Desde que no duermo contigo el demonio se metió en la casa. Entre más te recuerdo sus ojos se cubren de crepúsculo, su boca de escamas. Siempre está en la mecedora de bejuco, junto a la ventana que da a San Miguel de la Costa. Ahí permanece y me observa.
El demonio se vuelve hombre y no se levanta de la mecedora. Él tiene tu rostro. Siempre eres tú con el crepúsculo en los ojos. Sube el volumen a la música y con sus manos recorre su pecho, su vientre, su verga erguida; filo de escamas dispara la noche.
Desde que no duermo contigo el demonio conjura tu nombre y en su lengua el sol es un erizo.
El demonio se vuelve mujer y no se levanta de la mecedora de bejuco. Ella tiene tu rostro. Siempre eres tú con el crepúsculo en los ojos. Sube el volumen a la música, con las manos recorre sus pechos, su vientre, abre las piernas; profundidad donde los ahogados se iluminan.
Hoy desperté y el demonio no estaba en la mecedora.
Saldré a buscarlo.
Cuento que pertenece al libro El demonio que nos habita