Revista Anestesia

𝙴𝚕 𝚍𝚘𝚕𝚘𝚛 𝚜𝚎 𝚚𝚞𝚒𝚝𝚊 𝚌𝚘𝚗 𝚕𝚎𝚝𝚛𝚊𝚜

Cobardía

ILUSTRACIÓN COBARDÍA

Por David Becerril

16 Mayo 2020

Llegué a esta miserable colonia donde viví hace más de diez años un lunes muy temprano solo para identificar el cuerpo sin vida de mi ex esposa. Ya sabía que ella se moriría cualquier día, al igual que todos en este mundo; no me angustia pensar si su alma está en el cielo porque sé que ese lugar no existe más que como el espacio que hay entre el suelo y el infinito; y me rehusó a esa creencia estúpida de que el cielo es el premio para las almas puras que vagaran lo que dure la eternidad en el patio de recreo celestial junto a una deidad que si existe, ha dejado en el olvido al rebaño que inventó en el sexto día de la creación nada más que para verlo sufrir.

Tampoco creo que su alma vague en el infierno para expiar sus culpas porque estoy seguro que el infierno lo vivió aquí, en vida, en esta miserable colonia, en ese deprimente departamento, en este país que se desbarata a causa de la violencia y sobre todo, a causa de la indiferencia de cada uno de sus millones de habitantes cuyo comportamiento se acerca peligrosamente a una estupidez sin límite. No había mucho qué hacer más que reconocer el cuerpo, firmar documentos para que el personal de la funeraria hiciera su trabajo. Prometieron entregarme sus cenizas en tres días y yo lo que haré, ya que me entreguen la urna repleta de polvo, es llevarla a un lugar en el bosque, enterrar una semilla en las cenizas, cavar un hoyo y guardar la esperanza de que algún día las cenizas de la que fue mi esposa hayan servido como un pedazo de tierra donde crezca un árbol. Es lo menos que ella y yo podemos hacer por este mundo que agoniza. Sé que la asesinaron.

También sé que la violaron antes y después de molerla a golpes y ahorcarla. Hay algo en mi interior que encendió mi sangre cuando vi las fotografías del cuerpo sin vida de Sofía. Es rabia, creo. E impotencia porque nunca he tenido el coraje suficiente para encaminar mis pensamientos y mis actos a una búsqueda implacable de venganza. Siempre he sido un cobarde. La de los cojones era ella. No habrá viacrucis emocional para informarle a alguien más por su muerte. No hubo hijos por decisión mutua. Estaba comprometida con esa salvaje lucha por defender los derechos de la mujer, de los animales, de los árboles, de la vida.

Todavía no entiendo por qué la mataron si lo único que ella hacía era hacer el bien. En fin. Al ver las fotos me preguntó qué hizo o con quién se metió para terminar en un baldío violada, golpeada y asfixiada. Me niego a las especulaciones porque aunque conozca la verdad, sé que no haré nada porque no tengo el valor más que para enfrentarme a los trámites necesarios para finiquitar los pendientes que dejó Sofía, y eso se reduce a limpiar el departamento para luego entregárselo al arrendador. Mientras camino por una solitaria y larga calle, de reojo veo movimiento en algunas ventanas. Qué de raro puede haber que un tipo vestido de traje y corbata mueva sus pies para atravesar esa jungla urbana a mediodía. No hay ruido y eso me inquieta. El teléfono vibra. Llamada entrante. Es de la oficina.

La conversación se prolonga durante dos minutos y si es tanto tiempo, es porque no encuentro una excusa para silenciar la voz de mi jefe cuyas condolencias me entran por un oído y se pierden en esa parte de mi memoria donde almaceno la información que no me importa. Fueron dos minutos porque además de mi jefe, un par de compañeros de oficina también quisieron darme el pésame. Suspiró, cierro los ojos y dejo que sigan cumpliendo el protocolo. Le devuelven el aparato a mi jefe. Le digo que estaré tres días en el centro del país. Él contesta que me tome mi tiempo, que si es necesaria una semana, que está bien, que las próximas auditorias estarán a cargo de él, y de los contadores recién contratados, y de los pasantes y de los chicos de servicio; que se las pueden arreglar sin mí siempre y cuando yo arregle pronto ese asunto de la resignación por la muerte de mi ex.

Vuelvo a suspirar fastidiado y aprovecho el suspiro para revisar una vez más algún rastro de dolor o nostalgia por la muerte de Sofía. Identificó otra vez la rabia que palpita salvaje en las arterias más cercanas a mi corazón al entender que no murió por causas naturales si no a causa de un asesinato. Gracias, le digo a mi jefe y finalizó la llamada. Levanto la mirada a una casa de dos niveles, una cortina se mueve e identifico el rostro de una joven que porta uniforme escolar. Su cabello negro me recuerda por un momento a Sofía. La rabia otra vez. La chica en la ventana me señala con el dedo índice la dirección de donde vengo. Volteó y tardo un par de segundos en entender lo que ocurre. Cuando asimilo las acciones, ya no sé qué hacer mientras veo a dos imbéciles que se alejan en moto lanzando gritos triunfales porque me arrebataron el teléfono. La rabia crece.

Buscó a la joven que trató de advertirme, pero las cortinas están cerradas, igual que los ojos de todas las personas que son testigos de delitos como el que acaba de ocurrir y que deciden quedarse callados. Sofía nunca se quedó callada ante alguna injusticia. ¿Por eso la mataron? Reanudo la caminata y mis pies avanzan con el peso de la frustración. La violencia crece. Es tan cotidiano ser víctima de robos. Y no tengo a la mano mi laptop, o mi Tablet y mucho menos el teléfono para acceder a mi cuenta de Facebook y publicar que he sido víctima de la delincuencia, que no me contacten, que ya estoy harto, que ya es imposible vivir en medio de una sociedad que tolera la convivencia con los ladrones; es para lo que alcanza mi coraje y frustración, para quejarme en el feis. Sigo de frente hasta llegar a una avenida y antes de cruzarla, me quedo viendo el viejo edificio departamental donde hace varios años viví con Sofía. No ha cambiado nada de como lo recordaba.

Tres niveles, ventanas con marcos de madera, la fachada pintada de verde, con manchas blancas de salitre y algunas zonas coloradas a causa del escurrimiento de agua cada época de lluvias. La única puerta de madera me aterra no por lo vieja y apolillada, es más bien la amenaza de la feroz mordida del pasado que me espera cuando entre al departamento y me enfrente al enjambre de remembranzas que dejé ahí, cuando estuve lleno de ilusiones y compartí con Sofía el deseo de cambiar el mundo. Hoy me concibo como un adulto solitario, sin coraje ni ganas para agarrar de pretexto esta muerte para hacer un desmadre y reclamar justicia. ¿Qué hago aquí? Me pregunto incrédulo. Suspiro. En el pecho ya no hay rabia. Solo el agudo dolor de la cobardía.

No la voy a vengar, ni siquiera soy capaz de tratar de averiguar quién la mató. Estoy aquí nada más que para entregar el departamento. Más no lo hago. Doy la media vuelta y dejo en el olvido las cenizas del pasado que aún me esperan en cada rincón del departamento, y también dejaré en el olvido la urna de Sofía, y el árbol que nunca crecerá.

Me descubro como un cobarde que se irá a refugiar en la oficina para cumplir su parte haciendo su trabajo, y nada más.