El Cristo envenenado

Autor: Fernando Yacamán

 

Este cuento pertenece al libro Epifanía del Escorpión

(BUAP,2026)

 

Yo soy un tigre dormido que todas las noches sueña
con el mundo que dejé.
Y quitaré vengativo cuando lo negro sea bello
la cadena de mi piel.

Cumbia de Andrés Landero

 

Esta noche, en el callejón que da al templo de Santa María la Redonda, suena cumbia rebajada: quitaré vengativo cuando lo negro sea bello, cantan los hombres que se embriagan de noche, queman espíritu de diablo y el ritmo del tambor resuena en las venas.

Entre ellos estás tú, Lázaro, el de las manos astilladas por su fe.

Las manos heridas por esculpir cristos que vendes fuera de México. Los cristos morenos tienen tu rostro y un tatuaje que, ebrio, te rayé en el vientre: morir unidos. Desde que me acosté contigo me perdí en el crepúsculo de tus manos astilladas; en tu abrazo caía la noche, que hoy son espinas en los ojos, porque ahora bailas con Cipriano, el hombre que de niño se quemó el rostro con cohetes en una fiesta de Santa María la Redonda en los años noventa. Dicen que fue un milagro que le salvaran los ojos; que esa noche de fiesta había un hombre perdido del desierto, que con su mano cubrió sus párpados, lo curó y después nadie supo de él porque era un santo perdido. Otros dicen que fue un demonio, pero desde entonces Cipriano soñó con alacranes crucificados.

Hoy los dos bailan borrachos porque Cipriano quema su demonio con mezcal en la sangre. Cuando Gloria, su esposa, se larga a Durango con sus parientes, ahora rozas con tu labio su bigote, abrazas su espalda, arrimas tu verga, veneno en el aguijón; alacranes danzan a la luz de la luna menguante.

Esta noche de fiesta en la Guerrero, hasta los escorpiones serán luceros, cuando lo negro sea bello, bajo la luna menguante, Cipriano desliza su mano por las letras que rayé en tu vientre. Ese hombre, desde hace meses, tiene a la muerte en su pensamiento. Dicen que le disparó a Gloria, su mujer, pero la bala se incrustó en el muro de adobe de la vecindad.

Vargas es el amo y señor de la “Tijera Mágica”.

Él fue mi confidente desde la secundaria porque, desde entonces, éramos los raros por buscar el calor de los hombres.

Gloria iba a su estética a contarle sus penas. Tenía muchas, también harto cabello, así que tardaban horas encerrados en el local que está frente a la Casa Rivas Mercado.

—Mi marido regresa con el cuerpo picado por alacranes.

Lo mencionó como un reclamo a Santa María la Redonda, que está en un altar muy floreado, con un caballito de tequila y una veladora blanca frente a uno de los tantos espejos de la estética.

—Todos los escorpiones se iluminan en la oscuridad.

En la Tijera Mágica siempre estaba prendido el estéreo donde sonaba cumbia rebajada porque Vargas era el rey del baile en las noches de sonideros. Iba muy “putivestido”, como él decía a sus atuendos multicolor. Cómo podía un hombre tan musculoso y peludo vestirse con tanta putería, mencionaban en la Guerrero. Las mujeres querían bailar con él, sobre todo las que iban acompañadas con sus machos aburridos. Un par de veces resultó un problema porque más de uno llegó a sentir celos por Vargas: porque baila para echar fuego en la tierra, porque conjura su cuerpo pegadito al cuerpo de las damas. El ritmo está en sus venas y, en la Tijera Mágica, mientras atendía a sus clientes, se echaba unos pasos.

—Vargas, dime a qué te refieres.

Gloria se chingó el caballito de tequila que estaba en el altar a Santa María la Redonda.

—Hermosa, con mis años de experiencia solo puedo decirte que ni a madrazos a uno le apagan el deseo.

Yo soy un tigre dormido que todas las noches sueña con el mundo que dejé, y quitaré vengativo cuando lo negro sea bello.

Sonaba cumbia en la bocina.

—¿La lealtad de un escorpión se mide por el tamaño de su aguijón?

Gloria preguntó a Vargas mientras él le pintaba las uñas con un esmalte rosa mexicano.

—Todos nacen para enterrar ponzoña.

Vargas le contestó con la secadora en mano, mientras ella soplaba el esmalte de sus uñas.

—A rezos o balazos haré que no juegue más con escorpiones.

Gloria sentenció mirando de frente a Santa María la Redonda.

La veladora en el altar se apagó.

Gloria salía de la Tijera Mágica como actriz de película mexicana en blanco y negro.

En la Guerrero decían que se parecía a Katy Jurado, que iba por las calles levantando la pasión de los hombres. Vivía detrás del Panteón de San Fernando y juran que, en su andar, resucitó a más de un muerto.

 

Lázaro, nos quisimos tantas noches en tu cuarto de azotea, que está detrás del Salón Los Ángeles, pero hubo una en la que hablaste de un viaje para ver a un güero que quería comprar tus cristos. Nomás de escuchar el tono de tu voz, me di color de que tus planes eran otros.

Te fugaste a San Sebastián de Bernal con Cipriano.

Pensaste que ahí no habría serpientes con orejas.

Lázaro, después de encontrarte no puedo dormir sin sentir tus manos; tus astillas me envuelven de infinito.

Los días de tu ausencia, la sombra de un hombre con el rostro envuelto en llamas fue tormento.

Sin ti, la noche es vacío.

No podía dejar de pensar que te venías con Cipriano sobre amaneceres en el paisaje árido.

Dos escorpiones se destruyen atravesando nubes con su aguijón.

Hombres como nosotros atravesamos nuestro cuerpo para iluminar la noche.

Una tarde visité a Vargas en la Tijera Mágica. Me puso al tanto de las historias de Gloria, me confesó que se le había muerto un familiar y que se había ido para la tierra donde nació: Durango.

Me aparecí en la vecindad atrás del Panteón de San Fernando.

Cipriano abrió la puerta de su casa con el torso envuelto en una toalla. Entre los vellos de su pecho tenía tatuado La Gloria eres tú; en su rostro, el enigma del incendio.

—¿Qué haces aquí? —lo mencionó en el marco de la puerta.

Detrás de él vi la cama. En la cabecera había uno de los cristos que tienen tu rostro.

—Vine a comprobar si conjuras escorpiones.

Lo dije de frente a sus ojos envenenados por un supuesto santo.

Al ajustarse la toalla, a Cipriano se le marcó la verga.

—Tú, por ardido, nomás vienes a chingar.

—Hombres como tú acaban muertos por su propia ponzoña.

Le contesté de frente a sus ojos curados por un supuesto demonio.

La luz de la luna menguante iluminó el patio de la vecindad. El pasillo oscuro daba al portón abierto; la calle estaba vacía y el Panteón de San Fernando se perdió en la noche.

—No solo conjuro escorpiones.

Cipriano se quitó la toalla. El aguijón apuntaba a la luna menguante; el Cristo en la pared fue la sombra de una araña, el rostro quemado, de cerca, fue tierra árida.

Al entrar no encontré grietas en las paredes.

Cipriano no cerró por completo la puerta. Un hilito de luz marcó un diminuto camino en el piso, en la pared donde estaba el Cristo con tu rostro, en la cama donde me acosté para sentir el cuerpo de Cipriano. Besé el tatuaje de su pecho, La Gloria eres tú; su rostro quemado sabía a tierra. Tú estabas crucificado por la noche. La luz que atravesaba por la puerta se expandió. Cipriano, ocho veces, me abrazó; sus manos como pinzas en mi cuello, su aguijón dentro de mí como el meteoro que deja su rastro en la noche. En su rostro, el incendio de la tierra. Al venirse bajo mi piel se abrió el enigma en su mirada; de sus ojos se desprendió una visión de halos rojos. Sobre el desierto se encuentran los restos de un santo devorado por escorpiones, con los ojos extraviados en la noche: astros en movimiento, que son la intensidad del orgasmo que se expande, y uno quisiera ver los ojos de Cipriano por siempre.

—Mi marido regresa con los pies empolvados de otras tierras.

Vargas untó aceite de coco en el cabello de Gloria.

—Si yo disparo es para reventarle el pecho, no para hacer una grieta en la pared.

Vargas, con su voz grave y amanerada, le contestó:

—Hermosa, hay varias maneras con las que puedo consolarte.

Metió sus dedos largos entre su cabello castaño.

—Vargas, te escucho y te me figuras más mujer, pero entre más te conozco, te siento más macho, más que cualquiera de los brutos con los que he estado.

—Hermosa, apaga la vela.

Acercó sus labios para soplar la veladora que tenía en su altar a Santa María la Redonda.

Los cuerpos no tienen fronteras en la oscuridad.

“Los alacranes envenenaron el alma a mi esposo”, y yo quería que así fuera. Le recé a Santa María la Redonda para que Cipriano muriera por la ponzoña de tanto animal que se cogía, para que meteoros rasgaran sus venas, se perdiera en visiones de halos rojos hasta asfixiarse. Así mueren los que son picados por escorpiones.

Lázaro, hablamos por última vez en tu cuarto de azotea. Tomabas mezcal Nombre de Dios frente a la ventana, donde el Salón Los Ángeles parecía un oasis entre las calles grises.

—Te gusta el rostro de Cipriano porque la llamarada de su espíritu lo quemó.

A Cipriano le ardió la cara, también los pensamientos, más cuando se le mete la idea de que el amor entre hombres es de retorcidos. Es entonces cuando te deja para regresar con la falsa Katy Jurado, a jugar al esposo, a ir a la iglesia de Santa María la Redonda los domingos, a rezar con mariachis, como acostumbran en ese templo.

 

Lázaro, le dabas tragos recios al mezcal para ver si en Nombre de Dios tu destino podría ser otro. Te embriagaste a lo pendejo cuando pudimos bajar a gozar la cumbia, como algunas veces lo hicimos en el Salón Los Ángeles, para después perdernos en otra fiesta de la ciudad.

La noche era un mapa que trazamos con nuestros impulsos.

—Cipriano nomás te busca cuando tiene el alma en fuego, porque a los hombres los ve como pirotecnia y, cuando siente que no hay retorno, regresa con Gloria.

Prendiste un cigarro cuando la luz del Salón Los Ángeles se apagó.

—Yo no tengo que montar un teatro para quererte.

Me miraste.

—Tú no puedes tener lo que hay en los ojos de Cipriano.

No sé qué encuentres en los míos, pero en ellos puedes reflejarte porque no son tierra ni de santos ni de demonios.

Me enamoré de tus manos astilladas porque en los cristos dejas tu sangre.

Te vendes.

Tus cristos, a una miseria, cruzando el río Bravo, en tiendas pseudomexicanas, porque a algunos güeros les parece curioso un Cristo moreno, sin comprender la historia de nuestra piel. Les parece exótico el tatuaje de mis letras en su vientre, morir unidos, porque ese país está más vacío que cualquier cañería que solo se llena de mierda.

Te vendes.

Tu alma a un hombre que te ha conjurado para perderte en una visión de halos rojos que llevan a un demonio devorado por alacranes, a un santo agujereado por tanta verga envenenada; ahí los astros se destruyen.

Cipriano, después del orgasmo, es un hombre vacío.

Ahora tus cristos tienen la cara deforme.

Yo sé que los tallas mientras te emborrachas con mezcal Nombre de Dios, mientras escuchas cumbia; en las cruces dejas tu sangre, en mi cuerpo, la constelación de tu deseo, para después esculpir cuerpos crucificados y, en su rostro, el orgasmo que alcanzaste conmigo.

Desde que te pierdes con Cipriano, tus cristos son una sombra de lo que fuiste.

¿Quién entiende tu pensamiento más que yo?

—¿Unos ojos son suficientes para mandarme a la chingada?

Tu cuerpo se difuminó en el marco de la ventana.

—Hay miradas de las que ya no se vuelve.

—Lo que viste en esos ojos es delirio.

Embriagarte con Nombre de Dios te cegó.

—No puedes saberlo.

—Yo me lo cogí, y después del delirio queda vacío.

Tiraste los cristos de madera por la ventana.

 

Esta noche, en el callejón que da al templo de Santa María la Redonda, suena cumbia rebajada, y quitaré vengativo cuando lo negro sea bello, cantan los hombres que se embriagan de noche.

Entre ellos estás tú, Lázaro, el ayudado por Dios, es el significado de tu nombre. Con tu labio rozas el bigote de Cipriano, que tiene la camisa desabrochada; metes tu mano entre los vellos de su pecho, marcado con las letras La Gloria eres tú. Él desliza sus dedos por las letras que rayé en tu vientre, morir unidos.

Hay tatuajes que pierden su significado en otros cuerpos.

Vargas aparece entre la gente, vestido con un shortcito, una playera rosa que dice Sex, para decirme que a Cipriano le ardió el alma cuando se enteró de que su esposa lo engañó con el joto de la Guerrero, el de la Tijera Mágica. Ese fue el motivo por el que sacó la pistola: le disparó en la cara, pero iba tan ebrio que la vio doble y le dio a la Gloria que no existe.

Hasta los escorpiones serán luceros, cuando lo bello sea negro, cantan los borrachos bajo la luna menguante. Te fundes con el hombre de la mirada de halos rojos y pienso en los cristos que aventaste por la ventana, con la cara deforme. El primero que reventó contra el pavimento tenía el rostro de Cipriano.

Vargas no para de hablar sobre su supuesto romance con Katy Jurado.

—Vargas, ¿a mí qué? ¿Por qué me cuentas esto ahora?

—Porque esta noche reventarán escorpiones.

Gloria sale de la iglesia de Santa María la Redonda con sus zapatos de aguja sobre las piedras. Su vestido ampón la hace ver como una orquídea negra. De su bolsa saca una pistola y dispara al cielo.

—¡Viva Santa María la Redonda!

Santa de los muertos sin nombre que fueron enterrados por pobres en estas tierras, virgen fragmentada que del otro lado del Atlántico solo llegó su cabeza y sus manos, virgen que desapareció del altar para ser encontrada en el templo de la Merced.

Vargas desapareció de mi lado; los borrachos se alborotan, otros se van.

Katy Jurado suelta otro disparo al cielo, justo en la constelación del escorpión.

Entre la pólvora que se esparce, Jurado apunta a su marido.

El amorío que tuvo Vargas fue falso. Desde que estábamos en la secundaria se inventaba historias imposibles donde él era el protagonista.

La cumbia rebajada siguió.

Un disparo más dio justo en el corazón de Cipriano.

Lázaro cayó de rodillas; no pude levantarlo. El hombre de las manos astilladas cayó como sus cristos. Yo fui el único que se acercó al muerto, el único que vio los ojos de Cipriano: un nido de escorpiones escapó de los halos rojos de sus pupilas.