Revista Anestesia

𝙴𝚕 𝚍𝚘𝚕𝚘𝚛 𝚜𝚎 𝚚𝚞𝚒𝚝𝚊 𝚌𝚘𝚗 𝚕𝚎𝚝𝚛𝚊𝚜

El Rencuentro

Autor: Jaime Martínez

Julio 2021

 

Como en los últimos años se sentó en la banca derecha, de la entrada oriental del parque. Incrustó su débil y encorvada espalda en el metal de la banca. Sentado, hizo un inventario mental de todos los cuadros que había creado. Una sensación de nostalgia vino con el recuerdo de su primera exposición. De repente la banca ya no era tan cómoda. Al recorrer el parque con la mirada, algo le llamó la atención, fijó su vista en un anuncio de fotocopia pegado en el poste. Sintió que los recuerdos se bajaban como uno solo al estómago, para después sentirlos subir al cerebro mientras leía: “Se vende pintura en óleo”, “sólo se darán informes personalmente”. Concentró la mirada en la imagen fotocopiada de la pintura, memorizó la dirección y se fue con la convicción de ir a la mañana siguiente. El resto de la tarde Mauricio vio la imagen del cuadro entre pensamientos. Toda la noche sintió como los ojos de ninfa retratada lo retaban a recordar en dónde y cuándo había realizado esa pintura.

 

Tocó el portón de madera estilo colonial. Abrió la puerta una mujer cincuentona con la vista fija en sus ojos, sus labios balbucearon su nombre ¡Mauricio! Él siguió estático, ahí estaban los dos, mirándose mutuamente, obsequios perdidos de añoranzas extraviadas de alguien, o de algo. Mauricio, con una velocidad sorprendente que impedía cualquier entendimiento, se dirigió adentro a la casona de fuertes paredes de tezontle. La mujer lo fue siguiendo invitándolo entre agravios e insultos. Mauricio intrigado y aturdido salió de la casa escuchando entre sus pasos miles de voces las cuales le preguntaban: cuándo había realizado aquella pintura.

Se dirigió hacia el trasporte público, se bajó en Tlalpan en la altura de la zona de hospitales. Concentró sus pasos al hospital psiquiátrico de san Fernando. En la entrada, el agente de seguridad lo recibió con la misma mirada con la que lo vio partir en la mañana.  Dos uniformes blancos lo recibieron por los brazos. Lo dirigieron hacia un sofá muy blanco manchado de líquidos amarillentos. Le descubrieron sus antebrazos para inyectarle un líquido pulposo de color casi transparente.

Un día recordó el día que comió pastel con su hija, al siguiente día recordó cuando jugó en un columpio con ella y vio como salió expulsada con dirección al pavimento. Después de dos días vio su muerte. Un día antes de ver su muerte, vio su imagen en una pintura.

 Sintió el líquido pulposo en las venas, las voces ya eran más claras y obtuvieron respuesta.