LOGO TERCIOPELO AZUL

Sección de cine: Terciopelo azul /Rodrigo Chanampe Guevara

imagen 1

16 Julio 2019

El sueño de Sandy Williams

Las rosas resplandecen en Lumberton. Los bomberos saludan con una sonrisa en el rostro. Música cautivadora introduce a esta ciudad apacible. A los pocos minutos, aparece una oreja humana y plantea varias preguntas. Su espiral invita a deslizarse en ella, viajar hacia el lado b de esta cotidianidad hermosa. Se abre un misterio que espera ser resuelto por Jeffrey Beaumont.

El chico ha vuelto a su ciudad de origen para cuidar a su padre, pero quizá desde lejos escuchó el llamado de la oreja, las voces de auxilio que provienen desde su interior y el joven se embarca en pos de la verdad. ¿A quién pertenece este órgano rodeado de hormigas que ha encontrado en un descampado?

Todo héroe necesita un aliado y en este caso Jeffrey cuenta con una mujer. Esa joven que representa a la inocencia. Dueña de una cabellera solar y útiles susurros para aconsejar a Jeffrey.

Aún no sé con certeza que me sedujo de David Lynch, pero Terciopelo azul fue uno de mis primeros encuentros con el cineasta. Llamaron mi atención las atmósferas perturbadoras y el distanciamiento de lo convencional, la rebeldía que fascina a quienes perseguimos lo distinto. También, la facilidad del realizador para brincar de la belleza al horror, totalmente seguro de que el muro entre ambos conceptos se desquebraja con un soplido.

Esta historia se divorcia de lo obvio, es elegante y los ojos de Jeffrey se colocan en la misma posición de la audiencia; Lynch sigue los mismos pasos que Hitchcock en La ventana indiscreta (1954). De hecho, es uno de los filmes favoritos del director.

Aquí, el hambre de conocimiento se palpa. Adentrarse en lo oculto debería ser sólo para expertos detectives, pero Jeffrey desobedece las leyes y de esta forma se adentra al universo de Dorothy Vallens, Frank Booth y un secuestro. Visita seres impensados para este lugar idílico.

Es sencillo identificarse con Jeffrey y atravesar su proceso: enamorarse de la dulzura de Sandy y al mismo tiempo caer rendido ante los intensos labios de Dorothy, preocuparse por sus problemas e intentar rescatarla. Una mujer habituada al sexo violento, a esos golpes mientras es penetrada.

Ella es el eje del relato, la principal víctima. Es quien debe escapar de las garras del villano, pero mientras lo hace tiene tiempo para encontrar confort en el canto, abrigarse con los aplausos que recibe en un bar extraído de otro tiempo. Allí convoca al pasado. Aquellos días de canciones como “Blue velvet”, interpretada por primera vez en los años cincuenta por Tony Bennet.

Su vestido negro es una extensión de la noche, detrás de ella, los músicos ejecutan las notas sin reclamar la mirada de nadie. Los reflectores se centran en la sensual presencia femenina. Al fondo, baila un cortinaje rojo, elemento recurrente en los filmes de Lynch. La danza de las telas bambolea como un portal hacia otra dimensión.

Dorothy no requiere actuar los versos, ella entiende las intensiones del compositor, el cual compara el terciopelo azul con las estrellas. Narra la historia de un amor más cálido que mayo y ardiente como una llama; un amor que al desvanecerse robó el brillo de cada objeto y está destinado a un desenlace cubierto de lágrimas.

Resta hablar de Frank y sus perversiones. Jeffrey descubre que él tiene sometida a Dorothy. La obliga a sentarse en una silla y lentamente abrir las piernas a la vez que él la observa y utiliza un inhalador para excitarse. El sexo de ella es una presa húmeda, jadeante en su escape inútil. Él es un maniaco, un niño necesitado de su madre y no soporta que nadie fije sus ojos en él. Perverso amante del terciopelo. Encarna la ira, es una bomba dispuesta a fornicar como si el sexo fuera una forma de venganza.

Frank es un antagonista que también penetra nuestra memoria. El guión del propio Lynch sabe confeccionarlo. A pesar de su maldad, también es sensible, se rompe cuando escucha canciones como “Blue velvet” o “In dreams” de Roy Orbinson y el director aprovecha los versos de esta pieza para integrarlos a la trama. En una escena cercana al clímax, Jeffrey recibe una golpiza por parte de Frank mientras Dorothy le suplica que se detenga, los gritos se entremezclan con las frases de Orbinson: “In dreams I walk with you/ In dreams I talk to you/ In dreams you’re mine all the time/ We’re togheter in dreams/ In dreams”. Dentro de este contexto la canción se despoja del traje romántico y en la voz de Frank las palabras se pintan de otro tono. Son una amenaza para el protagonista, una sentencia que no lo dejará dormir.

En un punto del argumento, el curioso joven se pregunta por qué existen hombres como Frank. No hay respuesta inmediata, el silencio reafirma la falta de explicaciones. El único consuelo para entender esta realidad, es que se trata de un mundo extraño, ajeno a la lógica.

En Lumberton la violencia parece ser la excepción y cada tanto sale del abismo para presumir su monstruosidad y recordarnos que siempre estará allí. Tal vez este país en el que habitamos está dado vuelta y por eso pululan tipos como Frank. La cotidianidad son los insectos que se desparraman hasta volverse una plaga aceptada. Es preciso encontrar una oreja y entrar en ella para rescatar los días soleados, aferrarnos a nuestros sueños como lo hace Sandy con el suyo. En él, cada espacio está cubierto de oscuridad y ella se aterra, se siente sofocada, sin salida como si su cuerpo también fuera a extraviarse entre las sombras. Entonces, poco a poco, cientos de petirrojos iluminan el cielo, lo tornan deslumbrante y su presencia procura ese amor que para Sandy es el verdadero camino a seguir. Lo único que hace la diferencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

Terciopelo azul

Título original: Blue velvet

Dirección: David Lynch

Guión: David Lynch

Reparto: Isabella Rossellini, Kyle MacLachlan, Dennis Hopper, Laura Dern

De Laurentiis Entertainment Group (DEG); Estados Unidos; Año: 1986.

500 días con ella 2

Un café con Tom Hansen

 

Se desparrama en la silla. Respira perezoso y a primera vista el pasado no es perceptible; sólo hasta fijarme en el contorno de sus pupilas, encuentro las sombras de aquella mujer. Ignoro qué lo ha traído hasta aquí. Tal vez quiera burlarse, aunque estoy casi seguro que Tom es un buen tipo. Puedo confirmar su sensibilidad, he analizado sus escenas más de una vez y sus parlamentos me han servido de ejemplo en las clases de guionismo.

El silencio nos rodea hasta volverse incómodo. Tras mi agradecimiento, él da un sorbo a su café y coloca los audífonos sobre la mesa. La música aún parlotea. “There is a light that never goes out” danza entre las servilletas y flota la imagen de Tom junto a Summer en el elevador.

Para mí la voz de Morrissey también es significativa. Fue parte de esa historia que he venido a contarle y él ha accedido a escuchar. “¿No te hago perder el tiempo?”, pregunto y él niega despreocupado,  como si le sobraran las horas.

“¿Tampoco hiciste caso a las advertencias?” su forma de hablar es idéntica a la que conozco y por un instante permanezco obnubilado. Recuerda la charla que él y Summer protagonizaron en un karaoke; tras hipnotizar a todos los asistentes con su carisma, ella expuso su manera de pensar respecto a las relaciones de pareja. Tom recolecta las frases y las pronuncia con una melodía dulce.

“No me siento bien siendo la novia de alguien”, cuando Tom rememora el enunciado, se realiza una pausa. Traga saliva a lo igual que un gato huraño, sus piernas delatan a un hombre con el deseo de huir. Las manos recrean la forma de sostener la cerveza de aquella noche y el nerviosismo se evidencia en el vaivén de los dedos. “No existe el amor, es una fantasía”, fue la sentencia de Summer casi al final de la velada.

Tom desvía sus ojos y es como estar frente a un espejo. Comparto la tendencia de proporcionarle un escape a la mirada cuando me descubro vulnerable. “Siempre creí que ella podía cambiar”. No sé si mi diálogo es útil,  pero él niega al levantar la vista. “Nadie lo hace. Fuimos tontos, caprichosos”. Desde hace tiempo ha dejado de culpar a Summer.  Es un síntoma de madurez del que carezco. ¿Cuánta furia me resta por descargar?

La mujer de mi relato también profesaba la filosofía del goce momentáneo.  Probablemente fue compañera de Summer en esa escuela donde enseñan a disfrutar el presente.  Su ansia de libertad desplomaba cualquier idea de futuro y me aferraba a caricias que traducía de forma incorrecta, abrazos sin límites de interpretación. Era como uno de esos críticos de arte que ven en las manchas de una jirafa la semilla de un movimiento social.

Ni siquiera hemos bebido la mitad del café y ya soy una cascada de quejas. Tom ríe cada tanto y termina de asimilar el porqué de la invitación. Su ser se reproduce. Somos fotocopias ciegas sobre el pavimento contemporáneo. Summer no es un caso aislado y el daño de nuestras heridas se diluye al compararlas. Este es el ritual de las palabras sanadoras. Un insulto, cada tanto, funciona como gasa.

“Hubiera preferido que se fuera al primer mes. Nunca supe por qué prefería volver”. Mi duda explora el espacio, al parecer  es un sonido llamativo y la pareja de la mesa contigua voltea. No reconocen a mi acompañante pero lucen temerosos y se besan para ahuyentar el fracaso.

Tom titubea, toma un lápiz, su mano traza la silueta de varios edificios sobre el reverso del ticket. “Disfrutaban de nuestra compañía pero eso no significa gran cosa”, afirma mientras el papel adquiere la misma vida de la ciudad que nos espera afuera.

El barullo del entorno distrae. Alrededor pululan emprendedores estresados y un grupo de madres que organizan a detalle una fiesta infantil, discuten sobre cuál piñata es la más adecuada para niños de seis años. De pronto, veo a Summer sobre un muro despoblado de cuadros. Es la imagen donde se reencuentra con Tom. Ella está a punto de casarse y él no entiende el porqué. Summer le explica que ahora está segura de sentir algo especial, eso inexplicable que Tom nunca le provocó. Él recibe el golpe en medio del estómago. Gira su vista para esconder el dolor. Con la voz entrecortada, trata de hacerse el descreído, de haber despertado de las mentiras que hablan de las almas gemelas y esas estupideces como el destino. Es cuando ella lo sorprende y le hace saber que esas casualidades imposibles pueden ser ciertas, que la magia defendida por Tom sí existe y gracias a ella se topó con su prometido… “Sólo yo no era la indicada para ti”. Tras esta verdad, se dan la mano por última vez. Tom palpa la textura del anillo esperando un milagro que nunca llega.

Estamos con la mirada fija en el mismo punto. Ahí donde se proyectó la despedida. Los ojos de Tom se humedecen. Una lágrima rueda en mi mejilla, su trayectoria es similar al de una hormiga extraviada. Aún me resta contar detalles, las fases más luminosas de mis quinientos días y que podrían asemejarse a la forma en la que Summer y Tom jugaban en los pasillos de IKEA.

“¿Te parece si seguimos luego?” Concuerdo con la sugerencia. Nos levantamos sin prisa, respetuosos de los movimientos ajenos. Caminamos hacia la salida, Tom se deshace de su boceto y  la ciudad imaginada aterriza en la basura, halla acomodo junto a los nombres escritos en los vasos de plástico.

Las nubes anuncian lluvia ligera y el sol se resiste a partir. Jornadas así, invitan a cazar arcoíris. Lo extraño es la mutación de los árboles. Las hojas de los ficus han perdido su verdor, igual que los cipreses de un parque donde los perros carcajean. El viento sopla para barrer la miseria de este planeta. Las calles se tapizan de hojarasca.  El otoño se adelanta, nace apresurado, es uno de esos bebés ansiosos de vida. La estación nos abraza mientras decimos adiós; un apretón de manos basta para suponer que este es el inicio de una amistad. Antes de avanzar en sentidos contrarios, ambos contemplamos el horizonte y buscamos en los rincones de la nada una nueva historia de amor.

 

 

 

 

 

 

(500) Días con ella

Título original: (500) Days of Summer

Dirección: Marc Webb

Guión: Scott Neustadter y Michael H. Weber

Reparto: Zooey Deschanel, Joseph Gordon-Levitt, Chloë Grace Moretz

Fox Searchlight; Estados Unidos; Año: 2009

 

 

 

 

16 Mayo 2019

Un beso y un fade out

 Los tímidos ojos de Cecilia quebrantan las leyes. Ella observa, ríe, colecciona paisajes, memoriza diálogos de una película que le sirve de consuelo. En la piel de esta mesera de los años treinta son evidentes las caricias de la penumbra. La sala de cine es una guarida y minutos más tarde sucede la magia: Tom Baxter, un personaje tan heroico como secundario, voltea a ver a Cecilia y toma la decisión que impulsa el relato de La rosa púrpura del Cairo (1985), uno de los mejores trabajos de Woody Allen.

Vi la cinta por primera vez a inicios de este milenio. Mi padre, amante del director neoyorquino, me la recomendó y desde entonces la coloqué como mi favorita. La amo por la inteligencia de su comedia, la calidez -casi abrigadora- de su fotografía y también porque es una constante reflexión sobre los procesos creativos. Por otro lado, se fundamenta en dos personajes frágiles y cuyo idealismo los vuelve inadaptados. Tom es demasiado aventurero para habitar en una película y la ingenuidad de Cecilia la convierte en presa fácil de un cruel Estados Unidos

Al mismo tiempo ambos protagonistas son admirables porque se oponen a lo establecido. Para el esposo de Cecilia, el cine es un lugar al que se va a desperdiciar horas y ella no encuentra en su entorno nadie con quien compartir su mayor placer. Cecilia confirma en la oscuridad de las salas que hay mucho más que una pareja abusiva, un departamento asfixiante o trabajos mal pagados. Cecilia navega gracias a la luz de un proyector; esa especie de dios que nos hace creer que la doble dimensión es tangible.

Tom se enamora. Nadie se resiste a la admiración. Su personaje está construido para ir más allá. Su biografía lo hace un inconforme y Cecilia es la motivación necesaria para la aventura fuera de las páginas del guión. Tom se ha cansado de repetir parlamentos, de cumplir una función en esa sociedad que lo aprisiona. ¿Cuántos de nosotros estamos condenados al rol asignado?

Los ochenta y dos minutos de duración regalan escenas maravillosas, entre ellas la del parque de diversiones. Cecilia y Tom solos, de noche, entre atracciones al borde del abandono. Allí, Cecilia le hace saber a Tom que el dinero de utilería les servirá de poco. Él se propone buscar un trabajo pero ella le recuerda la crisis económica. Entonces, Tom se entrega a su esencia: “Viviremos del amor… nos tenemos a nosotros mismos”. Segundos después, él le da un beso que ella no obtendría de un hombre real. Tras proponerle llevarla a vivir al Cairo, a ese desierto del universo del que proviene, él vuelve a besarla, esta vez con mayor intensidad; la pasión es palpable, la música apoya el momento, enfatiza la belleza de esta relación tan hermosa como imposible. Sorprendido, Tom voltea hacia su izquierda pero el fade out que aguarda no se presenta. Cecilia le explica las causas y agrega un diálogo que en lugar de romper el encanto lo incrementa: “Cuando me besaste sentí como si corazón se desvaneciera, cerré mis ojos y estaba en un lugar privado”.

Tal vez las relaciones funcionarían mejor si fueran editadas, con elipsis a nuestro servicio. Sería prudente repetir escenas, utilizar flashbacks para recordar con precisión o emplear el recurso opuesto para indagar en el futuro y prevenir la discusión decisiva. La cámara lenta podría extender una despedida o recortar aquellos momentos en donde el hastío invade cada mañana.

No relevaré aquí el desenlace de esta historia. Lo que hará Cecilia o si esta relación entre  una amante del cine y un personaje secundario desemboca en un final feliz. Solo le preguntaré al lector qué haría en caso de contar con la oportunidad de adentrarse en la película que aman, si su personaje favorito los toma de la mano para huir hacia la pantalla. En mi caso, supongo que me negaría y no porque este mundo me parezca estupendo. Estamos rodeados de dolor, incertidumbre y frustraciones. Crecer duele. Tal vez mi decisión sería empujada por el miedo, por ese pavor que suelen causarme las decisiones sin vuelta atrás. Porque en gran medida gozamos el cine debido a su fugacidad.

A pesar de lo anterior, confieso que cuando reproduzco La rosa… una y otra vez, espero que algún día Cecilia voltee hacia esta dimensión, se fije en mí y seamos parte de un romance. Seguro existe un parque de diversiones para nosotros y yo aguardaré por la música idónea, por ese fade out que nos transporte a un bosque secreto; allí algunos búhos serán nuestros cómplices, una luna llena iluminará las mejores partes de nuestra desnudez y sabrá ocultar las imperfecciones. Antes de dormir, Cecilia y yo confiaremos en nuestro amor y, sí, será indestructible por todo ese tiempo que podamos sentirnos ficción.

 

La rosa púrpura del Cairo

Dirección y guión: Woody Allen

Reparto: Mia Farrow, Jeff Daniels, Danny Aiello

Orion Pictures ; Estados Unidos; Año: 1985

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *