TRADUCTOR NON TRADIORE

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Amigos, de Anestesia, ésta es mi primera colaboración (que será bimensual) para la sección Traductor, non traditore en Anestesia. Aquí les compartiré textos de grandes autores del siglo XX italiano, pues Italia, su cultura, sus letras, son mi especialidad. El autor de hoy es Giovanni Papini (Florencia, 1881-1956). Fundador de revistas como La voce y Lacerba, entre muchas otras. Anticlerical y nihilista en su juventud, desde 1921 se convirtió al catolicismo. Participó en las vanguardias en el momento justo, cuando había que remover conciencias y renovar la cultura y el arte en la Italia de su juventud.  Siguió escribiendo hasta su muerte, auxiliado por su nieta Anna, porque una extraña enfermedad lo había dejado ciego, sordo, mudo y paralítico. Escribió muchísimo y aunque en su país han disminuido sus lectores, aún es muy apreciado en América Latina y en México, donde fue amigo de Juan José Arreola.

Soledad y narcisismo, tumbos ideológicos y anclaje en lo sagrado, son tres términos que a grandes rasgos pueden aproximarnos a su personalidad proteica y cautivadora. Papini es un clásico italiano y universal. Su prosa deslumbrante cautivó a Borges. Sus actitudes neuróticas, arrogantes, su eurocentrismo, lo volvieron antipático. Su amistad con el dictador Benito Mussolini fue útil para su carrera, pero no lo honra. Sin embargo, la lectura de Un hombre acabado (1930), novela de la cual les presento el primer capítulo, nos muestra un mundo ficcional riquísimo. El libro es una novela autobiográfica, perteneciente al género del Bildungsroman o novela que versa sobre el proceso de maduración de un personaje. El protagonista es el propio Papini, quien nos mete en su búsqueda existencial y en sus enormes batallas culturales. Comienza narrando su niñez, pero percibimos que, pobre, aislado, distinto, ese hijo de una familia de la clase trabajadora, de un padre que fue soldado de Garibaldi y de una madre fiel a su fe católica, es un soldado y un esteta, una alma titánica (y soberbia)  encarnada en ese pequeño hosco y “mal educado”, que nos habla de las estrecheces económicas y dolencias internas, de la soledad y el extrañamiento, de la autoconciencia del intelectual comprometido hasta la médula que llegaría también a ser autor de El crepúsculo de los filósofos (1906), Historia de Cristo (1920), Gog (1931), Dante vivo (1933) y muchas obras más. Como buena noticia, sepan los que me leyeren, que en los años 50 del siglo pasado, Ediciones Aguilar, de España, tradujo varios títulos de Papini. Los lectores andantes y buscadores de belleza en las bibliotecas públicas, pueden leerlo en esos santos recintos, mientras aún existan. Toquemos madera porque no desaparezcan. Y por último: hoy en día está renaciendo de nuevo en los jóvenes, el interés por Papini, pues muchos de los problemas de nuestra cultura y de nuestra lamentable decadencia él los visualiza con ironía, desde sus primeros escritos hasta los postreros. Por ello, existen ediciones actuales, por ejemplo, de El Diablo y de Gog, en traducciones erráticas. Pero mejor leerlo que desconocer a un clásico del siglo XX.[1]

[1] Mi traducción la hago basándome en la edición: Giovanni Papini, Un uomo finito, Introduzione di Marco Corsi, Oscar Mondadori, 2016. (N. de trad.)

Giovanni Papini, Un hombre acabado.

Traducción: José Luis Bernal

1

Un medio retrato

Yo nunca fui un niño. Nunca tuve niñez.

Cálidas y rubias jornadas de ebriedad infantil; largas serenidades de la inocencia; sorpresa del descubrimiento cotidiano del universo: ¿qué son? No las conozco o no las recuerdo. Las conocí por los libros, después; las adivino ahora, en los niños que veo; las sentí y experimenté por vez primera en mí, pasados los veinte años, en algunos instantes felices de armisticio o de abandono. Niñez es amor, es regocijo, es despreocupación y yo me veo en el pasado, siempre, separado, triste, meditabundo.

Desde niño me sentí tremendamente solo y diferente -y no sé por qué.

¿Quizás porque los míos eran pobres o porque no había nacido como los otros? No sé: recuerdo sólo que una tía joven me puso el sobrenombre de viejo a lo seis o siete años y que todos los parientes lo aceptaron. Y en efecto, me estaba la mayor parte del tiempo serio y ceñudo: platicaba muy poco, también con los otros niños; los cumplidos me aburrían; las demostraciones efusivas me producían fastidio; y al alboroto desenfrenado de mis compañeros de la edad más bella, prefería la soledad de los rinconcitos más escondidos de nuestra casa pequeña, pobre y oscura. Era, en suma, lo que las señoras con sombrero llaman un “niño retraído” y las mujeres sin él, “un sapo”.

Tenían razón: debía de ser, y era, tremendamente antipático para todos. Y me acuerdo que sentía muy bien en torno a mí esta antipatía, la cual me volvía más tímido, más melancólico, más enfurruñado que nunca.

Cuando por casualidad me encontraba con otros niños, no entraba casi nunca en sus juegos. Me gustaba permanecer aparte, viéndolos con mis ojos verdes y serios de juez y de enemigo. No por envidia: era más bien desprecio lo que sentía adentro en aquellos momentos. Desde aquel tiempo comenzó la guerra entre yo y los hombres. Yo los rehuía y ellos se desentendían de mí; no los amaba y me odiaban. Afuera, en los jardines, había quienes me corrían y quienes se reían de mí a mis espaldas; en la escuela me jalaban de los rizos o me acusaban con el maestro; en el campo, también en la villa del abuelo, los niños de los campesinos me arrojaban piedras, sin que hubiera hecho mal a nadie, casi como si sintieran que era de otra raza. Los parientes me invitaban o me acariciaban cuando propiamente ya no podían evitarlo. Para no mostrar delante de los demás una parcialidad demasiado indecente, pero yo me percataba muy bien de su fingimiento y de su esfuerzo, y me escondía y callaba y a cada una de sus palabras respondía grosero y duro.

Un recuerdo más que todos los otros se ha grabado en mi corazón: húmedas noches dominicales de noviembre o diciembre, en casa del abuelo, con el vino caliente en medio de la mesa, dentro de una sopera, bajo la gran luz a petróleo bronceado; con la bandeja de las castañas asadas al lado y toda la familia -tíos y tías, primos y primas en cantidad- con los rostros colorados entorno.

El patriarca, junto al fuego, blanco y agudo, reía y bebía. Crepitaban los troncos, ya medio cubiertos de leve ceniza delicada; golpeaban los vasos sobre los platos; graznaban las tías mojigatas y sabihondas sobre los casos y los escándalos de la semana y los niños reían y chillaban en medio del humo turquesa de los puros paternos. A mí todo ese murmullo de fiesta económica e idiota me lastimaba el alma y la cabeza. Me sentía extranjero allí adentro, y muy lejano de todos. Y apenas podía cruzaba a escondidas la puerta y con pasos prudentes, a ras del muro húmedo, penetraba en el pasadizo largo y tenebroso que conducía a la salida de casa. Y allí sentía mi pequeño corazón de solitario que latía con vehemencia, como si estuviera yo por hacer algo malo, por cometer una traición. En ese pasadizo había una puerta

vidriada que daba a un patiecito descubierto: la entreabría apenas y me ponía a oír el agua que caía cansada y de mala gana, rebotando en los ladrillos y en los charcos; que caía sin entusiasmo, sin furia, pero con la obstinación lenta y odiosa de algo que no terminará nunca. Y yo la escuchaba en la oscuridad, con el frío en el rostro y con los ojos bañados; y si por el resquicio algunas gotas me salpicaban de repente en la carne me sentía feliz, como si aquella gotita caprichosa viniera a purificarme, a invitarme a otro lugar, afuera de las casas y de los domingos. Pero una voz me hacía volver a la luz, al suplicio, a los comentarios: “¡Qué niño maleducado!”

Sí, es verdad: yo nunca he sido niño. Fui un “viejo” y un “sapo” pensativo y adusto. Desde entonces, lo mejor de mi vida estaba dentro de mí. Desde aquel tiempo, separado del afecto y de la alegría, me retiraba, me escondía, me distendía en mí mismo, en mi alma, en mi fantasía anhelante, en el solitario rumiar del yo y del mundo vuelto a hacer a través del yo. No había otra salvación, otra alegría para mí. No gustaba a los otros y el odio me encerró en la soledad. La soledad me volvió más triste y más dolido; la tristeza me cerró el corazón y me aguijó el cerebro. La diferencia me separó también de los prójimos y la separación me volvió cada vez más desemejante. Y desde aquel principio de vida comencé a gustar, si no a entender, la viril dulzura de aquella infinita e indefinida melancolía que no quiere desahogos y consuelos, sino que se consume en sí misma, sin objeto, creando poco a poco esa costumbre de la vida interna, egoísta que nos aleja para siempre de los hombres.

No: yo nunca conocí la niñez. No recuerdo en absoluto haber sido niño. Me vuelvo a ver, siempre, selvático y absorto en mis pensamientos; apartado y silencioso, sin una sonrisa, sin un acceso de franca alegría. Me vuelvo a ver pálido y atónito como en mi primer retrato.

La fotografía está arrancada a la mitad, por abajo del corazón. Es pequeña, está sucia y descolorida: los bordes de la cartulina están negros, como los marcos de los muertos. Un rostro demudado de niño soñador mira a la izquierda y se siente que allí a la izquierda, de cara a él, nadie lo mira. Sus ojos están tristes, un poco hundidos - ¿no salieron bien? -, la boca está cerrada a fuerza, con los labios un poco encimados, para no dejar ver los dientes. Única belleza los rizos suaves, largos, ensortijados que caen sobre el babero de la blusa marinera.

Mi mamá dice que soy yo a los siete años. Puede ser. Este medio retrato es la única prueba que yo tenga de mi niñez. ¿Pero quizá os parece, éste, un retrato de niño? Este  pequeño espectro pálido, que no me mira, que no quiere mirar a nadie?

Se ve de inmediato que esos ojos no están hechos para teñirse del azul del cielo: son de color cenizo, están de suyo nublados. Esas mejillas se ve bien que son blancas, que son pálidas, y que serán siempre blancas y siempre pálidas: se pondrán rojas tan sólo por fatiga o vergüenza. Y esos labios tan cerrados, voluntariamente tan cerrados, no están hechos para abrirse a la risa, a la palabra, a la plegaria, al grito. Son los labios cerrados de quien partirá sin la fastidiosa debilidad de los lamentos. Son labios que serán besados demasiado tarde.

En esta media fotografía descolorida descubro el alma muerta de aquellos días; el rostro delicado del “sapo”; el ceño del “huraño”; la calmada aflicción del “viejo”. Y se me estruja el corazón pensando una vez más en todos aquellos días pálidos, en esos años infinitos; en esa vida encerrada, en esa tristeza sin motivos; en esa nostalgia imborrable de otros cielos y de otros camaradas.

No, no: ese no es el retrato de un niño. Yo les repito que no tuve niñez.

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