Revista Anestesia

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El mel贸mano

Noviembre 2021

Autor:V铆ctor Cuch铆 Espada

Con dedos temblorosos guard茅 el disco en su car谩tula y de inmediato pens茅 que en la historia de la m煤sica n贸rdica tan s贸lo ha habido cuatro genios: Edvard Grieg, Wilhelm Stenhammar, Carl Nielsen y Jean Sibelius. Me pregunto si Charles Ives pens贸 alguna vez que nos ofend铆a cuando opin贸 que la m煤sica de Sibelius era 鈥渁feminada鈥. Respeto a Ives; esta apreciaci贸n me duele y creo que hablaba por envidia, porque en vida 茅l nunca disfrut贸 de la estimaci贸n de un p煤blico como lo hizo el maestro finland茅s; por el contrario, fue su testigo o, m谩s bien, su oyente. Estados Unidos ten铆a entonces pocos pr贸ceres musicales. Finlandia s贸lo uno. Uno. Gran fardo que un pueblo te elija como su vocero. Por otra parte, recuerdo que en su Historia de la m煤sica en Occidente, Jos茅 Luis Alc谩zar descalific贸 la obra de Sibelius consider谩ndola un derivado de la rusa. Me parece que esto es s贸lo parcialmente v谩lido: como se aprecia en sus primeras sinfon铆as, Sibelius admiraba a Chaikovsky. Pero el juicio de Alc谩zar es demasiado lapidario y no creo que lo haya escuchado todo, como yo. Y dedic贸 duras e injustas palabras a Mahler, quien era la ant铆tesis de Sibelius. Una vez, una tarde templada de 1907 en Helsinki, ambos pasearon por un bosque 鈥晄e dice o yo me lo imagino鈥; hablando quiz谩 de sus intenciones, Mahler expres贸 que su m煤sica intentaba abarcar a todo el universo, que era como un cielo azul, mientras que la de Sibelius era como agua de manantial, calmada y fr铆a; esto acaso sea cierto si escuchamos sus respectivas sextas sinfon铆as, una dram谩tica, que protesta contra los golpes del destino, y la otra d贸rica, que acepta seca, incluso cordialmente, lo inevitable, y que en Mahler fue seguida por la reacci贸n de tres sinfon铆as y en Sibelius fue el pr贸logo de d茅cadas de silencio, como me coment贸 mi amigo Jens-Jonas Riksfeldt, a quien record茅, y en cuyo homenaje puse aquel disco apenas supe que hab铆a muerto.

Lo que sigui贸 fue un largo momento de duda. Dud茅 de si era mi amigo. Hac铆a d茅cadas que no lo ve铆a, aunque sab铆a puntualmente de 茅l, dada la enorme trascendencia de su colecci贸n, cuyo catalogo ojeaba de vez en cuando ambicionando alg煤n d铆a poseer algo semejante. Mi problema era que no sabr铆a si quedarme con ella o venderla. As铆 que con la mirada perdida, sal铆 a la calle; atraves茅 la Plaza de la Rep煤blica y ante el arco del Monumento a la Revoluci贸n advert铆 que estaba debajo de una obra inconclusa. Cuando iba a volver a la librer铆a, sali贸 una pareja agarrada de la mano. Y mi visi贸n se nubl贸. Veinticinco a帽os antes m谩s o menos hubo frente a m铆 un letrero que me indicaba en qu茅 direcci贸n y a qu茅 distancia se hallaba Singlelands, Nueva York. A partir de ah铆 dobl茅 a mi derecha, como el mapa indicaba, por un sendero arbolado, verde y h煤medo, vac铆o, al final del cual se levantaba una casa blanca con ventanas de donde dimanaba una dorada iluminaci贸n, que tal vez era la de siempre en las tardes. En vista de lo que sucedi贸 despu茅s, me habr铆a gustado llegar m谩s temprano. Me identifiqu茅 en la entrada y estacion茅 el coche rentado. Riksfeldt me esperaba, erguido, elev谩ndose alto con porte muy recto, semblante duro pero sereno, de mirada, pude constatar pronto, cristalina; era plenamente n贸rdico; yo no. De ninguna manera hubiera podido desvanecerme en las paredes blancas y uniformes del interior decoradas por cuadros de paisajes escandinavos y retratos de grandes hombres, entre ellos destacadamente la fotograf铆a del compositor de Finlandia por Yousuf Karsh, y ante el cual me detuve, antes de irme al ventanal a trav茅s del cual nos observaba un pavorreal que hab铆a terminado su ronda coincidiendo a la perfecci贸n con El cisne blanco, opus 54, interpretado por Serge Koussevitzky con la Sinf贸nica de Boston, grabaci贸n de RCA Victor, que Riksfeldt hab铆a puesto en un componente cuadraf贸nico, cuyo sonido era tan poderoso que deb铆 volverme y me percate de que un muro entero era una inmensa bocina. As铆 que, envuelto por la m煤sica, nos sentamos en una sala donde en una mesa de centro, baja y austera, figuraba un libro grueso que pronto se convirti贸 en tema de la conversaci贸n, titulado Akseli Gallen-Kallela, m谩s que una biograf铆a de este gran sujeto, un cat谩logo de su obra pict贸rica y cultural que defini贸 la forma como los finlandeses concebir铆an a sus h茅roes nacionales, y cuyo f茅retro fue cargado ni m谩s ni menos que por el mariscal Mannerheim y por Jean Sibelius, quien dedic贸 la pieza de 贸rgano Surusoitto, opus 111, a su memoria.

Salimos un momento; pudo haber sido porque el tema que me hab铆a tra铆do para ac谩 no pod铆a contenerse adentro de la casa. Me atra铆a sobre todo el enigma y, mientras Riksfeldt me mostraba su propiedad, busqu茅 se帽ales de lo que este encuentro deb铆a significar. Al no hallar respuesta en el espacio, lo hurgu茅 en la historia, que escuch茅 con atenci贸n. Hab铆a llegado a Am茅rica hac铆a unos treinta a帽os llevando consigo cajas y cajas de partituras, que pasaron la aduana sin m谩s y viajaron en tren al Midwest, primero, y al East Coast despu茅s, y a rastras se volvi贸 el misterio de la colecci贸n que lleva su nombre y que hab铆a admirado tanto, que pens茅 que iba a poder ver ese d铆a y no fue as铆. Por ello le pregunt茅 acerca de ella creyendo de que lograr铆a descubrir que no exist铆a o que me llevar铆a a las b贸vedas a ense帽谩rmela; me hubiera conformado con el contenido de un caj贸n. Se dir铆a que me obsesiona una literatura utilitaria que s贸lo los m煤sicos pueden leer. Me consol贸 que pocos la hab铆an visto y, desde luego, corr铆an numerosos rumores acerca de su contenido. Se supon铆a que, buscando pistas sobre la D茅cima de Mahler, Dereck Cooke hab铆a podido hurgar en ella, o que se conservaba completa la transcripci贸n en piano de Boris Godunov de pu帽o y letra de M煤sorgski, y del R茅quiem en Re menor, K. 626, de Mozart, sin las horribles adiciones de S眉ssmayr. Nada de esto ha sido confirmado. Cribadas las fantas铆as, sin embargo, no pod铆a sino pensar en las maravillas que, de alguna forma, hab铆an salido de esa colecci贸n para figurar en las grandes bibliotecas y conservatorios del mundo, y que eventualmente podr铆an ser comercializadas en las casas de subasta. Y quise creer entonces, ya en la cena, que Riksfeldt se resist铆a a contarme m谩s, pero, como buen mercader, esperaba a que le rogara. Para vender hay que seducir. Hubo un instante, mientras prepar谩bamos los tacos de billar, en que no pod铆a saberse qui茅n seduc铆a a quien.

El pavorreal ambulaba por entre los 谩rboles cuando Riksfeldt se apart贸 de la mesa de billar para colocar otro disco, la suite de Lemmink盲inen, opus 22, de Sibelius, en versi贸n de Eugene Ormandy y la Orquesta de Filadelfia (publicada por Columbia Masterworks), que me cerr贸 los ojos hasta que me los abri贸 el golpe seco de la primera bola contra la buchaca de la esquina derecha, sonora como el granizo que golpeaba las ventanas. La luz otrora plateada volvi贸 a amarillear cubri茅ndonos como una campana, mientras Riksfeldt me contaba, entre la bola 3 y la 4, otra historia incre铆ble. Toda b煤squeda es una cacer铆a o un accidente; ambos, cacer铆a y accidente jaspeaban en las palabras de anfitri贸n, s贸lo que nunca me qued贸 claro si 茅l fue a Berl铆n, exprofeso o no, a las oficinas de la casa Breitkopft und H盲rtel. Entend铆 que hab铆a evadido la guerra y buscaba partituras; se le hab铆a metido en la cabeza que, cada d铆a que pasaba, la capital alemana era vulnerable, primero a las bombas y luego a los saqueadores; no le fue dif铆cil comprobar que todo estaba en venta. Ah铆 le ofrecieron libros viejos y cuadernos de ejercicio, as铆 como numerosas ediciones de Grandes Maestros, asegur谩ndosele que podr铆a llevarse una copia autografiada de Pacific 231 de Honegger. Era demasiada cooperaci贸n, as铆 que Riksfeldt, o aquel sujeto innombrado, lo descrey贸, pues muchas copias disfrazadas de originales sol铆an despertar la curiosidad de muchos, acaso como combustible. En fin, todo acab贸 en ba煤les. Eso s铆, tras perge帽ar el material no lanz贸 una sola hoja al oc茅ano.

As铆 pues, ese cargamento no termin贸 en un dep贸sito ni en alguna de las librer铆as de viejo de Salt Lake City sino que fortuitamente cay贸 en manos de otro inmigrante (驴Riksfeldt?) que no sab铆a qu茅 ten铆a en su poder. Sibelius a煤n viv铆a, de lo contrario la compra se habr铆a complicado mucho; se habr铆a dispersado la colecci贸n y tal vez el precio hubiera sido demasiado alto. Para entonces el silencio de Sibelius entraba en su tercera d茅cada y no faltaban quienes esperaban que el compositor lo terminara estruendosamente. Nadie entendi贸 entonces que los numerosos homenajes lo perpetuaban hasta que s贸lo quedaba un m煤sico al que le temblaban las manos y una creciente influencia que se escuchaba hasta en el primer movimiento de la S茅ptima Sinfon铆a de Shostakovich 鈥晇estido de bombero鈥, cuya marcha repetida los sitiadores fineses 鈥昬ntre ellos quien me narraba esta historia, soldado en un escuadr贸n de bicicletas鈥 pod铆an escuchar en los altavoces. Las cartas de Sibelius a Koussevitzky avivaron la esperanza de una fantasmal Octava Sinfon铆a. As铆 que el silencio lo romp铆 yo cuando la bola blanca arremeti贸 contra el tri谩ngulo, lo que atrajo la atenci贸n de Jens-Jonas, quien abrazando su taco calculaba su propia composici贸n billar铆stica, asombrado a煤n por su buena fortuna, la de una vez abrir unas cajas y cartapacios repletos de documentos manchados que, a medida que los examinaba, se imaginaba ante la posibilidad de hacerse de un gran patrimonio. Y ante esto debi贸 conseguir que un music贸logo ratificara su hallazgo, en su mayor铆a notas que merec铆an estar en un museo, desde donde se entreve铆an otras notas de un concierto para flauta inconcluso de Hindemith, estudios con anotaciones de Bruckner, y lo que sin duda era la primera versi贸n de la m煤sica incidental de La tempestad, opus 109, de Sibelius, sin fecha, aunque de seguro de los tempranos a帽os veinte.

Fue tal la impresi贸n de esta noticia que escrach茅. Riksfeldt no recordaba todos los componentes de la colecci贸n (驴jugaba conmigo?), lo que benefici贸 este misterio, que navegaba sobre las notas del Andante festivo 鈥昳nterpretada por la Sinf贸nica de Gotemburgo dirigida por J盲rvi鈥, la pieza que se interpret贸 en el sepelio de Sibelius, y que se erig铆a en mofa ante la cual yo deb铆a mantener el rostro adusto. Tal vez as铆 podr铆a extraer la promesa de que la colecci贸n ser铆a revelada. De pronto, Riksfeldt asemejaba una aparici贸n de V盲in盲m枚inen, de cuyo sortilegio depend铆a reaparecer el tesoro.

Fue entonces que Montse lleg贸 a encargarse de la fonoteca y de la cafeter铆a por los muchos a帽os en que mi librer铆a vio pasar a numerosos clientes, quienes invariablemente, en especial cuando la lluvia regaba la plaza, se distribu铆an por los libreros en busca de alguna obra vetusta e inaccesible que hab铆a que limpiar con gasolina blanca antes de despacharla a unos a帽os m谩s de vida; o tambi茅n se met铆an en las cabinas que se desplegaban a ambos lados de mi amplia sala, como capillas, a escuchar con aud铆fonos los discos en una intimidad que los hac铆a parecer ciegos. En el centro ten铆a un piano Steinway, solo, pues raramente ven铆a alguien a tocarlo. Montse se puso una vez ante el teclado y desde ese d铆a le solicitaba que interpretara alguna pieza. Nunca era f谩cil que aceptara, pero ello me anim贸 a organizar veladas con un cuarteto de cuerdas o un conjunto de c谩mara. La mayor铆a de los d铆as, sin embargo, la gente reposaba en las butacas esperando a que se desocuparan las cabinas, leyendo las partituras y las caratulas, que sol铆an proporcionar excelso material de lectura en aquellos tiempos, mientras a menudo se escuchaba el ruido de la avenida que, cuando era exagerado, obligaba a la clientela a refugiarse en los libreros donde sorprend铆a a algunos en tertulia o improvisando la lectura colectiva, o simplemente tocando los viejos libros, raros y ahora m谩s raros, desde que el negocio pas贸 a ser definitivamente una librer铆a de viejo.

La m煤sica se escucha mejor en silencio. Desconcierta la naturaleza de la m煤sica y el silencio. A la m煤sica la enmarca el silencio cual una gran masa blanca. Uno de mis gatos, el caf茅, suele yacer sobre el piano y otro, m谩s andador y silente, es negro y blanco, como las teclas de un piano, y juntos pueden interrumpir los pensamientos. Silencio como el de un gato que se asoma. El m铆o era aquel que, desde hace muchos a帽os, se hab铆a apoderado de mis o铆dos: 驴por qu茅 Sibelius se sumi贸 en el silencio? Un silencio que s贸lo interrump铆an el vodka y la fama. Compon铆a una sinfon铆a. Jam谩s le hube perdonado que jam谩s la terminara; Schubert se permiti贸 abandonar una sin que muriera sobre el escritorio, simplemente la pieza lo disgust贸 y la dej贸 encerrada en un caj贸n, y luego nosotros hicimos con ella lo que quisimos; 驴a eso tem铆a Sibelius al extremo de enga帽ar a sus patrocinadores americanos? A Montse le he contado esta historia incontables veces: he so帽ado que esa partitura estar铆a oculta y Sibelius demostrar铆a que todav铆a estaba vigente como compositor, que no hab铆a quedado en el pasado ni encerrado en ning煤n discurso patri贸tico sino que en verdad se manten铆a vivo, en una postrera sorpresa en cuatro movimientos y no en uno como en la S茅ptima, tal vez con coro, como le hab铆a insinuado a Koussevitzky. Ser铆a un retrato de una naturaleza turbulenta, amenazada, acaso ef铆mera, donde los violines le dar铆an inicio, y las maderas textura; la orquesta entera luego avizorar铆a una tormenta y el primer movimiento cerrar铆a con el susurro de un solo de flauta; el segundo movimiento ser铆a en contraste pl谩cido, no exento de disonancias 鈥昫istantes de las de Sch枚nberg鈥, dibujando un bosque devastado por un deshielo, evocado por un pasaje de las trompetas que devienen en fanfarria y que ser铆a reiterado en el tercer movimiento, un scherzo, claro, que rememorar铆a el de la Sexta Sinfon铆a 鈥昬n la versi贸n de sir John Barbirolli y la Orquesta Hall茅 de Manchester鈥, y que continuar铆a en su extenso finale en el cual un solo de tromb贸n anunciar铆a el apartamiento de las nubes, melod铆a que los cuernos retomar铆an cual el vuelo de una parvada de cisnes, y la orquesta toda expresar铆a el renacer del mundo.

As铆 la imagino, pero la Octava Sinfon铆a fue pasto de las llamas. En 1943. Cuando le dije a Montse que Aino, esposa de Sibelius, hab铆a estado con 茅l viendo la destrucci贸n de la obra, me abraz贸 muy conmovida. En fin, su existencia qued贸 para las cartas y una promesa incumplida del hombre que m谩s am贸 a su patria a la que no pudo darle su 煤ltimo canto, diciendo a quien lo oyera (a la manera de Richard Strauss) que ya estaba satisfecho con la vida.

Ciertos acontecimientos suceden como si flotaran hasta que un d铆a se posan ante nosotros para cobrar sentido. Montse siempre ha sido la pen煤ltima en salir y siempre, antes de cerrar la puerta, echaba un vistazo al interior de la librer铆a; yo luego iba a mi casa caminando con una lentitud cada vez mayor. Al d铆a siguiente me esforzaba en llegar primero. Y as铆 transcurri贸 el tiempo en que esperaba a que la colecci贸n Riksfeldt dejara de estar guardada. Consult茅 los peri贸dicos, los cat谩logos, y aguc茅 mi o铆do a cualquier especie, noticia, rumor o chisme. No pude sino concluir que no exist铆an esos papeles, y el coleccionista le hab铆a jugado la misma broma a innumerables incautos. Sibelius hab铆a construido su obra con base en leyendas y Riksfeldt hab铆a hecho lo mismo. Imagin茅 que incluso hab铆a invitado a los pretendientes a una partida de billar, tras prometerse que revelar铆a su secreto solamente si le venc铆an. Record茅 que de tres juegos, hab铆a perdido dos. No pod铆a ser para menos: yo no era su amigo. Y eso facilit贸 que reconociera que en verdad anhelaba poseer su colecci贸n, no para hacer fortuna sino para鈥 Esto era lo que durante a帽os me rehu铆a, simplemente no adivinaba o comprend铆a para qu茅. Sin embargo, las se帽ales de que hay que actuar o se esperan o se buscan. Mientras tanto, el gato gris relevaba al blanco sobre el piano, Montse endulzaba el caf茅 moka, y yo no dejaba de enfermarme. Cuando volv铆a, todo segu铆a igual, salvo que los discos compactos ahorraban espacio y los acetatos se iban a la calle. Me percataba que poco a poco la gente abandonaba la sala de m煤sica; en su lugar, los libros antiguos atra铆an lectores y coleccionistas. Cada cierto tiempo ven铆a un m煤sico o un mel贸mano preguntando por alguna partitura perdida y Montse y yo lo conduc铆amos a lo que llam谩bamos 鈥渓a b贸veda鈥. En torno a una gran mesa redonda, el erudito parec铆a que espiaba bajo la luz de una l谩mpara, mientras le mostr谩bamos los legajos, que pod铆a leer, ojear e incluso interpretar en otro piano, y, de vez en cuando, alg煤n documento sal铆a por la puerta como un ni帽o adoptado. A veces descubr铆amos maravillas otrora ocultas, como aquel Improptu de Guadalupe Olmedo que atenci贸n caus贸 en la prensa especializada.

As铆, apenas se celebraron las exequias de Riksfeldt entrev铆 que la subasta de la colecci贸n era inminente en beneficio de sus numerosos acreedores. Era de esas cosas que profundizan la infelicidad humana. Me obligaba a elaborar una extensa lista de soluciones, la m谩s atractiva de las cuales, por insistente, era la de vender la librer铆a para comprar aunque fuera parte del acervo, a lo que Montse primero no me crey贸; al notar que hablaba en serio, me intent贸 disuadir. En su lugar, urd铆 el plan de hipotecar mi propiedad y todo lo que all铆 hab铆a. Tem铆a que, en cualquier momento, la colecci贸n fuera a ser robada y desapareciera, as铆 que el tiempo apremiaba, y es que mi recuerdo de la velada con el difunto se transformaba repentinamente, al incluir palabras que Riksfeldt jam谩s hab铆a dicho, e incluso imagin茅 que 茅l albergaba la secreta intenci贸n de legarme su acervo y acaso me lo hubiera vendido all铆 mismo de yo no haber sido tan t铆mido. Confieso que en este sentido le escrib铆 cartas que nunca le envi茅 por temor de revelar mi juego. Deb铆a cuidar mi lugar en alguna futura puja. Nada hice, pues. Y la librer铆a me serv铆a para someter a mi atenci贸n las crecientes se帽ales de que era inminente que aquella colecci贸n ocupar铆a un lugar en mis estantes. Siempre que la colecci贸n no fuera incinerada por un empleado envidioso鈥 Empec茅 a pensar obsesivamente que el albacea de Riksfeldt podr铆a vender su patrimonio en partes y que, de este modo, la obra de Sibelius se dispersar铆a de nuevo, para que, acaso en el futuro, otros, y no yo, vieran las se帽ales鈥

Las cosas fueron cambiando a un ritmo m谩s veloz que al inicio no comprend铆. Desist铆 finalmente de vender la librer铆a. Aunque s贸lo la oscuridad de los estantes dejaran ver el polvo. Los gatos segu铆an ah铆. Advert铆 que a medida que envejec铆a, Montse era cada vez m谩s leal. Los clientes se volv铆an fantasmas. Yo me refugi茅 en mi oficina donde, un d铆a, encontr茅 un sobre amarillo con lo que cre铆 eran documentos para el fisco, que abr铆 casi al comp谩s de una melod铆a de viol铆n (la interpretaba Heifetz, si mal no recuerdo), y extraje recortes de un peri贸dico estadounidense y una carta metida en un sobre sellado. Luego de leerla, sal铆 a la plaza donde, sudando fr铆o, me arrepent铆 de tantos a帽os de inacci贸n y de oportunidades perdidas y desechadas, por lo cual resolv铆 tomar el primer vuelo a Nueva York. Cerr茅 el trato en la sinagoga Ohab Zedek en la Calle 116. La propuesta era muy atractiva: deb铆a vender parte de la colecci贸n, como Riksfeldt hab铆a decidido muchos a帽os atr谩s, con toda claridad, sin explicaci贸n, en secreto, para asombro y alivio de algunos cercanos. As铆 pues, en cosa de semanas varios objetos de la colecci贸n yac铆an sobre la mesa de la b贸veda, donde bajo la mirada de mis gatos, esperaron a que cayera la noche.

En cuesti贸n de pocas horas la luz de la l谩mpara se volvi贸 amarilla, igual que las p谩ginas, ya ra铆das, de aquellas partituras. Todav铆a conservo el inventario que tesoneramente elabor茅, aunque he olvidado d贸nde lo puse. Fue un contratiempos la intensidad de la luz, pues la noche fue larga bajo la mirada del gato negro, mientras la m铆a volaba primero por el polvo que el viaje hab铆a esparcido por las portadas. Un libro de bordes gastados, casi blancos, que, al abrirlo, me mostr贸 un cat谩logo de herbolaria con ilustraciones de acuarela, que a煤n conservaban sus colores, pese a unos pocos surcos de polilla. Debajo esperaban varios cuadernos; gradualmente me enojaba lo que faltaba, y, de repente, me hall茅 ante las notas de unas canciones de Kurt Weill, tranquilas como cuervos en una alambrada, descartadas quiz谩 de la versi贸n definitiva de La 贸pera de tres peniques, un hallazgo muy menor pero que me animaba a pensar en que el cargamento era m谩s rico de lo que aparentaba. Ahuyent茅 al gato gris. Algunas partituras me eran conocidas, otras no, en su mayor铆a eran insignificantes; de todos modos, podr铆a obtener un buen precio por todas ellas. Capa tras capa, fui cribando como en una excavaci贸n, dispersando el polvo con cada hoja desgastada que alimentaba mi curiosidad de lo que parec铆an cuadernos de Czerny, algunos enteramente desconocidos para m铆, hasta que en el fondo yac铆a una densa resma atada con cordones, encuadernada en verde, sin t铆tulo, que extraje con dificultad, manch谩ndome los dedos, porque estaba ajustada a la caja, sospechando (o anticipando o anhelando) que adentro hab铆a una leyenda, pero que me enloqueci贸 cuando descubr铆 temas de Pell茅as et M茅lisande, opus 46, de Sibelius, solamente porque el t铆tulo apareci贸 en una primera p谩gina, fechado en 1905, y me salt茅 varias p谩ginas por la impaciencia y el miedo de que fuese lo 煤nico de Sibelius, o algo con tan s贸lo valor de pieza de museo, ya que, al fin y al cabo, 驴a qui茅n pertenece el recuerdo cuando deja la mente? 驴No debe permanecer en la caja? Y, abrumada, mi mente me exig铆a que la devolviese pero mis manos obedecieron a un duende que me promet铆a que algo hab铆a que ver, ahora, que no hacerlo me castigar铆a con una desilusi贸n que implacablemente me iba a destruir. As铆 que le铆 con la vista cansada, de s煤bito, en una hoja a mitad del volumen, la palabra Scherzo, y el n煤mero 3; le铆 las notas inconfundibles de Sibelius. Al inicio someramente, y despu茅s con magn茅tica intensidad, se fue desplegando ante m铆 la melod铆a de Humoresque de la primera suite de La tempestad, con una orquestaci贸n desconocida y que a las diez barras se amalgamaba con la de la Canci贸n de Calib谩n, que a su vez conduc铆a a un tr铆o basado en la Danza de las ninfas de la segunda suite鈥 A partir de la cual vacil茅 si avanzar o retroceder鈥 驴Era una versi贸n preliminar de la suite n煤mero 1? Para contestar la pregunta regres茅 y vi indicios que me llevaron a concluir que estaba ante a una versi贸n muy primigenia del opus 46; al estudiar la partitura con mayor atenci贸n, not茅 una interrupci贸n. La suite de Pell茅as et M茅lisande estaba completa; terminaba en una p谩gina en blanco y, entonces, aparec铆a una partitura empezada, como si le hubieran arrancado al menos dos p谩ginas鈥 Faltaba algo, s铆. De improviso identifiqu茅 la m煤sica de Surusoitto, arreglada para la secci贸n de cuerdas, que me remiti贸 a una sospecha, que me cortaba la respiraci贸n a medida que descifraba las siguientes barras de sonidos intermitentes, en verdad mal le铆dos, hasta que me top茅 con otro subt铆tulo que dec铆a 2 Teoksen: Adagio cant谩bile, que me llev贸 a preguntarme c贸mo Surusoitto se combinaba con todo, una melod铆a f煤nebre que no pertenec铆a a La tempestad. Ah铆 estaba, sin embargo. Conforme avanzaba, obvio era que no estaba ante una suite. 驴Un poema sinf贸nico tard铆o? El verdaderamente 煤ltimo despu茅s de Tapiola, opus 112鈥 No. Me pareci贸 absurdo. Por una sencilla raz贸n: el manuscrito era demasiado largo. Y me di cuenta, accidentalmente, de que esta suite, acaso la tercera, de La tempestad carec铆a de obertura. Durante los a帽os de su silencio, Sibelius hab铆a editado y reescrito muchas obras, algunas como la Quinta Sinfon铆a mejoraron sustancialmente con la segunda versi贸n鈥 Un breve redoble de timbal terci贸 este seguro camino, pues estaba precisamente debajo del subt铆tulo escrito en letra manuscrita, en tinta negra, que hab铆a tachado parte de 茅ste, que tal vez indicaba otro tempo: adagio-allegro energico-pesante-largamente molto, que era un episodio culminante que, a medida que lo le铆a, me fascinaba porque identificaba pasajes de la segunda suite de la opus 109, con una orquestaci贸n inusitada, y material mel贸dico que jam谩s hab铆a conocido, hasta que me ardieron los ojos, y, de improviso, fortuita y l贸gicamente, me hall茅 frente a la informaci贸n que contestaba todas las dudas anudadas en mi mente: dos hojas intercaladas entre el pasaje pesante y el 煤ltimo; las p谩ginas iniciales que faltaban y que completaban todo, la primera de ellas, casi en blanco, sin otro texto que Sinfonia 8.

Me temblaban horriblemente las manos, mi gato blanco se lam铆a el rabo. Guard茅 la partitura en un cofre. Me apart茅 de ella. Supon铆a que era una copia elaborada tal vez por Santeri Levas, secretario del compositor, o su editor Paul Voigt, a sus espaldas, y no el original que supuestamente hab铆a sido quemado en la misma fogata, donde, se dice, ardi贸 tambi茅n parte de la Suite Karelia, y de donde Sibelius emergi贸 feliz. As铆 que busqu茅 una firma; no la hall茅; tan s贸lo la muestra contundente de que, m谩s tarde, despu茅s de todo, Sibelius hab铆a intentado cumplir su promesa, al menos durante los a帽os treinta. Me resist铆a, en verdad, a fascinarme. No sal铆 de la librer铆a sin haber tomado una decisi贸n final. Lo que por d茅cadas estuvo oculto en alguna alacena, ahora me inquir铆a: 驴Qu茅 har谩s conmigo? 驴Soy una broma de Riksfeldt? Y la m谩s violenta: 驴soy una maravilla o soy una mercanc铆a? De ninguna manera la iba a vender. No fue dif铆cil, por suerte, colocar los primeros textos en el mercado; as铆 lo decid铆 porque me beneficiaba. Aquellas preguntas, no obstante, me asaltaban a tal grado que me urg铆a todos los d铆as, antes de cerrar la librer铆a, abrir el cofre para contemplar el manuscrito de la Octava, ya con miedo, ya con curiosidad, ya con ansia. Al cabo de un d铆a admirable, en mi euforia esper茅 a que estuviera solo para ceder a la tentaci贸n 鈥暵縪 fue a un llamado?鈥 de tomar esa partitura de autor铆a cierta y propiedad dudosa y extenderla ante el piano. Mi digitaci贸n es terrible, dolorosa. Aun as铆, mi humilde lectura e interpretaci贸n estremecieron las paredes. Mis gatos se levantaron. Se cerraron mis ojos. Cerr茅 el instrumento. La partitura volvi贸 al cofre. Soy un vendedor, por lo cual no pod铆a dejar de pensar en su valor de mercado, incluso en su estimaci贸n. S贸lo pod铆a ser una copia, me persuad铆, aunque exist铆a la posibilidad de que fuese una falsificaci贸n. Una creaci贸n secundaria, a fin de cuentas, de alguien que anhelaba que Sibelius presentara un homenaje al p煤blico americano, o salvar la m煤sica de los devaneos o tal vez la rabia destructora de su creador, o enga帽arme. Cuanto hab铆a deseado descubrir la Octava, y esto me aterraba, pues lo que segu铆a era resguardar el manuscrito o presentarlo al mundo y compartirlo a pesar de Sibelius. Me aterraba a煤n m谩s verme expuesto como un traficante de curiosidades que s贸lo buscaba embarrar sus bolsillos con la fama ajena, e incluso torcer el pasado. Y ante estas dudas conclu铆a que lo 煤nico obvio era que me hallaba ante lo imposible, cual una se帽al, compartiendo el mismo comp谩s que romp铆a un largo silencio, porque qu茅 es la m煤sica sino un accidente, una calamidad que interrumpe los silencios y ruidos de la naturaleza. No hay hecho hist贸rico m谩s contundente que una obra de arte.

Y as铆 fue como me convenc铆 de que la Octava ya deb铆a escucharse. Trac茅 al efecto un proyecto que ejecut茅 con devoci贸n y dir铆a que con fanatismo, el mismo de los h茅roes que solamente miran hacia adelante. Mi pasado se volvi贸 a su vez mi horizonte. Y 驴qu茅 pod铆a hacer ante un tesoro que refulg铆a cada vez m谩s a medida que vend铆a los dem谩s objetos a clientes selectos, a conocedores, y mejores postores? Todo por una raz贸n. Gradualmente, me hac铆a del capital necesario, si bien con dificultad, pues las cuentas apenas sal铆an. As铆 que sin decirle a Montse recurr铆 a hipotecar la librer铆a y otros bienes. La explicaci贸n perfecta era que me enfrentaba a la repetici贸n de La pasi贸n seg煤n san Mateo. Mientras tanto, guard茅 el cofre en uno de los estantes del fondo de la b贸veda, junto a viejas biograf铆as.

Y acepto que me debat铆a entre consensar un secreto y anunciar una epifan铆a. No dejaba mi mente de cavilar si esta sinfon铆a no era sino un objeto extraviado. Tampoco pod铆a discernir c贸mo hab铆a llegado a manos de Riksfeldt. El ejercicio del copista bien puede ser el m谩s cercano a la eternidad, sobre todo porque carece tanto de la pretensi贸n como de la casualidad que pueden caracterizar a muchos originales. Pod铆a imaginar, pese a esto, el rostro aliviado o quiz谩 maravillado de la persona que recibi贸 el manuscrito; 驴fue el resultado de la suerte o del destino? 驴Vio 茅l o ella las se帽ales? La conservaci贸n de la copia, la preservaci贸n de una sinfon铆a prematura, el copista laborando en las noches, furtivamente, gracias a quien la obra no fue destruida, como quien esconde a un hijo bastardo.

Pens茅 que una transcripci贸n al piano ser铆a la mejor forma de rescatar la Sinfon铆a. Pronto advert铆 que ella no se escuchar铆a en todo su esplendor sonoro. No se pod铆a reducir a un solo sonido por m谩s vers谩til que fuera el instrumento. Desaparecer铆an sus matices y misterios. Deb铆a develarse completa o jam谩s. Pens茅 entonces en despedir a Montse a fin de agenciarme recursos adicionales. Me disuadi贸 enterarme que ella conoc铆a a quien pod铆a convocar a una orquesta. En muchas ocasiones, la hab铆a o铆do llorar, pero era inevitable que aceptara el proyecto. El hombre que me present贸 me impuso un precio elevado como su talla, pero destru铆 su resistencia apenas le mostr茅 la partitura; ni siquiera insisti贸 en su verificaci贸n. Como yo, el Maestro reconoci贸 la trascendencia de la Octava. De todas maneras, me cobr贸 semanalmente los ensayos con puntualidad y, dir铆a yo, con plena anticipaci贸n de la cat谩strofe. Por ello estuve a punto de deshacerme de 茅l repetidamente. Y entablamos al fin una relaci贸n de dependencia mutua. Le dej茅 seguir, porque as铆 casi todas las noches pod铆a yo asomarme a mi peque帽o auditorio 鈥昲echo con lo que hab铆a sido una vez el centro de la librer铆a鈥, y escuchar alg煤n pasaje que los m煤sicos enfrentaban a ratos con titubeos y ocasional desconcierto, y que hab铆a que explicar por la imaginaci贸n del compositor. Esto debi贸 ser suficiente para anticipar el 茅xito de la empresa. De repente, comenc茅 a temer que el Maestro fuera a modificar la obra arguyendo la inmadurez del proyecto del autor (por algo la hab铆a guardado por tantos a帽os); 驴acaso no lo hab铆a hecho Karajan al final de su vida? Montse me convenci贸 de no despedirlo, con argumentos acaso falaces y convincentes por igual: no hab铆a otro director ni fondos; despedir al Maestro habr铆a revelado la sorpresa.

Entonces me asalt贸 la m谩s horrenda de las dudas. Comoquiera, ten铆a la Octava Sinfon铆a en mi poder. Nadie podr铆a increparme por ello. Ser铆a objeto de admiraci贸n鈥 La gran obra desconocida, rescatada por m铆. Miles de copias cubrir铆an el mundo. Y鈥 驴ser铆a en verdad yo el testigo de un paso en falso, uno que Sibelius prefiri贸 mejor convertir en Surusoitto, Tapiola y La tempestad? Era probable, y, por lo mismo, mi sinfon铆a pod铆a ser un fiasco que deb铆a volver a la oscuridad. El anuncio del Maestro de que todo estaba listo me llen贸 de una inquietante impaciencia. Resolv铆 presentar el concierto y a continuaci贸n cerrar la librer铆a para siempre. Por lo cual era justo alistar bien la despedida. Esa noche el auditorio se llen贸 con clientes y amigos, sentados ante cien atriles con cien copias de la Octava Sinfon铆a de Jean Sibelius. Los m煤sicos afinaron sus instrumentos, Montse ocup贸 su lugar hasta atr谩s, acaso para que no viese sus anteojos empa帽ados, y adelante, conspicuo, el cr铆tico musical Juan Coraghesian Moone, desde temprano, para comentar el acontecimiento para 96.1 FM. El bullicio poco a poco se calm贸. Cuando el Maestro se dirigi贸 al podio, aplaudimos.

Amaneci贸 un nuevo d铆a.

El Maestro agit贸 los dedos como si con las puntas quisiera tomar las notas que reverberaban al nacer del silencio y posarlas en el espacio de polvo de estrellas donde los violines trazaban un camino en Re menor merced al cual se separaban las aguas obedeciendo al comando de aquella mano que se agitaba, y los violoncelos primero y luego el resto de la orquesta anunci贸, con dramatismo wagneriano, la contundencia y la duda, el lamento, la esperanza, el miedo y el despertar final, que daban pie a una melod铆a en las maderas, similar a la de Tapiola, en la que el corno ingl茅s hac铆a de heraldo que llevaba a un navegante en el viaje hacia la isla de los muertos, oculta tras una cubierta de niebla g茅lida, densa y pertinaz, que mientras yo desenredaba mis dedos, se despejaba con una fanfarria de trompetas y trombones, acentuado por tambores y timbales, que el filo de las maderas, sobre todo las flautas, cortaba para introducir una marcha en Re mayor, no exenta de lirismo, en la cual el compositor rememoraba En saga, opus 9, aquella obra prematura en la cual traz贸 su Vida del h茅roe, y pens茅 que estaba ante un compendio de melod铆as pasadas, pero me abri贸 los ojos la imagen de una manada de renos a la vera de un lago helado sobre el cual sobrevolaba una parvada de cisnes, que era ahuyentada por una tormenta llevada por bajos atronadores y se impuso una oscuridad viol谩cea, la cual un p铆colo solitario penetraba insinuando un tema que retornaba desde el inicio, proveniente de una regi贸n agreste y lejana, pianissimo, al grado de que los int茅rpretes de la secci贸n de viento abr铆an bien los ojos, tratando de acallarse, y entonces era como si el escenario fuese cubierto por una llovizna que cubr铆a mis ojos, por lo que no pude ver a las aves remontar el vuelo impulsados por una recapitulaci贸n de la marcha convertida en himno, que les acompa帽aba al cielo, y me perd铆 por un momento, de modo que no advert铆 cuando la oscuridad volvi贸 a caer cual un destino ineludible, en una inusual coda dislocada, cual un portazo, lo que me dio a entender que todo hab铆a sido un deseo fantasioso y decepcionante, y el segundo movimiento era, l贸gicamente, un retrato de la tristeza, anunciada extra帽amente por la melod铆a tomada del opus 109, El 谩rbol de roble, con un arreglo plomizo, ante un sue帽o roto, pues si el primer movimiento hab铆a sido como el cruce de un estrecho adonde la entrada era resguardada por un par de colosos n贸rdicos, el denso tema que cubr铆a mis o铆dos, guiado por el dedo del Maestro en sus labios, devino de los violoncelos y contrabajos hacia un sonido similar al que se forma en la garganta, tejido por un pizzicato largo, y que asemejaba una brisa que perd铆a fuerza como cuando una ventana se cierra, y una hoja dejara de revolotear, para yacer sobre un piso de piedra, esperando quiz谩s otra bocada de aire, primero con paciencia, luego con ansiedad, para volver a elevarse, animado por un clarinete, hasta que se convierte en polvo 鈥時eflejando el paso del tiempo por el rostro de Sibelius en blanco y negro鈥, arrullada por un escarceo formado por la amalgama musical de Luonnotar, opus 70, y La muerte de M茅lisande, que recalcaba su car谩cter lastimoso cuando era evidente que la hoja jam谩s podr铆a levantarse, quedando pl谩cidamente tiesa, despedida por una dulce melod铆a en los cornos y los oboes, la cual se disip贸 para dar paso al scherzo, que se apartaba de todo lo acontecido antes, con un temperamento juguet贸n que en el trio se volvi贸 una triste danza, el tema de Miranda del opus 109, que se manten铆a viva cual una fogata gracias a la brisa del bosque, hasta que la m煤sica volvi贸 sobre sus pasos, y no pude por menos que mirar a mi alrededor en busca de una inquietud similar a la m铆a, para conducirnos, desde el instante en que el Maestro alz贸 su mano extendida, y los arcos de las cuerdas se elevaron, a un alud de m煤sica tan fuerte que mi cabeza retrocedi贸, que se帽alaba el pin谩culo y arengaba la forma como ser铆a conquistado, antes del asalto en Do mayor que arremet铆a con la fortaleza de la melod铆a de la Intrada del opus 109 que se disolvi贸 deliciosamente en otra parecida a la de la obertura de Kullervo, opus 7, contra un inmenso tempano de hielo, donde acaso moraba el silencio que hab铆a atrapado al compositor, siendo su respuesta a las cartas que le apremiaban que concluyera esta pieza, y con esto toda su obra, pero que no pod铆a terminar si no era con una intensidad extra帽a, iracunda, que tem铆 que ser铆a tan arbitraria como un golpe seco, que, de pronto, cedi贸 a una delicadeza incre铆ble plasmada en una remembranza de Cabalgata nocturna y amanecer, opus 55, en que las maderas describen como nunca el inicio de los ciclos de la vida.

El p煤blico prorrumpi贸 en aplausos, y yo tambi茅n, fui incluso el primero en ponerse de pie. Mis ojos estaban h煤medos, pues me era claro que, despu茅s de esta noche, mi vida marchar铆a por el rumbo de la decadencia y la nostalgia. Montse me abraz贸 aliviada, y luego fui arrancado de sus brazos tumultuosamente, pues me llamaban desde el escenario para recibir la ovaci贸n del Maestro y la orquesta. Envidi茅 sentir en mis dedos un trozo de inmortalidad, que de improviso se desmigajaba triturado por los aplausos. Y deseaba marcharme: era claro que el p煤blico hab铆a aceptado la pieza s贸lo porque hab铆an podido reconocer las melod铆as que esperaban y no porque hubiesen recibido algo nuevo e inesperado. La crisis de la m煤sica cl谩sica segu铆a viva y Sibelius no volv铆a a centellear, pues la Octava era hermosa, pero, en el fondo, yo no sab铆a elegir entre si era un homenaje a s铆 mismo, una despedida largamente anunciada, o el anticipo de la transformaci贸n de la m煤sica sinf贸nica en opci贸n menos sentimental de la m煤sica folk, que, aun as铆, ilustra leyendas y paisajes de la patria. En todo caso, Sibelius lo intent贸 y desisti贸; su m煤sica ya no era del presente. De ah铆 la raz贸n de su silencio. Y comprend铆 el significado de haber copiado la partitura y que los m煤sicos se la llevaran a sus casas. A partir de este momento la Octava Sinfon铆a de Jean Sibelius resucitaba para recorrer el mundo. Ni una mala cr铆tica podr铆a impedirlo; de todas maneras, not茅 a Moone emocionado. Hab铆amos birlado a Sibelius el final de su carrera.

A la ma帽ana siguiente, me le adelant茅 a Montse en abrir la librer铆a que en unas semanas ya no ser铆a m铆a. Todo se ve铆a como en la noche anterior, desde hac铆a mucho, con varios anaqueles vac铆os. S贸lo quedaba limpiar. Los gatos erraban por aqu铆 y all谩. Vi que faltaba el blanco y negro, as铆 que lo busqu茅. Lo hall茅 al final del pasillo entre dos libreros, yaciendo tranquilamente encima de un mont贸n de papeles, despertando sin el menor sobresalto, sus ojos ambarinos apenas brillando en la semioscuridad. Me di cuenta de que hab铆a estado siguiendo un rastro de trozos blancos y polvosos, arrugados y rasgados. Los recog铆; en mis dedos vi una clave de sol. Record茅 que no hab铆a guardado la partitura en su cofre consintiendo a que languideciera en una mesa, donde mis invitados la hab铆an examinado at贸nitos y maravillados. Descubr铆 con horror que mi gato tambi茅n hab铆a descubierto la Octava Sinfon铆a e, indiferente a las tribulaciones humanas, le hab铆a dado mejor uso.

Abril-octubre de 2021