Revista Anestesia

𝙴𝚕 𝚍𝚘𝚕𝚘𝚛 𝚜𝚎 𝚚𝚞𝚒𝚝𝚊 𝚌𝚘𝚗 𝚕𝚎𝚝𝚛𝚊𝚜

Causas y azares I

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Por Jonatan Frias 

16 Agosto 2020

Hace algunos años, cuando aún trabajaba en ediciones del Instituto Municipal Aguascalentense para la cultura (IMAC), se nos acusaba de promover eso que hoy tan ligeramente llaman “discriminación inversa”, por el premio Dolores Castro; único premio -hasta donde me es dado conocer- dedicado exclusivamente a la literatura escrita por mujeres. Nosotros siempre sostuvimos que eso no era de ninguna manera una discriminación y que si algo era, en todo caso, era una acotación.

A nadie parece importarle cuando un premio se anuncia exclusivamente para residentes de una ciudad o para hablantes de una lengua específica o para menores de tal edad, pero en el momento que sale un premio que se anuncia dedicado a promover la obra de las escritoras mexicanas, joder, vaya lío que se arma. Otro rostro de nuestro más profundo machismo. Corrijo la frase anterior: no es otro rostro, es el mismo.

En todos lados hay acotaciones de este tipo. Algunas de ellas movidas por criterios estrictamente económicos, otros estéticos, los más por razones morales y los hay incluso arbitrarios. Hay editoriales, por poner un ejemplo, que se niegan abiertamente a publicar obras de contenidos sexuales explícitos, otras -absurdas y anacrónicas- que todavía quieren libros escritos sin “groserías”. Las hay más concretas. Hay quien se niega a publicar obras que tengan que ver con la Segunda Guerra Mundial, y más concretamente, con Auschwitz. No es que falten editoriales que lo hagan, esos libros dan dinero y mucho. Nosotros mismos en Exmáquina, sello editorial que dirijo bajo el cuidado de mi directora general Judith Navarro, decidimos no publicar obras que hagan apología de algún delito o que inciten a cualquier tipo de discriminación. Lo dicho, cada quien publica lo que quiere publicar, como cada quien escribe lo que quiere escribir, como cada quien lee lo que quiere leer. Más claro no se puede.

 

Todo esto viene a razón de un libro maravilloso que estoy leyendo y que tengo abierto a mi lado en este momento y que sólo interrumpí para escribir esta nota: Oficio editor, de Mario Muchnik. Ya avanzado el libro, Muchnik le dedica unas páginas a Primo Levi, a cómo se dio su primer encuentro y a lo que su obra representó para él -a quien acusaban de ser un editor judio-. Su suicidio, el de Levi, sigue siendo una de esas pérdidas lamentables y equivale a la caída de una civilización entera. Ahí, en esas páginas, cuenta que para él y para Primo, Auschwitz no era un tema novelable -y sin embargo vaya que hay novelas sobre o situadas ahí-. Es ese tipo de tragedias que tanto duelen, que difícilmente se puede sacar algo noble de ellas. En esto podríamos estar todos de acuerdo y sin embargo Levi nos legó Si esto es un hombre.

            ¿Qué hacemos cuando aparece un libro como éste? Voy a mi librero y saco el libro de su lugar, lo hojeo, reviso alguno de mis subrayados, algunas notas en los márgenes y discuto conmigo mismo, con ese yo que hizo aquella lectura. ¿Cómo es posible golpear sin cólera a un hombre? se pregunta Levi y con él nos lo preguntamos todos. Coincido con el juicio de Levi y de Muchnik: Auschwitz no es novelable.

Levi no escribió una novela, aunque la estructura del libro es estrictamente narrativa. Quienquiera que lo haya leído sabrá reconocer que no tiene los procedimientos del ensayo y acaso está escrito desde el borde de la memoria, pero en un sentido estricto, es una novela. Su procedimiento -lo imagino por las noches con los ojos llenos de lágrimas y espanto escribiendo- es el mismo que utilizó Conrad al escribir Heart of Darkness.

            Desconozco cuánto tiempo le llevo a Levi escribir este libro, pero sé que no debió ser fácil volver a llenarse los pies y las manos de barro, volver a experimentar el frío -ese frío- y el hambre: vivir de nuevo ahí, en medio de toda esa incertidumbre y todo ese dolor. Escribir entonces no como acto de exorcismo, tampoco como acto de restitución, ni como demanda de ninguna clase: como mera declaración de hechos: confieso que he vivido.

Conrad -ese milagro narrativo que es Joseph Conrad- para contarnos la historia del misterioso señor Kurtz, se vale de Charles Marlow. Ya esta mera distancia pone un poco a salvo al narrador que desde ese momento sólo se dedica a contar el horror desde lo marginal hasta lo fundamental. Su procedimiento es aproximativo. Va, como los animales de caza, acercándose de a poco. Sólo que Marlow no va en busca de una presa, va en busca de lo más insondable que habita en el corazón del hombre. Levi se vale de un Levi que no es él y que sin embargo vive de él, porque depende de sus experiencias, de su memoria, de sus miedos más profundos, igual que Borges necesitaba de otro Borges.

Ambos, Marlow y Levi, se acercan aterrados a la profundidad del abismo sin ninguna certidumbre de regresar siendo los mismos, pero con la necesidad inevitable de contarnos todo. Como dice Primo Levi: “Todo el mundo descubre, tarde o temprano, que la felicidad perfecta no es posible, pero pocos hay que se detengan en la consideración opuesta de que lo mismo ocurre con la infelicidad perfecta”. Sí, Levi nos cuenta sus breves momentos felices en ese pedazo de tierra.

Levi procede entonces como el novelista para contarnos lo que vio... Pienso en Levi y en Conrad y no puedo evitar pensar en un tercer nombre: Marc Bloch, que mientras estuvo preso en un campo de concentración escribió Apologie pour l’Histoire on Métier d’historien (Introducción a la Historia, en México). Bloch escribió este libro, como él mismo dice en la introducción del libro, a manera de respuesta a su hijo, que un día le pidió que le explicara para qué servía la Historia.

Pudo dedicar sus últimas horas en vida a recordar a su hijo -que de alguna manera lo hizo-, a su esposa, a sus amigos, pero en lugar de eso, escribió en pequeños pedazos de papel un libro entero, un homenaje a un oficio maravilloso, el oficio de la memoria: la Historia. Dejó un testamento que también era un testimonio fuerte y claro: confieso que he vivido. ¿Habrá sido feliz mientras lo escribía?

¿Qué haríamos entonces si no hubiera nadie que escribiera y editara estas obras? ¿Qué haríamos si no hubiese quien hubiera encontrado la forma exacta de contar una historia: esa historia? No podemos dejar de lado que en temas tan sensibles como estos, las crónicas poco exactas que buscan el escándalo gratuito y las ventas fugaces, alimentan tanto a los imbéciles negacionistas como a los fanáticos religiosos. No, Auschwitz no es un evento religioso y sí, vaya que ocurrió. Auschwitz, como antes la Peste negra o la salida de Egipto son eventos históricos que deben de ser estudiados.

Son estas acaso las únicas formas de contar la tragedia? Pienso en Roberto Benigni o recientemente en Quentin Tarantino. ¿Está bien que podamos reírnos de la tragedia? ¿Estamos listos? Ver así un evento como éste, un poco con el rabillo del ojo para contarnos la historia del amor interminable que siente un padre por su hijo y un esposo por su esposa, o para contarnos que una reivindicación, así sea ficticia, puede ser sin duda una forma de sanar una herida. La respuesta entonces es sí; sí podemos reírnos de la tragedia.

El humor, entre más negro, más inteligente y el humor más inteligente es aquel que tiene como objetivo el victimario, nunca la víctima.

Regreso ahora a mi lectura para terminarla. Quién sabe a dónde se irá a vagar ahora mi mente, que conexiones hará, qué libros tendré ahora que ir a buscar en el librero, cuando de la vuelta a la página. Pero regreso con la certeza de que el libro de Muchnik ya no es sólo un libro al que me acerqué con un sentido pedagógico. Quería aprender sobre este maravilloso oficio que es el de editar libros, cosa que además he cumplido pese a que ha sido lento en aprendizaje. Este libro me ha mostrado esa cara maravillosa del editor que además sabe escuchar a sus autores, qué sabe ser amigo de ellos, porque son ellos al final los que escriben los libros.