Revista Anestesia

𝙴𝚕 𝚍𝚘𝚕𝚘𝚛 𝚜𝚎 𝚚𝚞𝚒𝚝𝚊 𝚌𝚘𝚗 𝚕𝚎𝚝𝚛𝚊𝚜

Entre sueños

 

Septiembre 2021

Autor: Jonatan Frías

 

1.

Estaba en Pueblo Viejo, en una plaza tomando un café. Era claro que no estaba solo porque en la mesa había dos tazas y además de mis cosas, mi mochila Converse negra, un par de libros, mi libreta roja y mis dos plumas, había otro pequeño maletín de piel, café. De pronto llega y se sienta a mi lado Mario Vargas Llosa. Sí, ¿qué pedo? ¿Qué hacía Vargas Llosa ahí conmigo? Pero más importante aún ¿Qué hacía yo con él? Bueno, como sea. Hablábamos de libros, no se podía esperar más, cuando Toledo (¿ajá?) llega y nos invita a seguirlo en una callejoneada y todos traían papalotes con bichos raros dibujados, rojos, azules, verdes, rosas. Caminábamos siguiendo a la bola por toda la calle Hidalgo y entrando por los callejones, pero luego de un rato nos aburrimos y nos separamos. Lleve al Vargas a ver San Agustín y él traía una cámara con la que tomaba fotos. El pedo es que la cámara era como un “human centipode” porque era una Nikon con un lente que si se le ocurría hacerte un retrato, seguro te podía ver hasta los glóbulos blancos, y ésta estaba conectada a otra cámara con otra lente igual de grande. Vayan ustedes a saber. Total, que el Vargas Llosa me encarga la cámara para ir al baño y se me pierde. Para ese momento estábamos en el Museo Pedro Coronel y como no lo encontraba por ningún lado, me salgo a buscarlo. En uno de los callejones me encuentro al Toledo y le digo: Francisco, ¿has visto a Mario? (así me llevo con ellos, somos compas) y me dice: No, y así. Toledo en ese momento estaba haciendo artesanías y hablando con una güera turista que quería más barato uno de sus papalotes y él la regañaba. Caminé otro rato buscándolo y no lo encontré y pues me quedé con su cámara.

2.

Iba caminando por una calle cualquiera con Guzmán, un amigo de aquí de Pueblo Quieto, y él me hablaba sumamente entusiasmado de James Ellroy, cuando de la nada le pregunté: oye, pinche Guzmán ¿y qué fue de Fidel? A lo que me respondió: Ah, nada, pues ya lo agarraron. Como en efecto de cine, se abre la toma y la calle cualquiera era una calle de la Habana e íbamos caminando rumbo a la plaza Anti Imperialista donde en un templete tenían a Fidel, a Raúl, a Ernesto y a Camilo y pendían colgados y muertos. Vaya sueño más antirevolucionario el mío.

3.

Estábamos en el merendero Kiko’s, yo, que iba acompañado de Marisela y por la forma de tratarnos, estaba claro que era mi pareja; también estaba Armando Manzanero que iba con una rubia increíble y José José que a esa hora ya malacopeaba porque Anel lo había mandado al churro. Pisteábamos Bacardí blanco con Coca-Cola todos y en eso llegaba, ya saben, uno de esos tríos latosos, que jamás escuchan los primeros 2,400 no, y resulta que el vocalista del trío era Emanuel y se echaba esa de La chica de humo en una versión norteña que la neta no sonaba nada mal. Desperté cuando José José volvía a llorar por octava vez por la Anel. Nunca supe si Marisela me amada realmente o sólo estaba conmigo por mi cuerpo. Todo esto resultaba ser evidentemente a principios de los 80. Lo deduje por las hombreras del saco de mi acompañante y por mi peinado.

4.

En una escena bastante dramática, estaba en casa terminando mi relación con mi pareja que, a todo esto, es Emma Stone. Ella había venido a mi casa para que regresáramos y yo le decía no, que no tenía caso, que lo mejor era que cada uno caminara por su lado, que eso era lo mejor para los dos, que había que darnos tiempo, ver a otras personas, en suma: un break. Emma lloraba y me decía: “¿cómo va a ser lo mejor para los dos extrañarnos y no poder vernos y besarnos y tocarnos?”. Está claro que no la escuché. Justo al despertar me dije: ¡pendejo, porque terminaste con ella! La busqué pero ya se había ido…

Ahora sé que nunca volveré a estar con Emma Stone.