La chispa de la vida

CE3180D1-B395-47B6-9052-CF15D51C8EBA

La chispa de la vida

Autor: Hiram Ruvalcaba

16 Junio 2019

La primera no se olvida.

Tania tenía seis años y yo un poco más de cinco. La habitación de sus padres era color naranja, o más bien del color de esos chicles de motita que eran de mango pero no sabían a mango. Nos habíamos encerrado juntos, la habitación estaba a media luz y Tania se paró frente a mí y yo sentí que me nacía un árbol en el cuerpo cuando se bajó los calzoncitos hasta las rodillas —blancos con fresitas rosadas, los veo con claridad todavía— y me ordenó que mirara. Yo con la boca abierta. Los ojos engrandecidos en ése, mi primer asombro. La nariz ensanchándose por el aroma floral de las sábanas y la cortina.

Mis pantalones también abajo, sostenidos por las piernas regordetas.

Tania se levantó el vestido y me enseñó la parte inconquistable de su cuerpo. Sonreía como si me estuviera confiando el secreto de la vida, nerviosa también por aquella gran travesura. A pesar de lo fugaz del momento, tengo muy claros en la memoria las formas y hasta los colores, aunque probablemente hayan sido modificados por el paso del tiempo. Cuando Tania me pidió que me bajara la trusa, sentí que un millón de pescaditos nadaba por mi sangre hasta mi cabeza. Estuve a punto de negarme, pero algo en sus ojos obró sobre mí con tal fuerza que pronto mi ropa se rindió a su voluntad. Pasamos tanto tiempo contemplándonos —inspeccionando el peligro que habitaba bajo los calzones del otro— que su mamá entró al cuarto y nos encontró en pleno reconocimiento.

Cuando la mujer me llevó a casa —severa, tocándome como si todo mi cuerpo fuera aberrante— estaba pálido y sentía el frío de la vergüenza. Intuí que habíamos hecho algo malo, pero no sabía qué. La señora reveló la situación a mi madre, quien me miró con el espanto de una novicia. Cuando se fue, nos sentamos en la sala y mamá me dio una charla que se postergó durante casi una hora, de la cual no entendí ni recuerdo nada. Mi padre llegó del trabajo casi al anochecer y se enteró de inmediato de lo ocurrido. Él también me miró, y ante el horror de mi madre dejó escapar una carcajada que me hizo palidecer aún más. “Eso no se hace, cabrón”, me dijo, pero sin dureza.

Aquella fue la primera vez que compró una cocacola sólo para mí. Era una botella de medio litro que sudaba con sensualidad. La vacié casi toda en un vaso: cuando me acerqué a ver el líquido, vi que las burbujas se despegaban del fondo de vidrio y subían dando maromas hasta perderse en la superficie de aquella sustancia familiar, maravillosa. La sensación era indescriptible, me imaginé por un momento que aquel líquido respiraba: las burbujas subían buscando el éter como me pasaba a mí cuando me metía en una alberca y sacaba el aire de mis pulmones adentro del agua. En ese momento nació una fascinación de la que nunca he logrado desprenderme: el credo de que la coca está viva. Me senté en la mesa y bebí de aquel envase con nerviosismo y respeto. Supe que algo había cambiado en mi interior.

De más está decir que nunca volví a ver a Tania.

Y sí. Ésa fue mi primera coca.

 

 

Rojo, blanco y tú.

 

 

Lo que acaban de leer es mentira: aquella no fue la primera vez que probé la cocacola. De hecho, recuerdo que para entonces ya me habían dado traguitos iniciáticos en mi casa o en casa de los parientes. Esto se debe a que, en México, la segunda bebida que uno probará antes de ganar el don del habla es la coca, apenas dos o tres meses después de la leche materna. Ese bautismo blanco y negro es el yin y el yang mexicano, una metáfora perfecta de la salud y la enfermedad. Un sabor que ama todo el mundo.

 

 

No sé en qué momento de mi vida empecé a pensar que mi propia historia se fundía con la de mis cocacolas. Comprendí, por ejemplo, que las grandes definiciones que había aprendido estaban relacionadas con ella, y que valores como la compasión, la bondad, la esperanza, o sustantivos como la derrota, el deseo y —bueno— el vicio, se integraron en mi vocabulario gracias a ella.

Pienso —pues quiero dar un ejemplo claro de esto— en aquella dulce época de mi infancia en la que los campesinos de Tlayolan me enseñaron una caridad desinteresada que no volvería a ver. Se reunían en la tienda de abarrotes y se compraban una coquita para cada uno (que en aquel entonces era la ecuánime botella de 355 mililitros), luego se disponían a impurarla con un decilitro de alcohol. En mi barrio, cercano a los terrenos de cultivo, los niños vigilábamos el humor del sol para no perdernos la hora feliz. Habíamos desarrollado a tal grado nuestro reloj biológico que nos reuníamos, siempre y sin ponernos de acuerdo, entre las 4:00 y las 4:05 alrededor de la tienda de doña Rosa. Ahí esperábamos la caravana de campesinos y, poco después, el llamado de alguno para que le bajáramos un trago a su cocacola. Entonces ellos, con una exactitud impecable, se ponían a rellenar la cantidad que hubiéramos bebido con alcohol de 96 grados.

Aquel prodigioso coctel recibía el nombre de “Torito”. Por negro y bravo.

Aunque no distinguí nunca entre el amplio número de buenos samaritanos que me convidaban al festín, el irremplazable Bardo fue, sin duda, quien con mayor afán me encomió a que lo ayudara con su botella. Cuando lo conocí había llegado apenas al mezzo del cammin della sua vita, aunque aparentaba ser mucho más viejo. Bardomiano —era ése su nombre— se tomaba tres o cuatro toritos diarios (por lo menos). Además, tenía una disciplina que yo aprendí a admirar: nunca lo vi darle un trago a su coquita si no había ya vaciado en ella su respectiva dosis de alcohol. Y no me atrevería a decir miles, pero sí di cientos de tragos a la botella del Bardo, quien me miraba con unos ojos que sólo volví a ver en el rostro de mis mejores amigos, y que mezclaban la complicidad inocente del pícaro con el orgullo de un maestro artesano que observa al oficio depositarse en el sucesor elegido: el nacimiento de un coquero es un evento maravilloso.

 

 

Nel mezzo del cammin di nostra vita

mi ritrovai una coquita oscura

ché la diritta via era trovata.

 

 

Cómo quise yo al Bardo, mi Virgilio personal, quien durante dos o tres años combatió con bravura mi carestía de cocacola y de quien aprendí el significado de la generosidad. Cómo lo defendí de los ataques de mi familia, que me obligaban a alejarme del “borracho” o “maloliente” Bardomiano, como lo llamaban desde la profundidad de su malicia. El día que murió —víctima de la diabetes que le trajo una insuficiencia renal abominable— le lloré con sinceridad y, aunque nunca supe en dónde quedó su tumba (o si lo llegaron a sepultar, en todo caso), lo cierto es que en toda mi vida le he dedicado miles de primeros tragos de mis cocacolas, con la esperanza de que el torito bese sus labios en donde quiera que se encuentre.

 

 

Coca

Cola.

Cococómo te gusta.

 

 

La pausa que refresca.

 

 

Dicen que el hombre aprende los vicios por imitación. En mi caso esto es medianamente cierto. Por una parte, mis padres no solían comprarme cocacolas durante la infancia, pues sabían de los accesos de hiperactividad de los que padecía —y, en consecuencia, padecerían ellos—. Mi madre, bebedora empedernida de coca, en vano ensayaba dejarla para solidarizarse conmigo, en su intento de habituarme a una vida de buenos hábitos alimentarios. Pero, al igual que yo, su fuerza de voluntad tenía límites muy claros, y bastante estrechos: luego de pocos días de aguas frescas frutales, volvía al abrevadero con un renovado ímpetu. Primero lo hacía en secreto, escurriéndose culpable hacia el comedor cuando sabía (pensaba) que nadie la estaba viendo; pero no tardaba mucho antes de entregarse a la tarea de vaciar las cocas desalmadamente frente a mí, que tenía prohibido tomar. Mi padre era más bien hombre de mucha cerveza y cigarrillo, dos vicios que jamás he llegado a entender; por eso, tampoco podría decir que él propicio mi consumo. Así que las pocas (o muchas) cocacolas que bebí en la infancia se las debí a tíos, primos, amigos como Bardomiano, a los agricultores anónimos, o a las ocasiones especiales, como fuera mi encuentro con Tania.

De los hermanos de mi padre debí heredar la fe en las propiedades curativas, regenerativas y, ante todo, afectivas de la cocacola. Mi tío Keji, por ejemplo, compraba una coca de medio litro en el desayuno, y siempre dejaba un trago de “su negra chula” para darle un beso después de comer. Cuando cumplió los treinta años, las piedras en los riñones lo hicieron gatear de camino al consultorio médico, gritando como un condenado. Luego de un doloroso tratamiento, expulsó las piedras en una escena espantosa que me tocó presenciar en casa. Pero no las tiró, sino que las mantuvo en un frasco junto a su cama como se guarda una especie exótica. Un pequeño papelito anunciaba el contenido de aquel frasco: “Aquí yace el prodigioso miligramo”. Y todavía más abajo, agregado con lapicera roja: “Memento mori”.

La promesa explícita que se hizo fue nunca más beber aquel veneno.

No la cumplió. Por supuesto.

En adelante, sin embargo, cada vez que bebía su cocacola entonaba orgulloso una cantaleta que él mismo había creado.

 

Agua de las negras matas
tú me tumbas, tú me matas.

Mis riñones desbaratas
y me haces andar a gatas.

 

Luego de recitar sus versos, pronunciaba un imparcial “hasta no verte, mi negra chula”, y bebía la botella con una devoción conmovedora.

De la relación de mi tío Keji con la cocacola aprendí el significado de la congruencia, pues digan lo que digan fue siempre fiel a sus ideales. Los otros hermanos de mi padre bebían sólo cerveza, así que difícilmente aprendí de ellos algo importante de la naturaleza del vicio.

 

 

Marisol tenía un lunar encima de los labios que me parecía, dependiendo de la situación, una apetitosa chispa de chocolate o una repugnante mosca. Si estábamos de buenas, aquel lunar decoraba su sonrisa y de buena gana me hubiera pasado el día dándole pequeños mordiscos. Pero si estábamos de malas, baste decir que lo imaginaba volando por los lugares más inmundos, de donde regresaba para posarse nuevamente sobre su boca.

Estábamos en su sala bebiendo, cada quien, una cocacola de lata. No puedo hacerle justicia ya a la ansiedad que sentía, porque minutos antes sus padres habían anunciado que saldrían a hacer las compras y nos dejarían solos, viendo películas. Bebíamos con nerviosismo, y desde entonces ya estábamos midiendo nuestros dedos, tratando de ajustarlos a la piel del otro. En la televisión pasaba alguna película de terror: Marisol se cubría los ojos cuando una escena la impactaba y en ese momento ponía mi mano en su hombro, para que se acostumbrara a mi contacto que, en pocos minutos, sería constante y desesperado.

Tenía 15 años, de su boca salieron las primeras palabras de amor que llegué a escuchar de una mujer. También fueron las primeras que creí. Mientras le daba sorbos a mi coca, imaginando lo que pasaría cuando aquel oro negro tocara el fondo de la botella, me asomaba por el escote apenas sugerido de su blusa. No sé si ella notó mis fisgoneos —ahora, lustros después y frente a la pantalla de mi computadora, creo comprender mejor lo que pasaba por su mente en ese instante que precedió al erotismo— pero inclinó su cuerpo hacia adelante con una exactitud desconcertante, de manera que hizo más amplio el orificio que se abría al interior de su blusa. El encaje y las fibras rosadas del sostén se sugerían bajo las flechas de mis ojos.

Di un trago largo.

La espuma jugueteó en mi boca como un regimiento de arañitas y la coca lavó mi garganta y se depositó en mi corazón.

En la televisión, el protagonista se quitó la camisa para exhibir los músculos más admirables que he visto en mi vida. Esta vez Marisol se recargó en mí en espera de una caricia. De la puerta que daba a la calle nos llegó la voz de su madre, anunciando la soledad anhelada. Saldrían por un rato, dijo, y yo hubiera querido que fuera más específica —porque un rato podía ser dos horas o quince minutos— pero no había nada que hacer. Casi me había terminado mi coca cuando cerraron la puerta y nos dejaron solos. El cuerpo de Marisol se tensó como las cuerdas de una guitarra que espera una ejecución magistral. Mis ojos, ahora indiscretos, recorrían su clavícula, que se marcaba ligeramente en su pecho y hacía lucir su cuello y sus mejillas.

En cierto momento me di cuenta de que Marisol miraba fijamente el cierre de mi pantalón. En sus ojos ardía una palabra que terminaba en sus dedos. Se levantó suave pero firmemente y fue hacia la puerta.

Escuché cómo ponía el seguro mientras le daba el último trago a mi cocacola.

 

 

La vida sabe bien.

 

 

Cocas en el suelo. Marisol cierra los ojos y aprieta los labios como si se preparara para algo muy doloroso. Sus piernas abiertas bajo la falda de la preparatoria se dibujan blancas y largas e insoslayables. Me desabrocho el pantalón apenas lo suficiente. A nuestro alrededor —no tan cerca como para incomodarnos, pero lo suficiente como para ver las dos sombras cobijadas por los duraznos—, las familias que vinieron al parque pasean a sus perros, hacen chistes, juegan con discos de plástico o con balones. “Nos van a ver”, me ha dicho Marisol un par de veces. Pero no voy a detenerme, y ella lo sabe. En ese momento mi vida va a cambiar. Me haré hombre. La haré mujer. O eso dicen en las películas, aunque nosotros no creemos en eso. Quiero ver debajo de su falda. Que me obligue a mirar. Pero Marisol mantiene los ojos cerrados. Controla su respiración. Sus mejillas están rojas. Sus labios entreabiertos dejan escapar un aliento acaramelado con un aroma cocacolino que reconozco y amo. Entro en ella. No sé qué estoy haciendo. Lo hago con devoción. También con una prisa que no controlo. Termino muy rápido. Termino mal. No puedo creerlo. Me asomo. Lo compruebo. Nos he fallado. Como todo joven que frustró la evaluación de su virilidad, miro hacia el suelo como si esperara el latigazo fulminante que castigó a Onán. El ruido del campo, las risas a nuestro alrededor, mi respiración agitada. Marisol aprieta los ojos, estoy esperando su reproche, su burla, su consuelo. Algo. Abre, apenas, el ojo derecho.

—¿Ya entró?

 

 

El sabor de tu vida.

 

 

De un hermano de mi madre aprendí hasta dónde puede llegar un hombre por una coca. Ocurrió poco después de entrar en la preparatoria. Habíamos ido a una taquería en el puerto de Manzanillo. Llegamos tarde, por lo cual no fuimos capaces de ordenar lo que queríamos, y tuvimos que conformarnos con lo que había. Por desgracia, entre las cosas que no había se contaba la cocacola. Mi tío estaba molesto: increpó a los taqueros pues no podía entender que un negocio no tuviera ni siquiera una dotación inagotable de cocas. (Su argumento era ontológico: en verdad le parecía inconcebible.) En vano los taqueros trataron de calmarlo, de disculparse incluso, argumentando que aquel viernes habían tenido más clientes de lo habitual. “Hay Fanta, tío”, le dije, y me miró con una decepción tan profunda que palidecí. (Ahora lo entiendo: fui un mentecato.) Para empeorar las cosas, el comensal que se había colocado junto a nosotros había comprado el último envase del día. Mi tío lo miró con un rencor genuino. Se acercó a él, decidido. “¿Le compro su coca?”. Dijo, como una orden. Todos nos sorprendimos. La situación era ridícula, pero la intensidad era demasiada como para causar gracia. El hombre nos miró pasmado, “pero ya me la estoy tomando”, dijo, alzando la botella: quedaba poco más de la mitad. Mi tío pataleó como un niño y se fue a sentar al otro rincón de la mesa. Por toda respuesta, el hombre dio un trago pequeñito a la coca, pero era evidente que se había ofendido. No tocó su bebida en el resto de la cena y, al pagar, la depositó con resignación en la rejilla, en medio de otros envases vacíos o a medio vaciar. Mi tío, entretanto, seguía empeñado en irse de la taquería, caminar las cuadras que fuera necesario hasta encontrar una tienda en servicio, y regresar cargado con su cocacola. Pero los hermanos, los sobrinos, yo mismo, lo disuadimos: ¿qué tienda iba a encontrar abierta a esa hora? Tendría que caminar hasta el malecón, hasta la zona de los bares, para cumplir su cometido. Estaba lejos y era peligroso. Con todo, mi tío se fue, en medio de los reproches de sus hermanos. Cenamos en silencio. Y todavía lo esperamos unos minutos luego de acabar nuestra comida. Llegó casi una hora después. Sin coca: las tiendas, como era lógico, estaban cerradas. Se sentó sin dirigirnos la palabra. Comió en silencio. Masticando su enojo sin beber nada. Durante la cena no dejó de mirar la rejilla donde su recién adquirido enemigo había abandonado el envase a medio vaciar. Cuando no pudo más, sacudió la cabeza y fue por aquella coca. Rebuscó entre la rejilla y, pronto, la levantó como un renovado Buck Mulligan. Entonces bebió, sin limpiar la boquilla, todo su contenido, y regresó al lado de su familia. Sonriente. Realizado.

 

 

Más que los contactos sexuales con Marisol (que ocurrían en el fascinante espacio que divide la travesura pueril de una vida adulta genuina), me llamaba la atención la disciplina de nuestros encuentros. Empezaban, siempre, con una coca en el jardín que había cerca de su casa. Una pequeña plazoleta llena de jacarandas. De ahí, la tierna plática de novios de preparatoria enmarcaba una vida que íbamos tramando ya para nosotros, aunque no la concibiéramos juntos. Lo demás era un ritual bien conocido de besos en el zaguán, y luego esperar una hora justa para llegar a la soledad de su sala.

Lo demás es silencio.

La última coca en casa de Marisol la bebí en el interior de su closet, mientras su familia —que había llegado casi 30 minutos antes de la hora esperada— la interrogaba sobre una camiseta en la sala a la que le faltaba el dueño. Interrogatorio inútil, pensaba yo, pues se notaba en su tono que ambos padres sabían la procedencia.

Me quedé en el closet hasta pasadas las dos de la mañana, escondido entre faldas, vestidos y uniformes escolares. Marisol se despertó de puntillas, con los cabellos un poco alborotados como si verdaderamente se hubiera quedado dormida, olvidándose del inquilino temporal de su armario. En silencio me entregó las ropas que había escondido debajo de su cama, y me sacó subrepticiamente de su casa. Nos despedimos con uno de los últimos besos que nos dimos.

Esperé a que cerrara con llave. La música de los grillos, los perros en la distancia, me hicieron una promesa de libertad anticipada. Con mucho cuidado, me escabullí al cancel, sólo para darme cuenta de que estaba asegurado. Me atravesó un rayo de hielo: no podía salir a la calle y, de igual modo, regresar a la casa sería imposible sin despertar a la familia. En esa época sin celulares, tampoco había manera de contactar a Marisol. Me había quedado encerrado en la cochera, sin camiseta, con frío y con un hambre atroz. Lo peor era que, a la mañana siguiente, apenas dieran las siete, la familia entera me encontraría ahí, sentado en la jardinera, esperando que alguien abriera la puerta. Me llevé las manos a la cabeza y seguramente hice un gesto de desesperación terrible. Me resigné a la vergüenza de ser un mal ladrón.

Entonces escuché cómo alguien abría la puerta de la casa y, sin decir palabra, me arrojaba las llaves del cancel. Las contemplé un minuto a mis pies.

“Gracias, Mari”, alcancé a musitar, antes de salir corriendo hacia mi libertad.

 

 

Mil novecientos millones al día.

 

 

Mi relación con Marisol, desde el primer beso hasta el último adiós, duró poco más de mil cocacolas. Para ese entonces habíamos entrado en la universidad y, como suele ocurrir, se nos fue desvaneciendo el amor. Nos despedimos a la sombra de un gran árbol y al amparo de unas tristes dietcokes. Entendí, desde que las compró, que aquello era definitivo, pues ella sabía que para mí beber una cocacola sin azúcar era deleznable.

 

 

Buena hasta la última gota.

 

 

Mis primeros semestres en Letras fueron planos y el flujo de los días se me fue perdido entre las cocacolas que me tomaba en la mañana y en la noche. Siempre dos al día, siempre de medio litro de vidrio. En el quinto semestre conocí a Rosalba y, con ella, los envases de cocacola de 600 mililitros, que a partir de ese momento definirían mi vida. Rosalba tenía una afición particular por los cigarros mentolados y la cocacola light, que compraba en infames latas plateadas. Un par de semanas después de conocerla le dije que la quería, y ella me dijo que no se le hacía raro que yo la quisiera tanto; me lo repetía constantemente cuando le encendía un cigarrillo, cuando destapaba su coca, cuando la acompañaba a escuchar toquines de sus amigos fumadores y cuando le desabrochaba el brasier con una destreza que desarrollé con la devoción de un recién converso.

En aquellos años me era difícil establecer relaciones con otras personas, porque yo decía que quería ser escritor y a nadie le interesaba lo que un escritor coquero, abstemio y que no fumaba tenía que decir. (Y ahora que lo escribo pienso que quizás tenían razón.) Con todo, alimenté mi sueño de narrador con los cientos de botellas de plástico transparente que desfilaron por mi vida. Todas y cada una de aquellas cocas era única y, aunque sería imposible recordarlas con precisión, sé que el primer contacto entre nuestras bocas era ritual y sincero.

He usado la palabra “ritual” a propósito, pues en verdad había desarrollado el hábito devocional de destapar una coca para acompañar cada una de mis actividades siguiendo una ceremonia litúrgica. Por ejemplo, si un día tenía que escribir alguna cosa importante (académica o literaria), destapaba una coca antes de abrir el cuaderno y tomar la pluma. Si iba a recibir una noticia muy esperada, la hacía ingresar en mi sistema a través de un trago largo. Bebía coca también para leer una novela. Coca para ver una película. Coca para encontrarme con Rosalba. Coca para acostarme con ella. Coca para levantarme y, por qué no, coca antes de irme a dormir, para refutar aquella calumnia sobre los excesos de cafeína.

Coquita. Luz de mi vida. Fuego de mis entrañas.

El acto de beberla se implantó en cada una de mis actividades, y pronto las encubrió por completo. De este modo, no puedo recordar un solo momento cumbre de aquella época sin encontrarme, como un epígrafe, con la cocacola que lo acompañara.

 

 

En la carrera aprendí que entre los escritores hay una jerarquización de los vicios que, de una manera u otra, afecta la forma en que se aprecia su arte. Es más fácil, por ejemplo, que un lector promedio se sienta atraído por un escritor alcohólico, fumador o cocainómano, que por uno que disfrute sus tardes creativas leyendo y tomando cocacolas —¿coquímano?— Esto me ha generado muchos problemas pues, a la par que he intentado desarrollar mis cualidades narrativas y forjar una imagen como artista, mi consumo constante y efervescente de cocacolas impidió que me tomaran en serio en los talleres literarios, lecturas y demás actividades a las que llegué a asistir.

Y es que hay grandísimos borrachos en la historia de la literatura —algunos de ellos tan admirados por su consumo de alcohol como por la calidad de su obra—. Poe, Carver, Capote, Cheever, Kerouac, Rulfo: grandes tomadores y, si bien sería ingenuo atribuir su genialidad al consumo desmedido del alcohol, es difícil negar que su presencia permeó en la creación literaria, o al menos en la manera en que la concebían. Tremendas apologías en torno a la bebida surgieron de las sabias manos de autores como Bukowski: “Fui a los peores bares esperando que me asesinaran, pero todo lo que conseguí fue volver a emborracharme”, Hemingway: “Un hombre inteligente a veces se ve forzado a emborracharse para compartir su tiempo con idiotas”, o Dylan Thomas: “Un alcohólico es alguien que no te cae bien y que bebe tanto como tú”. A cualquier joven aspirante a narrador le queda claro que el alcohol es un vicio artístico aceptado y hasta aplaudido en la comunidad cultural.

Los fumadores también han recibido un tratamiento similar y, al menos en la representación visual del escritor, el cigarro se ha convertido en un artefacto adjunto, de manera que para muchos el acto de fumar es inseparable del acto de escribir. Esta afirmación no es arriesgada, ni errónea. El propio André Gide sentenció: “Para mí escribir es un acto complementario al placer de fumar”. En Latinoamérica, Ribeyro escribió una hermosa carta de amor al cigarrillo donde afirmaba que entre escritores y fumadores hay un estrecho vínculo. La idea es, también, que el cigarro es otro vicio jerarquizado, artísticamente aceptable.

Pero tomar coca es marginal.

Pocas cosas hay menos llamativas que imaginar a un hombre que se atormenta enfrente de la página en blanco que vaticinó Mallarmé. Qué difícil es hablar del martirio que significa un documento de Word, unos libros subrayados y un vaso de cocacola. ¿Quién se imagina las memorias de un escritor donde no aparezcan confesiones de una vida sexual exuberante, un alcoholismo autodestructivo o un enfisema implacable, y en su lugar aparezca el vicio de la cocacola, la necesidad de consumir un litro o dos o tres al día que, modestamente, también te van matando? ¿Quién es capaz de creer que la cocacola es un vicio digno de un destino literario? ¿Dónde están las grandes odas de los autores del siglo XX al oro negro de la mercadotecnia? ¿Qué gran nombre puede mencionarse en la historia épica de las bebidas azucaradas?

Tendríamos que esperar a Warhol y a otros precursores del pop art para darle cabida a la cocacola como un objeto generador de arte: la plástica entendió muy bien la importancia de este leviatán. En la literatura, por desgracia, no hay muchos ejemplos: el dulce poema de O’Hara, que define el amor a partir de una coca compartida. Aquella hermosa escena en The Road, de McCarthy, cuando el padre comparte con su hijo un trago de coca en un mundo postapocalíptico. Y no podían faltar los latinoamericanos, tan proclives a beber coca cola, pero incluso aquí encontré pocos autores que se pronunciaron por el vicio coquímano: José Emilio Pacheco, que compara la cocacola con la brea primigenia de la que nacieron las especies: “Y una noche asiste asombrado/ Al comienzo del mundo o el fin de todo/ En la lata de Coca-Cola”. Rius, que como siempre llama a la controversia en aquel estudio tendencioso y polarizante La droga que refresca. Por último, el propio Rulfo, que confesó que beber coca había sido el triste consuelo a su abstemia forzada.

La cocacola es, debo aceptarlo —o más bien: debo resignarme a aceptarlo—, un vicio poco literario, y es por ello que escribirle una carta de amor a las cocas, en donde las relaciono con mi vida y con mi quehacer literario no sólo es un riesgo, sino un acto de fe.

 

 

La historia de mi vida no podría contarse sin afirmar lo siguiente: escribir es para mí un acto complementario al placer de beberme una cocona.

 

 

Más negra que la Tomasa. Más sabrosa también.

 

 

Por si alguno de ustedes se lo preguntaba: sí, desde joven desarrollé algunos problemas de salud derivados del consumo de la cocacola. He mencionado ya la hiperactividad; a ella se sumaron una crisis de insomnio que me acompañó hasta pasados los treinta años y, lo peor, una terrible gastritis que derivó en problemas respiratorios severos. Pasaba días enteros con una sensación de ahogo que sólo mis parientes y amigos asmáticos eran capaces de comprender. No obstante, a diferencia de ellos, yo no encontraba el consuelo del salbutamol, que resultaba inútil para mis pulmones. En aquella época sufrí mucho, pero no tuve el valor de dejar la coca. No hubiera podido. Una cocacola inauguraba prácticamente todos mis días.

El peor incidente que experimenté en esta época, ocurrió una noche después de mi graduación. Aún no había recuperado mi capacidad de respirar adecuadamente. Estaba tomando coca en el jardín de mis padres cuando, sin previo aviso, sentí urgencia de vomitar. Me levanté para ir al baño, pero la náusea era demasiada y no pude contenerme. Apenas pude ir a una pequeña jardinera cerca de donde estábamos, donde vi fluir una especie de brea que bañó las raíces del pequeño arbolito. Vomité varias veces, hasta que mi estómago estuvo completamente vacío. En medio de aquella sustancia negra, desagradable, que ya no se parecía a mi coquita, pude notar la presencia de un poco de sangre.

Mi madre fue a ayudarme, me pasó un trapo por el rostro como si fuera un infante. Fui por un balde con agua y limpié como pude aquella gracia que había hecho. Luego me quedé jadeando un par de minutos, tratando de llenar mis pulmones. Como era de esperarse, ver sangre en mi vomito me alertó de que la situación había llegado demasiado lejos. Era evidente que debía tomar cartas en el asunto.

 

 

No lo hice. Mi problema de respiración se postergó durante casi cinco semanas, hasta que un médico me presentó al centurión que protege la vida de todo coquero: el omeprazol. A partir de ese momento, y durante algunos años, el omeprazol cuidaría de mi estómago con gallardía.

 

 

(Por desgracia, como ocurre con todos los milagros, tarde o temprano éste también se tornó obsoleto.)

 

 

Vine a Cocala porque me dijeron que acá bebió mi padre…

 

 

Un par de años pasaron y, además de beber cocacola, me recibí como licenciado y empecé a trabajar en una editorial que tenía como sello un payasito. Mi vida laboral resultaba aburrida, pero mis expectativas en el departamento de corrección no podían ser muy altas. Por otro lado, en un arranque de éxtasis amoroso, Rosalba y yo resolvimos que nos iríamos a vivir juntos. Fue, debo reconocerlo, una de las primeras grandes épocas de mi vida, con una relación que, si bien no era completamente estable era —por lo menos— llevadera. Ningún gran problema se había interpuesto entre nosotros, aunque debo decir que tampoco habíamos encontrado, en todos aquellos años juntos, un evento que nos uniera realmente a los dos. Vivíamos, y entre coca y coca nos hacíamos parte de una misma experiencia vital.

Además de mudarme con alguien, tomé una gran decisión ese año: fue la primera vez que resolví que dejaría la coca, en una especie de homenaje a la vida nueva que había emprendido. Y en verdad me empeñé en mi objetivo, al grado de que, durante casi un mes, no probé siquiera una gota. Esto, por supuesto, repercutiría en mí: a la falta de coca seguiría un serio problema de carácter, pues me había vuelto iracundo y, aún peor, vivía todas las horas del día presa de una ansiedad espantosa.

Qué gusto me hubiera dado aprender a fumar en aquella época. O tomar cualquier vicio que me permitiera olvidar el sabor de la cocacola. Pero apenas entraba en mi casa sentía la tentación de salir a la tienda y comprar una botella. O dos. O tres. En vano bebía uno o dos litros de agua para tener la sensación de saciedad, pues no se puede engañar al corazón.

Poco me duró la voluntad y no tardé en volver a sumergirme en aquel mar negro y espumoso que había llenado mi interior. La edad que atravesaba tampoco era de mucha ayuda, pues la mayoría de mis amigos disfrutaban con fervor de su recién adquirida “libertad económica” —con ese nombre le conocen los asalariados a la quincena, sin importar su precariedad—, festejando disciplinadamente cada fin de semana. Las fiestas a las que me atreví a asistir (cuyo requisito indispensable era consumir altas cantidades de cerveza) empezaban para mí en el momento en que alguien abría la primera coca: la espléndida botella de dos litros. Permanecer en la misma habitación me conducía a rendirme ante ella, irremediablemente. Rosalba se molestaba conmigo por mi falta de voluntad.

Por mi parte, no podía poner ningún pretexto, mi necesidad era algo más grande que yo: coquita ergo sum.

 

 

La felicidad de cada momento.

 

 

También por aquella época empecé a defender la idea de que beber coca me traía suerte. Como el día en que Rosalba y su amante volcaron en la carretera, cayeron dando vueltas por un voladero y quedaron colgando de los cinturones de seguridad. Una caída impresionante —fui a verla un par de horas después del accidente, de camino al hospital—: más de cincuenta metros de peñascos y troncos secos. Piedras en la parte inferior del voladero.

Pero no se mataron.

 

 

La sed no pide nada más.

 

 

Hay muchas cosas que la sociedad moderna le debe a la cocacola, y que no le agradece. O si la palabra parece exagerada, puedo utilizar otra: no le reconoce. Y es que la bebida ha transgredido los límites del producto comercial para internarse directamente en la cultura. En México, mi generación recuerda con pasión elementos publicitarios que definieron una generación: el tierno oso polar de los anuncios televisivos —que apareció en el 93, en aquel maravilloso anuncio de la aurora boreal—, los juguetes cocacola —encabezados por el yoyo rojo que todos deseábamos adquirir—, aquel ejército de juguetes y objetos decorativos intercambiables en cada navidad —la villa cocacola, el árbol-lámpara giratoria, las figuras navideñas para colgar del árbol—, o los inolvidables hielocos, que surgieron en distintas generaciones: hielocos monstruo, hielocos alien, hielocos futboleros. Los niños conocimos la naturaleza de la oferta y la demanda y otras nociones básicas del mercado durante los intercambios de hielocos con nuestros amigos. Algo similar ocurrió con otros productos, como los tazos cocacola, cuya colección atesoré durante varios años, hasta aquella noche trágica en que uno de mis sobrinos la robó. Pero el mayor ejemplo, que hará que algunos alcen la ceja con asombro, es el gordinflón de las navidades: Santa Claus. A las representaciones medievales de San Nicolás de Bari las modernizó, comercializó y cocacolizó el gran Haddon Sundblom, por encargo de The Coca Cola Company, en una campaña publicitaria de 1931. La figura tuvo tanto éxito en el mundo que, en pocas décadas, dejó de representar un personaje exclusivo de las coquitas, y pasó a convertirse en el controversial símbolo de la felicidad navideña.

¿No es digno de reconocimiento?

 

 

Bienvenido al lado Cocacola de la vida.

 

 

No tuvieron más que algunos raspones. O eso me dijeron los paramédicos que me llamaron al celular para preguntarme si conocía a Rosalba López. “Sí, soy su pareja”. Silencio largo.

—Tiene que venir a Jocotepec, su pareja —carraspeo— está en la clínica. No es grave.

Recibí la llamada por la mañana, en el trabajo, así que mis compañeros notaron mi cambio casi instantáneo del susto al alivio y luego a la sorpresa. ¿Por qué estaba en Jocotepec? Esa misma mañana, al despedirse, me había asegurado que iría a Colima para una reunión de trabajo urgente. Y en verdad había notado su urgencia al salir de casa, tomar el coche e irse disparada como si fuera demasiados besos tarde a trabajar. Todavía con la cara de sorpresa pedí permiso a mi jefe (además de beber coca, trabajaba en el departamento de corrección de estilo en una pequeña editorial) para salir a Jocotepec, porque mi pareja había tenido un accidente.

—Llévate la camioneta —se refería a la pickup que utilizábamos en la repartición de libros—, vienes a pie, ¿no?

Lo preguntó por cortesía, pues todos sabían que mi coche lo utilizaba Rosalba para irse a su propio trabajo. Le di las gracias y me apresuré a tomar el camino que llevaba a Chapala. Pensé en ella durante todo el viaje. En si estaría bien. Envié un par de mensajes por celular pero no recibí respuesta. “Seguro estará reposando”. Y luego, cada cierto número de kilómetros, volvía a preguntarme.

¿Por qué estaba en Jocotepec?

 

 

Los cocos somos otro cosmos.

 

 

No lo descubriría sino al llegar al hospital. Lo supe cuando, al encontrarme con Rosalba, antes de abrazarla y decirle lo feliz que era de verla bien, me di cuenta de que no estaba sola. A su lado, un joven (incluso más joven de lo que yo era entonces) descansaba con una mano en su hombro. Consolándola. Tenía el rostro lleno de raspones, un par de gasas en su cabeza indicaban que había tenido varias heridas. Ambos llevaban collarín. Nunca oí su nombre. Y tampoco su rostro lo recuerdo ahora con claridad (excepto, quizás, los raspones, que recuerdo bien).

Nos fuimos del hospital y, por mera cortesía, ofrecí llevarlo si así lo necesitaba. Tal vez sea difícil entender mi actitud —probablemente la reacción esperada era que explotara en ira contra aquel muchacho, pero acababa de sobrevivir a un accidente tan aparatoso: ¿pueden imaginarse ustedes cómo me hubiera visto yo apaleando a un muchacho que acaba de salir del hospital con collarín?—. Me dijo que no. Rosalba, cuando nos despedimos, lo abrazó un rato. Quizás un par de segundos más de la cuenta, durante los cuales uno de los enfermeros (¿el que me había llamado?) me miró con media sonrisa. A pesar de esto, el abrazo me pareció bello: dos supervivientes aferrándose a la vida casi perdida. No interrumpí. No pregunté nada. “Qué bueno que estás bien. Te quiero mucho”. Gritó el muchacho mientras nos subíamos a la pick up.

Nos perdimos en la carretera.

Un par de días más tarde nos separamos. De su accidente no pregunté nada. Quizás sabía demasiado ya y prefería no saber más. Me estaba tomando una coca de seiscientos mientras la veía empacando las pocas cosas que aún guardaba en casa. (¿En qué momento se había llevado el resto?) El coche quedó en estado de pérdida total, sólo pude recobrar un pequeño gato maneki que tenía pegado en el tablero: subía y bajaba la mano como si saludara. Eso me gustaba de él. Rosalba se ofreció a pagarme. Le dije que así estaba bien. Quizás hubiera podido quedarse en casa. Quizás habríamos podido superarlo.

Quizás la hubiera perdonado.

 

 

Vívela.

 

 

Cierto tiempo después de mi separación, me encontré con un amigo que, para animarme, me contó este chiste: Dos amigos van caminando por la calle y uno le pregunta al otro.

“¿Qué tal tu vida sexual?”

“Pues como la cocacola…”

“¿Y cómo es eso?”

“Primero era normal, luego light y ahora zero.”

Cuando me lo contó, sólo pude recordar dos cocas debajo de un árbol. Un rostro bellísimo, sonrosado.

—¿Ya entró?

 

 

Cerca de los treinta años renuncié a mi trabajo en la editorial y decidí hacer una maestría en un país extranjero.

Llegué a Rennes, en la Bretaña francesa, en otoño y, luego de instalarme en el pequeño cuarto que la universidad designaba para los estudiantes pobres, corrí al centro comercial para establecer mi primer contacto sentimental con el país de Raymond Queneau. No sé por qué tenía la ingenua esperanza de que aquel contacto fuera dócil con mi economía; lo cierto es que ver la coca de lata a dos euros me abatió.

La realidad fue una descarga eléctrica: mi situación económica como estudiante internacional (precaria-casi-miserable) me impediría tomar cocacola con la frecuencia a la que estaba acostumbrado. Aquella fue la primera vez que sentí una desesperación fisiológica. Compré un paquete de seis —había un pequeño descuento— y las llevé conmigo, para que me acompañaran mientras pensaba qué hacer en los días siguientes.

Cuando, luego de unas semanas comprobé que aquella contingencia no sería pasajera (mi beca no aumentaría y mi sed se volvía cada vez más intensa), ocurrió algo que casi podría calificar de prodigioso. Mi nuevo amigo Amadou, un estudiante de contaduría nativo del Chad, llegó un día a mi habitación para ofrecerme un refresco genérico —desde el principio de nuestra relación, le había comunicado mi dilema cocacólico.

Se trataba de una lata azul y roja, que en grandes letras blancas anunciaba un nombre que inspiraba poca confianza, como el de la infame Big Cola, pero que bien podía resultar paliativo para mi situación. Este nombre no causó gran impacto en mí, y ya no puedo recordarlo, pero sí recuerdo que el sabor era cercano a lo que yo recordaba de la coca en México —porque, sin importar lo que digan las normas vigentes de calidad industrial, la coca no sabe igual en ningún lugar—, y en consecuencia fue suficiente para cubrir mis deseos primarios.

El beato Amadou fue, a partir de entonces, lo más cercano a una figura sagrada para mí. Beber de la F Cola (Falsa Cola) era igual que besar a un hermoso maniquí: la satisfacción no era absoluta, pero con un poco de imaginación ella me devolvía el beso. Gracias a este falso amor sobreviví aquellos duros años en las tierras del molusco comestible, alejado de los sabores de la infancia.

 

 

Cent mille milliards de cocacolas.

 

 

En la Bretaña francesa conocí también a un grupo de swing, jazz y blues formado exclusivamente por cocófilos. Se reunían en un pequeño bar que recibía el premonitorio nombre de “Le bateau gazéifié”, donde tocaban los miércoles y los sábados por la noche. Todos eran de Tanzania, a excepción del bajista que provenía de la misma población de Amadou.

Luego de un par de visitas logré hacerme de su amistad (y de algunas cocas que no tenía que pagarles), de manera que en mi rutina nocturna poco elaborada pronto encontré espacio para acudir a aquel bar. Pronto, aquel conjunto de tanzanos y chadianos me confió que había en Rennes un grupo para la gente como yo: se reunían los fines de semana y, entre cigarros de hachís y cocacola (la mayoría no podía beber alcohol), intimaban con algunas de las francesitas que lograban conquistar en sus tocadas.

La última vez que los vi interpretaron una canción en yoruba: “Dudu wura”, que quiere decir oro negro.

 

 

Disfruta la sed.

 

 

Eran las diez de la noche y mis amigos del Bateau Gazéifié me pidieron que subiera al escenario y recitara alguno de mis poemas en español. Amadou les había dicho que yo era un joven escritor mexicano. Ellos se lo tomaron muy bien. La gente aplaudía. Pero no me levanté. “Yo no escribo poemas, Amadou”. Le dije, en mi francés mal pronunciado. Pero el ruido del lugar. Los aplausos de los pocos asistentes (casi siempre íbamos los mismos, salvo unas cuantas muchachas que bebían cerveza británica en una esquina). Mis nervios. El baterista me hizo una señal para que subiera. Le di un trago largo a mi cocacola. Me envalentoné y pasé frente al micrófono. Saludé en un mal francés. Noté que una de las muchachas me miraba. Aclaré la garganta y traté de improvisar, como había visto hacer a mis amigos poetas, más talentosos que yo. El resultado fue sorprendente: recité los versos más horribles que he escuchado en mi vida.

Pero lo hice en español.

Todo mundo aplaudía.

Amadou, que entendía el español, no.

 

 

Regresar a México significó, por una parte, la despedida de un sueño afrancesado al que me dediqué con devoción. Por otra, fue también el retorno a los sabores de mi infancia, al contacto con mi propia lengua, al siempre necesario abrazo materno y a la cocacola mexicana.

Fue también en esos primeros días de mi regreso a México cuando mi madre me informó, apesadumbrada, que mi tío Keji había sido diagnosticado con Diabetes. Se había convertido en el primer hermano en heredar aquella enfermedad que ya me acechaba, oculta en algún sitio de mi carne. “Fue la coca, mijo”, sentenció, ominosa, “por eso te digo que te cuides”. En cuanto a mi tío, lo imaginaba sentado en algún restaurante, o en la mesa de su casa, empinando la botella de cocacola con aquella cantaleta característica y un “hasta no verte, mi negra chula”.

No se veía tan mal.

De acuerdo a los estimados del doctor, mi tío no viviría más allá de los cincuenta años. En ese momento tenía 42.

Murió a los 45.

Cómo le lloré a mi tío Keji, y cómo deseé que, en su final, no hubiera caído en la trampa del arrepentimiento y hubiera sido fiel a sus principios, pronunciando un último “hasta no verte, mi negra chula” antes de entregarse al beso de la muerte.

La noche de su velorio fui consciente de mi propia mortalidad por primera vez en mi etapa adulta. Y aunque le prometí a mi madre que lucharía a partir de ese momento para dejar la cocacola, lo cierto es que aproveché la primera oportunidad que se presentó para ir a comprar una de esas maravillosas cocas de litro que llenaban los refrigeradores en las tienditas de barrio. La bebí con temor, pues imaginaba el azúcar almacenándose en mi organismo, y a mi páncreas dando de sí. Tan pronto como la terminé (y fue muy pronto) regresé a la tienda por la segunda, que apuré pensando en mi tío Antonio y en su fin inminente. “La muerte es cosa muy seria”, me decía y le daba un trago a la botella. “La diabetes también”, pensé, cuando salí de la tienda con una bolsa llena de cocas.

No sé cuántas tomé ese día, pero recuerdo que las vaciaba como un poseso en la sala de mi casa. Cuando me fui a acostar, las manos me temblaban ligeramente y escuchaba un fuerte zumbido en el interior del cráneo que sólo se interrumpió cuando me fui a dormir.

 

 

Regálale una cocacola al mundo.

 

 

Hubo una temporada —¡una sola!— en la que sí logré dejar la coca. No fue una decisión, ni ocurrió como consecuencia de los constantes esfuerzos de mi familia para que me separara de aquel “veneno”. No hubo epifanías, ni revelaciones místicas. Un día, simplemente, dejé una botella por la mitad y dejé de tomar. Así de simple y misteriosa fue la transición.

Esto ocurrió un par de años después de la muerte de mi tío Keji, aunque no puedo decir que esto hubiera influido en el fenómeno. (Me había bajado la amargura del duelo en dulces tragos, repetidamente, durante meses.) Por más de un año llevé una vida tranquila, llena de trabajo, fiestas, algún que otro encuentro ocasional con el sexo opuesto, y sin cocacola. Mi salud mejoró, bajé de peso y mi rendimiento físico se incrementó considerablemente. Me sentía libre, dueño de mí mismo y —aún me sorprendo al recordarlo— no era completamente miserable.

Después de los primeros meses recordaba con desenfado todos los terribles momentos que había pasado intentando librarme de aquel yugo sin éxito. Recordaba los síntomas del daño que me había hecho. Tenía la presión alta, se me entumían las manos cada vez que la bebía, y estaba la maldita gastritis. Era difícil creer que después de tanto fracasar por fin era capaz de respirar sin ella.

También les confieso que era feliz —por momentos— sabiendo que había vencido el vicio. Aunque, debo confesarlo, una parte de mí estaba consciente que pronto habría una nueva recaída, y me resignaba un poco todas las mañanas a esperar el evento. Además, lo confieso también, una parte de mí deseaba que la recaída llegara pronto.

 

 

Hay una lata de Pepsi ahogándose en una alberca. Desde la orilla, alguien le grita:

—¡Nada como una Cocacola!

 

 

Mi reencuentro con la cocacola no tardó en suscitarse, tal y como lo sospechan ustedes —y como lo sospechaba yo—. Estuvo, además, acompañado por la presencia femenina más poderosa que llegaría a mi vida. Conocí a Alejandra en una de las fiestas que organizaban mis amigos de trabajo (también había alcohol en éstas, pero la diferencia de casi una década entre unas fiestas y otras hicieron que la cantidad de cerveza disminuyera y la cantidad de refresco aumentara considerablemente).

Mientras hablábamos, sus cabellos color negro cocacola se convertían en un tormento tantálico. Le dije todo de mí, empezando, por supuesto, por mi afición a las bebidas carbonatadas. Brindamos en francés: Alejandra había vivido también en Francia, casi en la misma época en la que yo había hecho mis estudios. Bailamos en colombiano —o bailó ella, yo me limité a admirarla con el corazón henchido— y nos guiñamos los ojos en japonés. Aquel primer encuentro serio luego de mi separación con Rosalba —que no había superado plenamente, a pesar de que habían pasado un par de años—, me puso nervioso, pero pronto la sonrisa de Alejandra me hizo calmarme y, más que eso, me dio la certeza de que me adentraba en una aventura llena de riesgos, cariño y cocas.

Al final de aquella, nuestra primera noche juntos, me regaló un beso dulce y efervescente.

 

 

Destapa la felicidad.

 

 

Desde pequeño siempre tuve la impresión de que las botellas de coca eran femeninas. Quizás por eso las relaciono con las pocas mujeres que han estado presentes en mi vida. La culpa de esta analogía es, en parte, de mi padre, quien solía decirme que la coca había diseñado sus envases basándose en una modelo de los años veinte. No sé cuánto tiempo me grabé la historia de la Pin-Up misteriosa, o cuánto la anhelé durante la pubertad mientras acariciaba las curvas de mis coquitas, imaginando que eran las prominentes caderas de la dama de las camelias. Me tardé miles de cocas hasta descubrir que la teoría de mi padre era incierta: el envase que diseñó Earl Dean en 1915 se basó en las vainas del cacao: la forma redonda y las protuberancias, hacían de aquel envase algo tan único que podías reconocerlo en la oscuridad. La coca no sólo conquista el gusto, sino que seduce también el tacto. No obstante, si bien la historia del cacao tiene su toque romántico y publicitario, no se compara en nada con la magia que papá insertó en mis cocacolas. O eso me digo a veces, mientras acaricio una botella en lo oscuro y mi corazón viaja hacia pieles lejanas.

 

 

Cómo bebí en los años siguientes, y cómo sufrió Alejandra por verme beber tanto. Fue una época difícil, en parte porque apenas regresaban mis labios al dulcísimo contacto de la coca, y en contraparte porque desde el primer momento, casi desde el primer envase de 600 mililitros que nos tomamos juntos, ya me había pedido Alejandra que la dejara. La tragedia estaba puesta. Pero debo decir que en verdad intenté complacerla, hice todo lo que estuvo en mis manos: bebí aguas de todos los colores, mezclé kool-aid con tang para crear sabores nuevos, exóticos, que lograran distraer mi paladar del sabor anhelado, del sabor que encocaba mi mente sin importar cuánto intentara distraerla. Llevaba el dinero contado a la tienda y a los supermercados para no tener suficiente para aquel “me alcanza para una coquita” con el que había engañado a mi cuerpo durante tanto tiempo. Fue inútil. Siempre terminaba por beberme una al día, y cuando por alguna razón lograba evitarlo, al día siguiente compensaba con dos o tres, porque sentía que las botellitas (ya de plástico) eran capaces de sentir mi abandono. Mi traición. En vano fantaseaba con imitar aquellas leyendas de gente que dejaba de tomar de un día para otro, como de hecho me había pasado una vez a mí hacía ya más de un lustro, en un acto que era —ahora no me queda la menor duda, poco menos que milagroso.

Por su parte, la coca seguía haciendo estragos en mi cuerpo y yo seguía administrándome los remedios más variados. Comía menta, yerbabuena y dos frascos de omeprazol al mes para contrarrestar la gastritis y el reflujo que de cuando en cuando volvía a afectar mis pulmones. Empecé a hacer ejercicio para justificar el consumo del azúcar, pues el miedo a la diabetes era un fantasma que seguía quitándome el sueño. Un terapista me cobró diez sesiones para después decirme que lo que yo necesitaba era mucha fuerza de voluntad. Fue como si me hubiera dado un balazo.

Alejandra hizo todo lo que pudo para ayudarme: nunca bebió refresco, preparaba aguas de sabores inefables, con frutas de colores, texturas y aromas que me transportaban al otro lado del mundo. Por desgracia, lo único que consiguió con este acto filantrópico fue que yo desarrollara el hábito de comprar cocas que escondía en nuestra casa, en la cochera, en el jardín y hasta en el tejado, pues me daba la peor de las vergüenzas verla esforzándose, y que su esfuerzo no tuviera impacto en mi apetito. El empleo de oficinista que tenía entonces —que conservo todavía—, me impedía hacer viajes largos que pudiera acompañar con una cocacola. Y era peor porque el comedor de la empresa, cosa rara, no surtía bebidas azucaradas, atendiendo a cierta política de salud que yo odiaba con fervor canino.

Por eso me veía obligado a beber a escondidas, como un vil ladronzuelo reincidente, cuando volvía a casa. Alejandra se dio cuenta pronto de esto —la mujer amada es capaz de leer la mente, el corazón y hasta la panza de un coquero—, y no tardó en rebuscar por la casa, encontrando así todos mis escondites y vaciándolos desalmadamente. La decepción, además, la llevó a instruir a los tenderos para que dejaran de venderme: yo veía en sus ojos toda la buena voluntad de verme saludable, cuando les pedía que me vendieran una pequeña, la más infantil cocacola que tuvieran en refrigeración, pero de nada servía que desgastara mi retórica en el pathos más miserable: los tenderos me querían, además de respetarme, sinceramente me querían, y no traicionarían mi salud. Ridículos, malditos, enemigos. La cruzada contra mis cocacolas estaba pactada, y me vi obligado a salirme del trabajo para encontrar una tienda libre del estricto tratado que me impedía comprar.

La colonia donde fundaría mi nuevo santuario estaba cerca de un parque, lo cual me parecía perfecto para permanecer sentado durante varios minutos, hasta una hora, a veces, disfrutando cada segundo de aquel líquido entrando en mi cuerpo. En esa colonia compré las cocacolas más culpables de mi vida, y en ese parque las bebí. O las escondí, pues no tardé mucho en ganar la costumbre de comprar paquetes sellados de seis u ocho envases, en un inútil intento por mesurar las que bebía en una semana. Cavé un pozo cerca de las raíces de un árbol muy viejo, engalanado por el musgo y una corteza de hongos monocromáticos. Luego marqué el lugar con unas piedras, sintiéndome tan audaz como el Capitán Flint.

Todas las tardes salía del trabajo y corría a aquel Jardín de las Delicias que había escondido subrepticiamente de mi Alejandra. Era una lástima, pues era un rincón de la ciudad realmente bello. En vano mi sensiblería vio a las parejas recostándose en el pasto siempre verde, en días de campo inolvidables; en vano vi los novios en las bancas, prolongándose de beso en beso hasta un futuro ilimitado. Yo sabía que en el momento en que yo trajera a Alejandra a ese lugar, mi propio jardín secreto estaría perdido. Lo peor es que no había un sitio igual en la ciudad —había buscado con empeño—, o siquiera otro espacio que pudiera servirme de refugio. Así, entristecido, resignado, regresaba a beber las cocacolas escondidas en el árbol pecaminoso, aquel Árbol de la Ciencia que me ofrecía frutos nutridos por las más oscuras sombras.

 

 

Naces

Creces

Tomas coca

Te enamoras

Tomas coca

en el cine

en el bar

en la cama de motel

(sábanas sucias,
ropas regadas           latas
de aluminio carmín)

tomas coca afuera de la iglesia

mientras miras a tu vecina cambiarse la ropa

(brazos blancos, pezones espigados
con vocación de arándanos)

cuando dices palabras de amor

Hay coca en tu boda

y coca al sembrar la vida en el vientre de tu mujer
(que también tiene coca)

nacen los hijos y hay coca en sus labios
casi tan rápido como hay leche.

Los ves crecer y son días de júbilo y coca
y en la salud y en la diabetes tomas coca

Mueres.

La gente toma coca en tu funeral.

 

 

Tan pura como la luz del sol.

 

 

No diré durante cuánto tiempo aquella rutina en el parque continuó surtiendo la anhelada cocacola, obligándome a vivir como un exiliado en pos de la negra libertad. Parejas vinieron, parejas pasaron, algunas cortaron y se reconciliaron un par de veces. De mí, sólo diré que me casé, escribí un par de libros y cambié de trabajo un par de veces. Bajo aquel árbol me bebí el estrés y la felicidad de mi boda, la derrota del despido en dos empleos, la alegría de un premio nacional de cuento, la publicación de mis primeros libros y, finalmente, cuando por fin había alcanzado la anhelada estabilidad laboral, la dicha genética de saber que iba a ser padre.

Apenas me dio la noticia, le prometí a Alejandra que la llevaría a cenar al restaurante más lujoso del estado, y que pasaríamos juntos una velada inolvidable. Modesta como era, aquella promesa no pareció afectar su ánimo siempre alegre. O quizás debería decir que le faltaba algo más para sellar aquel momento crucial en nuestras vidas, una promesa que se formó instantáneamente en mi cabeza pero que no me atreví a pronunciar todavía. Qué puedo decirles: no estaba listo.

Esa misma tarde me dirigí al parque a satisfacer mi boca ahora que mi corazón se hallaba pleno. Para ese entonces ya guardaba dos, tres, y hasta cuatro cocas en el Árbol de la Ciencia, así que no necesitaba adquirir más. Llegué al sitio de siempre, decidido a vaciar todas las botellas dramáticamente durante la hora que me quedaba antes de que cayera la noche y tuviera que volver a casa —debía ser exacto con el tiempo si no quería despertar sospechas—. Descubrí entonces que la desgracia había tocado mi santuario: alguien había encontrado mi escondite y se había bebido todas mis cocacolas, dejando tan sólo las botellas vacías, alineadas simétricamente como lápidas.

No había una nota, o señal alguna que me indicara quién había sido el ladrón. No podía saber si había encontrado mi escondite por accidente, o si me había estado vigilando con paciencia, el desalmado, para quitarme aquel momento del día en que verdaderamente era feliz, sin hacerle daño a nadie más que a mí mismo. Empecé a dar vueltas por el parque, sin esperanzas, tratando de encontrar algo sospechoso; aunque en realidad, lo que buscaba eran los vestigios de alguna cocacola superviviente. Vi mi reloj, apenas tendría tiempo de ir a la tienda y comprarme una coquita para beber en el camino, pues ya el santuario arbóreo estaba mancillado y sabía que no podría volver a dejar mis provisiones ahí. Era el fin de una época dorada y, en verdad, derramé alguna lágrima por la pérdida.

El recuerdo de mi primogénito se vio así manchado por el hurto.

 

 

Come. Bebe. Vive.

 

 

Hace unos meses, luego de casi dos décadas sin verlo, me encontré con el padre de Marisol en un restaurante de Guadalajara. Yo iba por motivos de trabajo, y había aprovechado un espacio temporal para detenerme en un local al borde de la carretera antes de ir a una reunión. El hombre venía de regreso de unas largas vacaciones. Iba acompañado por una muchacha guapísima —se había divorciado de su mujer hacía más de cinco años— que era claramente más joven que yo. Argumentando la falta de tiempo, rechacé su invitación a unas cervezas y, en cambio, les propuse que nos sentáramos a beber unas cocacolas.

Hacia la mitad de la conversación, me dio una fuerte palmada en la espalda y me abrazó, como si fuéramos viejos amigos.

—Este cabrón se quedó encerrado en la cochera de nuestra casa, hace qué, ¿20 años? ¿Más? Lo estaba checando desde la ventana del cuarto, porque ya sabía que estaba en el cuarto de la Mari. Te metió debajo de la cama, ¿no?

—En el clóset, en el clóset —dije, con el olor viejo de la madera despertando en mis poros.

—¡Claro! Si era bien grande. En la madrugada me asusté porque no salías. Pensé que te ibas a quedar a vivir con nosotros. Pero cuando me asomé a la cochera lo vi batallando porque se quedó encerrado. Entonces fui a la puerta y le aventé la llave para que pudiera salir. ¡Como un mal ladrón, te viste!

Eso dijo. Los tres nos quedamos riendo.

 

 

Todo va mejor con Cocacola.

 

 

Durante los días siguientes me decidí a resolver el misterio. Como siempre, fui a la tienda para comprar mi bolsa de cocas y bebí un par al amparo del Árbol de la Ciencia. Había llegado algunos minutos con anticipación, y durante todo el tiempo estuve muy atento a mis alrededores, por si acaso lograba detectar algún indicio o conducta sospechosa en los vecinos, o en las parejitas de enamorados a quienes ya llegaba a saludar, acostumbrados como estábamos a vernos todas las tardes. Pero no había nada que delatara al ladrón. Ningún indicio de que fuera alguien frecuente, o de que volvería al parque. Las coloqué en el mismo hueco de siempre y me fui a casa.

Durante varias tardes regresé al lugar, e incluso el fin de semana, argumentando algún paseo, me fui desde temprano para espiar el Árbol de la Ciencia. Nada. Las personas ni siquiera se acercaban al espacio que circundaba el árbol, que había elegido precisamente porque estaba fuera del sendero y porque no resultaba atractivo en su vejez. En un momento llegué a convencerme de que el evento había sido arbitrario. Pero cuando fui al hueco para beber una de las cocas guardadas —como una celebración porque todo había sido una falsa alarma—, confirmé mis peores sospechas, pues al llegar encontré mis botellas nuevamente alineadas y terriblemente vacías. Les habían arrancado la etiqueta, lo cual resaltaba su desnudez y, en consecuencia, el ultraje. Esta vez, sin embargo, había una nota con una caligrafía exquisita a un costado de las botellas: “Cuando lo deseemos, las beberemos”, decía el oscuro epitafio. Mi jardín secreto, mi bodega pecaminosa y liberadora estaba acabada. Ya no podría volver a aquel sitio, tendría que volver a la práctica de esconderlas en el auto, en el jardín de la casa, en los cajones de la ropa, escondites que serían pronto descubiertos por Alejandra y, por lo tanto, desterrarían la paz de nuestro hogar.

Cabizbajo, recogí las botellas y me alejé del Árbol de la Ciencia: lo abracé para darle las gracias, como al más leal centinela. Me alejé de él arrastrando los pies.

 

 

Muchas de las cosas de esta vida las puedes medir en cocacolas. Por ejemplo, siempre dije que el tiempo que le tomaba a dos personas conocerse, enamorarse y aborrecerse cabía en mil, máximo mil doscientas. Aún más, cada relación que llegara más allá de las mil quinientas cocas duraría para siempre. Compartí esta teoría con mis parejas en distintas etapas de la relación. Alguna se burló, diciéndome que no dejaríamos de tomar coca juntos. Nos separamos en la 140. Otra se molestó, diciendo que estaba banalizando los sentimientos, y se separó de mí esa misma noche al frío de la coca 73. Sólo Alejandra se tomó en serio mi postulado, aunque hizo una corrección puntual.

—Mil quinientas —me dijo—, los que han ardido más de mil quinientas cocacolas nada tienen que temer del tiempo.

 

 

Cocacola es así.

 

 

Mi hijo nació en abril y, con él, una renovada decisión de abandonar la cocacola para siempre.  No lo hice de manera inmediata: esperé un par de semanas a que pasara la euforia inicial, pues quería que aquel decreto fuese definitivo. En junio se lo dije a Alejandra, quien no se sorprendió en lo más mínimo cuando le prometí que dejaría una bebida que, técnicamente, no había bebido en meses. En cambio, me ofreció su apoyo y, por un momento, su mano apretando la mía pareció convencerme de que lograría abandonar mi vocación de coquero.

El día que tomé la resolución vacié todos mis escondites y tiré casi una docena al excusado. Me duelen los dedos al escribirlo: Litros de mi amada coca al escusado. Quizás sea difícil simpatizar con mi dolor, pero pido que imaginen la escena: derramaba lenta y metódicamente el líquido en el baño, la espuma subía por la cerámica como si hirviera en los aceites primordiales. Llamándome, implorante. Pero yo no podía flaquear: ahora que otro ser dependería de mi vida tenía que alejarme de ella, era una cuestión de supervivencia. De honor.

Con cuánto esfuerzo derramé hasta la última gota en aquel infame inodoro, tratando de imaginar que la cocacola era el negro combustible que avivaba el fuego de mi decisión. Cuando hube terminado, llevé la bolsa de envases al contenedor de basura más lejano de mi calle, y me despedí de ellos con una sutil reverencia.

Luego volví a casa sin prestar atención al paisaje, pues no quería ver nada que pervirtiera la solemnidad del momento. Alejandra me esperaba en la puerta.

—Me siento muy orgullosa de ti —me dijo, sonriente. Una parte horrible de mi interior no me permitió apreciar lo hermoso de sus palabras. Me dio un abrazo. Me guio, casi, al interior de nuestro hogar.

Apenas entramos abracé al niño, a mi niño que temblaba como un sapito feo entre mis manos, desencocando mi fuerza de voluntad.

 

 

Donde quiera que estés, sin importar lo que hagas, piensa siempre en cocacola.

 

 

Durante un encuentro de poesía en la ciudad de Guadalajara, me encontré con estos versos pintados con aerosol en una barda cercana al Hospicio Cabañas.

 

Niña: toma cocacola.

¡Toma cocacola!

Mira que no hay más metafísica en el mundo

que la de una cocacola.

Mira que todas las religiones no enseñan

más que lo carbonatado.

¡Bebe, niña sucia, bebe!

¡Si pudiera yo beber cocacola con la misma verdad

con que tú la bebes!

 

Cuando los vimos, Alejandra me jaló del brazo y me dijo, en tono burlesco, “este poeta quiere la coca más que tú”. Me quedé contemplando los versos unos minutos. Era imposible. Luego le di un trago a mi coca: “No soy nada. Sin ti, nunca seré nada”. Pensé.

 

 

Toma una coca y sonríe.

 

 

Aquella hubiera sido, lo juro, la primera vez que dejaba la cocacola armado solamente de mi fuerza de voluntad. Mi espíritu flaqueaba, sin duda, pero estaba convencido de que lograría dejarla si me volvía capaz de decirle “No” a mi subconsciente en los primeros días. Hubiera sido, pero quiso el azar —que no es sino un pseudónimo del destino— que a la mitad de aquella primera noche una idea empezara a pulsar en mi cabeza. Al principio era diminuta —como un ratoncito—, indigna de prestarle la menor atención; pero conforme los cabellos de la oscuridad fluyeron en mi habitación, la idea fue creciendo hasta que ocupó la totalidad de mis pensamientos.

¿Y si me tomaba una última?

Era una idea absurda. Lo sabía. No era sino un pretexto de mi vicio —¿comprenden ya por qué puedo llamarlo así, vicio, con todas las letras de la palabra?—. Lo sabía. Y de buena gana la hubiera desechado de no haber sido que no era absurda. No era un pretexto. Era algo más. Místico. Inmenso. Una última cocacola. The Last Kiss. Un último encuentro antes de dejar que siguiera su camino y yo reemprendiera el mío. Tenía tanto sentido. Y conforme avanzó la noche cobró más sentido aún, pues la idea de no sentir ya jamás la espuma colmándome los labios se me antojaba insoportable. Nunca más aquel sonido musical de la espuma saltando del vaso. Nunca más aquel color que era profundo como el silencio que precedía al acto amoroso. ¿Nunca más?

Empecé a temblar.

Pronto me convencí de que sin aquella coca no podría seguir adelante. Mastiqué las sílabas, colmadas de sentimientos. La-úl-ti-ma-cocacola. Con mucho cuidado abandoné el lecho y, con la vergonzosa excitación del adúltero, me dirigí a una de las pocas tiendas de autoservicio que iluminaban la ciudad por las noches. Intenté convencerme todo el camino de que aquélla sería la última de mi vida. Nunca más estaría esclavizado por las curvas femeninas o por el color verdiazul o por la fórmula secreta que pasó casi un siglo en una bóveda bancaria y que ahora residía en Atlanta, la meca del siglo XX. Exclamé cuando tomé las llaves del coche. Nunca más sufriría desvelos por el exceso de cafeína, me dije cuando llegué a la tienda. Nunca más permitiría que mi salud decayera con su beso demasiadamente dulce, repetí cuando me acerqué al refrigerador. Nunca más pues de ahora en adelante llevaría una vida sana, por mi hijo, por Alejandra, y por mí mismo, por el futuro que quería que nos diéramos juntos.

Nunca más, juré, mientras pagaba las doce cocacolas en caja.

 

 

Á la recherche du coca perdu.

 

 

Una vez, pasados varios meses, volví al Árbol de la Ciencia en un arranque de nostalgia. Permanecí sentado durante una hora —quizás dos— en una de las bancas que se alineaban frente al árbol, observando el lugar. Quizás como una revancha por aquel misterio no resuelto. Lamento decirles que no vi llegar a nadie —era de esperarse: había pasado mucho tiempo—, lo cual sellaría para siempre la oscuridad que envolvió al evento de mis coquitas robadas.

Lo que sí ocurrió fue que, al llegar al hueco donde solía dejarlas, me encontré con un envase de una coca de seiscientos. Estaba lleno y, por supuesto, su contenido todavía servía. Encima de la etiqueta roja llevaba una pequeña nota, escrita en una caligrafía familiar.

“Te extrañamos. ¿Por qué no has vuelto?”.

 

 

Saborea el sentimiento.

 

 

Fue la primera y última vez en mi vida que bebí doce cocacolas seguidas, todas al amparo de la luna en la acera de mi casa. Recuerdo que las últimas estrellas bailaron unos momentos en su trono estelar, y me hicieron recordar todas las latas de cocacola que viajaron al espacio, que todavía flotaban en él, acompañando a los astronautas. Alcé la botella de plástico medio llena y comparé su color con el de la noche; al beberla, imaginé que me estaba fundiendo yo mismo con aquella oscuridad.

Cuando bebí la duodécima, un zumbido estalló dentro de mi cabeza y me hizo perder el conocimiento.

 

 

Cocacola, por siempre.

 

 

Finalmente ocurrió lo que todos estábamos esperando: mi cuerpo cedió a la dulzura de mis cocacolas.

Lo que siguió a aquel desmayo en la acera de mi casa fue una visita rápida de la ambulancia, un susto irreparable de mi familia y un dolor de cabeza que me acompañó durante varios días. También el zumbido fue constante. En los días posteriores tuve visión borrosa. Mareos. Cambios en la temperatura corporal. Dolores en el pecho.

—Señor Ruvalcaba, usted es hipertenso.

Ese día entendí que algunas enfermedades no exigen compasión: la gente asume automáticamente que es tu culpa; por lo tanto, es mucho más fácil que te digan, “es lo que te buscaste con la vida que llevabas”, a que demuestren simpatía por tu nueva condición de enfermo. Tú también, antes de permitirte sentir la enfermedad, entras en un estado culposo que te hace mirar a tus seres queridos con algo de vergüenza. “Les fallé, perdónenme”, tenía ganas de decirle a Alejandra. Aunque en realidad no había sido intencional: de haber sido por mí, habría bebido dos o tres veces más cocacola sin enfermarme, pero las cosas no funcionan así.

—Tendrá que tener muchos cuidados a partir de ahora —me dijo el Dr. Ramírez, joven médico que se ocupó de recibirme en el hospital—. Cambiará sus hábitos alimentarios. Empezará una rutina de ejercicios continua. Tendrá que comer más verduras…

Mientras el doctor me daba la larga descripción de procedimientos que seguiría en mi nueva vida de enfermo, yo sentía que Alejandra oprimía mi mano, haciendo preguntas que a mí no se me hubieran ocurrido acerca de los cuidados que debería adoptar a partir de ese momento. Miré a través de la ventana. Pensé en el niño que dormía a su lado, al amparo de la mecedora: ¿qué sería de él con un padre que había enfermado tan pronto de hipertensión?

Más de una vez se mencionó la palabra diabetes, y aquella “D” endemoniada hizo eco en lo más profundo de mis miedos. Finalmente, el médico sentenció la advertencia estelar que estaba esperando.

—Ya no puede seguir tomando coca.

“No más cocacola”, pobre, ingenuo Dr. Ramírez. Si tan sólo hubiera sabido que para mí aquellas tres palabras eran la única combinación que no podía concebir o aceptar en la lengua española. Eran, además, una corta invitación al fracaso. Intenté decírselo, pero la mano de Alejandra, acariciando la mía con amor, me detuvo.

Por sugerencia del médico, acordamos que me quedaría en casa un par de días, pues mi presión sanguínea y mi ritmo cardiaco tenían que estabilizarse. Cuando terminó de dictar sentencia, le dimos las gracias y salimos del consultorio. Alejandra caminaba a mi lado, tocando mi brazo de vez en cuando, mientras empujaba la carriola. No me reprochó nada. Si alguna incomodidad sentía, la guardó para sí misma.

De regreso en casa me quedé parado en la ventana, mirando los árboles familiares del barrio, el cancel que conducía a la calle. Pensaba en mi mujer y en la noche anterior.

Y, Dios mío, pensaba en el tiempo que pasaría antes de que pudiera escabullirme a beber otra cocacola.

 

 

Repartiendo felicidad desde 1886.

 

 

Seguí bebiendo, seguí padeciendo de mi gastritis y todos los males que conlleva (taquicardias, problemas respiratorios cada vez más severos, dolores en el pecho que me hacían retorcerme cada vez que estornudaba), seguí escuchando aquel terrible zumbido que, como mi doctor me alertaba con malicia, era la premonición de las trompetas celestiales que ya anunciaban mi ascensión. Las visitas al médico se hicieron frecuentes, lo cual resultaba nuevo para mí pues, salvo las continuas molestias ocasionadas por la cocacola, rara vez enfermé de algo.

Ahora bien, no quiero que se piense que, en el tratamiento de mi enfermedad, fui siempre un irresponsable. Porque llegó un momento —luego de, quizás, ocho meses de escuchar los regaños cada vez más consistentes del Dr. Ramírez— en que me decidí a tomar cartas en el asunto. Fue un momento epifánico: salí del consultorio avergonzado por la voz severa —grito, casi— del joven médico, anunciándome que si me quería morir, podía procurarme un tratamiento para morir dignamente. Así no perderíamos el tiempo ni él ni yo. Atendí la mayoría de las indicaciones de mi médico sobre qué debía y qué no debía comer. Seguí un régimen alimentario riguroso, y una rutina de ejercicios que nuevamente me hizo ponerme en forma. Con el sudor y el acondicionamiento de mi cuerpo, la hipertensión cedió, y aquel molesto zumbido se interrumpió súbitamente. Pero jamás dejé la coca y, en consecuencia, la gastritis no llegó a ceder. Ante esto, pronto me acostumbré a todas las dolencias que venían con mi consumo desmedido de mi —ahora— negra chula, como si éstas fueran mi penitencia fatal (y necesaria). Por el contrario, aquel año, mis problemas gástricos empeoraron a niveles nuevos, que desencadenaron un achaque que no había conocido nunca.

 

 

Donde cabe una coca, caben dos.

 

 

Un día, sin razón aparente, tuve un ataque de hipo que me duró horas. Al principio, por supuesto, no me importó. Y si bien me irritaron las contracciones torácicas, supuse que beber agua sería el remedio suficiente para controlarlo —así me había pasado antes—. Pero el remedio hídrico no surtió efecto. Aún más, conforme pasaba el tiempo, el hipo parecía empeorar. Acudí inmediatamente al segundo batallón que conocía: el omeprazol, pero aunque me tomé dos píldoras simultáneamente —una práctica que había encontrado funcional casi una década antes—, el hipo siguió atacando, en intervalos regulares y amenazantes. Hacia la cuarta hora, resolví que acudiría al hospital. Nada más al verme, el Dr. Ramírez puso su cara de fastidio, y me trató con la actitud hastiada de quien está perdiendo su tiempo. No obstante, hacia la mitad de la consulta, su rostro cambió, y me hizo notar que había perdido mucho —demasiado— peso. Yo, que lo había atribuido a mis avances atléticos, le hice saber que la rutina de ejercicios había tenido el efecto esperado. Quizás era más delgado de lo que habíamos anticipado, pero la situación era agradable. Pero Ramírez no se convenció: revisó mi boca y palpó mi cuerpo, haciendo muecas poco esperanzadoras mientras me revisaba. Me preguntó si en tiempos recientes había tenido problemas para deglutir. Le respondí que sí, pero que no era algo tan molesto. Me ordenó hacerme una serie de exámenes, me dio un tratamiento que me quitó el hipo en cuestión de otro par de horas y me entregó (una vez más) su tarjeta, con la estricta instrucción de que le llamara en cuanto tuviera los resultados. Salí de la oficina molido, pues había reconocido signos de alarma en el rostro del doctor, que tenía tan estudiado. En los días siguientes, me hice los estudios.

Y esperé.

 

 

Me operaron en septiembre. El Dr. Ramírez, personalmente, se encargó de la remoción de un tramo de mi esófago afectado por células cancerígenas, por lo que tuve que alimentarme con un tubito durante varias semanas. Durante todo este tiempo, en el hospital, me visitaron prácticamente todos los coqueros cercanos a mi vida. Mi madre, quien se culpó varias veces por no haber cuidado lo suficiente de mis hábitos. Mi padre, ya diabético, que me regañó durante toda la visita por no haber cuidado lo suficiente de mis hábitos. Tíos, primos, amigos, e incluso un vecino, que me preguntó si quería que me trajera “algo” para la próxima vez que lo visitara. Cuando me llevó la coca casi le beso la mano. Por desgracia, apenas le di un trago, sentí un dolor en el pecho que casi hizo que me desmayara. El pobre vecino guardó la coca en su mochila y se despidió de mí, avergonzado, como quien se niega en el último momento a administrar la eutanasia. No tuve palabras para decirle que se quedara. O que la dejara ahí, para olerla al menos. Sólo pude cerrar los ojos para controlar el achaque, y pensé con horror que aquel era, probablemente, el momento inevitable del adiós. No más cocas, me dije esa noche, mientras Alejandra dormitaba en una pequeña silla, recargando su cabeza en mi colchón, murmurando palabras —y reproches— de amor. Cuando por fin me dieron de alta, luego de una letanía de recomendaciones que prometí seguir al pie de la letra, le hice la pregunta inevitable al Dr. Ramírez. “¿Cuándo podré volver a tomar cocacola?”.

—Usted sabe, señor Ruvalcaba, cuánta urgencia tiene por morirse.

 

 

Destapa el Big Bang.

 

 

Para cuando volví a casa, había perdido mi trabajo y mi capacidad de alimentarme de cosas sólidas con la misma facilidad de antes. Muchas otras cosas cambiaron y de más está decir que tuve que interrumpir mi consumo de cocacola. Pasé largas tardes viendo el camión rojo pasar, como un jinete del acocalipsis, frente a la ventana de mi cuarto. En vano añoré probarla, pasearla de un lado a otro de mi boca sólo para que me quedara el gusto, la sensación de la espuma. Alejandra vigilaba mi alimentación de cerca y yo mismo, acobardado por la enfermedad, alejaba todos mis pensamientos de la coca, casi de manera inmediata. Estaba resignado a que el tiempo pusiera las cosas en su lugar y a que, en un acto de justicia, me regresara al negro abrazo de aquel, mi veneno.

 

 

Todo cayó en su lugar. Pasados unos meses, en el primer cumpleaños de mi primogénito, me atreví a darle un traguito a la coca de mi padre, ganándome la animadversión de toda mi familia para el resto de la fiesta. Pero no me importó: fue como un beso que llegaba de otro mundo. Aquel momento fue la aristía que dividió lo que había sido mi vida de lo que sería en adelante, y me obligó a definir quién iba a ser yo a partir de entonces, cómo quería que me recordaran en la posteridad las personas que me amaban y aquellas personas que llegaran a leerme.

Era el momento más importante de mi vida.

El fin de semana siguiente a la celebración, a la hora del desayuno, me acerqué a mi mujer dispuesto a terminar con aquel martirio coquístico de una vez por todas. Dispuesto a hacer el trato definitivo por el bien de nuestra relación. La encontré en la mesa, dándole de comer al niño: todas las promesas de una vida se concentraron en aquella escena. En la cocina se cocinaban unos tacos de requesón. El aroma del aceite y la tortilla llenaban toda la casa. Me acerqué, puse mi dedo en la mano del niño, y dejé que lo apretara. Luego me senté frente a ellos con ánimos renovados. Estaba listo. La miré a los ojos.

—Alejandra: jamás dejaré la coca —luego, con voz más clara—. No más secretos. No más escondites. Tenemos que aprender a vivir con eso.

Y me sonrió.

 

 

Dale un trago a tu destino.

 

 

Han pasado tres años desde entonces y, al contrario de lo que pueda esperarse de mí, esta vez cumplí con mi resolución: ya nunca he intentado dejar la coca. Me gustaría decir que aprendí a beber moderadamente, o alguna otra cosa que le agregue un carácter moral a esta historia. Pero no hay más que decir. He bebido, he vomitado, mi cabeza se ha llenado de abejorros, y he vuelto a beber. (Aunque, lo confieso, el miedo a la muerte ha sido lo suficientemente grande como para dejar las cocas a la mitad casi siempre.) La vida sigue, tirando para adelante. Y con ella voy tirando latas, botellas de vidrio y botellas de polietileno tereftalato que son las migajas de pan con las que sigo el camino de mi memoria, coca a coca, de principio a fin.

Quizás hay una moraleja: Cocacola es la chispa de la vida.

He tenido recaídas un par de veces a causa de mi tensión arterial, eventos provocados —aseguran mis doctores— por el consumo de refresco. (Lo dicen así, en general, acostumbrados ya a mi sordera temporal y voluntaria cada vez que alguien menciona negativamente la coca). La gastritis me ha hecho volver sólo una vez al hospital. Había pasado tanto tiempo que el Dr. Ramírez instruyó a las enfermeras para que me trataran bien, como un viejo cantinero consumido por la nostalgia del cliente pródigo. A mí sólo me contenta saber que tantito veneno no mata. Por eso bebo un poco en las mañanas, antes de ir al trabajo, bebo en la comida o antes de leer o después de escribir algo importante o mientras escribo estas líneas o mientras las borro y las vuelvo a escribir, por el mero placer de escribir y beber cocacola.

Ahora es de noche, mi botella se vacía. Quizás me vaya a dormir, o quizás abra otra coca y escriba otra cosa,

o lea otra cosa,

o sólo sienta el tango del carbono en mis labios,

sin pensar

en más

nada.