Tres textos inéditos que forman parte del poemario Letras que enferman  un proyecto que cruza el lenguaje clínico con la experiencia afectiva y el desgaste emocional.

Autor: Charlie Alarcón

Abril 2026

Love.exe (Error 404)

Ejecuté tu nombre.
El sistema colapsó.
El archivo afectivo estaba corrupto,
y la pantalla azul del recuerdo
bloqueó cada intento de reinicio.

Tus palabras persisten como cookies dañadas,
rastros de un programa que ya no corre,
pero que sigue en la memoria RAM del cuerpo.

Intenté desinstalarte,
pero estabas en la BIOS:
código base, error de fábrica.

Cada latido lanzaba un pop-up:
“¿Seguro que deseas olvidar a esta persona?”.

El dedo temblaba sobre “Aceptar”.
El corazón, sobre “Cancelar”

El historial clínico del sistema indica:
fiebre intermitente de notificación,
lagunas en la base de datos de la memoria,
síndrome de actualización fantasma.

Busqué parches:
otros contactos,
reinicios forzados,
terapias en línea como antivirus improvisados.
Todo falló.

Corrí el diagnóstico:
Love.exe dejó de ejecutarse.
Error 404: vínculo no encontrado.

No es que no existas.
Es que ya no hay ruta válida
para llegar a ti…
sin colapsar.

El pronóstico es reservado:
el virus afectivo no se elimina,
solo se aprende a convivir con él
como con un bug recurrente
que interrumpe la lección cada tanto.

Yo, usuario fallido de mi propio código,
reprobé la prueba beta del olvido.
Y sigo aquí,
reiniciando la esperanza
con cada notificación simulada
porque aunque el vínculo no se encuentra…
el corazón aún busca la dirección.

***

Reconocimiento médico del daño

Se intentó la terapia de sustitución,
nuevos rostros,
rutinas como fármacos experimentales,
silencios prescritos con solemnidad.
Nada funcionó.

La herida no enseña, se instala.
No en pizarras, sino en médula,
en el latido que se equivoca de nombre,
en el pulso que aún deletrea tu ausencia.

Quise medir el avance,
dibujar gráficas de progreso,
anotar porcentajes de olvido,
hasta los números se burlaban de mí:
el 100% de ausencia
seguía siendo tu nombre.

Así comprendí:
no todo aprendizaje genera competencias,
no toda práctica garantiza olvido.
Algunas heridas son pedagogías permanentes,
se graban en la memoria del cuerpo
como tinta de hueso.

Y mientras la ciencia repite protocolos,
mientras la teoría dicta métodos,
la herida sigue enseñando a su modo:
con recaídas, con insomnios,
con su voz susurrando
que fallar también es aprender.

***

Memoria infectada

Los recuerdos se multiplican
como virus en laboratorio.
Se propagan entre neuronas
con la paciencia de una plaga antigua.

Intento aislarlos en cápsulas de archivo,
pero perforan los contenedores,
contaminan los registros limpios
y tu nombre aparece
donde nunca debió estar.

El informe dice:
“memoria intrusiva,
resurgimiento de estímulos,
reproducción sin control”.

Pero los diagnósticos no explican
por qué tu risa se infiltra
en pasajes donde jamás exististe,
por qué invento escenas
que la historia real jamás dictó.

Aprendí que recordar
es también deformar,
como alumno que copia mal la lección
y la repite hasta convertirla en dogma.

Así funciona la memoria infectada,
no distingue verdad de ficción,
solo preserva su contagio
y lo transmite en silencio
a cada amanecer