Lo que dios no pudo dar
Autor: Fernando Yacamán
Junio 2026
Cuento que pertenece al libro
Epifanía del escorpión
En la plaza de Santa Catarina, cuando todos duermen, hay un demonio que se sienta afuera de un edificio oscuro y decadente. En la plaza de cuatro pequeños patios, como puntos cardinales, se arrastran serpientes de un imperio masacrado.
Demian se lo encontró la noche que iba hasta su madre y, con una botella de tequila en mano, le ofreció su alma con tal de que se le parara la verga a Óscar, el hombre que más ha querido; “mi alma por su verga bien parada”.
El demonio de Santa Catarina es una mujer que tiene pedazos de un animal en el hocico, que reflejan infinito enfermo. En su pecho, el tatuaje de letras deformes: no estoy yo aquí que soy tu madre.
Madre de nebulosas que abren la noche.
Óscar dormía con la muerte como un paisaje azul en sus sueños. Tenía un tatuaje de marinero en el hombro porque de joven creyó que estaría anclado a la vida, pero a sus setenta años el significado de la muerte se volvió océano nocturno en sus sueños, que en su vejez se desbordó de sus párpados, y se ahogaba dormido.
Óscar trató de explicarle al hombre que más amó que esos sueños eran porque su tiempo en la tierra estaba contado.
El tiempo es devastador para los hombres que se aman.
Le dijo que jamás temiera quedarse solo porque su destino era deambular juntos por el cosmos hasta que se apagara la última estrella del universo.
“No chingues, pinche Óscar, lo único que ha hecho el tiempo contigo es volverte un cursi de mierda cuando sabemos que lo único que existe es este momento, así que déjate de mamadas y cógeme como si dios conociera por primera vez el infierno”.
Respondió Demian, con la verga parada y la fuerza de sus cuarenta años en las venas.
Desde que los sueños de Óscar se volvieron agua, el cuerpo no le respondía en la cama y las pastillas azules le causaban arritmia.
A Demian, por no coger, se le amargó el alma.
Una noche se desnudó frente a Óscar, que empezaba a tener cataratas en los ojos, rozó su rostro con su barba negra, al oído le susurró “contigo siempre”, lo besó como se puede querer a la noche, hizo de su cuerpo brujería, pero Óscar se quedó dormido. Eso creyó Demian, porque la verdad es que cerró los ojos porque de golpe añoró las noches que no volverían a existir; la infinita melancolía fue caos en su pensamiento.
En los veinte años que llevaban juntos conocían sus secretos, pero no tenía la fuerza para contarle sobre su enfermedad incurable, y cuando su compañero cósmico roncaba con la boca abierta sintió terror al dejar solo, en este pinche mundo enfermo y decadente, a su chiquito de cuarenta años, que a veces se le descarrilaba el alma, sus dioses se volvían fuego y era cuando escribía con la muerte en la cabeza.
Una madrugada rompió el vidrio del ventanal de su departamento; el pendejo lo hizo descalzo, su pie venoso quedó empapado en sangre. Había tardes que contemplaba el atardecer como la sombra de un meteoro que devastaría el mundo y subía a la azotea para volverse cuervo que desaparecía en la noche.
Óscar sintió un disparo en el pecho al pensar que después de la muerte no volvería a reencontrarse con Demian, que en ese instante roncaba en su pecho, justo donde late el corazón. El paisaje azul fue electricidad al imaginar que después de la muerte estarían en universos opuestos, o quizás todo era falso y el más allá y todos los dioses se desintegraban en la boca de los gusanos.
La melancolía fue agujero que se expandió en su pecho.
Óscar observó a su compañero cósmico roncando con la boca abierta e intentó adivinar qué pensaría él de sus pensamientos apocalípticos.
“Pinche Óscar, el tiempo nomás te ha dejado orate, déjate de mamadas, vámonos para el Tahúr y después a echarnos un palo inolvidable”.
Cuando dos hombres se unen pueden escuchar sus voces con solo cerrar los párpados.
Todas las noches que durmieron juntos, líneas misteriosas marcaron su historia en la tierra y su trascendencia en el cosmos, pero ellos jamás lo sabrían.
Las escamas del demonio de Santa Catarina reflejan pequeños soles que iluminan la noche. Bajo sus pies blancos de mujer descansan los restos de los suicidas del Centro Histórico; todos los suicidas y los borrachos y los dementes y los hombres que llevan el alma revuelta con tequila en mano.
Demian se adentró en la plaza cuando las serpientes de los puntos cardinales fueron relámpagos. El demonio abrió su hocico para extender su lengua cristalina, donde navegan meteoros apocalípticos y planetas vagabundos que revolotean en una visión diminuta ante el ojo humano.
Una mañana, Óscar, sentado a la orilla de la cama, contemplaba el sueño de su niño cuarentón: la cicatriz que tenía en el pie derecho, el bosque fantástico tatuado en sus piernas, su pecho cubierto de vello negro y, cuando abrió sus ojos oscuros, le habló al chile:
“Se me acaba la fuerza y tú estás con los nervios de señora ansiolítica de Polanco por no coger. Encuentra un hombre, diviértete y regresa a tu hogar, que son mis brazos”.
Demian lo miró condenando cada una de sus palabras. En ese momento no le mentó la madre por la cruda que se cargaba, porque la noche anterior se había bebido una botella de tequila escribiendo versos absurdos sobre las imposibilidades de dios, versos en los que lo coronó con la luz del caos del universo, lo describió con una verga infinita, como un viejo decrépito al que ya no se le paraba, aunque se esforzaba no podía echar sus mecos para formar nuevas constelaciones, y toda esa infamia de “versos” fue publicada en Letras Liebres y celebrada por los intelectuales que escriben muy bonito.
Demian se levantó para ir al baño. A pesar de sus ganas de orinar, no podía, porque bajo su piel sintió el filo de una navaja, porque desde que conoció a Óscar no había estado con otro hombre.
Ahora el cabrón se levantaba fresco y así, como la anunciación de la virgen, le proponía que se fuera a putear y fin de sus problemas, cuando sabía que más allá del sexo el trauma era que su tiempo estaba por acabarse.
Óscar, desde la orilla del colchón, le pidió que no fuera infantil, que le decía esas palabras por un acto de amor.
Demian, como respuesta, soltó un chorro espeso en el excusado mientras recordó que hace años Óscar se desnudó entre las sombras de un terreno baldío. El tatuaje de marino en su brazo brilló a la luz de la noche y le dijo:
“Nos vamos a querer siempre, pinche moreno caliente”.
Demian sintió el reventar de las olas en su cuerpo hasta que salpicó sus mecos sobre la tierra como una constelación. Para él, esa noche fue un pacto de unión entre sus cuerpos y el cosmos, pacto que sintió haber roto cuando, ebrio, se largó al Tahúr y se ligó a un cincuentón que según él se parecía a Óscar en los tiempos en que el tatuaje marino estaba en su cuerpo correoso.
Y junto a la rockola le dio tremendo faje mientras en la bocina sonaba Ramito de violetas.
Después de ponerse más estúpidos con cerveza quemada, salieron abrazados de la cantina rumbo al hotel Atlanta, dándose besos y arrimones.
“¿Cómo dijiste que te llamas?”, preguntó el hombre de los dientes despostillados.
“Demian, mi madre era aficionada a los libros de Hermann Hesse”.
El hombre no tenía idea de lo que había escrito Hernán Cortés. Esa fue su respuesta.
El otro nomás aguantó la burla porque en Demian vio a un hombre atractivo; le gustó desde que llegó endiablado a bailar Sueño fronterizo de Nortec.
Después se le acercó para decirle:
“Papacito, te caes de bueno, cabrón”.
El tequila que había bebido desde la tarde hizo ver a ese hombre como un espejismo de Óscar, porque en realidad se trataba de un señor al que apodaban la Espinilla, por feo y porque todo mundo se lo trataba de sacar de encima.
En la entrada del hotel Atlanta había un par de migrantes cubanos en chanclas y, a falta de buen ron, bebían cerveza.
En la recepción había una decoración espantosa de plantas marchitas.
En la habitación 518 había un colchón con manchas secas de sangre, una pared de la que asomaba una raíz hacia la calle y una ventana por la que se podía leer un letrero enorme que anunciaba “Hotel Atlanta”, pero en la oscuridad solo se iluminaba “Atl”, porque las otras letras estaban fundidas.
Cuando la Espinilla cerró la puerta de la habitación, todo fue un fracaso, porque al estar fajando Demian no dejó de mencionar el nombre que más amó, que empezaba con una “O” resonante en las órbitas de su memoria.
“Óscar”, arrastró el nombre en el pecho de la Espinilla.
“Lanza divina” era el significado del nombre de su compañero cósmico, que en ese momento no podía dormir porque un océano nocturno se había vuelto tormenta en sus pensamientos.
“Lanza de dios”, mencionó Demian, hincado frente al hombre que tenía los pantalones de mezclilla en las rodillas, y se soltó a llorar frente a una verga del tamaño de un ejote.
La Espinilla se hartó de tanta pendejada; entonces le pidió que se largara porque él había pagado el hotel.
Demian caminó por las calles oscuras del Centro Histórico hasta que, con botella de tequila en mano, llegó a la plaza donde había un ser rodeado de luz.
El demonio de Santa Catarina arrastró sus pies de mujer sobre la tierra cuando el borracho le dijo que le daba su alma a cambio de la verga erecta de Óscar.
El demonio aceptó.
Las cuatro serpientes se arrastraron por la tierra hasta desaparecer entre las piernas del ser fantástico, que abrió su hocico para inhalar los astros del cielo y el alma de un pobre enamorado.
Demian quedó con las pupilas rasgadas de noche, palabras hechas espuma entre los labios y diminutos meteoros en la sangre que quemaban sus venas.
El demonio se había tragado un alma más de un pobre humano que anhelaba lo que dios no le pudo dar.
El demonio se volvió invisible al calor del amanecer y permanecerá sentado para devorar a futuros suicidas.
Demian caminó medio muerto por la calle hasta llegar a su departamento, abrió la puerta y se desnudó en la entrada.
Óscar estaba despierto. El océano se desbordó de sus párpados y tenía la certeza de que algo le había ocurrido a su chiquito cuarentón. Imaginó que se habría quedado jetón en algún lugar de mala muerte, pero no que había entregado su alma al demonio de Santa Catarina.
No entendía por qué tenía la verga como sátiro, ni por qué la mirada de Demian estaba en otra órbita, ni en qué momento, al cogérselo, sus cuerpos quedaron expuestos hacia el cosmos.
No existió mañana.
Solo un horizonte azul que se expandió en su último aliento.
