Revista Anestesia

𝙴𝚕 𝚍𝚘𝚕𝚘𝚛 𝚜𝚎 𝚚𝚞𝚒𝚝𝚊 𝚌𝚘𝚗 𝚕𝚎𝚝𝚛𝚊𝚜

Hedonismo para principiantes

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Por Herles Velasco

16 Julio 2020

Me resulta curioso vivir con una generación que ama lo vintage al grado de crear nostalgias a través de herramientas que le son ajenas: sonidos, imágenes, letras, personas y personajes imperfectos; la añorada edad de oro que creímos haber abandonado en el siglo XIX, bien afianzado el romanticismo (y un poco como contrapeso), con la promesa de que en el futuro todo sería mejor, o más bien dicho, todos seríamos mejores, una era dorada más bien ficticia. Después el siglo XX con todas sus vanguardias revolucionarias que eran un reflejo de eso que ya no queríamos ser; más valía quemar los museos y olvidarnos del ayer: vivir, pensar, crear desde cero. Perdón, Marinetti, te hemos fallado.

Curioso vivir entre la masa que admira obras y creadores (inseparables) pero reprueba al eros y al tánatos que los formaron; sexo, drogas y rock and roll estampados en camisetas y tatuados en la piel como su mejor intento de contracultura y que sólo nos muestra que ya no es tal, un intento por adaptar la nostalgia a ciertos valores moralinos; Lennon y Mercury acaban descafeinándose en la psique de los fanáticos, porque ya no aspiramos a ellos, por más que el discurso grite que sí. ¿Qué habrían sido todos esos personajes si les hubiéramos quitado tanto deseo, inmoralidad y sombras y los hubiéramos producido en el folleo posmodernista de la corrección política, el victimismo o la moral de closet de los “rebeldes” modernos? El decimocuarto álbum de Queen se llama “Innuendo”, un verbo latino que puede traducirse como como “inmoral”, o de “conductas inadecuadas”.

Curioso ver tanta hipocresía en esta búsqueda por la identidad, lo rebelde y la decencia que tan bien hemos aprendido a conciliar, aunque en la realidad las buenas costumbres son las que acaban dictando las formas; la moral como acción, la rebeldía como discurso. Moral, pero no la de la naturaleza, como mencionó el gran López Velarde en algún reproche a Dios:

[…]

No me hieras ningún costado,
no me castigues a mi cuerpo
por haber vivido endiosado
ante la Naturaleza
y junto a los vertebrales
espejos de la belleza.

Yo reconozco mi osadía
de haber vivido profesando
la moral de la simetría.

Amé los talles zalameros
y el virginal sacrificio;
amé los ojos pendencieros
y las frentes en armisticio.

 

El hedonismo ya no es lo que era, la cultura de la satisfacción recae en la inmediatez, en otras ligerezas, otros divertimentos, en la palmadita en la espalda (medio parafraseando a Lipovetsky), peleamos por libertades ñoñas, gluten free. El goce ya no está pulsando en la entraña, cumplir la norma se ha convertido en deleite, somos rebeldes sin el esfuerzo (y los riesgos) que conlleva, punks de boutique, diría Camile de Toledo. Goce ficticio que ya advertía el poeta John Wilmont en algún momento del siglo XVII:

 

Podría amarte hasta morir,

me amarías con modestia,

y nunca a fuerza mientras viva,

puesto que te daría con gusto

lo que es prueba suficiente

de que entiendo del arte de amar,

odio esa cosa llamada “goce”

que es, sin duda, oficio rutinario,

que acaba con la vida y el ardor

de lo que llaman deseo

[…]

El placer vital es hoy accesorio, el placer hedonista del siglo XXI, dice Michel Onfray, es consumista (incluya los likes y views) y nuestras pulsiones parecen ser las enemigas a vencer, por el sobadísimo “qué dirán”.

Pero no confundamos el hedonismo con lo banal, entre “vital”, “primario” y “superficial” hay una gran diferencia. El hedonismo que hemos perdido es aquel que privilegia el ahora, al ser sobre el tener; el placer suficiente sin que el deseo se convierta en verdugo; una búsqueda de la paz particular que no siempre tiene que ver con los manuales y las convenciones que alguien puso por ahí, escrito sobre piedra y tallado con el cincel de una rara libertad que atiende más a intereses políticos y costumbres rancias que a lo social o el humanismo, nuestros grandes héroes “liberales” tenían poco de eso.

Vivimos en un cuadro del Bosco, donde muchos aspiran a pasar inmaculados como Antonio Abad, al que se le voltean sus propias palabras:

“Terribles y pérfidos son nuestros adversarios. Sus multitudes llenan el espacio. Están siempre cerca de nosotros. Entre ellos existe una gran soledad. Dejando a los más sabios explicar su naturaleza, contentémonos con enterarnos de las astucias que usan en sus asaltos contra nosotros”.

 

 

 

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El hedonismo que hemos perdido (si es que alguna vez lo tuvimos) no apela a lo somero, menos aún a lo que percibimos hoy como “carnal”. Pero ¿dónde está, dónde puede ser apreciado? En el arte, el arte sincero, por supuesto, que es uno de los últimos bastiones de la verdadera libertad que parece prevalecer en medio de los moralistas closeteros (entre ellos muchos llamados “artistas”). Ahí está, pulsa en la vida y obra (sin separación) de aquellos que admiramos, son el germen de las grandes obras artísticas de todos los tiempos, están ahí en plenitud para los congruentes, para quien no los quiere mutilar por temor a verse reflejado.

 

Me aburre esta humanidad,

su gesto,

su carne al amparo

que no prende,

voces sin nombre,

abroncadas;

mira por encima

con sus ojos ámpulas

encenegados,

salvajismo disecado

de huesos que ya no pesan,

amancebados,

de salivas

que sólo ejercen de escupitajo.

Esta humanidad

con sus cardiopatías,

aquí ya no se escucha más el latido:

o los pechos crujen

o resuellan las orejas

tan misteriosamente,

tan capital;

poetas cautos,

amantes lícitos

que copulan

sobre el espectro de unas flores

que nadie cortó.

Esta humanidad

que nada evoca,

la sombra que se colorea,

se caracola,

sombra común

que si la miras de cerca

te arroba.

 

herles@escueladeescritoresdemexico.com