Revista Anestesia

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En Carretera

Primicia para Anestesia: el s√°bado 27 de noviembre a las 6 pm, se presenta¬†El fragmento impertinente,¬†Para√≠so Perdido/Typotaller, en la Fil de Guadalajara, Sal√≥n 7, √Ārea nacional.¬†
Tengan una probada del primero de estos cuentos…
 
 
 
Por Ethel Krauze
 
Noviembre 2021
 
(Fragmento)
 
 
 
 

Siempre quise morder un melocot√≥n maduro entre las piernas de una mujer. Suavecito, con los labios, y empaparme en su pulpa jugosa. Recuerdo que las canastas del mercado se llenaban de melocotones coloreados en medio de los racimos de perejiles y cilantros. Un aroma a perdici√≥n que me sigue acompa√Īando desde la infancia. As√≠ la carretera, que me pone a so√Īar, por eso me encanta y por eso le guardo respeto y manejo poco a solas. A veces me pierdo en estos cielos que parecen tener muchas dimensiones, una dentro de la otra, con sus nubes como pasadizos.

            Esta vez voy al mar. Ya he dejado la serranía y las curvas tremendas. Como si me soltara el pelo voy hecha una china libre por la llanura entre palmeras. Siento en los labios la piel del fruto a punto de brindar conmigo. Los pensamientos se desdoblan y giran y se meten dentro de mí, en un lugar de mi cuerpo al que no podría nombrar.

            En carretera puedo volar y por eso me cuido. Me ha pasado que voy cerrando los ojos, como si me absorbiera una escena de otra parte. Y zaz, un timbre interior me toca la puerta, y qué bueno, vuelvo la vista al frente. No escucho radio ni uso audífonos. Si el clima lo permite, abro las ventanillas y me dejo envolver por la naturaleza y sus emanaciones. Cada circunstancia es diferente y trae lo suyo.

            Como esta sensación de tener el almíbar escurriéndose por la barbilla, y en la lengua un trozo de paraíso que va y viene a punto de naufragar. No es durazno. Los duraznos tienen la carne más firme, mientras que los melocotones son como una fuente dulce abriéndose en el cuenco de la boca. A los lados de la carretera, las palmas parecen contentas y me saludan meneando la cabeza.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† La imagen de ese fruto acerc√°ndose a mis labios no me suelta. Me viene a la mente el dedo levantado del doctor Betancourt preguntando al grupo de alumnas de quinto B si tenemos novio y si nos gustan los hombres maduros. Brenda y yo nos re√≠mos, pero s√≥lo yo solt√© una breve y sonora carcajada. Las dem√°s bajaron los ojos y se miraron unas a otras haci√©ndose se√Īas de asco, de enojo y de miedo. No s√© si en ese orden o todo junto. El doctor Betancourt estaba prestado en la Facultad porque el doctor de medicina laboral se acababa de jubilar. A la semana siguiente, me mand√≥ llamar y me asign√≥ con la doctora Eva, s√≥lo me dio su nombre y me dijo que la buscara entre los residentes del hospital donde har√≠amos nuestras primeras rotaciones del ciclo cl√≠nico.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Estudi√© algunos expedientes con ella y me qued√© a una guardia, como mirona, en cirug√≠a. Sal√≠ mareada. El doctor Betancourt nos intercept√≥ a las siete de la ma√Īana para invitarnos a un desayuno buffet en el hotel Stelaris. Abr√≠ unos ojos feroces de estudiante muerta de hambre. Hubo mimosas y trufas calientes que por primera vez prob√© en la vida. Hablaron de casos y de diagn√≥sticos hasta que el doctor Betancourt pidi√≥ la cuenta. Sin mediar palabra, ya est√°bamos los tres en una suite del piso catorce, contemplando la ciudad, desde una distancia que nos arropaba.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† La doctora Eva Kugler hac√≠a un intercambio en M√©xico en cirug√≠a de alto riesgo en hospitales p√ļblicos de segundo nivel. Una rubia enorme, de flequillo y mand√≠bulas potentes. Curvas renacentistas y voz casi varonil. Ser√≠a unos ocho a√Īos mayor que yo. Me parec√≠a extraordinariamente eficiente. No me imaginaba tenerla desnuda de pronto con su pez√≥n dorado en mi boca.

            Por más que nos retorcimos por acá y por allá, el doctor Betancourt no nos permitía seguir nuestros instintos. Sólo por unos segundos tuve la cueva de esta mujer a milímetros de mi nariz. Antes de que me jalara por detrás el doctor Betancourt, para llevarme hacia él, logré rozar con la lengua la punta del alfiler que se asomaba por ahí, enhiesta esa punta, acechante, y pude sentir que se estremeció como si le hubiera echado limón a una almeja en su propia concha.

            El doctor Betancourt quería la atención completa.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Ahora que lo pienso, me provoca cierta ternura toda la escena. El doctor Betancourt, sin su bata temible y con su coronita calva; la doctora Eva Kluger, con sus grandes pechos bailones y yo, una estudiante de quinto semestre de la carrera de medicina, muerta de sue√Īo, maniobrando su cuerpo anodino con la prontitud y la pericia que se espera en los procedimientos quir√ļrgicos que acababa de presenciar.

            Ya huele a sal. Los peces huelen a mujer, al interior de las mujeres que cierran los ojos para sentir mejor. Me voy acercando a mi destino.

            Me hice la dormida cuando la doctora Eva recogió su ropa y salió en silencio del cuarto. Yo había quedado en medio de los dos en la cama king size. Por alguna razón insensata me había sentido celosa de la doctora, y entre vueltas y revueltas me metí entrambos para caer dormidos. El pobre pene del doctor Betancourt había fallecido hacía horas y la doctora Eva roncaba con los ojos ligeramente abiertos. Sólo yo quedé en una penumbra sediciosa. Eran las cuatro de la tarde y, si no hubiera sido por las pesadas cortinas verdes que ocultaban un sol directo al ventanal, hubiera creído que nunca me recuperaría de una acción así, de la cual no tendría palabras para explicar, en lo que me quedara de vida.

            Qué bueno que la carretera es larga y no tengo prisa. Por eso me gusta manejar a solas, las ideas vienen y van y mi cabeza va quedando más ligera. No recordaba nada de esto. Como quien cierra un libro y lo guarda en el estante más alto del librero para no tener que volver a verlo ni siquiera en la portada.

En realidad, no hablamos jam√°s de lo que hab√≠a pasado. El doctor Betancourt despert√≥ con cierto susto, se tom√≥ el pulso r√°pidamente, entr√≥ a la regadera y me dijo recoge todo. Mientras √©l pagaba en la recepci√≥n y ped√≠a su auto, yo me preguntaba a qu√© se refer√≠a con el ‚Äúrecoge todo‚ÄĚ, porque no hab√≠a nada que recoger m√°s que mi uniforme echo bola. Me dio cierta aprensi√≥n entrar a la misma regadera donde se acababa de ba√Īar el doctor Betancourt, as√≠ que s√≥lo me limpi√© con una toalla h√ļmeda. En el estacionamiento me abri√≥ la portezuela y arranc√≥. Acto seguido, me dej√≥ en la parada del bus, con un hasta luego. Fue en ese momento cuando el ‚Äúrecoge todo‚ÄĚ, que me ven√≠a sonando de un modo raro, me hizo ver que todo el tiempo nos hab√≠amos hablado de usted entre los tres, como se acostumbra desde el primer d√≠a en que uno cruza el umbral de la Facultad. No s√© si ese tuteo repentino fue un aviso del m√°s all√° para que, en efecto, recogiera yo todo cuanto hab√≠a ocurrido y no quedara rastro alguno, ni siquiera en la mente, para dejar limp√≠simo nuestro expediente en com√ļn.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Un mes despu√©s me lleg√≥ la invitaci√≥n a la boda de la doctora Eva, a trav√©s de la trabajadora social del hospital. Ser√≠a en un jard√≠n primoroso de un hotel en las afueras de Cuernavaca. Arrastr√© conmigo a Brenda, ten√≠a que ir por una curiosidad malsana. Ah√≠ estaba el doctor Betancourt con su esposa, a la que me present√≥ como Bety, una se√Īora guapa y discreta, con su blusa de seda color coral y una falda larga ribeteada. El consorte de la doctora Eva acababa de ganar una beca de investigaci√≥n en el Centro M√©dico de Miami gracias a que hab√≠a sido alumno del doctor Betancourt y, estando casados, ella conseguir√≠a terminar ah√≠ mismo su residencia. Todo sali√≥ hermoso. Brindamos por la felicidad de los novios y Brenda hasta llor√≥. La doctora Eva me dijo ‚Äúlinda‚ÄĚ, y me abraz√≥ con calor mexicano cuando me acerqu√© a felicitarla.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Las ganas del melocot√≥n se me quedaron enterradas en alguna de esas grietas del olvido necesario. Pero no s√© qu√© encantamiento tenga esta carretera, porque puedo sentir en los labios un temblor de fruto que se acerca. En carretera es cuando van saliendo de la caja algunos recuerdos, como fantasmas ¬Ņo √°ngeles que nos cuidan la memoria? No lo s√©. Pero se siente bien este paisaje cada vez m√°s h√ļmedo.

            Una humedad que brota del centro del cerebro y viaja por el sistema nervioso hacia la yema de los dedos, el recodo de las axilas, la punta de los labios menores donde se concentra.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† El pubis de la doctora Eva estaba casi desnudo, salvo por unos cuantos vellos largos, sedosos, dorados. La saliva es otro punto de concentraci√≥n de la humedad y ahora viene tambi√©n de afuera, de este aire cargado de cardumen y arenas ardientes. El doctor Betancourt s√≥lo met√≠a lo suyo, lo sacaba y volv√≠a a meterlo. No tuvo la decencia de ofrecer una lengua generosa para nuestras necesidades especiales. Tal vez por eso me qued√≥ esta enervaci√≥n que se parece a la embriaguez….(continuar√° en el libro)