EL MUÑECO

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Autor: David Jiménez Ixta

¡El timbre no deja de sonar, Nela, debe ser el vino que encargamos! ¿Puedes abrir por favor? gritó Tania desde el piso de arriba. Nela corrió desde el comedor hasta la puerta del frente a recoger el vino francés que tanto te gustaba mi querido amigo.

Yo me encargo mientras de poner el servicio en el comedor, todo debe estar listo para la cena de fin de año; hemos seguido al pie de la letra todo el protocolo. Recuerdo perfectamente las cuidadas y meticulosas precisiones con las que año con año organizabas estas épicas cenas mi querido amigo; la casa se limpiaba hasta el rincón más escondido, los muebles se pulían y se encendían todas las luces de la casa que se reflejaban en las lunas venecianas de tu madre.

Te ves guapísimo amigo, con tu impecable traje Armani negro, recuerdo que siempre fue tu color favorito: “como mi alma, amiga” repetías siempre que te recriminábamos que vistieras con esos colores lúgubres. Luces de maravilla este día, mi niño, sentado ahí en la cabecera de la mesa, esperando el plato fuerte al compás del Mon cœur s'ouvre à ta voix de Sansón y Dalila; ahí estás amigo y nos da gusto a las tres porque después de ese terrible año tan triste para ti no volviste a sonreír y eso causó en nosotras mucha impotencia, porque sabíamos que pronto la tristeza te llevaría a tu trágico final... y perdiste tu sonrisa, o más bien te la quitaron... sí eso fue más bien... él te la quitó, el mismo por el que estuviste dispuesto a dar la vida y que luego te traicionó, pero no sufriste amigo al menos no mucho...

Lástima que él no pueda decir lo mismo en este momento, si pudieras verlo amigo, estarías muy feliz de ver como sufre... pobrecito... ahí atado de pies y manos, amordazado sobre el bello sofá Luis XV del salón, afortunadamente Tania le inyectó suficiente morfina para que no se resistiera. Si tan solo pudieras verlo... bueno me refiero a ser consciente de lo
que ves, mi niño, podrías contemplar la perfección de la obra de arte que estamos por ejecutar, ni él se imagina la maravilla de la que será parte; es una pena que siendo tan joven y tan guapo no haya medido las consecuencias de haberte fallado. Sus ojos se llenan de lágrimas mientras Nela se acerca con la charola para que Tania comience su trabajo. Tú quédate tranquilo, mi niño, créeme que no volverá a fallar, ya aprendió la lección es más ¡ya no se irá! ¿No te da gusto? Se quedará para siempre con nosotros, está muy arrepentido de no haber ido a tu funeral amigo.

Nela se ha encargado de preparar todo, desde aquí puedo ver como entre ambas terminan de sazonar el plato fuerte; yo mientras le ayudo a Erick a sentarse en el otro extremo de la mesa justo frente a ti amigo... ¡qué bonita quedó la mesa, la blanca vajilla de porcelana brilla con la dulce luz de los candiles de cristal, ahora muevo un poco tu cabeza para que me veas y con tu rostro petrificado me digas que estás orgulloso de mí!

Ya no falta nada al fin la cena puede comenzar, las tres nos sentamos en medio de ustedes dos; esta forma de preparar su dulce corazón no tiene comparación, no cabe duda que Nela se lució con la cena. Tania le ha servido un poco a Contessina tu fiel minina que parece no haberle bastado con limpiar toda la sangre y las vísceras regadas en la cocina.

Qué momento tan agradable, hacía mucho que no disfrutábamos tanto las tres junto a ti... y somos felices, amigo, como siempre quisiste vernos... tan felices y tan normales; que bueno que la cena solo es petite comité, sin novios fastidiosos, pero fue lo mejor así nadie sospechará...

La serenata de Schubert inunda la casa con sus tristes acordes mientras seguimos conversando... la cena está por acabar y las tres nos miramos fijamente por un momento, en los ojos de Nela y Tania brilla la tranquilidad y la paz de haber cumplido contigo, amigo,
antes de levantarnos te miramos y nos sentimos satisfechas y contentas de verte sonreír de nuevo con tu hermosa sonrisa, Dorian, esa sonrisa que te cosimos el día que te embalsamaron y que al fin tiene sentido, aquí sentado en la mesa frente a él lo podrás contemplar siempre, ahora sonreirás para siempre amigo, como te lo prometí... tu Christine no falló.