Revista Anestesia

𝙴𝚕 𝚍𝚘𝚕𝚘𝚛 𝚜𝚎 𝚚𝚞𝚒𝚝𝚊 𝚌𝚘𝚗 𝚕𝚎𝚝𝚛𝚊𝚜

                                                     El Dragón de oro

Autor: Arturo Galán de la Barreda.

Marzo 2022

 

 

Eugenio Santibáñez miraba absorto las fauces abiertas y los ojos oscuros y penetrantes que parecían dirigirse hacia él. Si no fuera por el vidrio que los separaba, habría retrocedido unos pasos para tratar de protegerse de ese hermoso y aterrador dragón que lo estudiaba a él igual que  lo hacía Eugenio con ese monstruo en aquel momento. ¡Es enorme y parece real! Pensó Eugenio,  admirando una de sus garras que se lanzaba hacia adelante y la perfecta brillantez de su cuerpo dorado como el oro. Nunca había visto una figura similar de tal finura, detalle, fuerza y majestuosidad. Le extrañaba además la vitrina que exhibía esa magnífica figura, pues no contenía ninguna otra cosa más que ese gran dragón iluminado por una extraña luz mortecina y junto a la vidriera una única puerta de madera antigua labrada con unos signos chinos y con unos herrajes de metal dorado y en el centro una aldaba redonda de grandes proporciones. Buscó algo que le indicara qué lugar o establecimiento era ese y lo único que encontró fue un pequeño letrero grabado en una tableta de madera que decía: “El Dragón de Oro”, nada más.

 

Eugenio trató de recordar si había algo ahí como una tienda, un restaurante o un bar, pero nada le vino a la mente y si bien no transitaba regularmente por la calle de Dolores, si había venido varias veces recientemente y estaba seguro de que no estaba antes este lugar. Lo recordaría, consideró. No noto ningún movimiento ni actividad que le diera alguna clave del giro del establecimiento. Tampoco parecía una casa o Institución, aunque ya había oscurecido y todos los negocios alrededor ya habían cerrado y curiosamente no había gente cerca caminando. En ese momento se dio cuenta de que la calle estaba vacía. Una ligera brisa de temor giró por su cuello y nuca.

 

En el preciso momento en que iba a reanudar su camino rumbo al estacionamiento donde había dejado su automóvil esa tarde, escuchó un fuerte rechinido y volvió la vista atrás rápidamente para ver de dónde provenía.

 

La gran puerta de madera se abrió y al unísono se apagó la tenue luz que iluminaba al dragón, el cual desapareció completamente en la oscuridad que lo envolvió. Eugenio sintió el impulso de salir corriendo, pero algo lo mantuvo fijo, atento a observar que aparecía tras la puerta abierta.

 

En la penumbra reconoció una pequeña figura humana que emergía y cuando pudo observarlo bien se dio cuenta de que era un anciano chino de cabellera y barba ralas y blancas. Su vestimenta era de pantalón y camisola rojas brillantes como seda y sandalias negras y distinguió unos bordados con figura de dragón en su pecho.

 

Eugenio se quedó de una pieza cuando el anciano le hizo una reverencia y le dijo claramente:

 

— Adelante señor Santibáñez, es usted bienvenido al Dragón de Oro. Sorprendido y sin saber qué hacer Eugenio alcanzó solo a decir:

 

— Pero… ¿cómo sabe mi nombre? El anciano sonrió y respondió:

 

— El Dragón de Oro conoce todo y a todos. Este parece ser su momento. No lo desaproveche. Pase. Y nuevamente hizo una reverencia.

 

Eugenio dudó, la curiosidad y ansiedad era mucha y lo atraía, pero la prudencia lo detenía.

 

Por fin, alcanzó a responder:

 

— Perdón, es usted muy amable pero en este momento no tengo tiempo, debo recoger mi coche antes de que cierren el estacionamiento y tengo un trabajo pendiente. Mintió.

 

— ¡Pero en otra ocasión vengo con ustedes! Gracias. El anciano permaneció inclinado con su reverencia sin decir una sola palabra más.

 

A toda prisa Eugenio se alejó, recogió su coche y manejó envuelto en una bruma de cavilaciones. Llegó a su casa y se acostó de inmediato, pero no pudo dormir. A la mañana siguiente se levantó tarde pues era sábado y no iba a trabajar y no salió tampoco a ninguna parte.

 

Todo el fin de semana se la pasó dándole vueltas al extraño suceso, hasta que se convenció que hubiera debido aventurarse a entrar en ese lugar. Aunque extraño, no parecía amenazante y quizá era la oportunidad de conocer algo más sobre esa desconocida cultura, para él y averiguar que significaba lo que había mencionado el anciano sobre que era su momento y que no debía desaprovecharlo.

 

Sin embargo, estas reflexiones también las acallaba el sentimiento de haber hecho bien en no arriesgar su tranquila vida, aunque acostumbraba quejarse de que era aburrida y ciertamente solitaria, y no se  acostumbraba a renunciar a la idea que podría haber algo más excitante para él.

 

Por fin, tomó la decisión de regresar el lunes siguiente, pero eso sí, durante el día, lo que pensaba que le ayudaría a sentirse más seguro. Se veía a sí mismo, tocando decidido esa puerta con su gran aldaba dorada para descubrir el misterio. Este pensamiento lo ayudó a dormir sin zozobra la noche del domingo.

 

El lunes a media mañana salió de su trabajo, y se dirigió de inmediato al centro y estacionó su auto en Bellas Artes, caminó rápidamente hacia la calle de Dolores y la recorrió toda. Al final de la misma, regresó y lentamente caminó nuevamente de un extremo al otro, pero nunca encontró el famoso Dragón de Oro.

 

Preguntó a algunos vendedores y vecinos en los alrededores, pero nadie parecía conocer el lugar ni había oído el nombre. En el sitio exacto en que Eugenio estaba seguro de haber visto la vidriera esa  noche, se encontraba un viejo edificio en ruinas que parecía haber pertenecido a una vecindad, pero estaba tapiada e inhabitable.

 

Tuvo insomnio esa noche, pero no se dio por vencido y regresó al siguiente día, ahora si en la noche, e hizo el recorrido lentamente en ambos sentidos nuevamente, sin embargo siguió sin encontrar nada.

 

Se preguntaba si había sido un sueño, una ilusión. Pero era demasiado vívido y él no había bebido nada, aquella noche.

 

Continúo regresando a diversas horas y días durante varios meses hasta que se convenció de que no aparecería ningún Dragón de Oro y repetía como un mantra, las palabras que había escuchado decir constantemente a su finado padre: “uno no se arrepiente de lo que ha hecho, sino de lo que no se atrevió a hacer en su vida”.

 

 

 

Arturo Galán de la Barreda.

Licenciado en Economía por la UNAM; y con Maestría en Ciencias Económicas de la Universidad de Stirling, Escocia, Gran Bretaña. Ha trabajado en el sector Paraestatal y Privado en México y en el Extranjero. Fue funcionario de Nacional Financiera, como Director Financiero de la misma y como Representante en el Lejano Oriente, (donde vivió en Tokio, Japón por dos años) con sede en Japón y convirtiéndose en el Director para Europa, con sede en Londres, Gran Bretaña. (En donde vivió por diez años). Fue también por dos años Presidente de Nafin Securities, en la Ciudad de nueva York, USA. En el campo diplomático fue Consejero Financiero en las Embajadas de México en Japón, en Corea del Sur, en Gran Bretaña y en Irlanda. En el Sector privado ha sido Director General de la empresa petroquímica ERA., (antes ALBAMEX); Socio Director de diversa empresas, Consejero y consultor en empresas nacionales y extranjeras. En la Academia ha sido profesor de las más importantes universidades en México y continúa siendo Catedrático en la UNAM, ha publicado artículos y documentos especializados y un libro conjunto con su esposa, también economista, sobre el Mercado del Arte en México, que es un referente para los inversionistas.

En el campo literario, empezó a escribir desde joven y ganó un primer lugar en los juegos bancarios, en el género de Cuento. Ha participado en múltiples Talleres Literarios dirigidos por importantes escritores como Juan Bañuelos, José Ángel Leyva y Kyra Galván (Ésta última es su esposa y compañera de vida y aventuras). Ha publicado poesía y cuento y además de ser un lector apasionado, ha editado a través de la Editorial I-Kygai, de la cual es Director, junto con su esposa, libros de poesía, de cuento y cultura y participado en lecturas en la Casa del Poeta López Velarde en la Ciudad de México.