Todo regresó a la normalidad

coladera ilustracion

Todo regresó a la normalidad

Autor: Jaime Martínez Aguilar

 

El drenaje general llevaba un par de días tapado. Los desechos humanos afloraban por la coladera principal desparramándose por todo el patio. Era insoportable el olor. Las heces fecales se desprendían desde la coladera e iban por toda la planta baja descansando en la cancha principal de fut bol. La mayoría de los inquilinos iban al café de chinos a la vuelta de la vecindad. Nosotros los niños cruzábamos la calle y hacíamos nuestras necesidades ya entrada la noche en el parque de Santa María la Ribera, al lado del Kiosco Morisco. Las niñas por la pena se aguantaban las ganas por más de un día, al segundo, por fin iban a descargarla en compañía de sus madres en el mismo parque. El trabajo para destapar el drenaje iba lento. Los fontaneros por parte del gobierno tardarían en un par de semanas en llegar. Para darle rapidez al desahogo de mierda, la vecindad contrató a particulares. Éstos, abrieron el concreto, la sacaron con mangueras dirigidas a una pipa, rasparon y rellenaron con un nuevo piso de distinto color al original. Esto llevó nueve días. En el cuarto día, decidimos no esperar más e hicimos las retas para jugar en el segundo piso. El primer encuentro, “los pelusas” jugaríamos contra los de la planta baja, los cagados.

Empezó el encuentro. Yo era portero y al despejar el balón salió disparado hasta la azotea de la vecindad. Fui por él entre zapes y mentadas de madre. En la azotea el aire era limpio, diferente al que veníamos respirando últimamente. Había una luna grande y clara que iluminaba el balón que estaba incrustado entre los tanques de la señora Nicolasa, mamá de Luisito; un niño bajo y delgado, al que siempre le pegábamos porque era el que tenía los mejores juguetes y por ser el más educado. Era la única casa de la azotea. Cuando me acerqué por el esférico, vi entre las cortinas de su ventana, cómo se besaba con un hombre que nunca había visto por la vecindad. Eran largos besos, después de un rato, se separaron. El hombre comenzó a besar unos pechos grandes; fortalezas expuestas con las que jugueteaba y apretaba contra su cara. Su bigote espeso los iluminaba. Con un movimiento torpe y brusco, Doña Nicolasa le quitó los pantalones de color azul claro con el logotipo naranja de la “Orange Crush”; al mismo tiempo, el repartidor de refrescos la despojaba de sus calzones grandes, que le quitaban belleza a sus firmes y redondeadas nalgas, sensualidad bienvenida al momento de la estocada. Como si cargara tres rejas llenas de refresco, la cargó de las nalgas y parado, la embistió abriéndoselas. Doña Nicolasa, quedó de frente a una imagen de la Virgencita de Guadalupe, la miraba; era como si se mofara de la imagen, como sí se burlara de ella misma. La abstracción fue interrumpida sorpresivamente, ahora el bigote del repartidor de refrescos estaba en las nalgas de Doña Nicolasa, recorriéndolas hasta llegar al clítoris. Pude sentir como los vellos de su pubis se le erizaban. El repartidor la puso en una nueva posición, encontrando sus nalgas ahora de frente. Cuando más rápido la penetraba le dijo --me voy a venir. —No te vengas, no mames, métemela más, le contestó Doña Nicolasa. El olor fétido llegó de improvisto, un grito anunciaba un nuevo desprendimiento en la tubería principal, nuevamente los desechos humanos estaban por todo el patio. Mi movimiento brusco hizo que me anunciara. Cuando volteé hacía la ventana de Doña Nicolasa, las cortinas estaban cerradas.

En el noveno día todo regresó a la normalidad: el cemento se secó, la cancha de fut regresó al patio principal, hicimos del baño en nuestras casas, las niñas regresaron a mirarnos con desdén y la cafetería de chinos siguió sin clientes. Las cortinas de la ventana de doña Nicolasa nunca más se abrieron y el olor a mierda sigue impregnado en el cemento.

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