Otra proposición indecorosa

ILUSTRACION Otra proposición indecorosa

Autor: Armando Alanís

Acodado en la borda, con un cigarro sostenido entre los labios mientras mira la superficie oscura del océano, Gabriel reflexiona que es raro, bastante raro que hayan llegado hasta esta situación. No lo hubiera imaginado ni por asomo hace unos días, cuando conocieron al brasileño. ¿Quién iba a suponer que sucedería algo así? Como de película. Repasa los últimos acontecimientos: la ceremonia religiosa, el casamiento civil, la fiesta en aquel salón que rebosaba de parientes y amigos de ellos y de sus padres, la ruidosa orquesta, el baile, el mariachi a medianoche. Luego, el viaje a la Ciudad de México y, sin salir del aeropuerto, el vuelo a Roma para de ahí trasladarse en otro avión hasta Atenas. Esa histórica ciudad está transformada en una urbe de edificios grises y tráfico intenso como tantas otras capitales del mundo, como la propia Ciudad de México. Claro, en la periferia sobrevive el Partenón o lo que queda de él: esa impresionante construcción de columnas de mármol, arquitectónicamente perfecta, pero sin nada adentro. El guía les mencionó el friso interior, las estatuas, una de las cariátides del Erecteion: todo eso estaba ahora en el British Museum de Londres. En el museo de la Acrópolis admiraron las cariátides que quedaban, protegidas por un cristal: esas lúbricas mujeres de mármol con túnicas que se les resbalaban de la cintura.

–Parecen vivas –dijo él.

–Pero no lo están –replicó ella.

También visitaron el estadio olímpico de la Grecia antigua con su imponente escalinata de mármol. En un puestecito de un barrio popular cenaron tacos griegos con carne de carnero en tortilla árabe, y en un barrio de la Grecia actual vieron racimos de gente joven que bebía vino tinto o cerveza.

–Si no me hubiera casado contigo, me haría novio de una griega y me la llevaría a México –comentó Gabriel en son de broma.

–Pero te casaste conmigo –dijo Julieta algo molesta.

Luego de casi una semana en Atenas tomaron el autobús que los condujo al puerto, donde se embarcaron en el crucero que los llevaría a conocer las famosas islas.

Visitaron Santorini con sus casitas blancas y Rodas con su pueblo medieval y las playas para turistas, donde las mujeres europeas, bellísimas, tomaban el sol en monobikini, las tetas al aire.

–Casi tan buenas como las brasileñas –dijo Stephano en su español masticado, y soltó una de sus carcajadas–. Pero las nuestras tienen mejor culo.

Ese brasileño solitario les tocó de compañero de mesa el segundo día, en el lujoso comedor. Había otras personas con ellos, pero pronto se formó una especie de burbuja invisible que los separaba de los demás. En la alberca, donde de nuevo coincidieron, Gabriel le enseñó a su nuevo amigo el sentido mexicano de la palabra “buena”.

–La usamos para decir que una mujer es todo un manjar.

Los dos miraron a Julieta, que en ese momento atravesaba la alberca, nadando de espaldas; su cuerpo moreno, en bikini, brillaba al recibir los rayos del sol. El brasileño desvió la mirada.

Más tarde Gabriel fue con Stephano al casino, mientras Julieta se metía al camarote a tomar una siesta. Perdió los dólares que traía en la cartera, y su amigo, muy sonriente, se ofreció a prestarle dinero. Esta noche te lo pago, le dijo Gabriel, y el otro sonrió condescendiente mientras le extendía unos billetes verdes.

Era un hombre alto y calvo, muy delgado, que viajaba solo porque tenía dinero, tiempo y ganas para hacerlo. Fue lo que dijo. Ya no trabajaba: había vendido hacía tiempo su fábrica de perfumes.

–Ahora me dedico a viajar por el mundo y a amar a las mujeres –agregó, cerrando un ojo.

Tendría unos sesenta y cinco años, quizá más. Era un hombre sano y fuerte. Seguro se la pasaba en el gimnasio. Usaba camisetas sin mangas que permitían apreciar sus bien trabajados bíceps, y de sus shorts emergían dos piernas de futbolista. Cómo no, si es brasileño, pensó Gabriel. Dijo que había estado en México en varias ocasiones. Habló con admiración de las pirámides y de los mariachis.

–Las mujeres mexicanas  tienen lo suyo –dijo, guiñando otra vez un ojo, y confesó que se había enamorado de una de Guadalajara, pero que el romance no duró.

Los tres se volvieron inseparables. Andaban juntos por todo el crucero, comían y cenaban en la misma mesa, y en la alberca se recostaban en canapés y se ponían a platicar durante horas. Casi siempre era Sephano el que llevaba la batuta. Les contaba anécdotas de lo más divertidas sobre las decenas de mujeres que habían pasado por su vida.

–¿Nunca te casaste? –le preguntó Julieta.

–No era la idea –contestó él–. Pero todas sabían a qué atenerse conmigo, y ninguna tuvo motivo de queja al momento de la separación.

En Mykonos, Stephano le compró un collar a Julieta, no sin antes pedirle permiso a Gabriel. Para que no se olviden de mí, dijo. Más tarde, en la noche del capitán, a la cual asistieron vestidos de gala, Julieta llevaba puesto el collar y el brasileño le dijo que se le veía estupendo y bailó con ella un par de piezas. Desde su lugar, a través del juego de luces tenues, Gabriel creyó ver que entre vuelta y vuelta Stephano le daba a su mujer, como al descuido, un beso fugaz en el cuello.

Al día siguiente el clima se descompuso, y cuando pasaron por Patmos cayó tal tormenta que el capitán no permitió el desembarco. Desde el ojo de buey de su camarote, Gabriel y Julieta miraron el paisaje: rayos y truenos se abatían sobre aquella isla que parecía como sacada de un cuento de Lovecraft.

–No me sorprende que en ese lugar haya escrito San Juan el Apocalipsis –comentó Gabriel.

Fue al quinto día por la tarde, cuando otra vez estaba con el brasileño en el casino, que éste, entre giro y giro de la ruleta, se volvió hacia Gabriel y le dijo:

–Tengo una propuesta para ustedes, mi amigo.

Y sin más preámbulos agregó que estaba dispuesto a entregarles cien mil dólares a cambio de que Julieta pasara con él un par de horas en el camarote.

Una propuesta indecorosa, pensó Gabriel sin poderlo creer: como si Julieta fuera Demi Moore.

–Consúltalo por la noche con tu mujer y mañana me dices –agregó el brasileño, muy serio–. Tendrá que ser mañana. Es nuestra última noche en el crucero. Si aceptan, se harán de una bonita suma para empezar con pie derecho su vida en pareja. Nadie lo sabrá y a mí no volverán a verme. Será como si no hubiera pasado nada.

En un principio Gabriel se dijo que ni siquiera le iba a hablar a Julieta de la propuesta del brasileño. Ni que el cabrón fuera Robert Redford. Y aunque fuera Robert Redford.  Pero cien mil dólares eran cien mil dólares. ¿Y si los engañaba? ¿Si les entregaba un cheque falso? Seguro que no les iba a pagar en efectivo. Como adivinando sus pensamientos, el otro le dijo que si la respuesta era afirmativa utilizaría el servicio de Internet del crucero para ponerse en contacto con su banco a fin de hacer la transferencia de los cien mil dólares a la cuenta de Gabriel, y éste tendría tiempo de comprobar, también vía Internet, que el dinero estaba ya a su disposición.

Bueno, no había por qué ocultarle a Julieta la propuesta de Stephano, se dijo cuando se dirigía solo a su camarote. Desde luego, ella le contestaría que no y se pondría furiosa. O se echaría a reír, recordando la película, que ambos habían visto hacía un par de años. Así es que se lo dijo. Ella se quedó desconcertada. Pasado un rato, ya más serena, comentó  que  no podía negar que se sentía halagada, que cien mil dólares era una suma muy alta: como si ella fuera la mismísima e irresistible Demi Moore.

–Por mucho menos dinero, podría convencer de que se acostara con él a una europea de cuerpo de sirena –opinó.

Calló por un par de minutos. En seguida, preguntó:

–¿Y si aceptamos?

Era muchísimo dinero y estaban muy gastados por la boda. No hubieran podido hacer ese viaje a Grecia ni tomar el crucero a las islas si no se los hubieran pagado sus padres. A su regreso a Zacatecas, Gabriel tendría que encontrar trabajo, ya que de momento no lo tenía. Sólo contaba con promesas de trabajo en negocios de conocidos de la familia. Nada concreto.

Lo discutieron un poco, hasta que por fin ella dijo que estaba dispuesta. Sería un par de horas, nada más. Harían después como si no hubiera ocurrido nada, y bajarían del crucero con un magnífico colchón de dinero. El brasileño, por su parte, regresaría a Río de Janeiro y no lo volverían a ver.

 

 

Han pasado unas cuantas horas desde aquella discusión, y ahora ahí está él, solo en medio de la noche, fumando un cigarro tras otro y mirando distraído el mar mientras Julieta le entrega su cuerpo juvenil a un viejo al que apenas conocen.

¿No ha sido un error? Gabriel no se atreve a contestar esa pregunta. Ya no hay remedio: en estos mismos momentos Stephano se coge a su mujer.

No es difícil imaginar lo que estará pasando. Puede verlos: él se acerca con su habitual sonrisita hacia Julieta. Ella siente algo de repulsión, tiene que sentirla; ganas de decirle que le regresarán su dinero pero que aquello que él quiere hacer no es posible. Que mejor vuelvan, en santa paz, hasta donde está esperándolos Gabriel y los tres seguirán siendo tan amigos como desde el principio del viaje, cuando se encontraron por casualidad en el comedor y trabaron conversación, y se pondrán a platicar en uno de los bares del crucero mientras despachan dos o tres tragos… Pero no, sabe muy bien que ya no hay marcha atrás. Tira la colilla de su cigarro al mar y enciende otro. Da una larga chupada, dejando escapar el humo por las fosas nasales. Procura serenarse. Aquello es una locura, una completa locura. ¿Por qué le dijeron que sí al brasileño? ¿Por los cien mil dólares? Es una cantidad más que respetable. Como sacarse la lotería. ¿Y quién en su sano juicio, si sabe que le ha pegado al gordo, rompe su billete en pedacitos y les prende fuego o los tira a la basura? Está bien, hay que llamar a las cosas por su nombre: al aceptar acostarse con aquel viejo por dinero, Julieta se está prostituyendo. Él también. Los dos se están prostituyendo.

Mira hacia el pasillo, apenas iluminado por algunas farolas. ¿Y si va a buscarlos? Si abre la puerta del camarote del brasileño y, vea lo que vea, les dice que no, mejor no, al brasileño le devolverán sus putos cien mil dólares, y hasta ahí llegó la amistad. O pueden seguir siendo amigos, pero nada más. Nada de tratos como ese que acaban de hacer. Ya empieza a dar unos pasos por el pasillo, cuando se detiene. ¿En qué piso, de los cinco, está ubicado el camarote? ¿Y cuál es el número? No sabe ni una cosa ni la otra. Simplemente, como lo acordaron por la mañana, se reunieron a las nueve de la noche en cubierta, y el brasileño, sin decir una palabra, tomó de la mano a Julieta y ella se dejó conducir y los dos se internaron por  el  pasillo y lo último que Gabriel vio fue que sus piernas desnudas, velludas y llenas de músculos las de él, depiladas y finas las de ella, subían por la escalinata quién sabe hacia qué piso y quién sabe hacia qué camarote.

Adora a su mujer, eso que ni qué. ¿Es nada más que una pinche puta? No, claro que no. ¿Es él, Gabriel, el más formidable y rotundo de los pendejos? Algunos, si supieran de su caso, tal vez aplaudirían su resolución y la resolución de Julieta. Una simple cogida sin consecuencias y cien mil dólares caen redonditos en su cuenta del banco.

Puede ver al brasileño acercándose con su sonrisita a Julieta, tomándola de los hombros desde atrás, volviéndola hacia él, plantándole un largo beso en la boca, introduciendo su infecta lengua en la boca de ella. Y ella  lo acepta, y no sólo eso, le corresponde introduciendo a su vez su lengua en la boca de él. Hay que dejarlo satisfecho. Por un momento piensa en la lengua de Julieta. Él la ha sentido tantas veces en su propia boca, y también ha sentido cuando ella se la pasa por su verga, desde la base hasta el glande para luego hacerle garganta profunda. Ha sentido cuando la punta de la lengua de Julieta, hecha taquito, intenta introducirse en el agujero tan pequeño. Ella es toda una maestra en el sexo oral. Cuando se hicieron novios, Julieta, tan guapísima, ya había tenido muchos novios. Y había cogido con ellos o  con  la mayoría de ellos, y se las había mamado con esa destreza tan de ella. Pero bueno, eso fue antes de que Julieta lo conociera a él. Lo del brasileño es distinto.

Ve a Stephano tumbado de espaldas sobre la litera, las manos entrelazadas detrás de la nuca sin pelo, y a Julieta mamándosela despacito. Porque el brasileño la tiene grande. Y se le para bien. Ahora él le dice que no quiere venirse tan pronto, y se sienta en la litera y besa a Julieta y le acaricia los dos pechos y le aprieta los pezones y la tumba de espaldas y le mete su lengua en el coño… Gabriel recuerda cuando a unas semanas de la boda uno de sus amigos le sugirió que hiciera ejercicios, introduciendo la lengua en un vaso. Si no, no vas poder meterla en ninguna parte… El brasileño termina el cunilingus y sin perder el tiempo le mete la verga hasta los güevos a Julieta. Se ha rasurado y no tiene un solo vello en el vientre, como sí lo tiene, y en abundancia, más abajo, en las piernas. Se la coge bien cogida así como lo hacía él cuando eran novios en algún hotel de paso y como ha estado haciéndolo ahora en las noches previas a esta noche, en su camarote, mientras el crucero avanza en medio de la oscuridad y se bambolea al compás de las olas.

No importa, realmente no importa. En un rato más, Julieta estará de vuelta, ya vestida con su camiseta y short, y lo encontrará a él ahí, acodado en la borda, de cara al mar, y regresarán a su propio camarote y se acostarán en la litera y hasta es posible que tengan sexo. ¿Por qué no? Y mañana, al llegar a puerto, cerca de Atenas, bajarán del crucero. Tal vez se encuentren al brasileño y tal vez no. Sea como sea, cuando desembarquen lo perderán de vista para siempre. No volverán a saber de él. Será como si el episodio de la víspera no hubiera ocurrido… Pero sí ocurrió, está ocurriendo en este momento, aunque nadie más lo sepa nunca.

Gabriel mira su reloj. Ya van como tres horas y media. Quedaron en que serían solo dos. Pero ¿puede reclamarle eso al brasileño cuando les ha pagado nada menos que cien mil dólares? Tal cantidad le da derecho a estar más tiempo con Julieta, ni hablar.

Pasa el tiempo. Cuatro horas, cuatro horas y media. Gabriel no quiere moverse de su lugar, aunque tiene entumidas las piernas. Prende el último cigarro de la cajetilla. Mira por enésima vez el mar. Ya no está tan negro: empieza a amanecer. ¿Se habrán quedado dormidos? De ser así, pronto despertarán, los dos cuerpos entrelazados, y harán una vez más el amor. Como marido y mujer.

De pronto siente fuertes deseos de treparse a la borda y arrojarse al agua. Será cuestión de unos minutos. Muerte rápida y que Julieta se las arregle como pueda, total que el dinero ya está en la cuenta que ambos comparten. Lo comprobó a mediodía.

Oye unos pasos que se acercan y voltea la cabeza a tiempo  para ver que unas piernas femeninas bajan por la escalinata. No necesita ver el cuerpo completo para saber que se trata de Julieta.

Ahí está ya su mujer: más Demi Moore que nunca, recién cogida por Robert Redford. Mierda, masculla, y en vez de arrojarse al agua, tira tan lejos como puede el cigarro a medio consumir.

En una fracción de segundo, el mar se lo traga.

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