Revista Anestesia

𝙴𝚕 𝚍𝚘𝚕𝚘𝚛 𝚜𝚎 𝚚𝚞𝚒𝚝𝚊 𝚌𝚘𝚗 𝚕𝚎𝚝𝚛𝚊𝚜

De por qué ya no creo en la novela negra

 

 Por Ulises Paniagua

Febrero 2021

Abro el libro. Se titula, digamos, “Intriga en el barrio sórdido”. Con gran expectación espero una trama magistral, una serie de giros criminalísticos y forenses dentro de un submundo inquietante; aguardo un universo clandestino que reproduzca una visión que me es ajena y cercana, a la par. Encuentro, con decepción, el cliché: un investigador macho, alcohólico, frecuentador de burdeles, soltero empedernido, patán, de preferencia panzón, que resuelve los casos con poca inteligencia y muchos golpes. La trama es irrelevante. La ambientación, gratuita. El personaje, prescindible. Me harta un concierto de recursos simples que resaltan, como siempre, la dudosa virilidad del protagonista.

Bostezo. Dentro de la novela, el detective privado asoma por la ventana; contempla la manera en que dos policías violan a una prostituta (a los escritores de novela negra les encantan las agresiones a las sexoservidoras). El autor se regodea con la escena. Presenta a la mujer como un ser sumiso que se deja abusar. Un guiñapo. Es la ley del asfalto, se justifica. Antes de asomarse, por cierto, el supuesto héroe duerme con otra prostituta, en un hotel de mala muerte (¿es que no existe otro tipo de mujeres o escenarios en el mundo undeground?). Seguro el tipo resultará un amante brutal, con un pene gigantesco. Ya me sé ese argumento. Por cierto, ¿han notado que, en Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño el protagonista García Madero y al menos otros dos personajes están muy “bien dotados”? Literatura macha que se ocupa de recordarnos quién la tiene más grande. A mí la obra de Bolaño me gusta; no obstante, hay que reconocer que estos detalles resultan anacrónicos, setenteros. Por supuesto, era otro contexto; justo a eso voy. Queridas lectoras, queridos lectores, seamos exigentes: nos interesan la literatura negra del siglo XXI.

Prosigo la lectura. Francamente, me fastidia la objetivación del cuerpo y la esencia femeninos en la noveleta -que se aleja de mi interés, entre menos original resulta-. La ciudad que describe, en adición, es irreal. Si bien la capital mexicana es turbia a más no poder, lo cierto es que no ocurre una violación y un asesinato en cada esquina, cada cinco minutos (si ocurren, en el país, al menos ciento cincuenta y siete denuncias de golpizas a mujeres, más de doscientas sobre violencia intrafamiliar, cinco sobre violación, once feminicidios; todas de manera diaria, un horror verídico). En cambio, ese mundo en el librillo, que semeja la fantasía de la Atlanta de Guns and Roses, el Riverside Park de la cinta The Warriors, qué efectista, qué simple en su afán de impactar. En los “ochentas” pasa, pero hoy…no sé. La realidad supera a la fantasía, cuántas veces se ha recalcado. Entonces, para qué la exaltación ridícula de lo violento. Si fuese una historieta, tal vez pudiese entender. Lo cierto es que en la novela negra seguimos padeciendo una gran cantidad de víctimas femeniles, de las cuales apenas importa el nombre y el dolor de hijos, padres, hermanos, novios o esposos. Hablo en masculino, aunque desde luego generalizo: hijas, madres, hermanas, novias o esposas. Hay que hacer memoria: una asesinada es una persona, no una cifra.

Vuelvo a la novela (cuyo nombre no voy a revelar, pero que bien podría llevar cualquier título): a partir de entonces, desde la primera escena, el resto del libro serán decenas, cientos de páginas de insoportables exageraciones: acosos, piropos, golpes, eyaculaciones grotescas al por mayor. Sobre todo, apreciaciones en la naturalización del terrorismo hacia la mujer y, cuando se puede, hacia la comunidad LGBTTTI, en especial hacia los trasvestis (en este tipo de literatura, la comunidad aparece mediante la individualización de tipos extraños, solitarios, adictos a las drogas y al sexo y, por tanto, punibles desde leyes urbanas no escritas). Dicho de otro modo, tales obras parecen justificar que los homosexuales y los bisexuales merecen un castigo “por raros”. Cuánto victorianismo sucio. Para el género negro, la mujer se ha convertido en un objeto, el homosexual también: le sirven al autor para abusar de ellos, para gozar de su cuerpo a cambio de unos billetes. En todo caso, la mujer aparece para poder asesinarla sin compasión, o conseguir que se le asesine por culpa de la indagación del gordo detective que jura quererla (pero en el fondo solo se quiere a él y a su botella).

¿Dónde están las mujeres brillantes, las doctoras, las directoras de un diario, las poetas, las detectives, más allá de la clásica femme fatale que seguro acabar por traicionar al ingenuo y enamorado investigador? Uf. ¿Cuántas veces he visto esto y leído algo por el estilo? ¿Cuántas veces lo has visto tú, estimado lector?

Uno se pregunta, ¿esto es todo lo que resta de este género literario? Si van a escribirlo, que lo hagan de buen modo, no con un efecto facilón. Lo cierto es que desde que Raymond Chandler, con la aparición de su célebre detective Philip Marlowe (envuelto en una ola literaria que incluyó a otros autores como Dashiell Hammett), instaura un estilo que da a conocer un universo ignorado, donde se presentan los antihéroes, la policía corrupta y la rubia platino (originales en esa época), poco se ha avanzado en tal corriente, sobre todo en México. No se ha hecho más que calcar la fórmula; una receta por cierto mexicanizada y canonizada por Rafael Bernal, en 1967, a través de El Complot Mongol. Pinche país, pinche novela negra, pinche literatura mexicana, ¿qué no dan para más?

En el mundo, ha habido adaptaciones interesantes en los terrenos del cómic. Sin city, de Frank Miller, es un buen ejemplo. Si bien no dejamos de presenciar el espectáculo gratuito del macho borracho, “feo y formal” como dirían las abuelitas, lo cierto es que los villanos que reciben su castigo sí pasan por una revisión posmoderna, contemporánea: se castiga, entre otros, al líder de una red de pederastas, que resulta ser un sacerdote católico (lo que resulta original, al menos en el campo de la ficción). Hay, incluso, un grupo de amazonas urbanas que no requieren de un espécimen con pene que las defienda: ellas pueden hacerlo por su cuenta. Frank Miller consiguió reactualizar las manoseadas tramas del bajo mundo.

Otro ejemplo de una buena adaptación es la película Blade Runner (1982), basada en la novela de Philip K. Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968) En la cinta, dirigida por Ridley Scott, un detective humano, aunque inhumano, reencuentra su verdadera humanidad en la convivencia con los androides, replicantes bien humanos (perdónese mi torpe, humana redundancia).

Patricia Highsmith, en su alcoholismo (ese sí real) y su oscura mirada de las cosas, ha aportado joyas literarias imprescindibles. Su talentoso Mr. Ripley sigue cautivando por la audacia y los elegantes escenarios que presenta. Aunque también existe una Highsmith oscuramente doméstica.

Incluiría, en estos ejemplos, “Seven”, y “El silencio de los inocentes”; ambas, obras literarias y cinematográficas que revolucionaron el estilo y el sentido de este tipo de argumentos. Algunos dirán que no se trata de género negro, sino de thrillers; yo pienso en una especie de hibridación. Hannibal Lecter resulta un brillante antagonista, carismático y peligroso, al estilo de aquel James Moriarty que creó Conan Doyle para combatir a Sherlock Holmes. Ambos personajes, sumamente inteligentes, son doctores, por cierto. En España se plantean novedades. Dolores Redondo, en su Trilogía de Baztán ha conseguido crear un personaje atractivo para los lectores; una mujer, por cierto, aquella policía que padece la violencia de la madre y el desdén de los compañeros de trabajo, y que aún con ello es capaz de resolver casos: la inspectora Amalia Salazar.

En México, por nuestra parte, seguimos haciendo que los detectives coman tortas grasosas y resuelvan los asuntos a madrazos ¿Acaso esta forma de resolver los misterios es una herencia de los policías judiciales que nos asolan? Y la inteligencia, ¿qué pasó con ella? Poe se retuerce en su tumba, junto a su “escarabajo de oro”. Para Raymond Thornton Chandler la inteligencia también es necesaria. Era un buen ajedrecista. Así, escribe: “El ajedrez es el más grande desperdicio de la inteligencia humana después de la publicidad”.

Les recuerdo, amables autores contemporáneos, que existen redes de trata de niños en este país; menores descuartizados en el centro histórico; inmigrantes que desaparecen en la frontera norte y la frontera sur del país; ¿ello no da para una historia, oh, queridos? Hasta Orson Wells, en su Touch of devil, creó un escenario más interesante de la Tijuana noir, en 1958. De manera reciente, la película “Traspatio”, de Carlos Carrera (2009), ha resultado una buena propuesta. Algunos dirán que no se trata de cine negro. No nos pongamos puristas, recordemos que, de lo que se trata, es de vivificar la literatura ¿Qué son entonces los libros, sino la posibilidad de la invención infinita?

Quiero agregar dos casos cercanos: Sandra y David Becerril. Justamente, en base a conversaciones que mantuvimos hace años, dichos escritores mexicanos optaron por girar el escenario. En una historia de Sandra Becerril aparece una mujer detective hombreriega, una verdadera antiheroína. En el caso de David Beceriil, éste reconoce estar buscando formas menos misóginas a través de ciertos casos, dentro de sus páginas. Aplaudo esa iniciativa y escribo, a escondidas, una trilogía negra, poco ortodoxa, que pretende derribar ciertos dogmas de este triste panorama mexicano. Ojalá tenga suerte. Los libros los escribe Dios, el Universo o el Diablo. Uno nada más los firma.

Bien, este ha sido un breve recorrido, por momentos injusto a través de la esencia de un género que nació con la modernidad, y que está obligado a mutar para sobrevivir en el gusto del público. La literatura es ingrata. De modo que, si en pleno siglo XXI ha decidido escribir una novela negra, querido autor, olvídese del clásico antihéroe alcohólico, drogadicto y machín; olvídese de violentar a la mujer y de prostituirla en su obra, de manipularla como un muñeco. Deje atrás los hoteles de mala muerte y las cantinas, al menos en lo ficticio. Dé voz a sus mujeres protagónicas o coprotagónicas. Imagine más. Reinvente.

Créame, gracias a la aparición de la conciencia feminista, ese tipo de historias están condenadas a la extinción, son asunto del pasado. No es que no se pueda escribir lo mismo; sino que lo relevante ahora será plantear la forma en que se hace. Puede, quizá, comenzar por un asunto poético. El mismo Chandler lo recomienda en El simple arte de matar: Es “probable que (…su novela) comenzara con la poesía; casi todo comienza en ella”.

Por mi parte, sentado en este sillón, cómoda y gustosamente, mirando la fotografía del amigo Raymond en mi repisa, espero con asombro su libro. Pero le advierto. Estoy harto de tanta misoginia, tanta torpeza en las tramas, tanta suciedad urbana dramatizada en niveles absurdos. Recuerde que esa es la razón por la que ya no creo en la novela negra.