Revista Anestesia

𝙴𝚕 𝚍𝚘𝚕𝚘𝚛 𝚜𝚎 𝚚𝚞𝚒𝚝𝚊 𝚌𝚘𝚗 𝚕𝚎𝚝𝚛𝚊𝚜

El archivo

IMG_0326
 Por: Victor Giudice   
Traducción :Raúl Sosa
   
16 Julio 2020       
       Al final de un año de trabajo, Juan obtuvo una reducción de quince por ciento de su sueldo.
Juan era joven. Ese era su primer empleo.  Aunque hubiera sido uno de los pocos contemplados, no se mostró orgulloso. Por último, se había esforzado. No había tenido ni una falta ni una llegada tarde. Se limitó a sonreír, agradeciendo al jefe.
          Al día siguiente se cambió para un cuarto más lejos del centro de la ciudad. Con el salario reducido; sólo podía pagar una renta mas baja.
         Pasó a tomar dos autobuses para llegar al trabajo.
Pero aún estaba satisfecho. Se despertaba más temprano, y esto le parecía que aumentaba su disposición.
          Dos años después, vino otra recompensa.
El jefe lo llamó y le comunicó el segundo recorte salarial.
Esta vez la empresa atravesaba un período excelente. La reducción fue un poco más grande; del diecisiete por ciento.
Nuevas sonrisas, nuevos agradecimientos, nuevo cambio de casa.
            Ahora Juan se despertaba a las cinco de la mañana. Tomaba tres autobuses. En compensación, comía menos. Quedó más esbelto. Su piel se volvió menos rosada. Su alegría aumentó. La lucha prosiguió.
 Juan se preocupaba aunque en los cuatro años siguientes, no pasara nada extraordinario.
Perdía el sueño, envenenado por las intrigas de los compañeros envidiosos. Los odiaba.
Se torturaba con la incomprensión del jefe. Pero no renunciaba. Pasó a trabajar dos horas más por día.
      Una tarde, casi al fin de la jornada, fue llamado a la oficina principal.
      Respiró profundamente.
      Señor Juan: nuestra firma tiene una gran deuda con usted.
Juan bajó la cabeza en señal de modestia. Sabemos de todos sus esfuerzos. Nuestro deseo es darle una prueba sustancial de nuestro reconocimiento. El corazón se le paraba.
      Además de una reducción del dieciséis por ciento en su sueldo, resolvimos, en la junta de ayer, rebajarlo de puesto.
      La revelación lo deslumbró. Todos sonreían. De hoy en adelante, Ud. pasará a ser auxiliar de contabilidad, con cinco días menos de vacaciones. ¿Contento?
Radiante, Juan tartamudeo algo ininteligible, saludó al directorio y regresó a su trabajo.
      Esa noche, Juan no pensó en nada. Durmió en paz, en el silencio del suburbio.
      Una vez mas se cambio de casa. Finalmente dejo de cenar. El almuerzo se redujo a un sándwich. Adelgazaba, se sentía mas ligero, mas ágil. No tenía necesidad de mucha ropa. Eliminó ciertos gastos inútiles: lavandera, pensión.
       Llegaba a la casa a las once de la noche, se levantaba a las tres de la madrugada. Se desmoronaba en un tren y en dos autobuses, para garantizar su llegada con media hora de anticipación.
       La vida fue pasando con nuevos premios.
       A los sesenta años su sueldo equivalía a un dos por ciento del sueldo inicial. Su organismo se acostumbró al hambre. De vez en cuando, saboreaba alguna raíz de las calles, Dormía apenas quince minutos. No tenía mas problemas de vivienda o vestimenta. Vivía en los campos, entre árboles refrescantes, se cubría con los harapos de una sábana adquirida hacía mucho tiempo.
        Su cuerpo era un montón de arrugas sonrientes.
        Todos los días, un camión anónimo lo transportaba al trabajo.
Cuando llegó a los cuarenta años de servicio, fue llamado por la gerencia:
-Sr. Juan.  Ud. acaba de tener su salario eliminado. No tendrá mas vacaciones. Su función, a partir de mañana, será la de limpiar nuestros baños.
   El cráneo se le comprimió. Del ojo amarillento se le escurrió un liquido tenue. Su boca tembló, pero no dijo nada. Se sentía cansado. Al fin, alcanzaba todos sus objetivos. Intentó sonreír.
Agradezco todo lo que hicieron en mi beneficio. Pero quiero solicitar mi retiro. El jefe no entendió. ¿Pero, Señor Juan, justamente ahora que está usted sin salario? ¿Por qué? Dentro de unos meses tendrá que pagar la tasa inicial para permanecer en nuestro plantel. ¿Va a despreciar todo esto? ¿Cuarenta años de convivencia? Ud. todavía está fuerte. ¿qué piensa?
       La emoción le impidió toda respuesta.
Juan se alejó. Su labio marchito se alargó. Su piel se rigidizó, quedó lisa. Su estatura disminuyó. La cabeza se fundió al cuerpo. Las formas se deshumanizaron, planas, compactas. A los lados había dos aristas. Se volvió gris. Juan se transformó en un archivo de metal.
Tomado de: ”Los cien mejores cuentos brasileños del siglo”
Editorial Objetiva.
Traducción :Raúl Sosa