Ellos/ Thalía Cerón

      

Ellos   

Por Thalía Cerón

Enero 2026           

 

—Ninguno tiene nada que ofrecerme —pienso antes de dormir.

Estoy aburrida. No es fácil encontrar al indicado, a la mayoría le falta el ardor necesario. Carecen de ingenio, agudeza y vigor. No soporto a los cursis, torpes y tardos. Prefiero a los perversos. Porque claro, la perversión aquí es indispensable.

Me desabotono la blusa y evoco al primero.

No siento nada. Ningún arrebato. Ninguna emoción. Es médico y usa lentes de montura cuadrada, una bata blanca, y el cabello untado con gel y relamido hacia atrás. El pobre hombre intenta seducirme con sus deficientes habilidades de masajista frustrado.

—¿Hay tensión aquí? —dice mientras presiona sobre los hombros.

Entre toqueteos, susurra lo mucho que disfruta la suavidad de la piel. Desliza las manos hacia la espalda, aparta los tirantes y comienza a tallar como si en lugar de acariciar un cuerpo, fregara los platos de la cena.

—¿En qué momento me apetecerá quitarme el sostén? —me pregunto.

Al no ver la ocasión, me levanto decidida a encontrar otro. Por fortuna, ellos siempre están dispuestos, aunque a veces no tengan mucho que ofrecer. El siguiente es más joven que el anterior. Estudiante, aunque no presté atención cuando explicó de qué. Piel blanca, ojos chiquitos y negros, nariz chata y pelo castaño. Se ríe con soltura y agranda la voz para parecer mayor. Lo examino con detenimiento: despreocupado, con una mano metida en el bolsillo del pantalón y la otra sosteniendo la mochila que cuelga de su hombro, cruza la puerta. Arroja sus cosas sobre la cama y destapa la botella de vino que compró con el dinero de sus padres. Después abre la boca.

—No sé cómo empezar —se disculpa.

—Es porque eres demasiado imbécil —pienso mientras me llevo una galletita de avena a la boca.

Me detengo por un momento. Mastico mientras repaso sus palabras. ¿Cómo se atreve? Me tallo los ojos y vuelvo a la escena. ¿Por qué no se le ocurrió decir algo distinto? Tampoco siento nada, mis pantaletas continúan incorruptibles. Sin más remedio, me dispongo a seguir buscando. De inmediato lo veo por ahí, entre el montón. Lo observo bien: viste una camisa negra y unos pantalones tan anchos que no puedo evitar preguntarme por qué. Mi duda es por mera curiosidad, como cuando alguien se pega chicle en el cabello y quieres saber cómo hará para despegarlo. Tiene treinta años.

—Treinta —repito para mí.

De pronto, comienza a hablar de destinos y vidas pasadas; culpa a la suerte de sus males y se echa a llorar. Siento pena. ¿A quién podría seducir aquel sermón? Bostezo otra vez. Estoy exhausta. Pasé la noche buscando y no encontré un motivo para quitarme la ropa, algo que me hiciera gemir y retorcerme en la cama. Ninguno tiene habilidad ni pericia. Sin duda, el tercero ha sido el peor.

Pasan de las dos y mis ojos se cierran de cansancio. Me quito los lentes. Y así, desencantada, dejo el libro sobre el taburete y apago la luz.

Thalía Cerón (México)

 

Escritora, asesora de imagen y voluntaria. Fervorosa creyente de la escritura como medio para resignificar y reconstruir. Ha participado en proyectos culturales y brigadas de lectura para fomentar el hábito y el amor por la lectura. Aparece en la antología La Fiereza de lo amado (2018). Fue invitada al programa de radio Todos los libros, el libro (2019). Ha publicado sus cuentos en revistas digitales como Mood Magazine (2020), Anestesia (2023) y Revista para mujeres (2024). Actualmente, y desde hace más de diez años, participa como voluntaria impartiendo cursos a adolescentes y adultos, con el objetivo de promover el desarrollo integral de las personas. En este momento está comprometida con sus dos grandes amores: la escritura y la moda.