab√≠a convertido en el primer hermano en heredar aquella enfermedad que ya me acechaba, oculta en alg√ļn sitio de mi carne. ‚ÄúFue la coca, mijo‚ÄĚ, sentenci√≥, ominosa, ‚Äúpor eso te digo que te cuides‚ÄĚ. En cuanto a mi t√≠o, lo imaginaba sentado en alg√ļn restaurante, o en la mesa de su casa, empinando la botella de cocacola con aquella cantaleta caracter√≠stica y un ‚Äúhasta no verte, mi negra chula‚ÄĚ.

No se veía tan mal.

De acuerdo a los estimados del doctor, mi t√≠o no vivir√≠a m√°s all√° de los cincuenta a√Īos. En ese momento ten√≠a 42.

Murió a los 45.

C√≥mo le llor√© a mi t√≠o Keji, y c√≥mo dese√© que, en su final, no hubiera ca√≠do en la trampa del arrepentimiento y hubiera sido fiel a sus principios, pronunciando un √ļltimo ‚Äúhasta no verte, mi negra chula‚ÄĚ antes de entregarse al beso de la muerte.

La noche de su velorio fui consciente de mi propia mortalidad por primera vez en mi etapa adulta. Y aunque le promet√≠ a mi madre que luchar√≠a a partir de ese momento para dejar la cocacola, lo cierto es que aprovech√© la primera oportunidad que se present√≥ para ir a comprar una de esas maravillosas cocas de litro que llenaban los refrigeradores en las tienditas de barrio. La beb√≠ con temor, pues imaginaba el az√ļcar almacen√°ndose en mi organismo, y a mi p√°ncreas dando de s√≠. Tan pronto como la termin√© (y fue muy pronto) regres√© a la tienda por la segunda, que apur√© pensando en mi t√≠o Antonio y en su fin inminente. ‚ÄúLa muerte es cosa muy seria‚ÄĚ, me dec√≠a y le daba un trago a la botella. ‚ÄúLa diabetes tambi√©n‚ÄĚ, pens√©, cuando sal√≠ de la tienda con una bolsa llena de cocas.

No sé cuántas tomé ese día, pero recuerdo que las vaciaba como un poseso en la sala de mi casa. Cuando me fui a acostar, las manos me temblaban ligeramente y escuchaba un fuerte zumbido en el interior del cráneo que sólo se interrumpió cuando me fui a dormir.

 

 

Reg√°lale una cocacola al mundo.

 

 

Hubo una temporada ‚ÄĒ¬°una sola!‚ÄĒ en la que s√≠ logr√© dejar la coca. No fue una decisi√≥n, ni ocurri√≥ como consecuencia de los constantes esfuerzos de mi familia para que me separara de aquel ‚Äúveneno‚ÄĚ. No hubo epifan√≠as, ni revelaciones m√≠sticas. Un d√≠a, simplemente, dej√© una botella por la mitad y dej√© de tomar. As√≠ de simple y misteriosa fue la transici√≥n.

Esto ocurri√≥ un par de a√Īos despu√©s de la muerte de mi t√≠o Keji, aunque no puedo decir que esto hubiera influido en el fen√≥meno. (Me hab√≠a bajado la amargura del duelo en dulces tragos, repetidamente, durante meses.) Por m√°s de un a√Īo llev√© una vida tranquila, llena de trabajo, fiestas, alg√ļn que otro encuentro ocasional con el sexo opuesto, y sin cocacola. Mi salud mejor√≥, baj√© de peso y mi rendimiento f√≠sico se increment√≥ considerablemente. Me sent√≠a libre, due√Īo de m√≠ mismo y ‚ÄĒa√ļn me sorprendo al recordarlo‚ÄĒ no era completamente miserable.

Despu√©s de los primeros meses recordaba con desenfado todos los terribles momentos que hab√≠a pasado intentando librarme de aquel yugo sin √©xito. Recordaba los s√≠ntomas del da√Īo que me hab√≠a hecho. Ten√≠a la presi√≥n alta, se me entum√≠an las manos cada vez que la beb√≠a, y estaba la maldita gastritis. Era dif√≠cil creer que despu√©s de tanto fracasar por fin era capaz de respirar sin ella.

Tambi√©n les confieso que era feliz ‚ÄĒpor momentos‚ÄĒ sabiendo que hab√≠a vencido el vicio. Aunque, debo confesarlo, una parte de m√≠ estaba consciente que pronto habr√≠a una nueva reca√≠da, y me resignaba un poco todas las ma√Īanas a esperar el evento. Adem√°s, lo confieso tambi√©n, una parte de m√≠ deseaba que la reca√≠da llegara pronto.

 

 

Hay una lata de Pepsi ahog√°ndose en una alberca. Desde la orilla, alguien le grita:

‚ÄĒ¬°Nada como una Cocacola!

 

 

Mi reencuentro con la cocacola no tard√≥ en suscitarse, tal y como lo sospechan ustedes ‚ÄĒy como lo sospechaba yo‚ÄĒ. Estuvo, adem√°s, acompa√Īado por la presencia femenina m√°s poderosa que llegar√≠a a mi vida. Conoc√≠ a Alejandra en una de las fiestas que organizaban mis amigos de trabajo (tambi√©n hab√≠a alcohol en √©stas, pero la diferencia de casi una d√©cada entre unas fiestas y otras hicieron que la cantidad de cerveza disminuyera y la cantidad de refresco aumentara considerablemente).

Mientras habl√°bamos, sus cabellos color negro cocacola se convert√≠an en un tormento tant√°lico. Le dije todo de m√≠, empezando, por supuesto, por mi afici√≥n a las bebidas carbonatadas. Brindamos en franc√©s: Alejandra hab√≠a vivido tambi√©n en Francia, casi en la misma √©poca en la que yo hab√≠a hecho mis estudios. Bailamos en colombiano ‚ÄĒo bail√≥ ella, yo me limit√© a admirarla con el coraz√≥n henchido‚ÄĒ y nos gui√Īamos los ojos en japon√©s. Aquel primer encuentro serio luego de mi separaci√≥n con Rosalba ‚ÄĒque no hab√≠a superado plenamente, a pesar de que hab√≠an pasado un par de a√Īos‚ÄĒ, me puso nervioso, pero pronto la sonrisa de Alejandra me hizo calmarme y, m√°s que eso, me dio la certeza de que me adentraba en una aventura llena de riesgos, cari√Īo y cocas.

Al final de aquella, nuestra primera noche juntos, me regaló un beso dulce y efervescente.

 

 

Destapa la felicidad.

 

 

Desde peque√Īo siempre tuve la impresi√≥n de que las botellas de coca eran femeninas. Quiz√°s por eso las relaciono con las pocas mujeres que han estado presentes en mi vida. La culpa de esta analog√≠a es, en parte, de mi padre, quien sol√≠a decirme que la coca hab√≠a dise√Īado sus envases bas√°ndose en una modelo de los a√Īos veinte. No s√© cu√°nto tiempo me grab√© la historia de la Pin-Up misteriosa, o cu√°nto la anhel√© durante la pubertad mientras acariciaba las curvas de mis coquitas, imaginando que eran las prominentes caderas de la dama de las camelias. Me tard√© miles de cocas hasta descubrir que la teor√≠a de mi padre era incierta: el envase que dise√Ī√≥ Earl Dean en 1915 se bas√≥ en las vainas del cacao: la forma redonda y las protuberancias, hac√≠an de aquel envase algo tan √ļnico que pod√≠as reconocerlo en la oscuridad. La coca no s√≥lo conquista el gusto, sino que seduce tambi√©n el tacto. No obstante, si bien la historia del cacao tiene su toque rom√°ntico y publicitario, no se compara en nada con la magia que pap√° insert√≥ en mis cocacolas. O eso me digo a veces, mientras acaricio una botella en lo oscuro y mi coraz√≥n viaja hacia pieles lejanas.

 

 

C√≥mo beb√≠ en los a√Īos siguientes, y c√≥mo sufri√≥ Alejandra por verme beber tanto. Fue una √©poca dif√≠cil, en parte porque apenas regresaban mis labios al dulc√≠simo contacto de la coca, y en contraparte porque desde el primer momento, casi desde el primer envase de 600 mililitros que nos tomamos juntos, ya me hab√≠a pedido Alejandra que la dejara. La tragedia estaba puesta. Pero debo decir que en verdad intent√© complacerla, hice todo lo que estuvo en mis manos: beb√≠ aguas de todos los colores, mezcl√© kool-aid con tang para crear sabores nuevos, ex√≥ticos, que lograran distraer mi paladar del sabor anhelado, del sabor que encocaba mi mente sin importar cu√°nto intentara distraerla. Llevaba el dinero contado a la tienda y a los supermercados para no tener suficiente para aquel ‚Äúme alcanza para una coquita‚ÄĚ con el que hab√≠a enga√Īado a mi cuerpo durante tanto tiempo. Fue in√ļtil. Siempre terminaba por beberme una al d√≠a, y cuando por alguna raz√≥n lograba evitarlo, al d√≠a siguiente compensaba con dos o tres, porque sent√≠a que las botellitas (ya de pl√°stico) eran capaces de sentir mi abandono. Mi traici√≥n. En vano fantaseaba con imitar aquellas leyendas de gente que dejaba de tomar de un d√≠a para otro, como de hecho me hab√≠a pasado una vez a m√≠ hac√≠a ya m√°s de un lustro, en un acto que era ‚ÄĒahora no me queda la menor duda, poco menos que milagroso.

Por su parte, la coca segu√≠a haciendo estragos en mi cuerpo y yo segu√≠a administr√°ndome los remedios m√°s variados. Com√≠a menta, yerbabuena y dos frascos de omeprazol al mes para contrarrestar la gastritis y el reflujo que de cuando en cuando volv√≠a a afectar mis pulmones. Empec√© a hacer ejercicio para justificar el consumo del az√ļcar, pues el miedo a la diabetes era un fantasma que segu√≠a quit√°ndome el sue√Īo. Un terapista me cobr√≥ diez sesiones para despu√©s decirme que lo que yo necesitaba era mucha fuerza de voluntad. Fue como si me hubiera dado un balazo.

Alejandra hizo todo lo que pudo para ayudarme: nunca bebi√≥ refresco, preparaba aguas de sabores inefables, con frutas de colores, texturas y aromas que me transportaban al otro lado del mundo. Por desgracia, lo √ļnico que consigui√≥ con este acto filantr√≥pico fue que yo desarrollara el h√°bito de comprar cocas que escond√≠a en nuestra casa, en la cochera, en el jard√≠n y hasta en el tejado, pues me daba la peor de las verg√ľenzas verla esforz√°ndose, y que su esfuerzo no tuviera impacto en mi apetito. El empleo de oficinista que ten√≠a entonces ‚ÄĒque conservo todav√≠a‚ÄĒ, me imped√≠a hacer viajes largos que pudiera acompa√Īar con una cocacola. Y era peor porque el comedor de la empresa, cosa rara, no surt√≠a bebidas azucaradas, atendiendo a cierta pol√≠tica de salud que yo odiaba con fervor canino.

Por eso me ve√≠a obligado a beber a escondidas, como un vil ladronzuelo reincidente, cuando volv√≠a a casa. Alejandra se dio cuenta pronto de esto ‚ÄĒla mujer amada es capaz de leer la mente, el coraz√≥n y hasta la panza de un coquero‚ÄĒ, y no tard√≥ en rebuscar por la casa, encontrando as√≠ todos mis escondites y vaci√°ndolos desalmadamente. La decepci√≥n, adem√°s, la llev√≥ a instruir a los tenderos para que dejaran de venderme: yo ve√≠a en sus ojos toda la buena voluntad de verme saludable, cuando les ped√≠a que me vendieran una peque√Īa, la m√°s infantil cocacola que tuvieran en refrigeraci√≥n, pero de nada serv√≠a que desgastara mi ret√≥rica en el pathos m√°s miserable: los tenderos me quer√≠an, adem√°s de respetarme, sinceramente me quer√≠an, y no traicionar√≠an mi salud. Rid√≠culos, malditos, enemigos. La cruzada contra mis cocacolas estaba pactada, y me vi obligado a salirme del trabajo para encontrar una tienda libre del estricto tratado que me imped√≠a comprar.

La colonia donde fundar√≠a mi nuevo santuario estaba cerca de un parque, lo cual me parec√≠a perfecto para permanecer sentado durante varios minutos, hasta una hora, a veces, disfrutando cada segundo de aquel l√≠quido entrando en mi cuerpo. En esa colonia compr√© las cocacolas m√°s culpables de mi vida, y en ese parque las beb√≠. O las escond√≠, pues no tard√© mucho en ganar la costumbre de comprar paquetes sellados de seis u ocho envases, en un in√ļtil intento por mesurar las que beb√≠a en una semana. Cav√© un pozo cerca de las ra√≠ces de un √°rbol muy viejo, engalanado por el musgo y una corteza de hongos monocrom√°ticos. Luego marqu√© el lugar con unas piedras, sinti√©ndome tan audaz como el Capit√°n Flint.

Todas las tardes sal√≠a del trabajo y corr√≠a a aquel Jard√≠n de las Delicias que hab√≠a escondido subrepticiamente de mi Alejandra. Era una l√°stima, pues era un rinc√≥n de la ciudad realmente bello. En vano mi sensibler√≠a vio a las parejas recost√°ndose en el pasto siempre verde, en d√≠as de campo inolvidables; en vano vi los novios en las bancas, prolong√°ndose de beso en beso hasta un futuro ilimitado. Yo sab√≠a que en el momento en que yo trajera a Alejandra a ese lugar, mi propio jard√≠n secreto estar√≠a perdido. Lo peor es que no hab√≠a un sitio igual en la ciudad ‚ÄĒhab√≠a buscado con empe√Īo‚ÄĒ, o siquiera otro espacio que pudiera servirme de refugio. As√≠, entristecido, resignado, regresaba a beber las cocacolas escondidas en el √°rbol pecaminoso, aquel √Ārbol de la Ciencia que me ofrec√≠a frutos nutridos por las m√°s oscuras sombras.

 

 

Naces

Creces

Tomas coca

Te enamoras

Tomas coca

en el cine

en el bar

en la cama de motel

(s√°banas sucias,
ropas regadas           latas
de aluminio carmín)

tomas coca afuera de la iglesia

mientras miras a tu vecina cambiarse la ropa

(brazos blancos, pezones espigados
con vocación de arándanos)

cuando dices palabras de amor

Hay coca en tu boda

y coca al sembrar la vida en el vientre de tu mujer
(que también tiene coca) nacen los hijos y hay coca en sus labios
casi tan r√°pido como hay leche. Los ves crecer y son d√≠as de j√ļbilo y coca
y en la salud y en la diabetes tomas coca

Mueres.

La gente toma coca en tu funeral.

 

 

Tan pura como la luz del sol.

 

 

No diré durante cuánto tiempo aquella rutina en el parque continuó surtiendo la anhelada cocacola, obligándome a vivir como un exiliado en pos de la negra libertad. Parejas vinieron, parejas pasaron, algunas cortaron y se reconciliaron un par de veces. De mí, sólo diré que me casé, escribí un par de libros y cambié de trabajo un par de veces. Bajo aquel árbol me bebí el estrés y la felicidad de mi boda, la derrota del despido en dos empleos, la alegría de un premio nacional de cuento, la publicación de mis primeros libros y, finalmente, cuando por fin había alcanzado la anhelada estabilidad laboral, la dicha genética de saber que iba a ser padre.

Apenas me dio la noticia, le prometí a Alejandra que la llevaría a cenar al restaurante más lujoso del estado, y que pasaríamos juntos una velada inolvidable. Modesta como era, aquella promesa no pareció afectar su ánimo siempre alegre. O quizás debería decir que le faltaba algo más para sellar aquel momento crucial en nuestras vidas, una promesa que se formó instantáneamente en mi cabeza pero que no me atreví a pronunciar todavía. Qué puedo decirles: no estaba listo.

Esa misma tarde me dirig√≠ al parque a satisfacer mi boca ahora que mi coraz√≥n se hallaba pleno. Para ese entonces ya guardaba dos, tres, y hasta cuatro cocas en el √Ārbol de la Ciencia, as√≠ que no necesitaba adquirir m√°s. Llegu√© al sitio de siempre, decidido a vaciar todas las botellas dram√°ticamente durante la hora que me quedaba antes de que cayera la noche y tuviera que volver a casa ‚ÄĒdeb√≠a ser exacto con el tiempo si no quer√≠a despertar sospechas‚ÄĒ. Descubr√≠ entonces que la desgracia hab√≠a tocado mi santuario: alguien hab√≠a encontrado mi escondite y se hab√≠a bebido todas mis cocacolas, dejando tan s√≥lo las botellas vac√≠as, alineadas sim√©tricamente como l√°pidas.

No hab√≠a una nota, o se√Īal alguna que me indicara qui√©n hab√≠a sido el ladr√≥n. No pod√≠a saber si hab√≠a encontrado mi escondite por accidente, o si me hab√≠a estado vigilando con paciencia, el desalmado, para quitarme aquel momento del d√≠a en que verdaderamente era feliz, sin hacerle da√Īo a nadie m√°s que a m√≠ mismo. Empec√© a dar vueltas por el parque, sin esperanzas, tratando de encontrar algo sospechoso; aunque en realidad, lo que buscaba eran los vestigios de alguna cocacola superviviente. Vi mi reloj, apenas tendr√≠a tiempo de ir a la tienda y comprarme una coquita para beber en el camino, pues ya el santuario arb√≥reo estaba mancillado y sab√≠a que no podr√≠a volver a dejar mis provisiones ah√≠. Era el fin de una √©poca dorada y, en verdad, derram√© alguna l√°grima por la p√©rdida.

El recuerdo de mi primogénito se vio así manchado por el hurto.

 

 

Come. Bebe. Vive.

 

 

Hace unos meses, luego de casi dos d√©cadas sin verlo, me encontr√© con el padre de Marisol en un restaurante de Guadalajara. Yo iba por motivos de trabajo, y hab√≠a aprovechado un espacio temporal para detenerme en un local al borde de la carretera antes de ir a una reuni√≥n. El hombre ven√≠a de regreso de unas largas vacaciones. Iba acompa√Īado por una muchacha guap√≠sima ‚ÄĒse hab√≠a divorciado de su mujer hac√≠a m√°s de cinco a√Īos‚ÄĒ que era claramente m√°s joven que yo. Argumentando la falta de tiempo, rechac√© su invitaci√≥n a unas cervezas y, en cambio, les propuse que nos sent√°ramos a beber unas cocacolas.

Hacia la mitad de la conversación, me dio una fuerte palmada en la espalda y me abrazó, como si fuéramos viejos amigos.

‚ÄĒEste cabr√≥n se qued√≥ encerrado en la cochera de nuestra casa, hace qu√©, ¬Ņ20 a√Īos? ¬ŅM√°s? Lo estaba checando desde la ventana del cuarto, porque ya sab√≠a que estaba en el cuarto de la Mari. Te meti√≥ debajo de la cama, ¬Ņno?

‚ÄĒEn el cl√≥set, en el cl√≥set ‚ÄĒdije, con el olor viejo de la madera despertando en mis poros.

‚ÄĒ¬°Claro! Si era bien grande. En la madrugada me asust√© porque no sal√≠as. Pens√© que te ibas a quedar a vivir con nosotros. Pero cuando me asom√© a la cochera lo vi batallando porque se qued√≥ encerrado. Entonces fui a la puerta y le avent√© la llave para que pudiera salir. ¬°Como un mal ladr√≥n, te viste!

Eso dijo. Los tres nos quedamos riendo.

 

 

Todo va mejor con Cocacola.

 

 

Durante los d√≠as siguientes me decid√≠ a resolver el misterio. Como siempre, fui a la tienda para comprar mi bolsa de cocas y beb√≠ un par al amparo del √Ārbol de la Ciencia. Hab√≠a llegado algunos minutos con anticipaci√≥n, y durante todo el tiempo estuve muy atento a mis alrededores, por si acaso lograba detectar alg√ļn indicio o conducta sospechosa en los vecinos, o en las parejitas de enamorados a quienes ya llegaba a saludar, acostumbrados como est√°bamos a vernos todas las tardes. Pero no hab√≠a nada que delatara al ladr√≥n. Ning√ļn indicio de que fuera alguien frecuente, o de que volver√≠a al parque. Las coloqu√© en el mismo hueco de siempre y me fui a casa.

Durante varias tardes regres√© al lugar, e incluso el fin de semana, argumentando alg√ļn paseo, me fui desde temprano para espiar el √Ārbol de la Ciencia. Nada. Las personas ni siquiera se acercaban al espacio que circundaba el √°rbol, que hab√≠a elegido precisamente porque estaba fuera del sendero y porque no resultaba atractivo en su vejez. En un momento llegu√© a convencerme de que el evento hab√≠a sido arbitrario. Pero cuando fui al hueco para beber una de las cocas guardadas ‚ÄĒcomo una celebraci√≥n porque todo hab√≠a sido una falsa alarma‚ÄĒ, confirm√© mis peores sospechas, pues al llegar encontr√© mis botellas nuevamente alineadas y terriblemente vac√≠as. Les hab√≠an arrancado la etiqueta, lo cual resaltaba su desnudez y, en consecuencia, el ultraje. Esta vez, sin embargo, hab√≠a una nota con una caligraf√≠a exquisita a un costado de las botellas: ‚ÄúCuando lo deseemos, las beberemos‚ÄĚ, dec√≠a el oscuro epitafio. Mi jard√≠n secreto, mi bodega pecaminosa y liberadora estaba acabada. Ya no podr√≠a volver a aquel sitio, tendr√≠a que volver a la pr√°ctica de esconderlas en el auto, en el jard√≠n de la casa, en los cajones de la ropa, escondites que ser√≠an pronto descubiertos por Alejandra y, por lo tanto, desterrar√≠an la paz de nuestro hogar.

Cabizbajo, recog√≠ las botellas y me alej√© del √Ārbol de la Ciencia: lo abrac√© para darle las gracias, como al m√°s leal centinela. Me alej√© de √©l arrastrando los pies.

 

 

Muchas de las cosas de esta vida las puedes medir en cocacolas. Por ejemplo, siempre dije que el tiempo que le tomaba a dos personas conocerse, enamorarse y aborrecerse cab√≠a en mil, m√°ximo mil doscientas. A√ļn m√°s, cada relaci√≥n que llegara m√°s all√° de las mil quinientas cocas durar√≠a para siempre. Compart√≠ esta teor√≠a con mis parejas en distintas etapas de la relaci√≥n. Alguna se burl√≥, dici√©ndome que no dejar√≠amos de tomar coca juntos. Nos separamos en la 140. Otra se molest√≥, diciendo que estaba banalizando los sentimientos, y se separ√≥ de m√≠ esa misma noche al fr√≠o de la coca 73. S√≥lo Alejandra se tom√≥ en serio mi postulado, aunque hizo una correcci√≥n puntual.

‚ÄĒMil quinientas ‚ÄĒme dijo‚ÄĒ, los que han ardido m√°s de mil quinientas cocacolas nada tienen que temer del tiempo.

 

 

Cocacola es así.

 

 

Mi hijo nació en abril y, con él, una renovada decisión de abandonar la cocacola para siempre.  No lo hice de manera inmediata: esperé un par de semanas a que pasara la euforia inicial, pues quería que aquel decreto fuese definitivo. En junio se lo dije a Alejandra, quien no se sorprendió en lo más mínimo cuando le prometí que dejaría una bebida que, técnicamente, no había bebido en meses. En cambio, me ofreció su apoyo y, por un momento, su mano apretando la mía pareció convencerme de que lograría abandonar mi vocación de coquero.

El d√≠a que tom√© la resoluci√≥n vaci√© todos mis escondites y tir√© casi una docena al excusado. Me duelen los dedos al escribirlo: Litros de mi amada coca al escusado. Quiz√°s sea dif√≠cil simpatizar con mi dolor, pero pido que imaginen la escena: derramaba lenta y met√≥dicamente el l√≠quido en el ba√Īo, la espuma sub√≠a por la cer√°mica como si hirviera en los aceites primordiales. Llam√°ndome, implorante. Pero yo no pod√≠a flaquear: ahora que otro ser depender√≠a de mi vida ten√≠a que alejarme de ella, era una cuesti√≥n de supervivencia. De honor.

Con cu√°nto esfuerzo derram√© hasta la √ļltima gota en aquel infame inodoro, tratando de imaginar que la cocacola era el negro combustible que avivaba el fuego de mi decisi√≥n. Cuando hube terminado, llev√© la bolsa de envases al contenedor de basura m√°s lejano de mi calle, y me desped√≠ de ellos con una sutil reverencia.

Luego volví a casa sin prestar atención al paisaje, pues no quería ver nada que pervirtiera la solemnidad del momento. Alejandra me esperaba en la puerta.

‚ÄĒMe siento muy orgullosa de ti ‚ÄĒme dijo, sonriente. Una parte horrible de mi interior no me permiti√≥ apreciar lo hermoso de sus palabras. Me dio un abrazo. Me guio, casi, al interior de nuestro hogar.

Apenas entramos abrac√© al ni√Īo, a mi ni√Īo que temblaba como un sapito feo entre mis manos, desencocando mi fuerza de voluntad.

 

 

Donde quiera que estés, sin importar lo que hagas, piensa siempre en cocacola.

 

 

Durante un encuentro de poes√≠a en la ciudad de Guadalajara, me encontr√© con estos versos pintados con aerosol en una barda cercana al Hospicio Caba√Īas.

 

Ni√Īa: toma cocacola.

¬°Toma cocacola!

Mira que no hay más metafísica en el mundo

que la de una cocacola.

Mira que todas las religiones no ense√Īan

m√°s que lo carbonatado.

¬°Bebe, ni√Īa sucia, bebe!

¬°Si pudiera yo beber cocacola con la misma verdad

con que t√ļ la bebes!

 

Cuando los vimos, Alejandra me jal√≥ del brazo y me dijo, en tono burlesco, ‚Äúeste poeta quiere la coca m√°s que t√ļ‚ÄĚ. Me qued√© contemplando los versos unos minutos. Era imposible. Luego le di un trago a mi coca: ‚ÄúNo soy nada. Sin ti, nunca ser√© nada‚ÄĚ. Pens√©.

 

 

Toma una coca y sonríe.

 

 

Aquella hubiera sido, lo juro, la primera vez que dejaba la cocacola armado solamente de mi fuerza de voluntad. Mi esp√≠ritu flaqueaba, sin duda, pero estaba convencido de que lograr√≠a dejarla si me volv√≠a capaz de decirle ‚ÄúNo‚ÄĚ a mi subconsciente en los primeros d√≠as. Hubiera sido, pero quiso el azar ‚ÄĒque no es sino un pseud√≥nimo del destino‚ÄĒ que a la mitad de aquella primera noche una idea empezara a pulsar en mi cabeza. Al principio era diminuta ‚ÄĒcomo un ratoncito‚ÄĒ, indigna de prestarle la menor atenci√≥n; pero conforme los cabellos de la oscuridad fluyeron en mi habitaci√≥n, la idea fue creciendo hasta que ocup√≥ la totalidad de mis pensamientos.

¬ŅY si me tomaba una √ļltima?

Era una idea absurda. Lo sab√≠a. No era sino un pretexto de mi vicio ‚ÄĒ¬Ņcomprenden ya por qu√© puedo llamarlo as√≠, vicio, con todas las letras de la palabra?‚ÄĒ. Lo sab√≠a. Y de buena gana la hubiera desechado de no haber sido que no era absurda. No era un pretexto. Era algo m√°s. M√≠stico. Inmenso. Una √ļltima cocacola. The Last Kiss. Un √ļltimo encuentro antes de dejar que siguiera su camino y yo reemprendiera el m√≠o. Ten√≠a tanto sentido. Y conforme avanz√≥ la noche cobr√≥ m√°s sentido a√ļn, pues la idea de no sentir ya jam√°s la espuma colm√°ndome los labios se me antojaba insoportable. Nunca m√°s aquel sonido musical de la espuma saltando del vaso. Nunca m√°s aquel color que era profundo como el silencio que preced√≠a al acto amoroso. ¬ŅNunca m√°s?

Empecé a temblar.

Pronto me convenc√≠ de que sin aquella coca no podr√≠a seguir adelante. Mastiqu√© las s√≠labas, colmadas de sentimientos. La-√ļl-ti-ma-cocacola. Con mucho cuidado abandon√© el lecho y, con la vergonzosa excitaci√≥n del ad√ļltero, me dirig√≠ a una de las pocas tiendas de autoservicio que iluminaban la ciudad por las noches. Intent√© convencerme todo el camino de que aqu√©lla ser√≠a la √ļltima de mi vida. Nunca m√°s estar√≠a esclavizado por las curvas femeninas o por el color verdiazul o por la f√≥rmula secreta que pas√≥ casi un siglo en una b√≥veda bancaria y que ahora resid√≠a en Atlanta, la meca del siglo XX. Exclam√© cuando tom√© las llaves del coche. Nunca m√°s sufrir√≠a desvelos por el exceso de cafe√≠na, me dije cuando llegu√© a la tienda. Nunca m√°s permitir√≠a que mi salud decayera con su beso demasiadamente dulce, repet√≠ cuando me acerqu√© al refrigerador. Nunca m√°s pues de ahora en adelante llevar√≠a una vida sana, por mi hijo, por Alejandra, y por m√≠ mismo, por el futuro que quer√≠a que nos di√©ramos juntos.

Nunca más, juré, mientras pagaba las doce cocacolas en caja.

 

 

√Ā la recherche du coca perdu.

 

 

Una vez, pasados varios meses, volv√≠ al √Ārbol de la Ciencia en un arranque de nostalgia. Permanec√≠ sentado durante una hora ‚ÄĒquiz√°s dos‚ÄĒ en una de las bancas que se alineaban frente al √°rbol, observando el lugar. Quiz√°s como una revancha por aquel misterio no resuelto. Lamento decirles que no vi llegar a nadie ‚ÄĒera de esperarse: hab√≠a pasado mucho tiempo‚ÄĒ, lo cual sellar√≠a para siempre la oscuridad que envolvi√≥ al evento de mis coquitas robadas.

Lo que s√≠ ocurri√≥ fue que, al llegar al hueco donde sol√≠a dejarlas, me encontr√© con un envase de una coca de seiscientos. Estaba lleno y, por supuesto, su contenido todav√≠a serv√≠a. Encima de la etiqueta roja llevaba una peque√Īa nota, escrita en una caligraf√≠a familiar.

‚ÄúTe extra√Īamos. ¬ŅPor qu√© no has vuelto?‚ÄĚ.

 

 

Saborea el sentimiento.

 

 

Fue la primera y √ļltima vez en mi vida que beb√≠ doce cocacolas seguidas, todas al amparo de la luna en la acera de mi casa. Recuerdo que las √ļltimas estrellas bailaron unos momentos en su trono estelar, y me hicieron recordar todas las latas de cocacola que viajaron al espacio, que todav√≠a flotaban en √©l, acompa√Īando a los astronautas. Alc√© la botella de pl√°stico medio llena y compar√© su color con el de la noche; al beberla, imagin√© que me estaba fundiendo yo mismo con aquella oscuridad.

Cuando bebí la duodécima, un zumbido estalló dentro de mi cabeza y me hizo perder el conocimiento.

 

 

Cocacola, por siempre.

 

 

Finalmente ocurrió lo que todos estábamos esperando: mi cuerpo cedió a la dulzura de mis cocacolas.

Lo que sigui√≥ a aquel desmayo en la acera de mi casa fue una visita r√°pida de la ambulancia, un susto irreparable de mi familia y un dolor de cabeza que me acompa√Ī√≥ durante varios d√≠as. Tambi√©n el zumbido fue constante. En los d√≠as posteriores tuve visi√≥n borrosa. Mareos. Cambios en la temperatura corporal. Dolores en el pecho.

‚ÄĒSe√Īor Ruvalcaba, usted es hipertenso.

Ese d√≠a entend√≠ que algunas enfermedades no exigen compasi√≥n: la gente asume autom√°ticamente que es tu culpa; por lo tanto, es mucho m√°s f√°cil que te digan, ‚Äúes lo que te buscaste con la vida que llevabas‚ÄĚ, a que demuestren simpat√≠a por tu nueva condici√≥n de enfermo. T√ļ tambi√©n, antes de permitirte sentir la enfermedad, entras en un estado culposo que te hace mirar a tus seres queridos con algo de verg√ľenza. ‚ÄúLes fall√©, perd√≥nenme‚ÄĚ, ten√≠a ganas de decirle a Alejandra. Aunque en realidad no hab√≠a sido intencional: de haber sido por m√≠, habr√≠a bebido dos o tres veces m√°s cocacola sin enfermarme, pero las cosas no funcionan as√≠.

‚ÄĒTendr√° que tener muchos cuidados a partir de ahora ‚ÄĒme dijo el Dr. Ram√≠rez, joven m√©dico que se ocup√≥ de recibirme en el hospital‚ÄĒ. Cambiar√° sus h√°bitos alimentarios. Empezar√° una rutina de ejercicios continua. Tendr√° que comer m√°s verduras‚Ķ

Mientras el doctor me daba la larga descripci√≥n de procedimientos que seguir√≠a en mi nueva vida de enfermo, yo sent√≠a que Alejandra oprim√≠a mi mano, haciendo preguntas que a m√≠ no se me hubieran ocurrido acerca de los cuidados que deber√≠a adoptar a partir de ese momento. Mir√© a trav√©s de la ventana. Pens√© en el ni√Īo que dorm√≠a a su lado, al amparo de la mecedora: ¬Ņqu√© ser√≠a de √©l con un padre que hab√≠a enfermado tan pronto de hipertensi√≥n?

M√°s de una vez se mencion√≥ la palabra diabetes, y aquella ‚ÄúD‚ÄĚ endemoniada hizo eco en lo m√°s profundo de mis miedos. Finalmente, el m√©dico sentenci√≥ la advertencia estelar que estaba esperando.

‚ÄĒYa no puede seguir tomando coca.

‚ÄúNo m√°s cocacola‚ÄĚ, pobre, ingenuo Dr. Ram√≠rez. Si tan s√≥lo hubiera sabido que para m√≠ aquellas tres palabras eran la √ļnica combinaci√≥n que no pod√≠a concebir o aceptar en la lengua espa√Īola. Eran, adem√°s, una corta invitaci√≥n al fracaso. Intent√© dec√≠rselo, pero la mano de Alejandra, acariciando la m√≠a con amor, me detuvo.

Por sugerencia del médico, acordamos que me quedaría en casa un par de días, pues mi presión sanguínea y mi ritmo cardiaco tenían que estabilizarse. Cuando terminó de dictar sentencia, le dimos las gracias y salimos del consultorio. Alejandra caminaba a mi lado, tocando mi brazo de vez en cuando, mientras empujaba la carriola. No me reprochó nada. Si alguna incomodidad sentía, la guardó para sí misma.

De regreso en casa me quedé parado en la ventana, mirando los árboles familiares del barrio, el cancel que conducía a la calle. Pensaba en mi mujer y en la noche anterior.

Y, Dios mío, pensaba en el tiempo que pasaría antes de que pudiera escabullirme a beber otra cocacola.

 

 

Repartiendo felicidad desde 1886.

 

 

Seguí bebiendo, seguí padeciendo de mi gastritis y todos los males que conlleva (taquicardias, problemas respiratorios cada vez más severos, dolores en el pecho que me hacían retorcerme cada vez que estornudaba), seguí escuchando aquel terrible zumbido que, como mi doctor me alertaba con malicia, era la premonición de las trompetas celestiales que ya anunciaban mi ascensión. Las visitas al médico se hicieron frecuentes, lo cual resultaba nuevo para mí pues, salvo las continuas molestias ocasionadas por la cocacola, rara vez enfermé de algo.

Ahora bien, no quiero que se piense que, en el tratamiento de mi enfermedad, fui siempre un irresponsable. Porque lleg√≥ un momento ‚ÄĒluego de, quiz√°s, ocho meses de escuchar los rega√Īos cada vez m√°s consistentes del Dr. Ram√≠rez‚ÄĒ en que me decid√≠ a tomar cartas en el asunto. Fue un momento epif√°nico: sal√≠ del consultorio avergonzado por la voz severa ‚ÄĒgrito, casi‚ÄĒ del joven m√©dico, anunci√°ndome que si me quer√≠a morir, pod√≠a procurarme un tratamiento para morir dignamente. As√≠ no perder√≠amos el tiempo ni √©l ni yo. Atend√≠ la mayor√≠a de las indicaciones de mi m√©dico sobre qu√© deb√≠a y qu√© no deb√≠a comer. Segu√≠ un r√©gimen alimentario riguroso, y una rutina de ejercicios que nuevamente me hizo ponerme en forma. Con el sudor y el acondicionamiento de mi cuerpo, la hipertensi√≥n cedi√≥, y aquel molesto zumbido se interrumpi√≥ s√ļbitamente. Pero jam√°s dej√© la coca y, en consecuencia, la gastritis no lleg√≥ a ceder. Ante esto, pronto me acostumbr√© a todas las dolencias que ven√≠an con mi consumo desmedido de mi ‚ÄĒahora‚ÄĒ negra chula, como si √©stas fueran mi penitencia fatal (y necesaria). Por el contrario, aquel a√Īo, mis problemas g√°stricos empeoraron a niveles nuevos, que desencadenaron un achaque que no hab√≠a conocido nunca.

 

 

Donde cabe una coca, caben dos.

 

 

Un d√≠a, sin raz√≥n aparente, tuve un ataque de hipo que me dur√≥ horas. Al principio, por supuesto, no me import√≥. Y si bien me irritaron las contracciones tor√°cicas, supuse que beber agua ser√≠a el remedio suficiente para controlarlo ‚ÄĒas√≠ me hab√≠a pasado antes‚ÄĒ. Pero el remedio h√≠drico no surti√≥ efecto. A√ļn m√°s, conforme pasaba el tiempo, el hipo parec√≠a empeorar. Acud√≠ inmediatamente al segundo batall√≥n que conoc√≠a: el omeprazol, pero aunque me tom√© dos p√≠ldoras simult√°neamente ‚ÄĒuna pr√°ctica que hab√≠a encontrado funcional casi una d√©cada antes‚ÄĒ, el hipo sigui√≥ atacando, en intervalos regulares y amenazantes. Hacia la cuarta hora, resolv√≠ que acudir√≠a al hospital. Nada m√°s al verme, el Dr. Ram√≠rez puso su cara de fastidio, y me trat√≥ con la actitud hastiada de quien est√° perdiendo su tiempo. No obstante, hacia la mitad de la consulta, su rostro cambi√≥, y me hizo notar que hab√≠a perdido mucho ‚ÄĒdemasiado‚ÄĒ peso. Yo, que lo hab√≠a atribuido a mis avances atl√©ticos, le hice saber que la rutina de ejercicios hab√≠a tenido el efecto esperado. Quiz√°s era m√°s delgado de lo que hab√≠amos anticipado, pero la situaci√≥n era agradable. Pero Ram√≠rez no se convenci√≥: revis√≥ mi boca y palp√≥ mi cuerpo, haciendo muecas poco esperanzadoras mientras me revisaba. Me pregunt√≥ si en tiempos recientes hab√≠a tenido problemas para deglutir. Le respond√≠ que s√≠, pero que no era algo tan molesto. Me orden√≥ hacerme una serie de ex√°menes, me dio un tratamiento que me quit√≥ el hipo en cuesti√≥n de otro par de horas y me entreg√≥ (una vez m√°s) su tarjeta, con la estricta instrucci√≥n de que le llamara en cuanto tuviera los resultados. Sal√≠ de la oficina molido, pues hab√≠a reconocido signos de alarma en el rostro del doctor, que ten√≠a tan estudiado. En los d√≠as siguientes, me hice los estudios.

Y esperé.

 

 

Me operaron en septiembre. El Dr. Ram√≠rez, personalmente, se encarg√≥ de la remoci√≥n de un tramo de mi es√≥fago afectado por c√©lulas cancer√≠genas, por lo que tuve que alimentarme con un tubito durante varias semanas. Durante todo este tiempo, en el hospital, me visitaron pr√°cticamente todos los coqueros cercanos a mi vida. Mi madre, quien se culp√≥ varias veces por no haber cuidado lo suficiente de mis h√°bitos. Mi padre, ya diab√©tico, que me rega√Ī√≥ durante toda la visita por no haber cuidado lo suficiente de mis h√°bitos. T√≠os, primos, amigos, e incluso un vecino, que me pregunt√≥ si quer√≠a que me trajera ‚Äúalgo‚ÄĚ para la pr√≥xima vez que lo visitara. Cuando me llev√≥ la coca casi le beso la mano. Por desgracia, apenas le di un trago, sent√≠ un dolor en el pecho que casi hizo que me desmayara. El pobre vecino guard√≥ la coca en su mochila y se despidi√≥ de m√≠, avergonzado, como quien se niega en el √ļltimo momento a administrar la eutanasia. No tuve palabras para decirle que se quedara. O que la dejara ah√≠, para olerla al menos. S√≥lo pude cerrar los ojos para controlar el achaque, y pens√© con horror que aquel era, probablemente, el momento inevitable del adi√≥s. No m√°s cocas, me dije esa noche, mientras Alejandra dormitaba en una peque√Īa silla, recargando su cabeza en mi colch√≥n, murmurando palabras ‚ÄĒy reproches‚ÄĒ de amor. Cuando por fin me dieron de alta, luego de una letan√≠a de recomendaciones que promet√≠ seguir al pie de la letra, le hice la pregunta inevitable al Dr. Ram√≠rez. ‚Äú¬ŅCu√°ndo podr√© volver a tomar cocacola?‚ÄĚ.

‚ÄĒUsted sabe, se√Īor Ruvalcaba, cu√°nta urgencia tiene por morirse.

 

 

Destapa el Big Bang.

 

 

Para cuando volv√≠ a casa, hab√≠a perdido mi trabajo y mi capacidad de alimentarme de cosas s√≥lidas con la misma facilidad de antes. Muchas otras cosas cambiaron y de m√°s est√° decir que tuve que interrumpir mi consumo de cocacola. Pas√© largas tardes viendo el cami√≥n rojo pasar, como un jinete del acocalipsis, frente a la ventana de mi cuarto. En vano a√Īor√© probarla, pasearla de un lado a otro de mi boca s√≥lo para que me quedara el gusto, la sensaci√≥n de la espuma. Alejandra vigilaba mi alimentaci√≥n de cerca y yo mismo, acobardado por la enfermedad, alejaba todos mis pensamientos de la coca, casi de manera inmediata. Estaba resignado a que el tiempo pusiera las cosas en su lugar y a que, en un acto de justicia, me regresara al negro abrazo de aquel, mi veneno.

 

 

Todo cay√≥ en su lugar. Pasados unos meses, en el primer cumplea√Īos de mi primog√©nito, me atrev√≠ a darle un traguito a la coca de mi padre, gan√°ndome la animadversi√≥n de toda mi familia para el resto de la fiesta. Pero no me import√≥: fue como un beso que llegaba de otro mundo. Aquel momento fue la arist√≠a que dividi√≥ lo que hab√≠a sido mi vida de lo que ser√≠a en adelante, y me oblig√≥ a definir qui√©n iba a ser yo a partir de entonces, c√≥mo quer√≠a que me recordaran en la posteridad las personas que me amaban y aquellas personas que llegaran a leerme.

Era el momento m√°s importante de mi vida.

El fin de semana siguiente a la celebraci√≥n, a la hora del desayuno, me acerqu√© a mi mujer dispuesto a terminar con aquel martirio coqu√≠stico de una vez por todas. Dispuesto a hacer el trato definitivo por el bien de nuestra relaci√≥n. La encontr√© en la mesa, d√°ndole de comer al ni√Īo: todas las promesas de una vida se concentraron en aquella escena. En la cocina se cocinaban unos tacos de reques√≥n. El aroma del aceite y la tortilla llenaban toda la casa. Me acerqu√©, puse mi dedo en la mano del ni√Īo, y dej√© que lo apretara. Luego me sent√© frente a ellos con √°nimos renovados. Estaba listo. La mir√© a los ojos.

‚ÄĒAlejandra: jam√°s dejar√© la coca ‚ÄĒluego, con voz m√°s clara‚ÄĒ. No m√°s secretos. No m√°s escondites. Tenemos que aprender a vivir con eso.

Y me sonrió.

 

 

Dale un trago a tu destino.

 

 

Han pasado tres a√Īos desde entonces y, al contrario de lo que pueda esperarse de m√≠, esta vez cumpl√≠ con mi resoluci√≥n: ya nunca he intentado dejar la coca. Me gustar√≠a decir que aprend√≠ a beber moderadamente, o alguna otra cosa que le agregue un car√°cter moral a esta historia. Pero no hay m√°s que decir. He bebido, he vomitado, mi cabeza se ha llenado de abejorros, y he vuelto a beber. (Aunque, lo confieso, el miedo a la muerte ha sido lo suficientemente grande como para dejar las cocas a la mitad casi siempre.) La vida sigue, tirando para adelante. Y con ella voy tirando latas, botellas de vidrio y botellas de polietileno tereftalato que son las migajas de pan con las que sigo el camino de mi memoria, coca a coca, de principio a fin.

Quiz√°s hay una moraleja: Cocacola es la chispa de la vida.

He tenido reca√≠das un par de veces a causa de mi tensi√≥n arterial, eventos provocados ‚ÄĒaseguran mis doctores‚ÄĒ por el consumo de refresco. (Lo dicen as√≠, en general, acostumbrados ya a mi sordera temporal y voluntaria cada vez que alguien menciona negativamente la coca). La gastritis me ha hecho volver s√≥lo una vez al hospital. Hab√≠a pasado tanto tiempo que el Dr. Ram√≠rez instruy√≥ a las enfermeras para que me trataran bien, como un viejo cantinero consumido por la nostalgia del cliente pr√≥digo. A m√≠ s√≥lo me contenta saber que tantito veneno no mata. Por eso bebo un poco en las ma√Īanas, antes de ir al trabajo, bebo en la comida o antes de leer o despu√©s de escribir algo importante o mientras escribo estas l√≠neas o mientras las borro y las vuelvo a escribir, por el mero placer de escribir y beber cocacola.

Ahora es de noche, mi botella se vacía. Quizás me vaya a dormir, o quizás abra otra coca y escriba otra cosa,

o lea otra cosa,

o sólo sienta el tango del carbono en mis labios,

sin pensar

en m√°s

nada.