Revista Anestesia

𝙴𝚕 𝚍𝚘𝚕𝚘𝚛 𝚜𝚎 𝚚𝚞𝚒𝚝𝚊 𝚌𝚘𝚗 𝚕𝚎𝚝𝚛𝚊𝚜

El encuentro con ella

MUJER

“La vida con mayúsculas no puede darme nada porque confieso que yo, como los demás, debo de haber entrado en un callejón sin salida. Porque no veo en mí un puñado de hechos, sino que intento casi trágicamente ser. Es cuestión de supervivencia semejante a la de comer carne humana cuando no hay otra cosa”.

Clarice Lispector

A Azul Luciérnaga.

Por Julio Sarabia 

1

Una mujer es vista.

 

Una mujer es vista y se busca. Se busca es un decir, estoy detrás de ella todo el tiempo, reconociéndola en todas partes. La hallo. Una mujer a la vista. Antes de acercarme, la observo a la distancia como esas leonas que salen en Animal Planet, agazapadas en la sabana, contemplando a un grupo de antílopes a lo lejos. Un hombre mira a una mujer tal como una leona mira a un antílope. La veo: la antílope de piernas largas camina entre las de su especie, camina del río a los pastos verdes, y de los pastos verdes a la sombra de los altos árboles, siempre en grupo, a veces nerviosa, otras segura, en todo caso camina como una reina en vigía. De cuando en cuando se aleja un poco de las demás, sólo un poco, siempre atenta, expectante. ¿Qué busca? ¿Busca? ¿Sospechará que unos ojos la miran a la distancia como quien mira la vida sin aliento y esperanzadamente? La leona que soy, agacha la mirada y respira profundamente, ¿qué siente?, ¿cómo lo siente?, ¿qué significa esas palpitaciones arrítmicas? Las preguntas pretenden hacer una autoexploración, un recorrido al mundo de los deseos y anhelos. La leona jamás había visto tal antílope, de matarla, valdría la pena contemplar el cadáver con una mirada exhaustiva y penetrante. ¿Estoy lista? A veces el hambre no es lo más importante, si no fuera por el hambre, los antílopes serían bellas criaturas deambulando por la sabana. Antílope y leona estamos aquí, kilómetros nos separan. Te dejaría libre sólo para ir de nuevo a tu búsqueda. Una leona mira a un antílope a la distancia.

 

2

Una mujer antílope es encontrada.

 

Un hombre encuentra una mujer. Encontrar no es la palabra, en realidad dio con ella porque siempre la buscaba, una búsqueda a veces fatídica, alucinante, también silenciosa, y a veces simbólica; una búsqueda entre el sueño y la vigía, entre el hombre y la bestia, por tanto esta es una búsqueda felina, tal como las leonas de la sabana que cazan en grupos de cinco o siete y que permanecen entre los altos matorrales asechando a la presa. Me entrego a la contemplación de mi mujer antílope entre la excitación, el hambre y la eterna lucha por asumirme en lo más alto de la cadena alimenticia. La leona espera entre los matorrales a la mujer- antílope, y se entrega a una serie de preguntas sin prejuicio alguno. Su alma y su ser se proyectan hacia una sola dirección. Su panorama se reduce a un solo cuerpo, y aun cuando los mosquitos y el hambre instigan su paz y la seguridad de su ser, espera con paciencia y admira, el mundo circundante desaparece a su alrededor, o dicho de otro modo, se estira y contrae en una sola cosa: ella, la obra, su razón de ser. Si bien su cuerpo físico permanece inmóvil, su cuerpo interno, sus nervios, huesos, músculos trabajan conjuntamente con su parte más instintiva, pasional y espiritual, y aún cuando todavía no conoce las entrañas de la mujer- antílope, se entrega a ella en espíritu y verdad.

 

3

Hay una mujer, la miro, y nadie más que yo lo sabe.

 

Una mujer me mira y yo me miro en ella. Una mujer, la siento y me siento con ella. ¿A quién miras?, pregunta Pablo que no se despega de mi lado. A ella, respondo sin bajar mi vista de águila. Esa mujer no te conviene, sólo basta con mirar como camina, mira ese par de piernas largas caminan como quien abre la tierra, como si aquellas piernas pensaran por sí solas. Hay una mujer vista por tres testigos: Pablo es uno, Kareny otro, y yo uno más. “La muy mina, la mina rica, mírala que boquita la suya, ¡pesada!, ¿qué insinúa con esa boquita pintada?—dice Kareny— por mujeres así ustedes pierden la dignidad, el cuerpo, la simpatía, la utilidad, el pico que tiene entre las piernas se vuelve en contra suya; pobres de ustedes que piensan con el pito entre las patas”. No escucho, no atiendo, no permito. Sus opiniones e influencias extrañas carecen de verdad, son prejuicios acumulados, sus ojos son lascivos, y sus mentes torcidas. “Hay mujeres acaparadoras, su cuerpo es una anunciación todo el tiempo, caminan y su cuerpo habla, a veces sus pechos gritan, su culo gime, sus piernas silban, y todo su cuerpo te manda a la chingada”, dice Pablo. “No te fíes, pasa de largo –dice Kareny— de largo, sin ver, sin puntear. Hay leonas que nunca podrán alcanzar a algunos antílopes”, lo vi en Animal Planet. Me alejo, hay veces que la cacería es una solitaria carrera por la supervivencia.

 

 

4

Hay una mujer,  me ve y me acerco a ella.

 

Hay una mujer y es mía. Camino hacia ella como Colón bajando de la Santa María, o como Armstrong saltando sobre la luna. Esto es una conquista. Camino es un decir, corro a toda velocidad como la leona que soy, dejando atrás el conjunto de mis fallidos momentos. Corro y logro atacarla. La pobre no tiene escapatoria, me mira, y aun cuando soy yo quien la busca, sus ojos de pena recorren mi triste figura. Me gustas, digo y muerdo su pierna. Soy América, dice. Sonrío. Quién diría, Colón salió a buscar las Indias y se cruzó con un continente. ¿Eres marinero? A nado se conquistan tierras, pienso. Ella sonríe. Hablamos, una charla que se extiende en un tiempo sin tiempo, a veces mi mano roza la suya; rozo su pierna. La gente a nuestro alrededor va y viene mientras nosotros echamos raíces profundas. Me temo que ha llegado la hora, dice América. ¿A qué hora Colón pisó esta tierra antigua? Hay mujeres que somos tierras baldías, otras océanos insondables y muy pocas veces, somos bóvedas celestes. Muerdo, peleo, pataleo, y si bien la presa se pone de pie y camina malherida. América se va dejándome un tumulto de sensaciones, las piernas me duelen como la leona que ha alcanzado su objetivo y con presa en boca, camina agitada, respirando con debilidad. América se va y yo vuelvo a mi carabela, ¿qué significa conquistar una tierra?

 

Y si bien América ya no está, nuestro encuentro surge de nuevo frente a mí en la cámara de las simulaciones, veo con detalles la forma de su vestido, la cicatriz de su pierna derecha, el largo de sus dedos, el lunar de sus mejillas, sus largas pestañas. Veo su cuerpo caminar de la mesa al baño y del baño a la mesa. Veo sus manos secándose en las toallas, pintándose los labios, recogiendo su cabello, hurgando su bolso, apuntándome ¡Pum, pum vaquero!, ¡estás muerto! Me veo caminando con ella, abrazando su figura con el largo de mis dedos. Me veo y nos vemos, ella en cinco días, en diez, en quince, en dos meses, en dos años; ella en 876 cambios de ropa; ella pariendo hijos; ella flotando de cama en cama, de cuarto en cuarto, de sexo en sexo. ¿Realmente Colón llegó a América?, ¿una tierra se conquista?

 

Después de la cacería, la leona regresa con la presa en la boca, camina exhausta mientras ve, sin poder hacer apenas nada, como llegan las otras leonas que comienzan comer a prisa porque la sangre llama a otros animales, pronto las hienas, los buitres, los leones vendrán por las sobras. ¿Qué significa América? Todas las preguntas son válidas pero lo más importante es la propia opinión de los hechos. La leona es quien caza, los demás sólo comen al encuentro, hay un sólo mérito y una enorme ganancia repartida en partes.

 

5

Una mujer, me conoce, la conozco, ¿y después?

 

Hay una mujer. Me gusta y le gusto. La quiero, en realidad la amo, mi amor tiene la facultad de sublimar al ser amado. Sublimar no es exactamente la palabra, pero me acerco, mi amor es un culto, el objeto del amor es construir ídolos. Creyente y santo entran en una larga carrera de peticiones, ritos y sacrificios. Para quien ama, el objeto de su amor es su ídolo, por tanto el mundo es un mero pretexto, la vida es pasajera. El amor–culto estimula a tal grado al creyente que su vida tiene un solo propósito: volverse devoto de su fe. “Este es mi cuerpo y esta es mi sangre que será derramada y entregada por ustedes, yo soy el agua y sal del mundo, quien bebe esta agua que soy, nunca más volverá a tener sed”. La obra de su adoración es su única verdad, por eso debe consumir a su índolo hasta las entrañas.

 

Cuando la leona ha consumido al antílope en su totalidad, en algún momento, su cuerpo sufre una metamorfosis: antílope y leona son una sola carne, como el creyente y su ídolo, Dios y el hombre, marido y mujer, por tal razón se sufre la muerte y la conquista. Para vivir, mata, y para matar, necesita estar vivo. Su objetivo es estar en la sima de la cadena alimenticia, tal motivo lo lleva a estar aislado del resto de sus congéneres. La leona descansa de su carrera y apetito, la sangre del antílope se siente y sabe en su rostro y entrañas, es paradójico como para vivir, alguien debe morir, los amantes mueren y reviven todo el tiempo uno por el otro, ella muere, yo vivo, muero por ella para darle vida y así somos uno, unidos a la obra. La leona ama tanto al antílope que tiene que matarla y beberse su sangre, por eso cuando mata, sufre, llora, al tiempo que se regocija. Ya no vivo yo, más el Mesías vive en mí, fueron las palabras del defensor de la fe. El creyente comienza su camino de fe cuestionando y creyendo al mismo tiempo, una danza entre dos fuerzas contrarias: duda y fe. Por eso cuando se ama, se experimenta una extraño júbilo de repentina espiritualidad, el amante cree en el amor, lo llama y evoca, sufre y se regocija, ora por él y sabe que puede morir, una muerte adorable en pos del amor.

 

América es el culto de mi adoración, sin duda es una graciosa figura imperfecta y deseable, su cuerpo penetra en mí de tal manera que cada día dejo de ser yo, para ser con ella, una suerte de pérdida y ganancia, entre más unidos estamos ella vive en mí y yo en ella. La observo mientras muere y vive lentamente en mí y sigo preguntándome ¿quién es realmente? ¿Somos uno sin dejar de ser dos?

 

 

6

Una mujer y un hombre. Somos uno sin dejar de ser dos.

Ella es América y es además un antílope y una tierra y la bóveda celeste.

 

América de largas piernas camina abriendo la tierra, su cuerpo imperfecto seduce mi triste figura. Cuando habla, estipula los usos horarios, los puntos cardinales de mi geografía.

 

Yo sé que me adoras porque elevo un culto a tu nombre. Me dije que pronto se desencadenaría la metamorfosis, me dije que un hombre puede hacer el amor con un cortinaje de lluvia, con una libélula, con una acacia. Por un momento dudé ¿y si me entregaba? Para quien desee penetrar la creación, la invención, la huella artística que es una hembra en celo, un antílope en la sabana, se necesita necesariamente buscar la claridad, releer las notas, los indicios, volver sobre los pasos trazados y perderse de nuevo en las primeras impresiones, se necesita volver al origen mismo para hallar las razones vedadas.

 

Ella dijo: para el artista consumado, la obra es su razón de ser, se entrega a ella para que la obra le muestre la luz. Porque a veces la obra es oscura y cerrada, una planicie de valles insondables, un páramo tupido de árboles y a veces también un acantilado profundo cuyo fondo desconocemos. Por eso el hombre-arte debe entregarse completamente, volverse uno con la obra para que la obra sea luminosa, incandescente, tal como la luz hace visible la profundidad de la cueva.

 

Yo soy un hombre introvertido, manantial subterráneo, corriente prisionera. Tú en cambio, desconoces la palabra reserva, el acto de acumular imágenes, emociones para el invierno. Para ti es necesaria la luz porque eres la obra maestra.

 

Epílogo

Una mujer. Me ama. La amo. Ella es las muchas lecturas de mi única pasión.

 

Si ella no es la tierra y tampoco el antílope de la sabana, mi culto sería un equívoco, por ello he rascado dentro de mis entrañas, buscando cada inicio de mi experiencia, al tiempo que ella me revela sus infinitos huecos. Ella es América, no queda duda. Y también un antílope-mujer. Por tanto rechazo que esta mujer sea menos que el mayor regalo que Dios me ha dado. Me dirijo a ella con la fe de un creyente de toda la vida. Su mismísima existencia invalida cualquier vena de escepticismo. Me vio y me hizo ir hacia ella. Me encontró mientras yo estaba hambriento de ella. Su gran amor me da valentía y perfora mi miedo y mi rabia. Es una forja hecha por un alquimista y es mucho más. Me ordena que salga de la oscuridad a la luz. Es mía y soy suyo. Somos uno sin dejar de ser dos, para multiplicarnos por diez, por mil, por un millón.